Mapa-enlace, cortesí­a de http://go.hrw.com. Hacer click sobre el nombre del paí­s de interés para información básica



30.7.08

El federalismo yugoslavo, la multietnicidad y el movimiento crítico de los sesenta en la SFRJ

Para la época de los años sesenta del siglo veinte y por medio de continuos tanteos y ya tres decenios de un régimen incuestionado, los comunistas yugoslavos habían desarrollado, según Bogdan Denitch [Den95], una compleja federación más lograda que otros modelos existentes en el manejo de los problemas de la multietnicidad. Sin embargo, dentro de la liga de comunistas yugoslavos se vislumbraban las cada vez mayores fricciones ideológicas entre los llamados comunistas reformistas y los conservadores. Para la primer mitad de los ’60, Eslovenia, Croacia y Macedonia se volvían cada vez más fuertes bastiones del neófito progresismo (liberalismo) comunista.

Durante el período de 1962 a 1966, como jefe del ministerio del interior de Yugoslavia fungía Aleksandar Ranković. Junto con otros funcionarios de opinioes parecidas, formaba el ministro Ranković parte del ala radical conservadora (autoritarísta) del partido comunista yugoslavo. Su oposición era franca y abierta a la ideología basada en la autogestión y todas las ideas reformistas existentes en aquel momento. Ello les costó a algunos miembros de este grupo el que ya para el año 1966, Tito, en conjunto con el ala reformista del partido, decidiera destituir a su personaje más visible, a decir Aleksandar Ranković, y con ello quitarle a los conservadores mucho poder.

Mira Milosevich [Mil00] escribe que Aleksandar Ranković fue destituido por Tito en 1966 por haber exigido mano dura para solucionar los problemas de Kosovo. Ranković proponía la centralización del estado yugoslavo, en contra de las ideas defendidas por los comunistas croatas y eslovenos en la línea de desarrollo de la federación yugoslava en dirección de una futura confederación. Para él y para otras personalidades de la cúpula del partido comunista que lo apoyaban, el problema fundamental no radicaba en cuestiones ideológicas sino en la impotencia del comunismo para solucionar las cuestiones nacionales; mismas que se acercaban a un punto de inestabilidad en la región de Kosovo y Metojia.

Todos estos acontecimientos significaron un vuelco importante en las políticas internas y el direccionamiento ideológico del partido. Los progresistas empezaban a plantear hipótesis importantes acerca del rumbo de su peculiar sistema socialista. Se empezaba a hablar acerca de cuestiones tan trascendentales como lo son una mayor libertad en la economía, la apertura comercial hacia el Occidente y el mundo en general, una profunda democratización del mismo partido y las voces más aventuradas ya clamaban incluso un multipartidismo socialista, nunca antes mencionado.

Los eslovenos mencionaban incluso, ya en esta época, una paulatina privatización de empresas de propiedad social por medio de repartición de sus acciones entre los trabajadores de las mismas. Aunque estas propuestas fueran tan sólo teóricas, significaban llevar la política autogestiva al extremo.

Todo ello me parece que era una cuestión de trascendencia impresionante. De haberse aventurado el gobierno yugoslavo en intentar establecer algunas de estas ideas, a lo mejor se hubiera podido contar con una alternativa real en estos inicios de milenio. Era mucho más fácil alcanzar un sistema sociopolítico óptimo que pudiera satisfacer todas las necesidades de una sociedad desde una perspectiva socialista a través de un progreso paulatino y precavido hacia la propiedad colectiva organizada en cooperativas, que intentar establecerla desde un capitalismo arraigado con ideas utópicas de liberalismo del siglo XIX. Sin embargo, todo ello en aquellos momentos no contaba ni con la más mínima viabilidad de éxito.

La mayor democratización del sistema era la consigna adoptada por todos los movimientos estudiantiles que estallaron en las ”primaveras” croata, eslovena, macedonia y posteriormente la serbia en el período del ’68 al ‘71. El Occidente, por razones obvias, apoyaba y financiaba las políticas reformistas, mientras que el Oriente mostraba sus simpatías y le brindaba considerable apoyo en propaganda y cooperación económica a los conservadores. Una vez más, mi país se tornaba el escenario de batallas, esta vez ideológicas, entre los dos grandes polos de un mundo dividido.

