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29.7.08

La posguerra en la Yugoslavia socialista (en construcción)

Tras la capitulación de Alemania y al acabar la guerra, muchos cambios tomaron lugar en el mapa del ”viejo continente”. Los aliados se discutían cada metro cuadrado ganado o perdido en batalla. Yugoslavia perdió en esa segunda mitad de la década de los cuarenta un pedazo de Dalmacia incluyendo a Trieste aunque ganando algunos otros en regiones diversas.

Stalin, con su Ejército Rojo, avanzaba decididamente sobre toda la Europa oriental en una especie de ”reconquista” de territorios iniciada en la época de entreguerras. Los comunistas en Bucarest, Varsovia, Sofía y Budapest no entendían lo que les estaba sucediendo; eran víctimas forzadas de una política expansionista de Moscú poco diferente a las causas que originaron los dos conflictos bélicos más devastadores del siglo XX. Las paredes de todos los edificios de las grandes urbes que posteriormente fuesen obligadas a firmar el Pacto de Varsovia aparecían una vez mas con letreros como ”Padre Lenin, tus hijos se han vuelto locos”, ”No a la invasión”...

En el momento de sentir, en 1948, la amenaza de la invasión a la Yugoslavia socialista por parte de la URSS, Tito mandó a Koča Popović, el entonces jefe de la comandancia del ejército popular yugoslavo, a establecer contactos con EUA. Se le preguntó al gobierno de Truman cuál sería la reacción de los norteamericanos en caso de una invasión soviética a Yugoslavia. La respuesta no satisfizo a Tito; consistía únicamente en una enérgica oposición diplomática a tal acción sin intervención militar alguna. Acto seguido, Popović solicitó de Norteamérica ayuda en logística, misma que significaría armamento, ayuda económica, apoyo militar, etc. Tomando estas negociaciones como su antecedente directo, ese mismo año se firmó un tratado de apoyo logístico y militar entre Yugoslavia, Turquía y Grecia, conocido como el Pacto de los Balcanes; mismo que fungiría bajo el padrinazgo de la OTAN y no sería muy diferente a contar con un ala meridional de miembros del tratado del atlántico norte (OTAN). Este acuerdo, sin embargo, era redactado de tal manera que en ningún momento se veía amenazada la soberanía del territorio yugoslavo.

En caso de una invasión por parte de los soviéticos, toda la planeación de la defensa militar correría a cargo del gobierno titísta; ni las tropas estadounidenses ni ningunas otras, jamás tocarían suelo yugoslavo. Todo ello se debía a las extraordinarias dotes diplomáticas del mismo Tito; mismas que protegieron al país de intromisiones extranjeras en los operativos de liberación de Belgrado en conjunto con el Ejército Rojo en octubre de 1944, mismo que entró y salió de Yugoslavia sin permanecer allí por demasiado tiempo.

A partir de esos momentos inició la ayuda militar al ejército yugoslavo por parte de EUA. Fueron donados sobre todo aviones –por ejemplo, los famosos thunderbirds- y artillería pesada. Por otro lado, iniciaron también las estancias de oficiales de ejército yugoslavos en las academias militares de países de la OTAN. Desde esta época y hasta la desaparición de la Yugoslavia socialísta, se obtuvo en curso actual de divisas un poco más de 22,000 mdd en armamento, alimentos y otros tipos de ayuda, dentro de lo que fue una especie de tratado de libre comercio especial entre EUA y Yugoslavia.

La pregunta que saltaba naturalmente a la vista era ¿qué fue lo que le parecía tan atractivo en todo esto a Truman? Ello tenía que ver con políticas a largo plazo de los Estados Unidos. Yugoslavia era considerada la punta de lanza hacia la democratización de toda la Europa del este y de su desarrollo económico y político dependería el desenlace de la guerra fría en boga desde el mero comienzo de la segunda guerra mundial.

Todos estos acontecimientos intimidaron a Stalin y sus intenciones de anexión de Yugoslavia al bloque europeo bajo la influencia sovietica. Comprendió que no podía jugar con Yugoslavia sin enfrentarse a los EUA y al Occidente europeo. El tratado de los Balcanes no era una simple especulación política sino una realidad tajante. Josip Broz - Tito se volvía a salir con la suya en ese 1949.

En la URSS tuvo lugar una sangrienta persecución política en las época de los veintes y los treintas al igual que bajo todo el mandato de Stalin, un calvario en el cual perdieron la cabeza altos funcionarios, todos acusados de enemigos de estado. La presidencia en Belgrado tomó las mismas medidas para eliminar de raíz toda simpatía con las llamadas doctrinas ”estalinistas”. Años de establecimiento de poder. Momentos para definir el curso de las recién ganadas revoluciones; días de ”trabajo sucio” para gobiernos autoritarios.

Mira Milosevich [Mil00] comenta al respecto que después de la segunda guerra mundial, los comunistas se disfrazaban de chetniks para despertar el odio hacia el enemigo ideológico. Sin embargo, sigue la autora, a partir de 1948 el enemigo ideológico fueron los estalinistas. Con ellos no se podía jugar el juego de los disfraces, por una simple razón: hasta ayer todos los comunistas yugoslavos habían creído en Stalin y en la lucha revolucionaria rusa. Los que fueron enviados a desaparecer en Goli Otok, isla del archipiélago yugoslavo que fungía como cárcel natural para presos políticos del régimen de Tito, eran enemigos más personales que ideológicos de Tito y los titístas. Para la socióloga, Danilo Kiš, uno de los grandes intelectuales yugoslavos, acreedor a un gran número de premios nacionales e internacionales, opositor y crítico del sistema titísta, fue uno de los primeros en la Yugoslavia comunista que dijo públicamente "que los campos de concentración, sean fascistas o comunistas, son la misma cosa, y que dejasen de intentar convencernos de que lo nuestro, lo de izquierdas, era mejor porque era históricamente necesario (Marx) para llegar al paraíso donde no habrá ya clases ni lucha de clases. Que nosostros –los de izquierdas-, aunque queremos el exterminio de todos los que no piensan como nosotros, somos éticamente puros porque lo nuestro no es otra cosa que el camino histórico hacia un futuro mejor, porque a nosotros no nos importan ni las naciones ni las razas, y casi no nos importa ni la lucha de clases, sino una única clase: el proletariado, la clase que debe llegar al poder total. Matar en nombre del proletariado no es lo mismo que matar en nombre de la superioridad de una raza. Pero, para Kiš, es lo mismo. Se trata en ambos casos de matar en aras de una ideología totalitaria" [Mil00, p. 164].

Las condiciones económicas en Yugoslavia después de la guerra fueron complejas, sobre todo si se toma en cuenta el hecho que durante la segunda guerra mundial perdieron la vida alrededor de 1,750,000 yugoslavos [Jov69]. La industria, ya de por sí poco desarrollada, fue destruida durante la guerra, la agricultura fue fragmentada, las carreteras y vías férreas destruidas. Por una parte, era necesario reparar las consecuencias acarreadas por las devastaciones bélicas y renovar el país, y por otra parte debieron crearse las condiciones pertinentes para satisfacer las necesidades sociales de los pueblos yugoslavos, que además de luchar por su independencia nacional fueron protagonistas en la lucha de "liberación" popular, una guerra civil sangrieta de la cual salieron vencedores los comunistas en detrimento de todos los demás grupos políticos forzados al sometimiento, la encarcelación a al exilio (el voluntario y el no tanto). Cabe mencionar que en las primeras decadas de la reconstrucción del país participó en ésta la gran mayoría de la población, voluntariamente; reconstruía ciudades, trabajaba el campo hombro a hombro, unida por canciones "partisanas" de la guerra, la famosa Internacional y consignas similares.

Sin embargo, como siempre ocurre en cambios sociales tan radicales como el que se llevaba a cabo, existía una sombra de injusticia, de asesinatos, de nacionalizaciones que abarcaban el desalojo y le dejaban a las familias burguesas (y, por ende enemigas) mucho menos de lo que prescribía la ley. Se respiraba pues, en el aire, una guerra de resentimiento social muy peculiar aunque disfrazada por una maquinaria impresionante de propaganda hacia fuera, hacia el mundo. El estado se justificaba declarando que ello se debió a la naturaleza misma de las tareas que se tuvieron que resolver: en primer lugar a la necesidad de una intervención estatal vigorosa para superar los vestigios políticos y económicos del antiguo sistema capitalista y crear sólidas bases para un rápido desarrollo socialista.

El fin de esta etapa y el comienzo de las etapas siguientes de desarrollo de Yugoslavia fue marcado por la adopción de la Ley sobre la entrega de las empresas económicas a la gestión de las colectividades de trabajo (1950), y por la aprobación de la Ley Constitucional acerca de la Organización Social y Política de la República Socialista Federativa de Yugoslavia (1953).

Fue en 1953 cuando Josip Broz Tito fue elegido presidente de Yugoslavia, para asumir este cargo en condición de vitalicio a partir de 1974.

A la mitad de la época de los cincuenta, ya muerto Stalin y con Nikita Krushov como el nuevo líder, Rusia decidió finalmente limar sus asperezas con su ”hijo rebelde” y empezar a jugar con las nuevas regls del juego internacional. Todos esos años, Yugoslavia vivía severos bloqueos económicos intermitentes, primero por parte de la URSS y el Pacto de Varsovia y posteriormente por parte de los EUA y la OTAN, aunque a menor escala. No alinearse en esos momentos era un insulto sin precedentes hacia ambos polos de aquella realidad política.

Para Eric Hobsbawm [Hob01], en la práctica la situación mundial se hizo razonablemente estable poco después de la guerra y siguió siéndolo hasta mediados de los setenta, cuando el sistema internacional y sus componentes entraron en otro prolongado período de crisis política y económica. Hasta entonces ambas superpotencias habían aceptado el reparto desigual del mundo, habían hecho los máximos esfuerzos por resolver disputas sobre sus zonas de influencia sin llegar a un choque abierto de sus fuerzas armadas que pudiese llevarlas a la guerra y, en contra de la ideología y de la retórica de guerra fría, habían actuado partiendo de la premisa de que la coexistencia pacífica entre ambas era posible.

El historiador prosigue afirmando que este acuerdo tácito de tratar la guerra fría como una ”paz fría” se mantuvo hasta los años setenta. La URSS supo, o mejor dicho, aprendió en 1953 que los llamamientos de los Estados Unidos para ”hacer retroceder” el comunismo era simple propaganda radiofónica, porque los norteamericanos ni pestañearon cuando los tanques soviéticos restablecieron el control comunista durante un importante levantamiento obrero en Alemania del Este. A partir de entonces, tal como confirmó la revolución húngara de 1956, en opinión de Hobsbawm [Hob01], "Occidente no se entrometió en la esfera de control soviético.
Es probable, continúa el analista, que el período más explosivo de la guerra fría fuera el que medió entre la proclamación formal de la doctrina Truman (que expresaba que la política de Estados Unidos tenía que ser apoyar a los pueblos libres que se resisten a ser subyugados por minorías armadas o por presiones exteriores) en marzo de 1947 y abril de 1951, cuando el mismo presidente de los Estados Unidos destituyó al general MacArthur, comandante en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos en la guerra de Corea (1950-1953), que llevó demasiado lejos sus ambiciones militares. Durante esta época el temor de los norteamericanos a la desintegración social o a la revolución en países no soviéticos de Eurasia no era simple fantasía: al fin y al cabo, en 1949 los comunistas se hicieron con el poder de China.

Por su parte, la URSS se vio enfrentada con unos Estados Unidos que disfrutaban del monopolio del armamento atómico y que multiplicaban las declaraciones de anticomunismo militante y amenazador, mientras la solidez del bloque soviético empezaba a resquebrajarse con la ruptura de la Yugoslavia de Tito (1948). Además, a partir de 1949, el gobierno chino no sólo se involucró en una guerra de gran calibre en Corea sin pensárselo dos veces, sino que, a diferencia de otros gobiernos, estaba dispuesto a afrontar la posibilidad real de luchar y sobrevivir un holocausto nuclear" [Hob01, p. 232-233]. Todo podía suceder, escribe Hobsbawm.

La pésima cosecha de 1946, seguida por el terrible invierno 1946-47, puso aún más nerviosos tanto a los políticos europeos como a los asesores presidenciales norteamericanos, comenta el historiador. En esas circunstancias no es sorprendente que la alianza que habían mantenido durante la guerra las principales potencias capitalista y socialista, ésta ahora a la cabeza de su propia esfera de influencia, se rompiera, como tan a menudo sucede con coaliciones aún menos heterogéneas al acabar una guerra. Sin embargo, ello no basta para explicar porqué la política de los Estados Unidos tenía que basarse, por lo menos en sus manifestaciones públicas, en presentar el escenario de pesadilla de una superpotencia moscovita lanzada a la inmediata conquista del planeta, al frente de una ”conspiración comunista mundial” y atea siempre dispuesta a derrocar los dominios de la libertad. Y es que ahora resulta evidente, y era tal vez razonable incluso en 1945-1947, escribe Hobsbawm, que la URSS ni era expansionista –menos aún agresiva- ni contaba con extender el avance del comunismo más allá de lo que se supone se había acordado en las cumbres 1943-1945. De hecho, allí en donde la URSS controlaba regímenes y movimientos comunistas satélites, éstos tenían el compromiso específico de no construír estados según el modelo de la URSS, sino economías mixtas con democracias parlamentarias pluripartidistas, muy diferentes de la ”dictadura del proletariado” y ”más aún” de la de un partido único, descritas en documentos internos del partido comunista como ”ni útiles ni necesarias” [Hob01, apud. Spriano, P., I comunisti europei e Stalin, Turín, 1983, p. 265] . Los únicos regímenes comunistas que se negaron a esta línea fueron aquellos cuyas revoluciones que Stalin desalentó firmemente, escaparon al control de Moscú, como Yugoslavia.

Desde cualquier punto de vista racional, la URSS no representaba entonces ninguna amenaza inmediata para quienes se encontrasen fuera del ámbito de ocupación de las fuerzas del Ejército Rojo. Después de la guerra, se encontraba en ruinas, desangrada y exhausta, sigue Hobsbawm, con una economía civil hecha trizas y un gobierno que desconfiaba de una población, gran parte de la cual, fuera de Rusia, había mostrado una clara y comprensible falta de adhesión al régimen. En sus confines occidentales, la URSS continuó teniendo dificultades con las guerrillas ucranianas y de otras nacionalidades durante años. La URSS necesitaba toda la ayuda económica posible y, por lo tanto, no tenía ningún interés, a corto plazo, en enemistarse con la única potencia que podía proporcionársela, los Estados Unidos. No cabe duda, afirma Hobsbawm en la única aseveración que, según tu opinión justificaría todo lo anterior, que Stalin, en tanto que comunista, creía en la inevitable sustitución del capitalismo por el comunismo, y, en ese sentido, que la coexistencia de ambos sistemas no sería permanente.

Sin embargo, responde el historiador a sus propios cuestionamientos, la política de enfrentamiento entre ambos bandos surgió de su propia situación. La URSS, consciente de lo precario e inseguro de su posición, se enfrentaba a la potencia mundial de los Estados Unidos, conscientes de lo precario e inseguro de la situación en Europa central y occidental, y del incierto futuro de gran parte de Asia. El enfrentamiento es probable que se hubiese producido aun sin la ideología de por medio.

Nadie sabía mejor que Stalin, sigue el británico, lo malas que eran sus cartas. No cabía negociar las posiciones que le habían ofrecido Roosvelt y Churchill cuando la intervención soviética era esencial para derrotar a Hitler y todavía se creía que sería esencial para derrotar a Japón. La URSS podía estar dispuesta a retirarse de las zonas donde no estaba amparada por los acuerdos de las cumbres de 1943-1945, y sobre todo de Yalta, pero todo intento de revisión de Yalta sólo podía acogerse con una rotunda negativa, y de hecho, el ”no” del ministro de asuntos exteriores de Stalin, Molotov, en todas las reuniones internacionales posteriores a Yalta se hizo famoso. Los norteamericanos tenían la fuerza de su lado. La URSS, no.

En resumen, termina Hobsbawm su explicación, mientras que a los Estados Unidos les preocupaba el peligro de una hipotética supremacía mundial de la URSS en el futuro, a Moscú le preocupaba la hegemonía real de los Estados Unidos en el presente sobre todas las partes del mundo no ocupadas por el Ejército Rojo. No hubiera sido muy difícil convertir a una URSS agotada y empobrecida en otro satélite de la economía estadounidense, más poderosa por aquel entonces que todas las demás economías mundiales juntas. La intransigencia era la táctica lógica [Hob01, p. 235-238]. El mundo se encontraba en plena guerra fría.

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28.7.08

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial en Yugoslavia (en construcción)

Hacia fines de 1943 se hallaba liberado casi un tercio del territorio yugoslavo; y en la segunda sesión del Consejo Antifascista de Liberación Nacional, efectuada en Jajce el 29 de noviembre de ese año, se dictaba la declaración de mayor importancia para la formación de la nueva Yugoslavia [Jov67]. Dicha Declaración dispuso la creación de un Comité Nacional de Liberación de Yugoslavia (NKOJ, por sus siglas en serbio/croata) como órgano superior provisorio del poder popular; la privación de todas las prerrogativas del gobierno en exilio; la prohibición de que el rey pudiera regresar al país mientras no lo decidiera así libremente el pueblo; y el que la nueva Yugoslavia se instituyera sobre el principio federativo.

A comienzos del verano de 1944, el Ejército de Liberación Nacional de Yugoslavia empezó las operaciones para la liberación final del país.

El Comité Nacional NKOJ hizo esfuerzos por lograr que fuera reconocida la nueva Yugoslavia, con base en la continuidad popular de los estados yugoslavos, el viejo y el que se intentaba crear. De acuerdo con esto, y bajo la influencia de los aliados, se establecieron los primeros contactos entre la autoridad en el país y el gobierno del Reino de Yugoslavia en la emigración.

En el sexto tomo de sus memorias, Winston Churchill [Chu64] habla de estos acontecimientos. Al declarado anticomunista y promonárquico Churchill, le preocupaba de sobremanera la política llevada a cabo por parte de Stalin en cuanto a ciertos territorios de Italia, Yugoslavia y sobretodo, de Grecia. En los momentos de la creación del nuevo mapa europeo, cada uno de los poderes económicos aliados deseaba conservar (Gran Bretaña o Francia, por ejemplo) o establecer (los EUA) su influencia sobre el mayor pedazo de territorio posible. En la carta enviada al presidente Roosvelt el 23 de junio de 1944, Sir Winston Churchill, bajo el punto 3, dice:

"Igualmente inicié las acciones intentando lograr la unificación de las fuerzas de Tito con las fuerzas en Serbia y todos aquellos que se encuentran con el gobierno monárquico serbio, el mismo que ambos hemos reconocido. En todas las fases ha estado informado acerca de cómo conllevamos esa difícil carga, misma que actualmente descansa sobre nosotros. Ahí nada sería más sencillo que aventarle al rey y su gobierno real a los lobos y permitir que en Yugoslavia estalle una guerra civil con toda la simpatía de parte de Alemania. Yo en ambos casos intento crear algo de orden en todo ese caos y que todos los esfuerzos se unifiquen en contra del enemigo común" [Chu64, p. 73].

En estos intentos por lograr la unificación entre la corona serbia y las fuerzas militares de Tito se llegaba a extremos. El día 12 de agosto de 1944, Churchill incluso sostuvo una reunión con Tito. Después de exponer acerca del estado de los frentes y acordar su colaboración acerca de la liberación de la península de Istria y la creación de un pequeño puerto para poder transportar material de guerra a través del mar, acción en la que participarían también fuerzas yugoslavas, Churchill le preguntó a Tito acerca de sus relaciones con el gobierno monárquico yugoslavo. Tito respondió que "aún se estaban llevando a cabo batallas intensas entre los partisanos y las tropas de Mihailović, cuyas fuerzas se basan en la ayuda alemana y búlgara, y que la paz no era probable" [Chu64]. Respondiendo a ello, Winston Churchill le explicaba a Tito que (los aliados) no deseaban involucrarse en cuestiones políticas internas de Yugoslavia, pero que anhelaban que su país se vuelva fuerte, unificado y autónomo. Según Churchill [Chu64], Dr. Šubašić, el jefe de gobierno de la corona yugoslava en exilio, se mostraba muy aferrado a tal idea. Además, sigue el entonces Primer Ministro británico en sus memorias, "no podíamos traicionar al Rey. Tito dijo que entendía la obligación que teníamos hacia el rey Petar, pero que en ese sentido nada podía hacer hasta que terminara la guerra, momento en el cual sería el pueblo yugoslavo el que tuviera que decidir su futuro" [Chu64].

Churchill prosige su narración explicando:

"Posteriormente empecé a hablar acerca del futuro y opiné que la solución correcta para Yugoslavia tendría que ser un sistema basado en el campesinado, además de a lo mejor una paulatina reforma agraria en lugares dónde las propiedades fueran demasiado pequeñas. Tito me convencía que, como ya lo había declarado públicamente, no tiene deseo alguno de establecer en Yugoslavia un sistema comunista, con más razón si en la posguerra la mayoría de los países iban a ser regidos por regímenes democráticos. Los acontecimientos en los países pequeños dependen de las relaciones de las grandes potencias. Yugoslavia estará en posibilidades de aprovecharse de las cada vez mayores mejorías en tales relaciones y desarrollarse en una dirección democrática. Los Rusos tienen una misión con los partisanos, sin embargo sus miembros, lejos de defender cualquier idea acerca del establecimiento del sistema soviético en Yugoslavia, se declararon en contra de ello.

Le pregunté a Tito si le gustaría comprobar tal declaración acerca del comunismo públicamente, pero él no quiso hacer tal cosa, ya que parecería que hubiera sido obligado a dar tal declaración. Sin embargo, acordamos que hablara de tal sugerencia con el Dr. Šubašić, con quién tenía a bien reunirse por primera vez esa tarde" [Chu64, p. 84].


Posteriormente, se le advirtió a Tito y a Šubašić que los aliados podrían perder todo interés en involucrar las directivas yugoslavas en las decisiones sobre su territorio si la guerra en Yugoslavia se convirtiera en una guerra civil ordinaria y la lucha en contra de los alemanes se volviera simplemente una cuestión secundaria.

Churchill le envió en días siguientes una carta a Tito en donde le sugería estas cuestiones. El en ese entonces primer ministro británico señala en sus memorias lo siguiente al respecto:

"Los yugoslavos se disgustaron conmigo por haber opinado que el movimiento de los partisanos es separado del pueblo serbio. No insistí en ello, sobre todo porque Tito había dicho estar dispuesto a declarar públicamente que en Yugoslavia después de la guerra no se establecería el régimen comunista. Posteriormente discutimos acerca de la posibilidad de la reunión entre Tito y el rey Petar. Dije que la democracia florecía en Inglaterra bajo la monarquía constitucional y que opino que la posición internacional de Yugoslavia sería más fuerte bajo un rey que si se volviera cualquier república. Tito dijo que su país tuvo una pésima experiencia con su Rey y que se necesitaría tiempo para que el rey Petar con sus actitudes pudiera borrar de la memoria del pueblo sus relaciones con Mihailović. Él (Tito), en principio, no tiene nada en contra de reunirse con el Rey, pero opina que aún no es el momento. Así, decidimos encomendarles a él y a Šubašić el decidir ese momento" [Chu64, p. 87].

La aceptación de los partisanos como un ejército formal y amigo no fue fácil por parte de los miembros de la entente. Parecía inadmisible en ese entonces permitir la creación de un estado comunista más, en el corazón de una Europa con cimientos en el capitalismo puro. Por otro lado, la situación era crítica. El enemigo poseía una fuerza inadvertida. Stalin y su Ejército Rojo eran unos aliados poderosos y, consecuentemente, poseían gran influencia sobre las decisiones de guerra de los aliados. En la conferencia de Teherán, celebrada en diciembre de 1943, los aliados decidieron prestar ayuda ”en la mayor medida posible” al Ejército de Liberación Nacional de Yugoslavia (los partisanos).

Para Eric Hobsbawm, ”sólo la alianza –insólita y temporal- del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obra (no podría haber sido de otro modo), del Ejército Rojo. Desde una multiplicidad de puntos de vista, este período de alianza entre el capitalismo y el comunismo contra el fascismo –fundamentalmente las décadas de 1930 y 1940- es el momento decisivo en la historia del siglo XX” [Hob01].

El primer acuerdo entre el NKOJ y Šubašić, presidente del gobierno emigrado en Londres, fue firmado el 16 de junio de 1944; con ello se ”legalizó el doble poder de carácter formal” en Yugoslavia. Tanto el NKOJ como el gobierno en Londres fueron considerados, según acuerdo tácito, gobiernos legales de Yugoslavia.