Existe actualmente una fuerte corriente de opinión que señala que lo que iniciaba como una propuesta de política reformista y buscaba una mayor descentralización económica de cada una de las repúblicas, resultado del repetido esquema de un norte industrializado y un sur subdesarrollado, se volvía cada vez más una cuestión nacionalista. Bogdan Denitch [Den95] escribe que es cierto que hubo un fuerte clamor de descontento nacionalista en la primavera croata de 1969-1971, cuando se escucharon demandas de una autonomía mayor desde Croacia. Los populares reformistas jóvenes de la dirigencia de la Liga comunista de Yugoslavia croata, pidieron que se permitiera que Croacia tuviera una mayor participación en las ganancias de moneda firme, procedentes del turismo y que se le concediera mayor autonomía administrativa respecto al centro federal.

Tito, prosigue Denitch [Den95], decidió en esos momentos reprimir todos estos movimientos. Para empezar, él era marxista leninista, cuestión que le impedía aceptar las nuevas ideas por demasiado aventuradas. Por el otro lado, tenía muy presente que el éxito de la convivencia de los pueblos yugoslavos radicaba en el fuerte centralismo federal. Una mayor descentralización del poder político y económico traería consigo consecuencias equivalentes a las que se vivieron treinta años después; además su poder personal se vería drásticamente disminuido.

En mi muy personal opinión, la razón principal de la decisión de la represión emanó, sin embargo, del fervor nacionalista que hubiera podido desintegrar el país en tiempo récord. Lo acertado de la visión de Tito quedó incuestionable tras el fracaso rotundo de la constitución de 1974, como se verá más tarde.

Después de reprimir drásticamente a una oposición de izquierda marxista que giraba en torno al periódico Praxis, editado en ese entonces en las islas Brioni en Croacia, mismo en el que discutían la ideología y los preceptos teóricos de las políticas a seguir las mentes más brillantes de esa época de todo el mundo y que era en sí el motor de las ideas reformistas mencionadas, se alentó el desarrollo de una euforia nacionalista que se trató de utilizar de 1968 a 1972 para arrancar concesiones a la federación. Esto funcionó durante algún tiempo, observa Denitch [Den95], pero en 1971 se había empezado a perder el control de los ”seguidores” nacionalistas.

Los nacionalistas de derecha y tradicionalistas, con el apoyo de parte del clero católico, empezaron a ingresar en las organizaciones nacionales oficialmente autorizadas, como la sociedad cultural croata Matica, y a amenazar el control de la Liga comunista de Yugoslavia.

Tito empezó a desplazar a estos nacionalistas y los expulsó de la vida política. A pesar de las protestas en contra de los propagandistas nacionalistas croatas, la represión de Tito en 1972 no se limitó a los croatas que coqueteaban con el nacionalismo y el reformismo comunista. Muy al contrario. Tito, siempre en busca de una ”simetría” represiva en el tratamiento de las dirigencias potencialmente contenciosas de las diversas repúblicas yugoslavas, también reprimió y eliminó a los dirigentes comunistas reformistas y muy populares en Serbia, Eslovenia y Macedonia. En opinión de Denitch [Den95], esto acabó eficazmente con los miembros mejores y más brillantes de la generación joven posrevolucionaria de dirigentes yugoslavos, un grupo que poseía una historia de trabajo en común y era, por lo menos entonces, casi inmune a la intolerancia nacionalista entre sus miembros. "No había habido nunca una dirigencia serbia más tolerante ante las demandas croatas y menos propensa a la demagogia nacionalista que los dirigentes reformistas que Tito obligó a salir en 1972" [Den95].

No cabe duda, sigue Denitch, que la represión violenta de Tito, a diferencia de las famosas purgas stalinistas, dejó a las víctimas vivas y en buen estado. Pocos fueron encarcelados. La mayoría, o al menos la mayor parte de comunistas purgados, recibieron empleos sensatos o fueron jubilados. Todos conservaron sus lujosos departamentos. No obstante, señala acertadamente el sociólogo, el daño moral y político al sistema político yugoslavo fue enorme. Toda una generación de reformadores comunistas progresistas fue eliminada de la vida política por dos decenios. Para empeorar las cosas, esta generación había mostrado que podía cooperar de un modo que ninguno de sus sucesores pudo repetir.

Además de purgar a los reformadores comunistas, las medidas enérgicas de Tito enajenaron fatal y permanentemente a toda una generación de nacionalistas y de demócratas moderados no comunistas. Sin embargo, la semilla plantada por los movimientos de esta época dio frutos unos cuantos años más tarde, en mi opinión para desgracia de Yugoslavia, aunque siguiendo la secuencia lógica de acontecimientos.

En este período fueron hechas las modificaciones de enorme trascendencia a la constitución socialista yugoslava. La constitución de 1974 daba prácticamente a cada república y cada provincia el veto a cualquier legislación que pudiera afectarlas negativamente. Muchos expertos extranjeros también han esgrimido que Yugoslavia estaba demasiado descentralizada por esta constitución, lo que dificultaba y hacía casi imposibles, al menos legalmente, las decisiones económicas y políticas en el país.

En 1974 se les otorgaría, de igual manera, autonomía a las dos provincias que formarían parte de Serbia: Kosovo en el sur y Vojvodina al norte de Serbia.

Los albaneses pedían en este momento que el territorio de Kosovo fuera reconocido como república independiente, petición rechazada por Belgrado ya que en el fondo ésta contenía un interés separatista.

En principio, como bien lo analiza Mira Milosevic [Mil00], la relación entre las repúblicas era igualitaria y simétrica dentro del contexto yugoslavo común. Pero el status de Serbia había cambiado profundamente, creando nuevas dificultades para su integración territorial. En realidad, con la constitución de 1974, Serbia no tenía el mismo poder que las otras repúblicas yugoslavas, porque dentro de su territorio existían dos comunidades con su propia autonomía, Vojvodina y Kosovo. Estas regiones podían influir en las decisiones del gobierno serbio con su derecho a veto, mientras que este no tenía el mismo derecho respecto a los gobiernos de las comunidades autónomas. Por lo tanto, ambas comunidades autónomas tenían en realidad los atributos de un estado independiente –poder legislativo, jurídico y ejecutivo- enmenoscabo de Serbia. Los intentos serbios por modificar este aspecto de la constitución de 1974 fracasaron debido al veto de los otros miembros de la federación .

Por otro lado, los serbios no cesaban en insistir acerca de la falta de equidad en cuestión de territorios autónomos –si la Krajina en Croacia contaba con una indiscutible mayoría serbia, ¿porqué no merecía el estatus de comunidad autónoma? Sin embargo, Serbia ya no poseía la fuerza suficiente para ser escuchada. Todo ello parecía un mal augurio para el futuro yugoslavo.

La nueva constitución estaba bien para los buenos tiempos, cuando no era necesario tomar decisiones urgentes y no amenazaba ningún peligro externo ni interno. El problema no era sólo que la federación era constitucionalmente muy flexible, sino que lo que hacía que funcionara eran los acuerdos extralegales e informales de la cumbre de los dirigentes del KPJ (partido comunista yugoslavo) y no el sistema político formal. Estos lazos y acuerdos informales tan importantes empezaban a deshacerse aún antes que el sistema formal.

La toma de decisiones formales por el centro federal fue casi totalmente bloqueada por medio de la insistencia en el consenso y en la soberanía de las repúblicas.

Refiriéndose a este problema, Bogdan Denitch [Den95] prosigue diciendo que como aprendizaje de lo que se empezaba a gestar a raíz de esta constitución y que desencadenaría en un conflicto trágico años más tarde es que un excesivo hincapié en la autonomía de los subcomponentes nacionales puede paralizar al tipo de estado como lo era Yugoslavia. Además, si como consecuencia de la parálisis, el gobierno se muestra incapaz de gobernar con eficacia, éste perderá la legitimidad tan decisivamente como si es demasiado represivo. El conflicto se veía venir.

Mira Milosevich [Mil00], prosiguiendo en la misma dirección e intentando definir el estado yugoslavo, escribe que éste era lo que el sociólogo norteamericano Rogers Brubaker definió como un ”estado plurinacional en el sentido etnodemográfico e institucional, de una clase muy específica, porque su plurinacionalidad dependía del régimen totalitario comunista, su creador y el garante de su perduración” . La inestabilidad inherente a este tipo de estados deriva de que no han sabido o no han podido solucionar su cuestión nacional previa, dificultad derivada, en realidad, de la imposibilidad misma de resolverla, porque hacerlo supondría, finalmente, la desintegración del estado común. Por esa razón, prosigue la socióloga [Mil00], cada intento de las minorías por fundar una nueva nación miembro con su propio estado autónomo dentro del estado plurinacional, puesto que sólo puede crearse a costa de la nación fundadora, lleva a la organización plurinacional a la crisis. La estabilidad política de los estados plurinacionales exige que todos sus miembros consideren la cuestión nacional como asunto cerrado, al admitir que cada minoría nacional ya se ha autodeterminado al decidir formar parte del estado plurinacional. Sólo con esa condición se puede crear un marco institucional y una identidad política para dicho estado. Yugoslavia fue para Mira Milosevich [Mil00] un ejemplo típico de ello, en el sentido de que la identidad política –yugoslava- siempre entraba en competencia con las identidades nacionales subyacentes.