Churchill escribió acerca de su visita a Stalin en Moscú el día 9 de octubre de 1944:

"El momento era propicio para la terminación de negocios, así que dije: ”Ordenemos de una vez nuestras cuestiones en los Balcanes. Sus ejércitos están en Rumania y en Bulgaria. Nosotros allí tenemos intereses, misiones y agentes. No permitamos que entre nosotros haya malentendidos acerca de cosas insignificantes. En cuanto a Bretaña y Rusia, ¿les convendría el tener 90% de influencia en Rumania, que nosotros tengamos 90% de influencia en Grecia y que en cuanto a Yugoslavia sea 50-50%? Mientras ello se estaba traduciendo, escribí sobre media hoja de papel:

Rumania:
Rusia...............................90%
Los demás......................10%
Grecia:
Gran Bretaña................90%
(con EUA)
Rusia..............................10%

Yugoslavia.................................50 - 50%
Hungría......................................50 – 50%

Bulgaria:
Rusia..............................75%
Los demás.....................25%.

Le pasé la hoja a través de la mesa a Stalin, quién mientras, ya había escuchado la traducción. Aconteció una pequeña pausa. Posteriormente agarró su pluma azul y puso sobre el papel un gran párrafo, acto seguido devolviéndonoslo. Para solucionar todo ello no era necesario más tiempo que el que se tomó en escribirlo.

Como es natural, nosotros analizábamos de manera minuciosa y lenta nuestra postura y teníamos en mente únicamente los arreglos inmediatos en época de guerra. Ambos lados guardaban todas las cuestiones importantes para –como en ese entonces anhelábamos- una conferencia de paz para cuando la guerra habría terminado.

Posteriormente se hizo un largo silencio. El papel escrito a lápiz yacía a la mitad de la mesa. Finalmente opiné: ”¿Acaso no se tomará como bastante cínico de nuestra parte si llegara a parecer que cuestiones tan trascendentes para millones de personas las hayamos resuelto de una manera tan sencilla? Quememos el papel.” ”No, guárdenlo”, repuso Stalin” [Chu64, p. 207].


Solamente tres años antes, Stalin aún apoyaba al Estado Independiente de Croacia (NDH) y se sujetaba al pacto de no agresión firmado con Hitler, oponiéndose en ambas políticas a la voluntad británica, y por su lado, Churchill había luchado en Rusia en contra de la revolución bolchevique y era el más arduo enemigo del Kremlin de los pasados veinte años. Poco a poco tomaba forma lo que prontamente se bautizaría por el mismo Churchill como la cortina de hierro.

Por otro lado, la intervención de las tropas británicas en Grecia en contra de los comunistas por su sugerencia y el haber ahogado en sangre la revolución socialista que se estaba gestando en este país sin respeto por su soberanía, le costó a Churchill el puesto de primer ministro británico en 1946. Aún así, logró formar parte de la comitiva británica que en ese año haría una visita oficial a EUA. En esta visita, Churchill sostuvo un largo discurso en el parlamento estadounidense. Fue aquí dónde se habló por primera vez en la historia y con consecuencias proféticas, de la llamada ”cortina de hierro” que iría, según el propio Churchill, desde Trieste en Italia hasta el mar Báltico [Chu64].

Algunas observaciones que haría Eric Hobsbawm al respecto de la relación entre las dos ideologías que marcarán la pauta del marcado desencuentro que sostenía la idea de la Guerra fría aparecida de manera inmediata al término de la segunda guerra mundial y que duraría a lo largo de toda la segunda parte de lo que este autor denominó el siglo XX corto y que empieza con la primera guerra mundial y termina con los sucesos coyunturales de 1989, llaman fuertemente la atención. El autor escribió que una de las ironías del extraño siglo XX es que ”el resultado más perdurable de la revolución de octubre, cuyo objetivo era acabar con el capitalismo a escala planetaria, fuera el de haber salvado a su enemigo acérrimo, tanto en la guerra como en la paz, al proporcionarle el incentivo –el temor- para transformarse desde dentro al terminar la segunda guerra mundial y al dar difusión al concepto de planificación económica, suministrando al mismo tiempo algunos procedimientos necesarios para su reforma” [Hob01].

El autor prosigue explicando que ”la fuerza del desafío planetario que el socialismo planteaba al capitalismo radicaba en la debilidad de su oponente. Sin el hundimiento de la sociedad burguesa decimonónica durante la era de las catástrofes (I guerra mundial y conflictos de inicio del siglo XX) no habría habido revolución de octubre ni habría existido la URSS. El sistema económico improvisado en el núcleo euroasiático rural arruinado del antiguo imperio zarista, al que se dio el nombre de socialismo, no se hubiera considerado –nadie lo habría hecho- como una alternativa viable a la economía capitalista, a escala mundial. Fue la Gran Depresión de la década de 1930 la que hizo parecer que podía ser así, de la misma manera que el fascismo convirtió a la URSS en instrumento indispensable de la derrota de Hitler y, por tanto, en una de las dos superpotencias cuyos enfrentamientos dominaron y llenaron de terror la segunda mitad de siglo XX, pero que al mismo tiempo –como también ahora es posible colegir- estabilizó en muchos aspectos su estructura política. De no haber ocurrido todo ello, la URSS no se habría visto durante quince años, a mediados del siglo, al frente de un ”bando socialista” que abarcaba a la tercera parte de la raza humana, y de una economía que durante un fugaz momento pareció capaz de superar el crecimiento económico capitalista” [Hob01, p. 19].

El 1° de noviembre de 1944, se decidió crear un gobierno único en Yugoslavia. Además de las conclusiones sobre el gobierno conjunto, este acuerdo determinó la formación de la regencia y su ejercicio provisional así como las prerrogativas del jefe de estado, hasta la formación definitiva de los nuevos órganos después de la liberación total del país.

El 20 de octubre de 1944, tras el segundo bombardeo más devastador de su historia, realizado esta vez por parte de los aliados y aún inexplicable -la respuesta a la interrogante de por qué de la necesidad de destruir casi todas las ciudades yugoslavas, mayoritariamente serbias, como táctica para impedir la retirada alemana aún no ha sido dada-, Belgrado era liberado por las fuerzas conjuntas del Ejército Rojo y los partisanos, con lo cuál se consolidó la lucha por la liberación de Serbia y Macedonia.

El 1° de marzo de 1945, cuando ya había liberado además Dalmacia y Montenegro, el Ejército de Liberación sumaba cerca de 800,000 hombres alineados en 58 divisiones [Jov67]. Desde entonces lleva el nombre de Ejército Popular Yugoslavo (JNA), mientras que el estado mayor pasó a llamarse comandancia general. En las operaciones finales, que duraron hasta el 15 de mayo de 1945, fecha en que las tropas alemanas dirigidas por el comandante Löhr se entregaron al ejército yugoslavo, se logró romper el frente de Srem luego de una serie de enconadas batallas que permitieron liberar Zagreb el 8 de mayo. Días antes, el 1° del mismo mes, el 4° Ejército había liberado Trieste y, después de ocupar el valle del río Soča, alcanzó hasta la región de Koruška.

La cuestión de Trieste era netamente estratégica. Los aliados le habían advertido a Tito que bajo ninguna circunstancia podían dejar el control de la ciudad en manos del ejército yugoslavo y que si ocurriera que los partisanos llegaran a la ciudad anticipando a los aliados, debían entregar el control de ésta y ponerse a las ordenes de la nueva comandancia. Me parece emocionante el que mi propio abuelo me contara que el día de liberación de Trieste, el día 30 de abril de 1945, él y otros tres camaradas suyos tenían el encargo de introducirse clandestinamente a la ciudad incluso antes de la entrada de los partisanos, tomar la estación de radio y ser los primeros en transmitir desde un Trieste liberado... y yugoslavo. Resulta que lograron realizar la primera parte del plan pero a la hora de tener que iniciar la transmisión se encontraron con que nada en la estación servía – todo había sido ya destruido por los alemanes y los italianos. De todos modos de nada hubiera servido ya que a la hora que llegaron las tropas de los aliados, los toleraron no más de dos semanas antes de exigirles la retirada. Fue así como por algunas horas esta bella ciudad hoy italiana se había vuelto yugoslava, como lo había sido en años anteriores a la guerra.

El nuevo gobierno que había formado el mariscal Tito con fecha 7 de marzo de 1945 fue reconocido por los aliados en la Conferencia de Yalta. En su tercera sesión, del 7 de agosto de 1945, el Consejo Antifascista de Liberación Nacional se constituyó en Asamblea Popular provisoria, en la que quedaron representados algunos diputados no comprometidos, elegidos en 1938. Con anterioridad a las elecciones para la asamblea constituyente, Šubašić y sus colaboradores presentaron su renuncia y se retiraron del gobierno con el fin de crear dificultades que motivaran la intervención de las potencias extranjeras; en lo cual no tuvieron éxito alguno.

Las elecciones a la asamblea constituyente se realizaron el 11 de noviembre de 1945. Por la lista del frente popular, votó el 90.48% [ABC] de los electores; mientras que el 9.52% restante depositó cédulas en blanco. Con ello quedó decidida la organización política y social de la nueva Yugoslavia.

En cuanto a la renuncia del gobierno serbio en exilio y el trágico destino de Draža Mihailović, quién murió fusilado tras ser enjuiciado y condenado a muerte por las nuevas autoridades partisanas, los aliados tuvieron que comerse sus propias palabras y promesas de guardar respeto frente a las deciciones del pueblo.

De manera muy interesante, resulta que Charles De Gaulle, comandante de la resistencia francesa y posteriormente presidente de Francia, y Draža Mihailović, el comandante de las tropas de los chetniks, fueron compañeros de estudios. Además de ello, en sus memorias [DG68], De Gaulle señala su abierta postura pro serbia y su reprobación hacia la postura de Tito de no reunir las fuerzas de los partisanos y los chetniks, sino traicionar a los segundos a favor de su revolución social. Durante su gobierno, De Gaulle se rehusaba sistemáticamente en recibir a Tito en visita oficial a raíz de este hecho; sin embargo, sí asistió a su funeral en 1980.

La asamblea constituyente, elegida el 11 de noviembre de 1945 se reunió por primera vez el 29 del mismo mes y aprobó la declaración que proclamó la República Popular Federativa de Yugoslavia como ”estado federal de tipo republicano”, nombre que posteriormente se cambiaría para quedarse durante toda su existencia en la República Federativa Socialista de Yugoslavia (SFRJ, or sus siglas en serbio/croata). Iniciaba de esta manera la segunda parte del proceso de mediana duración del estado unificado de los pueblos sureslavos, en este momento bajo un régimen comunista.

Después de terminar la guerra, se convocaron las elecciones para la formación de nuevas asambleas, las cuales al constituirse aprobaron una nueva constitución (1946), confirmando así las conquistas de la guerra de liberación popular: el carácter democrático y federativo de la comunidad de los pueblos yugoslavos, los comités populares en tanto que base del poder popular, los nuevos derechos de los ciudadanos y los fundamentos del sistema socio-económico.

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2.5.08

Los diferentes territorios yugoslavos en los primeros años de la segunda guerra mundial (en construcción)

A principios de 1941, le territorio yugoslavo se extendía a lo largo y ancho de 247,542 kilómetros cuadrados, y contaba con una población total de alrededor de 15 millones de habitantes.

El territorio yugoslavo fue totalmente dividido: además de una parte de Croacia, el sur de Eslovenia, Dalmacia y Montenegro quedaron incluidas en la zona italiana de ocupación; Bulgaria anexó a Macedonia, la región de Kosovo y parte de Serbia; las regiones de Bačka, Baranja, Medjumurje y Prekomurje fueron incorporadas a Hungría; Alemania tomó para sí el norte de Eslovenia, deportando sus habitantes a Serbia la que, junto con la región de Banat quedó sometida directamente a una administración especial de ocupación.

En cuanto al poder de resistencia de los pueblos de Yugoslavia, éste debía ser doblegado mediante el terror repetido, la creación de campos de concentración, la deportación de los habitantes, las represalias masivas ante el menor intento de sublevación, la formación de organizaciones y tropas colaboracionistas, adopción de medidas especiales contra los elementos políticos progresistas, concretamente, los comunistas, etc.

El caso de Eslovenia

Inmediatamente después de la ocupación, tanto Italia como Alemania se anexaron aquellos territorios eslovenos que, creían, podrían conservar para siempre. La política del gobierno alemán de ocupación en estos territorios contaba con dos preceptos fundamentales: la germanización de la población autóctona y la expulsión de aquella parte de la población para la cual se creía que no era germanizable. Inmediatamente se prohibió el uso de la lengua eslovena, incluso en las iglesias; lo cuál involucraba la quema de toda la literatura escrita en el idioma esloveno. Se calcula que nada más en la región de Schteier (štajerska) fueron destruídos alrededor de un millón doscientos mil libros, y en la región de Gorenjske otro tanto. Por el otro lado, un número entre los 220,000 y 260,000 eslovenos debían ser expulsados hacia la llamada "Serbia vieja". Las expulsiones debían ser llevadas a cabo en tres etapas.


La administración italiana de ocupación se diferenciaba de la alemana. Mussolini había ordenado que "el comportamiento del ejército italiano fuera ejemplar en los territorios ocupados". La población de estos territorios no era movilizada por el ejército italiano. La educación se seguía llevando a cabo en el idioma esloveno en las escuelas primarias, mientras que en las escuelas de educación media superior se incorporaban clases de italiano. Todos los trámites burocráticos eran llevados a cabo en italiano.

El caso de Croacia

Como ya se había descrito en este blog en varias ocasiones, no era secreto que la mayoría de los croatas, tanto de la derecha como de la izquierda políticas, no veía en el acuerdo logrado por los ministros Cvetković y Maček la solución a la cuestión croata. La mayoría seguía soñando con una Croacia independiente que bajo los estatutos del Reino de Yugoslavia no era posible lograr.

El Dr. Ante Pavelić, anteriormente abogado en la ciudad de Zagreb y diputado al interior del parlamento del Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos, prominente crítico de las ideas pan-eslavistas y exiliado voluntario a partir de 1929, fundó en el exilio la "Organización ustasha (de los alzados) croata revolucionaria" (Ustaška hrvatska revolucionarna organizacija o UHRO, por sus siglas en croata), cuyos miembros se darán a conocer bajo el nombre de ustashas. La afección por las posturas anti-serbias y anti-yugoslavas se volvían los motivos gobernantes de este tipo de chovinísmo ideológico croata.

Durante su exilio voluntario, Pavelić se dirigió primero a Viena, de allí a Sofía, en donde hizo contacto con Vančo Mihailov, de dónde se dirigió a Italia, en donde permaneció hasta su retorno a Croacia en 1941. Pavelić se dedicó en esos años a juntar aliados ideológicos y a reclutar miembros para su organización, los cuales recibían instrucción militar-guerrillera que serviría posteriormente para la realización de ataques diversos en el territorio yugoslavo.

Sin embargo, Alemania tuvo durante la segunda parte de los años treinta una buena relación con Yugoslavia y no estaba en sus intereses ayudar a los separatistas croatas. En una carta a Mussolini, del 20 de noviembre de 1940, Hitler subrayaba la necesidad de convencer a la corte yugoslava de sumarse al pacto tripartita (Berlín-Roma-Tokio), mientras que le recomendaba al gobierno italiano seguir los movimientos de los separatistas croatas.

En cuanto los acontecimientos del mes de marzo de 1941, Ante Pavelić comprendía que sus posibilidades de tomar el poder en Croacia dependían completamente del hecho si Yugoslavia firmaba o no la anexión al pacto Alemania, Italia y Japón. Para su beneplácito personal, el golpe de estado del 27 de marzo aumentó sus posibilidades. Ya el 29 de marzo, se entrevistó Pavelić con Mussolini en Roma. Le fue ordenado reagrupar sus tropas en la región de Pistoje para el 6 de abril de 1941. En total, contaba en ese momento con 230 hombres. Fue en esta ciudad donde fueron armados y donde se les entregaron los primeros uniformes. Estando allí, los agarró desprevenidos la noticia acerca de la proclamación del Estado Independiente de Croacia (NDH, por sus siglas en croata).

En el momento del inicio de ataques del Eje en contra del reino de yugoslavia, Ante Pavelić apeló al pueblo croata y a los soldados croatas que seguían sirviendo en el ejército yugoslavo a que sabotearan la defensa del país, diciéndoles: "(...) fueron llamados a tomar las armas por parte del rey serbio y sus nobles (...) quienes les piden que defiendan el estado serbio y a su gobierno criminal; que disparen en contra de los hijos croatas, sus hermanos y los soldados amigos, quienes luchan por la patria croata y la liberación. (...) Desháganse de los servidores serbios, utilicen sus rifles en contra de aquellos quienes aprisionaron al pueblo croata, deshonraron las reliquias croatas, e invadieron los hogares croatas y la tierra croata. Es su obligación divina. Soldados croatas, católicos y musulmanes (...)" (fuente: 1).

El Estado Independiente de Croacia (NDH, por sus siglas en croata) fue proclamado el día 10 de abril de 1941, en Zagreb, incluso antes de la capitulación del ejército yugoslavo. La proclamación la llevó a cabo Slavko Kvaternik, antiguo oficial del ejército austro-húngaro. Al parecer, lo hizo a nombre de Ante Pavelić, quién de esta acción nada sabía en el momento de los hechos. Los alemanes le ofrecieron primero al Dr. Vlatko Maček el honor de proclamar la creación del estado, pero éste rechazó el ofrecimiento. Una vez proclamada la creación del nuevo estado, Kveternik pasó a nombrar al gobierno estatal croata. Por su parte, Maček se rehusó a entregar el liderazgo de su partido, el HSS, a pesar de que se lo exigían los alemanes. Finalmente, en el radio fue leído un mensaje suyo en el que llamaba a todos los simpatizantes del HSS a mostrar su lealtad al nuevo gobierno croata.

El Dr. Ante Pavelić llegó a Zagreb apenas el 15 de abril, acompañado por un grupo de sus ustasha. Ya para el día siguiente nombró a los 12 ministros quienes, junto con él, conformarían el nuevo gobierno. Como vice-presidente del NDH nombró al Dr. Osman Kulenović de la ciudad de Bihać, como representante de los musulmanes.

Una vez proclamado el nuevo estado y nombrado su primer gobierno, surgieron las preguntas acerca de sus fronteras. El factor decisiovo en esta cuestión lo fueron las decisiones de Alemania e Italia. Mientras que con Alemania no hubo mayores problemas, la cuestión de las fronteras con Italia no fue resuelta sino hasta la firma del conocido tratado de Roma, del 18 de mayo de 1941, según el cual Italia era autorizada de anexarse todas las islas que quería y una buena parte de la costa croata del mar Adriático.

El NDH suscribió formalmente el pacto tripartita el 15 de junio de 1941. Ante Pavelić le ofreció en Roma la corona del último rey croata Zvonimir a la familia de Savoya. El rey Víctor Emanuelle III aceptó este ofrecimiento. Antes de esto, el 15 de mayo de ese 1941, había sido estipulado en la constitución croata que la corona del rey Zvonimir representaba la soberanía del nuevo estado independiente croata. Lo interesante, sin embargo, es que el Papa Pío XII no accedió a reconocer oficialmente el NDH, aunque si envió a un delegado a Croacia, gesto que los ustashe intentaron mostrar como un reconocimiento de facto de su nuevo estado por parte de la Santa Sede.

Según el gobierno del NDH, todo el territorio croata y bosnio que antes de la I Guerra mundial pertenecía al imperio austrohúngaro debía ahora pertenecer al estado croata. Según algunos reportes de Rudolf Kiesling, el territorio del NDH comprendía, sin los territorios otorgados a Italia, 100,632 kilómteros cuadrados y tenía en 1941 6,500,000 habitantes, de los cuales 3,300,000 croatas, 100,000 alemanes, 800,000 musulmanes, 18,000 judíos, 2,200,000 serbios y algunos cientos de italianos (fuente: 1).

En este blog ya se ha hablado del odio que una parte de la población croata le tenía a los serbios. Odio que durante la existencia del NDH alcanzó niveles insospechados, al grado de que la exterminación de los serbios se volviera la política fundamental del nuevo estado. Desde la mera proclamación de la existencia del estado fascista croata, el nuevo gobierno comenzó con medidas de intimidación y exterminio, siguiendo la famosa política de los tercios: una tercera parte de la población serbia había que convertirla al catolicísmo, la segunda extraditarla a Serbia y la última aniquilarla. Al principio, a los serbios se les restringió el derecho de transito en los lugares en los que vivían. Por ejemplo, en Zagreb les fue prohibido a los serbios estar fuera de sus casas después del anochecer, para después correrlos (se les ordenó que se mudaran) de los barrios más lujosos del norte de la ciudad. Posteriormente fue prdenado que todos los ciudadanos de religión ortodoxa cristiana usaran una cinta azul en el brazo con la letra "P" (de pravoslavlje - ortodoxia en serbio/croata).

En su devoción a las ideologías nazis y fascistas, el NDH cometió durante esa guerra, un genocidio sangriento e imperdonable sobre las poblaciones serbia, gitana y judía que habitaban su territorio. Croacia compartió con Alemania la exclusividad de la mayor de las muchas monstruosidades que los humanos hemos producidos en este planeta: el genocidio industrial, frío, metódico... calculado. El fascismo italiano, que fue despiadado en aniquilar a sus oponentes, nunca llegó a esa ”exquisitez” de esta perversión a gran escala [Pa96].

El campo de concentración más importante que sobrevive como prueba imperdonable de la bestialidad humana, es el que se había constituido en el pueblo de Jasenovac. Existen datos diversos que revelan el número de víctimas de este terror, sin embargo no existe uno objetivo; los croatas encargados de su administración no llevaban la contabilidad y el registro atribuible por ejemplo, al Auschwitz alemán; incluso las investigaciones posteriores no arrojaron datos exactos, ya que bajo el régimen de Tito eran vistas con mala cara. Se dice que ahí está emplazada, bajo tierra, la mayor ciudad serbia después de Belgrado [Pa96].

El caso de Serbia

Todos los aliados de Alemania pretendían anexarse a sus territorios cuanto les era posible de los territorios ocupados de la Yugoslavia destruída. Estas políticas de estado eran principalmente evidentes en los casos de Bulgaria y de Albania, quiénes finalmente lograban satisfacer sus deseos relacionados con los territorios de Serbia (en este blog ya se había hablado de las Guerras balcánicas, aqui y la I Guerra Mundial, acá). El NDH no estaba satisfecho con la frontera milenaria que representaba el río Drina, sino que se anexaba igualmente los territorios de la región de Ras (en donde hasta el día de hoy viven musulmanes, sobre todo en Sandžak), bajo la explicación de que le pertenecían todos los territorios en los que vivieran musulmanes yugoslavos.


Una especie de administración comisarial fue formada en el territorio de Serbia en convenio con el ejército alemán. Era ésta, un órgano técnico sin pretensiones políticas. El ideólogo de esta iniciativa fue Milan Aćimović, anteriormente parte del gobierno de la ciudad de Belgrado y ministro del interior del gobierno yugoslavo, seguidor de las ideas pro-nazis de Milan Stojadinović. La nueva administración serbia le pidió a los alemanes "respetar los lineamientos del derecho internacional; respetar las leyes ciudadanas y el código penal yugoslavos, al igual que el poder jurídico del estado ocupado -el nombramiento de la nueva policía y el servicio de seguridad fue declinado por el gobierno yugoslavo a la hora de firmar la capitulación-; que la Iglesia ortodoxa serbia siga cumpliendo su misión y que se le permita al nuevo gobierno auxiliarla en esta tarea; que la nueva administración pueda contar con recursos económicos de manera autónoma para ser capaz de brindar la ayuda necesaria a la población, tal como pagarle a las familias de los prisioneros de guerra y ayudar a los refugiados de todas las partes de Yugoslavia; que los miembros de la administración civil serbia se llamen comisarios de la secretaría y sean considerados abogados del pueblo ante el gobierno de ocupación; que se emita en este sentido una aceptación oficial de parte del representante supremo del gobierno alemán de ocupación en el territorio serbio; que en las iglesias se siga mencionando el nombre de Su Majestad el rey Petar II y del patriarca de la Iglesia ortodoxa serbia, al igual que de los arquieyeros correspondientes; además, que las pinturas del rey Petar II que existan en las instalaciones oficiales y los hogares privados sean dejadas y respetadas, ya que (los serbios (y yugoslavos)) seguimos siendo fieles súbditos de nuestro rey; que las cortes han de poder emitir las condenas correspondientes en nombre de S. M. Petar II (condición rechazada por la Alemania nazi); que la administración civil serbia en Belgrado tenga el derecho de legislar y resolver los problemas suscitados; que se le conceda el derecho de nombramientos y despidos de los servidores públicos, mientras que las personas en las que no confíe el ocupante y cuya permanencia fuera considerada por el ocupante una amenaza a su seguridad sean denunciadas por el ocupante frente a la administración civil serbia, la cual procederá en cada caso según el derecho internacional y el derecho actual local; que se ha de respetar la propiedad privada y la eclesiástica, al igual que la estatal que no sirviera de manera directa en la guerra" (fuente: 1).