La inestabilidad era permanente debido a que las naciones nunca renunciaron a solucionar la omnipresente cuestión nacional. El régimen comunista logró cierto equilibrio débil entre estados-miembros, pero nunca una verdadera solución. El sistema comunista agudizó, de hecho, el tradicional abismo entre los dos conceptos de nación en pugna, el democrático y el étnico, impidiendo la integración del estado.

Milosevich sigue esgrimiendo [Mil00] que el régimen comunista institucionalizó la plurinacionalidad y de este modo estimuló el nacionalismo. La función de esta institucionalización, en Yugoslavia, fue mantener el poder y la autoridad del partido comunista. Las repúblicas federadas ya eran, en la práctica, estados cuasi independientes; lo que les faltaba era realizar la dimensión identitaria del nacionalismo con la independencia completa respecto a sus vecinos. Cada una de las seis repúblicas tenía sus específicas características sociales, económicas, demográficas, políticas y culturales. Se creía, según la concepción socialista de la igualdad ideológica, que estas diferencias desaparecerían a lo largo del tiempo gracias a la intervención del estado socialista. Pero esta fue una ilusión contraproducente que alimentó los resentimientos nacionalistas.

El estado yugoslavo no consiguió crear un equilibrio entre la identidad común yugoslava y la identidad nacional de cada república: ambas eran competitivas y rivales.

Para Mira Milosevic [Mil00], la dinámica de los conflictos nacionales comenzó en los años sesenta. Duró una década, hasta 1974, cuando se aprobó la nueva constitución que provocaría el renacimiento del nacionalismo serbio radical durante los años ochenta. Inauguró una época regida por dos procesos principales: el inicio de las reformas económicas y la aparición de nuevas interpretaciones del concepto de nación.

Gracias a la constitución de 1974, y por primera vez desde el censo de 1961, los ciudadanos tuvieron la oportunidad de declararse yugoslavos. Esta innovación, escribe la autora [Mil00], surgió de los debates de los años cincuenta y de las teorías sobre la existencia de una cultura yugoslava común. Esta cultura yugoslava partía de la base establecida por los ilirios: en 1954 se reconoció oficialmente por primera vez que el serbio, el croata y el montenegrino son variedades del mismo idioma. Todo ello se encontraba, desde luego, en medio del enorme debate de rasgos nacionalistas comentado ya en este blog aqui. Pero, ya desde el censo de 1961, los intelectuales y políticos de Eslovenia y Croacia reaccionaron contra esa idea mediante un argumento antiyugoslavo: "el patriotismo socialista no necesita que todos seamos yugoslavos".

El VIII Congreso del partido comunista de Yugoslavia de 1964, redefinió la cuestión nacional yugoslava según la interpretación esloveno – croata: fuera del contexto del patriotismo socialista, la invocación de la identidad yugoslava sería considerada como un concepto que encubre intenciones ”hegemonistas y unitaristas” [Mil00].

Se iniciaba de esta manera, a partir de la década de 1960, el proceso histórico de duración media que culminaría en 1990 con la destrucción interna de la federación yugoslava, provocada por un renacimiento de nacionalismos extremistas en todas las repúblicas y una crisis económica devastadora agudizada en la epoca de 1980.
_____________________________________________

«« Hacia El sistema autogestivo y la democracia socialista en Yugoslavia (SFRJ)

Etiquetas: , , , , , ,

29.7.08

El sistema autogestivo y la democracia socialista yugoslava (en construcción)

En Yugoslavia, el período transitivo entre los restos monárquicos y el establecimiento del nuevo orden socialista al término de la segunda guerra mundial marcó el viraje histórico en el desarrollo de las relaciones socialistas y de la supuesta democracia socialista [Jov69].