Además de todas estas condiciones, aceptadas por los alemanes, Dimitrije Ljotić le entregó al jefe de la zona ocupada de Serbia, el general Forter, dos memorandos: en el primero le pedía a la jefatura de ocupación alemana ordenarle al gobierno de los ustasha, al búlgaro y al húngaro "liberar a los varios miles de serbios arrestados por sus regímenes y parar las persecuciones, los asesinatos y la destrucción del pueblo serbio" (fuente: 1); en el segundo le pedía "que los oficiales de rango y soldados del ejército yugoslavo no sean tomados prisioneros de guerra alemanes, sino que se les deje ir a sus casas, como estaba sucediendo en Grecia, por ejemplo". Ninguno de los dos memorandos provocó mayores cambios en la política ocupacional del ejército alemán.

Lo característico de esta administración comesarial, formada a partir del día 30 de abril de 1941, fue que no estaba conformada por miembros de un sólo partido político del anterior parlamento ciudadano (del reino yugoslavo), como tampoco únicamente por personalidades relevantes en la anterior vida política del país, sino que se encontraban en esta administración representadas todas las entidades políticas serbias (sic), con la única excepción de la Liga serbia de agricultores (Savez zemljoradnika) cuya dirigencia se encontraba en aquellas fechas en el extranjero.


Al mismo tiempo, y como uno de los pocos movimientos armados de oposición a la invasió nazi, se formaba el grupo de guerrilleros agrupados alrededor del teniente (pukovnik) Dragoljub Draža Mihailović. En el protocolo de una de las reuniones de la administración comesarial serbia, se leyó la respuesta de Draža Mihailović a una invitación de colaboración emitida por el mismo: "soy oficial de rango de la Comandancia General y por lo tanto, sé muy bien cuales son los derechos del ocupante en el territorio ocupado. No me quedé en el bosque para servir de justificación al enemigo para que con base en mis acciones lleve a cabo represalias en contra de la población, sino para conformarle al Rey y a su gobierno un ejército en las montañas yugoslavas que pueda librar la lucha decisiva, ya que el Rey y el gobierno salieron esta vez sin ejército al extranjero. La formación del consejo comesarial lo apruebo y saludo" (fuente: 1).

El consejo de administración comesarial ejerció el poder provisional del 30 de abril al 29 de agosto de ese 1941.

Hasta el 22 de junio de 1941, en Serbia el ocupante y la población gozaban de cierta "paz". Tanto la guerrilla comunista (los partisanos) congregada alrededor del partido comunista yugoslavo como las guerrilla organizada por Draža Mihailović (los chetniks) no habían entrado en acción en este período. Sin embargo, ese día se iniciaba la invasión de Alemania a la URSS y la declaración de guerra de Stalin en contra de las fuerzas del Eje. Ello marcó el final del pacto firmado entre Stalin y Hitler y despejó las dudas de algunos miembros de la resistencia comunista en cuanto a lo pertinente de una lucha abierta en contra del enemigo.

A los pocos días resultaba claro que la administración comesarial ya no era capaz de mantener el orden exigido por la administración nazi de ocupación, sobre todo a causa de una gendarmería confundida y mal armada. La iniciativa de cambio salió entonces de parte de Dimitrije Ljotić, quién el 19 de agosto de ese 1941 visitaba al general Milan Nedić para intentar convencerlo de asumir el cargo de presidente de un nuevo gobierno serbio supeditado a la administración alemana de ocupación. Ello se tornaba una cuestión fundamental una vez que aumentaron las actividades bélicas tanto de los comunistas como de los chetniks de Draža Mihailović. Las bajas en el ejército alemán al igual que ataques a la propiedad del invasor tuvieron como consecuencia una política de terror entablada por la administración de ocupación. Por cada soldado alemán asesinado eran ejecutados cien serbios (gitanos o judíos); por cada soldado alemán herido eran ajecutados cincuenta. Dimitrije Ljotić y Milan Aćimović, miembros de la hasta entonces administración comesarial, fueron informados que los alemanes estaban decididos a establecer el orden "a su manera" en Serbia. Viendo todo aquello, Milan Nedić finalmente accedió a las insistencias y se organizó una conferencia con 300 de los representantes más importantes de todas las corrientes políticas existentes en Serbia y la élite belgradense en general. El general Milan Nedić fue elegido para encabezar el nuevo gobierno serbio (supeditado a la administración alemana de ocupación) y acabar con los movimientos de resistencia nacionales para, con ello, parar las terribles venganzas de los nazis.

Nedić fijaba su posición frente a las autoridades alemanas subrayando que la "lucha en contra del comunismo era en primer instancia una cuestión del pueblo serbio y de su gobierno; solamente ayudados por la potencia alemana si se constatara que sus esfuerzos no fueran suficientes. En casos de sabotaje en contra del ejército alemán, las medidas represivas debían afectar solamente a los verdaderos culpables y no a la población inocente, por lo que era necesaria la colaboración con el nuevo gobierno serbio para la obtención de datos pertinentes para el establecimiento de culpas en cada caso. Además, debido a que la fuerza militar alemana había decidido establecer un estado serbio, era necesario renovar las insignias estatales y nacionales" (fuente: 1).

Las sugerencias elaboradas por Milan Nedić eran aceptados por Berlin y el general Dankelmann se lo comunicaba el día 28 de agosto. Para el día 29 de agosto de ese 1941, el general Milan Nedić formaba el gobierno de la nueva Serbia supeditada a las órdenes de la Alemania nacional-socialista que seguiría existiendo hasta el 6 de octubre de 1944.

La formación de las primeras unidades armadas del nuevo estado serbio, que estarían dedicadas al combate de todas las fuerzas armadas de resistencia en el territorio de la Serbia ocupada y, especialmente, de las comunistas, llamadas "batallones armados serbios (srpski oruzani odredi)" inició el 6 de septiembre de 1941, el día de cumpleaños del rey Petar II. El comandante en jefe de estas unidades era nombrado el general Stevan Radovanović. Fueron formados ocho batallones armados serbios. Iniciaron los primeros enfrentamientos.

Algunos batallones, como por ejemplo, el de 300 oficiales bajo el mando del subteniente Sava Milutinović y Bora Milošević, mandado a desbloquear la ciudad de Šabac, entraron en contacto con los comunistas y se cambiaron de su lado. Ello volvió a originar terribles acciones de venganza por parte de los alemanes quienes aniquilaban a una gran parte de la población civil en esa región. La iniciativa de Milan Nedić de que el gobierno completo presentara su renuncia tras ese y otros fracasos se enfrentó a la negativa principalmente de Mihailo Olčan, miembro del movimiento ultraderechicta y nacionalista "Zbor" fundado por Dimitrije Ljotić en los años treinta. Mihailo Olčan proponía que se llame al pueblo serbio a la lucha en contra de la resistencia y la formación de brigadas de voluntarios para combatir principalmente a los comunistas.

Durante esta época, Kosovo y Albania fueron ocupados por los italianos y los húngaros que querían fundar la Gran Albania. Grandes áreas fueron devastadas: la guerra continuaba, y con el pretexto de formar una región más fuerte y grande, los albaneses de estas regiones cometieron crímenes contra la población serbia y montenegrina y claro está, en venganza ocurrieron crímenes cometidos a la inversa.

***

El número de muertes interétnicas durante la Segunda Guerra Mundial manejadas en la actualidad varían en gran magnitud según la fuente que los publica; lo cierto es que no ascienden a las cifras exorbitantes manejadas por los nacionalistas serbios, ni tampoco descienden tanto como lo afirman las autoridades croatas. También es cierto que la población croata tuvo, de igual manera, grandes pérdidas, tanto por parte de los invasores como por parte de los serbios que los atacaban por diversas razones, mayoritariamente por venganza. Palau [Pa96] comenta que el baile de las cifras es como sigue: ”200,000 víctimas como máximo según cronistas croatas o hasta 1,000,000 largo según los serbios; las fuentes extranjeras hablan de 400,000 a 700,000; las mejor documentadas (entre ellas, los archivos del almirantazgo británico), fijan 675,000. Digamos que parece probado que cientos de miles de serbios, sobre todo campesinos, fueron exterminados sistemática y fríamente en las zonas que hoy corresponden a Croacia y a Bosnia-Herzegovina considerados conjuntamente. Desapareció entre un tercio y la mitad de esa población.

Podemos también comparar, sigue Palau, los censos étnicos registrados en 1941 y 1981 para Croacia y Bosnia-Herzegovina consideradas conjuntamente. En cuarenta años, la población croata pasó de 3,300,000 a 4,210,000 [Pa96]; y la población musulmana creció más, de 700,000 a 1,629,000, haciéndose notar una mayor tasa de natalidad [Pa96]. Pero la población serbia experimentó un crecimiento negativo en esas cuatro décadas, de 1,925,000 pasó a 1,879,000; de haberse mantenido las proporciones faltarían de 800,000 a 900,000 personas [Pa96]. ¿Dónde están? Hay una evidencia empírica que aún hoy puede experimentarse y consiste en viajar por la región, preguntar aldea por aldea y rescatar la memoria oral. Se descubre pronto que no hay familia serbia que no fuera diezmada en proporciones tan sobrecogedoras que explican la ansiedad que aún crea el recuerdo de esos oscuros episodios [Pa96].

La Iglesia católica, sigue Palau [Pa96], participó activa y directamente, casi podría decirse entusiastamente, en ese genocidio. Los serbios al oeste del Drina eran vistos por el Vaticano como una anomalía histórica, una intolerable presencia de la Ortodoxia oriental tan cerca del Adriático y, por tanto, de Roma. Las distancias que el Vaticano adoptó, no sin vacilaciones, frente al fascismo italiano y el nazismo alemán, se tornaron complicidad aberrante en el caso croata. Hay ahí una mancha terrible, incompatible con los preceptos cristianos. La jerarquía católica no ha podido o no ha sabido exonerar esa responsabilidad histórica. Al contrario, ha pretendido cubrirla en los años ’90, participando en la rehabilitación de la memoria ustasha y ”bendiciendo” de nuevo los ardores racistas y revanchistas del peor nacionalismo croata. No en balde, al término de la II Guerra Mundial, el mundo entero era testigo del discurso del Papa Pío XII en el que la Iglesia católica le pedía perdón a la humanidad.

Parecía que aquí también existen privilegios y castas. Palau [Pa96] escribe sobre un hecho del dominio público, que es el que los serbios no hayan gozado de la misma compensación moral que los judíos al ver elevado su propio holocausto a categoría de símbolo universal. De la misma manera que Alemania ha pedido perdón oficialmente a Israel, a Polonia y a la comunidad judía internacional, alguien desde Croacia, desde Alemania o desde el Vaticano podía haber expresado público arrepentimiento ante los serbios. Quizá una rehabilitación moral de ese tipo, opina Palau [Pa96], hubiera ayudado a reducir los niveles emocionales de 1991. Los serbios occidentales han expresado entre 1991 y 1996 una tozudez y una dureza políticas que han sido rechazadas en todo el mundo. Pero se ha constatado escasamente que todos los pueblos que han sufrido genocidio o graves adversidades históricas, señala Palau, mantienen vivo su recuerdo, desarrollan comportamientos ásperos y hostiles en sus relaciones con otros. Ése es claramente el caso de los israelíes, los kurdos y los armenios; en cierto sentido, de los irlandeses; quizás palestinos y libaneses engrosen pronto esa lista [Pa96].

Para comprender de una mejor manera el impacto que tuvo esta guerra interétnica en los Balcanes y el devastamiento ocurrido en esta región, es útil observar el mapa comparativo de número de muertos en la II Guerra Mundial, en la siguiente imagen. Las cifras hablan por sí solas.


Mapa comparativo de número de víctimas sufridas en la segunda guerra mundial por país europeo, despreciando las 5,000,000 de víctimas del holocausto.
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)

El Partido Comunista Yugoslavo, los partisanos y la lucha por la liberación del país

El retorno al país del comité central del partido comunista yugoslavo y la designación de Josip Broz - Tito como su Secretario General para el año de 1937, significó el inicio del periodo más intenso de la organización, cuyo programa comprendió, además de su fortalecimiento organizativo, la reunión de todas las fuerzas progresistas del país dentro de un único Frente Popular.

Josip Broz Tito nació en Kumrovec, cerca de Zagreb, el 25 de mayo de 1892. El año 1910 terminó el aprendizaje en el oficio de cerrajería. Durante la Primera Guerra Mundial se encontraba prestando servicio militar y como soldado del ejército austrohúngaro cayó prisionero en el frente ruso. Participó en la gran revolución de octubre y en septiembre del año 1920 regresó a Yugoslavia, donde participó activamente en el movimiento obrero como miembro del Partido Comunista, entonces en la ilegalidad. Debido a su actividad política, fue detenido en 1928 y condenado a cinco años de prisión. Al salir, actuó como uno de los dirigentes del Partido Comunista de Yugoslavia, y desde el año de 1937 como Secretario General del Partido. Bajo su dirección, el partido comunista llegó a ser un partido fuerte y unido.

En su quinta Conferencia Nacional, celebrada en Zagreb en el año de 1940, el Partido proclamó como una de sus tareas fundamentales la defensa del país incluso si eso significaba ir en contra de las directivas de la Cominterna y el pacto firmado entre Stalin y Hitler (decisión no apoyada por muchos comunistas yugoslavos).

La respuesta fue halagadora e instantánea, sobre todo a partir del 22 de junio de 1941. Pronto se establecieron comités de lucha, sedes locales y hasta un ejército grande bien organizado constituido por soldados de todas partes de los Balcanes con ideales bien definidos que lucharían por una liberación de sus patrias del agresor y por el establecimiento de un nuevo orden social, de una nueva vida de igualdad económica y política; de un mundo neófito y diferente. Su lucha estaba basada en tácticas de guerrilla; se nombraban ”partizani” o partisanos y bajo el liderazgo de Josip Broz - Tito lograron tener control sobre gran parte del territorio. Comités populares locales, a medida que se iba extendiendo el territorio liberado, se iban constituyendo en un sistema integral del poder estatal, encabezado por el Consejo Antifascista de Liberación Nacional (AVNOJ, por sus siglas en serbio/croata), una especie de parlamento de guerra pero elegido democráticamente.

Además de las fuerzas armadas de los dos estados títere formados por las fuerzas de ocupación -el serbio y el de NDH-, los comunistas combatían a partir del 22 de junio de 1941 igualmente a la llamada Guardia Blanca formada desde el principio de la ocupación alemana en Eslovenia, la organización musulmana pro-nazi de los Jóvenes Musulmanes de Bosnia, el igualmente al ultra-nacionalista ejército "de liberación" de Macedonia (el VMRO), a las brigadas guerrilleras de los chachaks constituídas por criminales, asaltantes comunes y nacionalistas albaneses en la región de Kosovo (que combatían por igual a los chetniks que a los partisanos, sobre bases racistas e ideológicas por igual) y finalmente, a los ejércitos de ocupaciónm tanto el italiano, como el búlgaro, el húngaro y el alemán.

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24.4.05

Reflexiones iniciales cortas sobre una historia larga

En el libro La historia y las ciencias sociales, Fernand Braudel, uno de los grandes historiadores franceses del siglo XX, escribe:

"Lucien Febvre, durante los últimos diez años de su vida, ha repetido: «historia, ciencia del pasado, ciencia del presente». La historia, dialéctica de la duración, ¿no es acaso, a su manera, explicación de lo social en toda su realidad y, por tanto, también de lo actual? Su lección vale en este aspecto como puesta en guardia contra el acontecimiento: no pensar tan sólo en el tiempo corto, no creer que sólo los sectores que meten ruido son los más auténticos; también los hay silenciosos. Pero, ¿vale la pena recordarlo?"
(BRAUDEL, F., La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial. 10ª reimpresión. Madrid, 1999)

Desde luego que vale la pena. Los trágicos acontecimientos que tomaron lugar en los Balcanes en la década de 1990 tienen sus raíces profundas en el pasado de esta región; mismo que no pocas veces abarca hechos que Braudel clasifica como de muy larga duración.

En el presente análisis se tomará como imprescindible la necesidad de definir procesos que iniciaron hace largo tiempo y que siguen desarrollándose bajo esquemas muy similares teniendo la misma causa a lo largo de su progreso. Estos procesos se denominarán de larga duración. Desde luego, tal y como se verá en el análisis llevado a cabo, existen sucesiones de misma causa que acompañan a un pueblo o una extensión geográfica concreta casi desde su surgimiento mismo. Éstos se denominarán de muy larga duración. También existen procesos que completan su ciclo a lo largo de media centuria aproximadamente, denominados de duración media. Posteriormente, existe el requerimiento de referirse a ciertos acontecimientos que marcan simbólicamente una época o el fin de un ciclo y el inicio de otro: éstos se denominarán como coyunturales. Finalmente, existen acontecimientos históricos que se pueden analizar, por decisión, como hechos aislados o igual dentro de un contexto completo, aunque al margen de un análisis que los absorbería en algún desarrollo de duración larga o muy larga; estos seguirán siendo simplemente acontecimientos históricos como tales.

Como primer ejemplo de lo anterior se puede tomar la ubicación geográfica de los países sudeslavos. Desde las primeras concepciones del mundo como tal, esta región ha representado un lugar estratégicamente importante. Se encuentra justo en medio del torbellino que representa el cruce de los caminos comerciales y físicos que unen el continente euroasiático y, por medio de la salida al mar Mediterráneo a través del mar Adriático, es una de las rutas que se podían tomar hacia el continente africano. La opulencia y el poder alcanzados por la pequeña República de Venecia en la Edad Media se debió justamente a este factor geográfico. En otras palabras, si revisamos las trayectorias expansionistas de todos los grandes conquistadores desde Europa hacia Asia o viceversa, veremos que coinciden con el supuesto anterior y que se veían éstos obligados a considerar los territorios mencionados como trascendentales en el afán de lograr sus objetivos.

Por otro lado, al estar situados en sudeuropa, los habitantes balcánicos se volvían una y otra vez la pieza fundamental para la integración de territorios de todos los imperios europeos, desde siempre. Su importancia geográfica, por ende, no se podría despreciar en ningún momento del pasado europeo y el de sus relaciones con Asia o África. Este factor de suprema importancia es ya parte integral de los habitantes de esta zona. Las invasiones a estos territorios y guerras llevadas a cabo por su dominación se habían vuelto una cotidianidad desde antes de la famosa Guerra de Troya, cuyo escenario desde luego fue justo una gran parte de ésta región.

En resumen, se puede afirmar que la situación geográfica de las tierras balcánicas es un factor trascendental que ha provocado un proceso de muy larga duración –más de veinte siglos- que combinado con situaciones diversas y cambiantes a lo largo de la historia ha desencadenado las invasiones tan lejanas en el tiempo entre ellas, como lo podrían ser la de los celtas sobre los singes, de los romanos sobre los celtas, de eslavos contra romanos –con diversos reveses-, del Bizancio contra el incipiente catolicismo del Imperio Romano Occidental, de los húngaros sobre los croatas, de búlgaros sobre todas las tierras sureslavas, de los turcos sobre los serbios, macedonios, monteneegrinos y gran parte de Bosnia –con diversos pormenores que se discutirán en breve-, de los búlgaros sobre los serbios liberados del yugo otomán, del Imperio Austrohúngaro contra los serbios en la Primera Guerra Mundial (como claro pretexto de inico de una guerra inminente en Europa, que duraría hasta 1945), de las fuerzas del centro en la Segunda Guerra Mundial, de los capitales alemanes y austríacos al inicio de la década de los 1990´s y el aniquilamiento masivo del estado yugoslavo a manos de la OTAN en 1999.

Siguiendo con el presente análisis, una vez establecidos e identificados los primeros Estados serbio y montenegrino y los sentimientos de nacionalidad particular de casi todos los pueblos sudeslavos, se subraya el segundo proceso de muy larga duración cuyas consecuencias resultan más actuales que nunca en el umbral del siglo XXI. Éste radica en la determinación cultural y religiosa de los diferentes pueblos que conformarían la Yugoslavia de Tito (1941-1990); determinados éstos por los diferentes imperios que dominaron los territorios de cada uno de estos pueblos por más de cinco siglos –desde el siglo XIV hasta los inicios del siglo XX-.

Durante toda esta época, los diferentes pueblos eslavos de estos territorios se encontraban en medio de una pugna trascendental entre las Iglesias Católica y Ortodoxa o Bizantina en un principio y el islam y todas las demás, después de la conquista de Serbia, Montenegro, Macedonia, gran parte de Bosnia y algunas partes de Croacia a manos del Imperio otomano. De ahí surgieron los sonados musulmanes de la actualidad que no son más que croatas y serbios convertidos al islam tras cinco siglos de persecución religiosa. La formación cultural adquirida por los croatas y eslovenos bajo el dominio occidental, austrohúngaro y de la Iglesia Católica resultaron por demás diferentes a los que se podían percibir entre los pueblos sudeslavos que se libraban del dominio otomán hacia finales del siglo XIX. Estas diferencias culturales se hicieron patentes y resultaron ser un factor trascendental una vez establecido el primer Estado yugoslavo después de la I Guerra Mundial. Incluso, hoy en día es posible ver en las calles de Sarajevo o Skopie mujeres vestidas a toda la usanza de países islámicos, herencia directa de la dominación otomanaa de estos territorios.

Los mencionados desencuentros culturales siguen provocando odios y menosprecio entre los habitantes balcánicos, además de haberse transformado paulatinamente en un colectivo reconocimiento de la existencia de una especie de títulos históricos autodefinidos, por medio de los cuales se construyó toda una teoría de superioridad nacional asumida por todas las partes involucradas y que, según los experimentados esquemas de un norte industrializado y un sur subdesarrollado, se deteriora cada vez más al irse alejando de Austria y acercándose a Albania.

Otro hecho interesante es que, siendo una frontera natural entre todas las potencias que a lo largo de la historia conquistaban una u otra parte de Europa o Asia, los pueblos sudeslavos –y sobre todo los serbios- han sido utilizados siempre y sin excepción, como ejército defensor de imperios, civilizaciones o iglesias. Incluso, parte del orgullo nacional serbio por ejemplo, reside precisamente en el hecho de sentirse los últimos defensores de la Europa cristiana en contra de la invasión musulmana; en caso de los croatas, el orgullo nacional radica en sentirse los últimos católicos civilizados frente a la Iglesia Bizantina y un poco más lejos, al Islam.

Tomando en cuenta lo anterior, es claro que se trata de pueblos que han considerado la guerra una parte fundamental de su existencia. El renombre conquistado de feroces guerreros, sobre todo en la población serbia, no se ha extinguido en el subconsciente colectivo de estos pueblos hasta el día de hoy. Desde luego, no se puede desdeñar el hecho estudiado en diferentes culturas, de las relaciones internas por demás pacíficas y amorosas, en el caso de sociedades bélicas y sumamente violentas hacia el exterior, compartido por el pueblo serbio. La cultura de guerra contribuyó de manera eficaz al inicio de los conflictos bélicos en la Krajina croata (antes Krajina serbia) en 1991.

Es interesante, sin embargo, que a la par de estos sentimientos y una cultura de guerra, se cultivaba en la época de la Yugoslavia titísta en la mayor parte de la población una esperanza hacia una paz duradera sustentada en la ideología política socialista, la desaparición forzosa de los odios anteriores a este nuevo estado y el surgimiento, probablemente artificial en un inicio, de una idea yugoslavista de hermandad de todos los eslavos del sur.

Aunque la historia a lo largo de los siglos parecía empeñarse en provocar la ruptura entre las identidades sudeslavas de estos pueblos, su fisionomía y la lengua que comparten parecían desafiar la lógica histórica que se les imponía. Aunque Mira Milosevich en su libro De los tristes y los héroes sugiere que Yugoslavia era una ilusión inventada por los primeros lingüístas del serbio-croata, la unificación de los pueblos sudeslavos en el siglo XX fue posible no por razones puramente lingüísticas, sino por los intereses políticos y socioeconómicos que no le dejaban otra alternativa a estos pueblos en plena época de la Guerra Total en el siglo XX.

La lucha por probar que existía un único idioma –ilirio-, base común del serbio y del croata, que tomó cuerpo en el movimiento conocido como ilirismo, fue el origen del proyecto de la nación yugoslava.

El ideal de un estado yugoslavo cuyos ciudadanos hablasen un idioma ilirio se debe a un alemán. Ljudevit Gaj, hijo de emigrantes alemanes, aceptó las ideas del croata Kopitar y del serbio Karadžić -el segundo alumno del primero- y las del ilirismo. Fue él mismo quién fundó en 1836 la Asociación de los amigos del pueblo ilirio, en Croacia, con la idea de crear una base política para la unión de todos los eslavos del sur –serbios y croatas como núcleo de la nación, y eslovenos y búlgaros como sus miembros constituyentes-. Fue, sin embargo, Ilija Garašanin, el ministro de Interior del rey serbio, Aleksandar Karadjordjević, quién escribió el primer programa nacional serbio en 1844, Načertanija (Principios), que fue la causa principal de la desaparición de los ilirios. La obra principal de Garašanin tomó las sugerencias amplias del patriota y jefe del Estado polaco, el conde Čartoriski. La idea fundamental era volver a Serbia el punto central de atracción para los eslavos del sur que se encontraban en los Balcanes. Lo anterior tomando en cuenta que Serbia se había vuelto el estado cristiano más significativo en esos momentos en estos territorios. Cuando en 1986, la Academia Serbia de las Ciencias y las Artes (SANU) escribía un Memorando con el fin de realizar un minucioso análisis de la situación de los serbios en ese momento (mismo que fue publicado sin la autorización de la institución), muchos dijeron que ese era el plan nacionalista serbio, inspirado completamente en el legado de Garašanin. Un gran número de intelectuales hasta el día de hoy le han atribuido a esos sueños de la llamada Gran Serbia el fracaso de la cristalización del proyecto ilirio y, a su vez, la desaparición del Estado yugoslavo a finales del siglo XX. Sin embargo, los momentos históricos y el orden mundial existente a mediados del siglo XIX eran muy diferentes a la realidad mundial de la década de 1990. El maniqueísmo político alcanzado por algunos, que insiste en atribuirle la misma causa de desaparición a ambos proyectos, culpando de ello únicamente las políticas expansionistas serbias, despreciando en todo momento el exorbitante nacionalismo alcanzado en los círculos políticos e intelectuales croatas (presente sobre todo a partir de la década de 1960 y que buscaba una emancipación propia anhelada por más de cinco siglos), es sin embargo el que ha permeado en los medios de comunicación internacionales.

Habiendo definido hasta este momento los dos procesos de muy larga duración y el de larga duración concerniente a la creación del proyecto yugoslavo, trascendentales para la comprensión de los acontecimientos en los Balcanes de finales del siglo XX, es necesario mencionar dos hechos coyunturales y uno de duración media más.

Estos serían, la realización del sueño ilírico intelectual, de un país único de todos los eslavos del sur, en plena época de lo que Eric Hobsbawm en su Historia del siglo XX llamó ”la época de la Guerra Total”, el mismo logro que como ya se dijo, lejos de cumplir con un sueño cultural, más bien obedecía una realidad sociopolítica y económica impuesta a estos pueblos. Este hecho propició en su mero inicio una serie de odios interétnicos y la frustración de todos los nacionalistas croatas y eslovenos que soñaban con una emancipación propia; sobre todo en los círculos intelectuales.

Fue en la mesa de los vencedores de la primera posguerra, al ir redactando el Tratado de Versalles que el Reino Serbio marcó el precedente de la repulsión nacionalista croata hacia los serbios, que determinaría los acontecimientos políticos de una gran parte del siglo XX yugoslavo y que desencadenaría los conflictos bélicos de los 1990's. En lugar de tomar una decisión más realista y expandir los territorios de su propio reino, preparando de esta manera el terreno hacia una futura confederación de los países sudeslavos, se prefirió crear el Reino Unido de Serbios, Croatas y Eslovenos, bajo la Corona serbia. De esta manera se frustraban los anhelos de la gran parte de la intelectualidad croata y eslovena quienes sentían a partir de entonces que los serbios se habían vuelto ”el puñal clavado en las gargantas” croata y eslovena, respectivamente.

Siguiendo la lógica de mencionadas frustraciones nacionalistas y como consecuencia directa de estos acontecimientos, Croacia se volvía al inicio de la II Guerra Mundial un Estado títere, creado por Hitler y supeditado a los lineamientos establecidos por la Alemania nazi. La adopción de la ideología fascista y los odios acarreados de veinte años antes provocaron el más terrible genocidio por parte del gobierno del Estado Independiente de Croacia en contra de la población serbia que habitaba desde siempre los territorios de este nuevo estado. El número de víctimas globales yugoslavas en la II Guerra Mundial que cuatriplicaba las de Francia o Italia, era cinco veces mayor a las de Austria o equivalía a las de Hungría, Rumanía, Bulgaria, Grecia y Checoslovaquia juntas (ver imagen), muestra claramente el alcance de las guerras de limpieza étnica ocurridas a la par de las invasiones de las fuerzas del eje y evidencían el impacto que tuvo esta época en el subconsciente colectivo de estos pueblos años después. Las consecuencias de tales odios nacionalistas se convirtieron en una bomba de tiempo que finalmente explotaba en la última década del siglo veinte.



Mapa comparativo de número de víctimas sufridas en la segunda guerra mundial por país europeo, despreciando las 5,000,000 de víctimas del holocausto.
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)

El proceso histórico de duración media importante para la comprensión de las tres guerras y el aniquilamiento masivo de finales del siglo XX, es el iniciado a partir de la década de 1960. La lucha política al interior de la Liga de Comunistas de Yugoslavia encabezada por los llamados comunistas reformistas, provenientes principalmente de Eslovenia, Croacia y Macedonia y más tarde de Serbia, que iba dirigida hacia una mayor democratización del sistema político yugoslavo y planteaba cambios tan radicales como la constitución de un sistema pluripartidario e invocaba incluso nociones acerca de una diversificación económica (idea que definitivamente le funcionó a China al inicio del nuevo milenio), se volvió sin embargo, un refugio perfecto para muchos nacionalistas, sobre todo croatas, y hasta demócratas cristianos que disfrutaban de un claro apoyo por parte de la Iglesia Católica. Aunque el movimiento fue acabado por Josip Broz Tito en las llamadas primaveras croata, eslovena y serbia, respectivamente, y se terminaba así con una generación excepcional de políticos progresistas que habían desarrollado una relación de trabajo entre las repúblicas jamás igualada, los legados referentes a una mayor autonomía de cada república en cuanto a las decisiones y la imposibilidad de veto se vieron reflejados en la Constitución yugoslava de 1974. La división de Serbia en tres partes a través de la creación de dos provincias autónomas en su territorio –Kosovo y Vojvodina-, la negación de la implementación de la misma medida con la Krajina serbia en Croacia, la enorme autonomía que se dio a cada una de las repúblicas, misma que aniquiló cualquier autoridad federal, fueron todos ingredientes precisos que aceleraron la desaparición de Yugoslavia en 1990, en medio de la crisis terrible de la década de 1980, una de cuyas consecuencias fue incluso el inicio del proceso coyuntural iniciado en 1989 con la desaparición de la URSS y el bloque comunista de Europa del Este.

Aquí ya se toca inminentemente el inicio del proceso iniciado con el derrumbe del bloque socialista europeo y, desde lugo, el sistema socialista yugoslavo a partir del año de 1989. Este proceso acarreó en un inicio un desbalance geopolítico mundial que daba paso al intento de implementación del llamado Nuevo Orden Mundial con EUA como la única potencia relevante. Hoy en día se puede afirmar que ese plan resultaba por demás irreal, al contemplar la naciente organización multipolar del mundo con la Unión Europea, Estados Unidos, Rusia, China, Japón y una incipiente alianza sudamericana encabezada por Brasil como los polos económicos visibles. Sin embargo, los equilibrios geopolíticos y socioeconómicos desaparecidos no arrojaban un sistema mundial claro al inicio del nuevo milenio, por lo que es necesario aguardar algunos años más para poder juzgar claramente en qué evolucionaba el de antaño mundo bipolar. Como ya se mencionó anteriormente, la imposibilidad que representó el tránsito de un sistema monopartidista y una economía cerrada hacia la "democratización" del régimen político y la diversificación del mercado, aunados a la impresionante crisis económica de los finales de los ochenta y los mencionados conflictos nacionalistas resurgidos, provocaron uno de los conflictos más temidos desde la creación de la República Socialista Federativa de Yugoslavia (SFRJ), en 1941. Todo ello provocó un redescubrimiento de los dos procesos de muy larga duración descritos. Por otro lado, los intereses acumulados sobre esta región y la complicidad total de la Unión Europea en la provocación de las tres guerras devastadoras en Eslovenia, Croacia y Bosnia y Herzegovina, son tan solo una lección para los demás países multiculturales y multiétnicos que podrían sufrir un futuro parecido o lo están sufriendo diariamente.

En este momento queda clara una hipótesis: los conflictos de la ex Yugoslavia, mismo país apoyado por el Occidente durante toda la segunda mitad del siglo XX ya que se guardaba la esperanza de utilizarlo como punta de lanza hacia la democratización de la Europa del Este, y también por la URSS, debido a su organización socialista, y a la vez en conflicto con ambas potencias en diferentes décadas a raíz de la política autogestiva traducida en el impulso del movimiento de los No alineados, la entidad más desarrollada industrial y económicamente de todo el bloque socialista -misma que tenía la capacidad de producir tecnología propia y que competía con sus productos en los mercados internacionales-, fueron acelerados y apoyados por el Occidente, el Vaticano, los países islámicos y cualquiera que veía alguna posibilidad de sacar ganancias suculentas de la situación, únicamente cuando el conflicto se veía ya inminente, a raíz de los procesos históricos y pugnas internas insalvables a partir de la segunda mitad de la década de 1980.

La situación geográfica y la complejidad cultural de estos pueblos fueron factores determinantes de sus suertes. Sin embargo, en el siglo XXI incipiente se puede hablar de una pequeña diversificación de estos fenómenos. El posicionamiento militar parecía haberse cambiado por una influencia económica que controlaba todos los poderes del Estado al que se quería dominar, como una nueva forma de hacer política dentro del capitalismo mundial de la segunda mitad del siglo XX, salvo sus excepciones. Sin embargo, a finales de ese siglo, se volvió un factor importante el control físico de recursos naturales, la biodiversidad y el petróleo. La conciencia ecológica crecía paulatinamente en los países desarrollados. Ello tenía una consecuencia inmediata –la necesidad de las grandes compañías transnacionales por salir en búsqueda de la materia prima en otros lados. Las consecuencias claras se pueden observar en las diversas selvas en América Latina, Asia o África. Surgió de nuevo la necesidad de invasiones militares para la conservación de intereses económicos de la ahora potencia al borde de una catástrofe económica y social, Estados Unidos.

Aunado a lo anterior, otro paradigma del final del siglo veinte ha sido en definitiva la transformación de los medios de comunicación. Tomando en cuenta que a partir de 1989 -justo ese año en definitiva coyuntural- surge el uso masivo de la Internet. Se suponía que la información llegaría a raíz de este hecho más fácil hacia cualquiera que la solicite. Sin embargo, para el 1999, ya había tanta información en esta especie de universo paralelo, que se volvía a menudo imposible leerla toda o incluso, poder distinguir entre la veraz y la que no lo era. Para que este problema pareciera poco, al mismo tiempo se desarrolló un nuevo concepto del oficio de la comunicación. Uno en el que los grandes capitales y los poderes económicos mundiales estribaban en el control de los medios de comunicación. Incluso, el público en general ya no sería tratado más que como cliente. A menudo, un cliente a quien se consideraba menor de edad. En palabras de Ignacio Ramonet, las grandes empresas de comunicación se encontraron en posición de aumentar su rentabilidad, en nombre de ganar un público cada vez mayor y tener evidentemente, más consumidores. Por lo anterior, el periodismo y la comunicación en general alrededor del mundo integraron en sus discursos tres características fundamentales: 1) el discurso, el mensaje a comunicar, se volvió cada vez más sencillo; elaborado con muy pocas palabras, con la idea de expresarse de manera poco complicada. Todo lo que es racionamiento complicado o raciocinio de demostración se abandonó a la prensa especializada, a los libros o a las universidades. Surgió una especie de voluntad de simplificación y ésta desembocaba seguido en una concepción maniquea de las cosas. Cualquier problema se transformaría en un conflicto simple entre el bien y el mal. 2) La segunda característica sería la rapidez: surgió la necesidad de una información que podría ser consumida rápidamente, es decir, sea cual sea el valor de la información se trataría de dar en un espacio muy corto. 3) En tercer lugar, estaría el aspecto en el que la información, expresada, por consiguiente, con palabras muy sencillas, dicha muy rápidamente debería despertar una respuesta emocional en el que la recibe.

En el caso de las guerras en los territorios de la ex Yugoslavia, este nuevo concepto de comunicación volvió a pasar su, en esta ocasión ya segunda prueba de fuego (la primera había sido la cobertura de la guerra, Episodio I, del Golfo Pérsico). Mucho antes de poder ubicar geográficamente en un mapa la antigua Yugoslavia, el público alrededor del mundo ya tenía muy presente que los serbios eran los malos y los croatas y eslovenos los buenos del cuento. O cuando menos, que todos estos pueblos eran unos salvajes inconscientes y que la vergüenza mayor radicaba en el hecho que habitaran uno zona céntrica de Europa. Esta era una percepción emocional y por ende, demasiado fuerte de combatir. Poco pudieron hacer la televisoras independientes o los escritos en Internet por revelar las implicaciones externas de organizaciones como la Unión Europea o la ONU en el conflicto. Incluso, a través de los medios de comunicación se pudo enfocar una razón clara para seguir destruyendo la infraestructura civil serbia durante 78 días en 1999, cuando las televisoras internacionales hablaban todo el tiempo de una ofensiva en contra del poderío militar serbio. La excusa era el rostro de Slobodan Milošević; explotada hasta un extremo ya ridículo para inicios del año 2000.

La insaciable sed por el poder de Milošević, su equivocación en el cálculo de las condiciones políticas para 1993, la pérdida de la Krajina croata (antes serbia) en medio de lo que Mira Milosevic [Mil00] denominó trueque político con el entonces presidente croata Franjo Tudjman a cambio de la República Srpska en Bosnia y la pérdida final de Kosovo a finales de 1999, hacían que su gobierno se sostuviera únicamente por el apoyo externo, la manipulación de información de consumo interno y la monopolización de los medios de comunicación. El presidente serbio se mantuvo en el poder por largos once años y fue derrocado a través de un proceso democrático (financiado por Washington, en tal vez la mayor equivocación del gobierno de Clinton) y votación libre y secreta, solamente en el momento en el que así le convino al Occidente. Tristemente, la suerte de los países sudeslavos sigue supeditada a los humores e intereses de ese mismo bloque dominado por Estados Unidos y la Unión Europea.

Años más tarde se repetiría la misma estrategia para destrozar y apoderarse militarmente de Afganistán e Iraq, con un alto riesgo que lo mismo les ocurra a Irán, Corea del Norte, Lybia, Venezuela, Cuba y los demás miembros del llamado Eje del Mar, término acuñado por el gobierno de George W. Bush.

Poco a poco, con la debida calma, se intentarán ir planteando y discutiendo las razones probables de las tres guerras y el aniquilamiento masivo llevados a cabo en las tierras de la ex Yugoslavia, en la década de 1990. Aquí se hará una breve referencia inicial a éstas, enumerándolas sin pretender mostrar una mayor importancia de alguna sobre las demás:

- Los nacionalismos extremos generados como un móvil de masas tras el derrumbe del sistema socialista igualmente autoritario e intransigente, entrado en una crisis económica sin precedentes en la década de los ochenta, acaecido a la muerte de Josip Broz Tito. Emanados estos nacionalismos de un pasado complejo de los pueblos sudeslavos, lleno de heridas y pretensiones frustradas de todos y cada uno de los actores de este controversial escenario. Ello de la mano de una lucha llevada a cabo por parte de supuestos sectores progresistas que luchaban por ganar mayores libertades, despreciando los únicos logros positivos del sistema socialista vulgar del que intentaban escapar, relacionados con conceptos de los mínimos aceptables en cuestiones de justicia social e igualdad material; además de despreciar de manera terrible los efectos nocivos de las privatizaciones y la globalización de capitales. Temas que, al parecer, nunca le importaron mucho a los nuevos gobiernos balcánicos.

- Las pretensiones económicas de la Unión Europea por un lado, Estados Unidos por el otro, y Rusia por uno tercero sobre los mercados y territorios de las relativamente pequeñas repúblicas de Eslovenia y Croacia, en un inicio, y todas las demás después.

- La decisión tomada por parte de las grandes potencias internacionales, -o tan solo de EUA en posición de controlar directa o indirectamente tanto a la OTAN, como a la ONU, el FMI y el Banco Mundial en 1990's- de sacar provecho y fortalecerse del conflicto generado una vez que ya no era posible pararlo. Era necesario tomar el control de las economías, mercados e inmuebles de las repúblicas de la ex Yugoslavia por parte de compañías transnacionales. Si alguna de las repúblicas se opusiera, era preciso sancionarla con bloqueos económicos hasta lograr su completa rendición y su absoluta dependencia de los capitales extranjeros para su supervivencia.
- Las intenciones estadounidenses que giran alrededor de la seguridad militar que deberá implementarse a lo largo de los caminos del petróleo que vienen de Asia Menor, el mismo oro negro que se está almacenando en el subsuelo estadounidense y que amenaza con acabarse en un futuro no demasiado lejano, consumo del cual sigue supeditado a la merced de los grandes monopolios, de los cuales escaparán únicamente las naciones de gran estabilidad económica y gran desarrollo tecnológico en el área de exploración energética. Las bases navales de la OTAN han sido construídas en Bosnia, Macedonia y la más grande existente en Europa, en Kosovo. Es importante incluso el posicionamiento militar con respecto a Rusia, China y el Medio Oriente. Todo ello aunado a la definición esbozada del proceso histórico de muy larga duración emanado de la posición geográfica de estas tierras. Los hechos surgidos a partir del 11 de septiembre de 2001 y la aniquilación de Afganistán e Iraq por parte de las fuerzas armadas de EUA, tienen como móvil el mismo control de los caminos del petróleo.
- Retomando el análisis de Milorad Ekmečić y otros estudiosos del tema, la indiscutible vaticanización de los países de antiguo corte socialista y la respectiva adhesión de los nuevos creyentes al gran mundo católico que quiere a toda costa prevenir una crisis de cantidad de adeptos en el porvenir, que han encontrado el redescubrimiento de la religión como una indiscutible prueba de su recién ganada libertad. La participación de Karol Wojtila (q.e.p.d.), el primer Papa polaco -elegido en el momento más oportuno para la causa del catolicismo-, fue determinante en este proceso.
- El intento por una desestabilización del mercado de la Unión Europea por parte de Estados Unidos que, finalmente, no resultó. Ello a raíz de la inminente crisis de este país ampliamente comentada por varios científicos, basada en la sobre valoración de la moneda y las acciones norteamericanas en los mercados internacionales, la crisis comercial iniciada desde la época de los setenta en este país, la evidente crisis productiva traducida en la llamada desaceleración de la economía y despidos masivos en el 2001 y una creciente crisis social por demás comentada. Lo anterior de la mano de la profunda crisis de las instituciones estadounidenses surgida con mayor fervor a raíz del fiasco del aparato democrático en las elecciones del año 2001, en las que se erguía como ganador George W. Bush en contra del voto popular, sobre el candidato de los demócratas, Al Gore. Desde luego, todo ello encontrará un antecedente de extrema importancia para intentar explicar los acontecimientos ocurridos a partir del 11 de septiembre de 2001 y la destrucción absoluta de Afganistán e Iraq, los conflictos incontrolables entre los israelíes y palestinos, los ataques cada vez más intensos en contra de Cuba, Venezuela, Corea del norte y, en suma, la creación del nuevo mapa geopolítico de un mundo en constante cambio.
- Por último, el uso y experimentación del armamento de la OTAN, buena parte del cuál vencía en el año 2001, la destrucción global de la infraestructura de un país con miras a la posibilidad de su reconstrucción con capital extranjero, mayoritariamente estadounidense. Neocolonialismo tan popular en este final de milenio.

El establecimiento de los Estados Unidos como la potencia indiscutible en los 1990's, veía sus orígenes más claros desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El renombrado Plan Marshall que rescató a una Europa totalmente devastada al final de la década de los cuarenta y la creación del Estado judío en el Medio Oriente, convirtieron a los países europeos e Israel, entre muchos otros, en países clientelares de EUA. Ello desde luego, cosechó frutos y se hizo por demás evidente con la desaparición del bloque socialista y la URSS. A partir de 1989, el mundo entró en una especie de remolino histórico, marcado por el intento de restablecimiento de este país como el Imperio dominante de un mundo carente de alguna otra potencia económica que pudiera garantizar un equilibrio parecido al experimentado durante la Guerra Fría. Un mundo marcado por el renovado resurgimiento del liberalismo económico decimonónico en una variante fría y despiadada. Una realidad que destruye de manera absoluta a cualquier país que intente establecer algún sistema diferente al imperante. Ello es la razón por la cual fue posible que Yugoslavia fuera bombardeada por la OTAN, al igual que Afganistán e Iraq en el ya desenfrenado intento por remediar las crisis venideras por parte del unilateralismo Bushiano, en aquel entonces con una Europa gobernada mayoritariamente por partidos denominados como de centro izquierda –o de tercer vía-.
Era ésta la primera ocasión en la que la OTAN con sus diecinueve países miembros -anexados a última hora Polonia, Hungría y la República Checa- intervenía militarmente en un país no miembro, por conflictos internos en éste y sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, sin una declaración de guerra formal anterior a los ataques. Rusia, Bielorusia, China e Iraq se opusieron enérgicamente a esta iniciativa desde un inicio, aunque sólo diplomáticamente. No se debe dejar de mencionar que Iraq y China fueron incluso intimidadas militarmente, en acciones y bombardeos que la comandancia de la OTAN calificó de errores.

En las calles de la mayoría de los países del mundo se veían manifestaciones en contra de los bombardeos. El refrán que apelaba a la terrible realidad que ser yugoslavo no era una nacionalidad, sino un diagnóstico, se veía traducido en carteles que rezaban ”Todos somos yugoslavos”.
Muy pronto aparecerían carteles en los que se leería: ”Todos somos los indios del mundo” o ”Todos somos Marcos” o ”Todos somos afganos” o ”Todos somos palestinos”...

La República Serbia-Montenegro de hoy amenaza en convertirse muy pronto en solamente Serbia. Es posible que Montenegro decida separarse por la opresión económica que el gobierno serbio ha ejercido sobre su hasta el momento único aliado. Eso dejaría a Serbia como el gran perdedor, ya que se ha quedado desde 1995 sin la Krajina serbia en Croacia, sin Kosovo a partir de 1999 y se podría quedar sin la única salida al mar que le significa Montenegro en cualquier momento posterior al año 2000.

Para el año 2002, Slobodan Milošević enfrentaba ya su juicio en el Tribunal para Crímenes de Guerra en Bosnia y Herzegovina, y posteriormente, a partir de 2004, también por los crímenes de lesa humanidad en Kosovo, en La Haya, ante el juez designado Karla Del Ponte, en condición de su propio defensor en un inicio y representado jurídicamente a partir del año pasado, y los Balcanes han dejado ya de ser una noticia importante para la impresionante industria de medios de comunicación internacionales. Eslovenia entraba a la Unión Europea en mayo de 2004, y las demás repúblicas sudeslavas luchan por incorporarse a este organismo o a la OTAN, sentenciadas para entregar a todos los perseguidos por el tribunal de La Haya, tema muy caliente al interior de cada una, ya que muchos de los supuestos criminales de guerra han ganado incluso estatus de héroes nacionales, tanto en Croacia como en Serbia. En abril del 2005, la comisión especial de la UE ha sentenciado como viable la anexión de las repúblicas Serbia y Croacia.

Es claro que los dos procesos de muy larga duración y el contexto geográfico y geopolítico balcánico no han terminado y que los pueblos sudeslavos enfrentan un enorme reto de convivencia pacífica y una inminente colaboración económica y en otros rubros, que es necesaria entre cualesquiera países vecinos.

Podría ser interesante especular acerca del futuro de esta región, aunque el año 2000 y el final de los cuatro conflictos bélicos que tomaron lugar en los quince años anteriores en estas tierras, definitivamente han marcado otro hecho coyuntural más, en la extensa historia de la península balcánica.

El 10 de Febrero del año 2003 oficialmente desaparecía el nombre de Yugoslavia en los anales de la historia mundial. En el mismo momento, nacía la República Federativa Serbia-Montenegro.

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