Con la apertura del proceso de autogestión [Dji71] se dio comienzo a la realización de la característica más sobresaliente del sistema sociopolítico y jurídico estatal de aquella época de Yugoslavia. Las bases de ese sistema eran: la autogestión en las organizaciones económicas, en las escuelas, las instituciones sociales y en todos los demás ámbitos. Esto es, la concesión al pueblo trabajador del derecho a decidir sobre todas las cuestiones que atañen al desarrollo y organización de sus empresas; el traspaso ininterrumpido de las prerrogativas estatales a los cuerpos representativos elegidos; y la actividad directa de la población en las decisiones sobre los asuntos más esenciales concernientes al trabajo y desarrollo de las comunidades sociopolíticas locales y otras. Los prerrequisitos económicos y políticos de este desarrollo fueron asegurados mediante la nacionalización de todas las instituciones económicas y sociales, los bosques y riqueza mineral, estableciéndose el máximo agrario (en propiedad privada) de 10 hectáreas por familia rural [Dji71].

Sobre esta época, la postura oficialísta de la Liga de comunistas yugoslavos subrayaba que "la característica constitucional democrática del estado debe indicar una nueva forma especial del estado socialista, una síntesis del socialismo y la democracia como condición indispensable del ulterior desarrollo socialista. En el sentido político de la palabra, el socialismo debe dar no sólo nuevas, sino también más completas, más substanciales formas de la democracia política que las antiguas y existentes sociedades fueron capaces de llevar a cabo" [Jov69].

Según esta ideología pragmática, la esencia de los problemas no consiste en el dilema entre el sistema de varios partidos y el sistema de un partido, pues ”tanto el uno como el otro sistema pueden ser la realidad de un determinado período del desarrollo socialista en distintos países” [Jov69], sino en la búsqueda de nuevas formas de democracia que se cimentarán y desarrollarán en la propiedad social de los medios de producción. En estas relaciones, la posición de la clase obrera es el factor más importante. Ella no es ni puede ser sólo una clase en cuyo nombre se ejerce el poder estatal, sino que se debe convertir en la principal y verdadera fuerza promotora del progreso social. La clase obrera puede llegar a ella sólo si asume el control directo sobre el manejo de la producción y distribución [Jov67, p. 10-11].

Todas estas premisas creaban del sistema socialista en su versión yugoslava una amenaza para el mundo capitalista aún mayor que la que representaba la misma URSS. El hecho de plantear y crear un sistema con bases autogestivas y sacar las ideas valiosas legadas por la comuna de Paris, lo hacía mucho más atractivo para los movimientos obreros en los países del Occidente. Las relaciones se empezaban a enfriar súbitamente entre Yugoslavia y la OTAN.

Finalmente, toda la palataforma ideológica de los comunistas yugoslavos parecía un objetivo irreal no muy diferente al de los comunistas utópicos, anarquistas o hasta demócratas visionarios: en teoría suena magnífico, mas la práctica - eso es totalmente otra cosa. El carácter democrático del estado yugoslavo y el principio de la autogestión social por lo tanto, señalaban la esencia de este sistema, que en su base representaba una extinción gradual del estado como tal, mediante el desarrollo de la autogestión social.

Las asambleas eran los órganos más altos del poder y de la autogestión social en los territorios para los cuales habían sido electas. En la federación existía la asamblea federativa; en las seis repúblicas socialistas, se habían conformado sus respectivas asambleas de las repúblicas; y en las regiones autónomas de Kosovo y Vojvodina, creadas a partir de la constitución de 1974, se establecerían las correspondientes asambleas regionales.

Todas las asambleas se hallaban compuestas de la siguiente manera: por representantes de los ciudadanos, como tales; y por representantes de esos mismos ciudadanos, en su calidad de trabajadores ocupados en las empresas económicas o en las diversas instituciones culturales, educacionales, de salubridad, de la administración estatal o de la política social (la llamada burocracia o la "nueva clase", según término acuñado por el mismo Milovan Djilas en [Dji57], en su libro The New Class, la primera crítica al sistema socialista "real" como se le designa hoy en día, que al ser publicado en EUA en 1957 fue utilizado hasta la exageración por la propaganda capitalísta).

Los representantes elegidos por todos los ciudadanos pasaban a formar parte de los consejos políticos de las asambleas. Los ciudadanos ocupados en las actividades económicas, educacionales, culturales y de salubridad, en las instituciones y organizaciones sociales y en los órganos de la administración estatal, elegían a los miembros de las organizaciones de trabajo.

Las asambleas comunales eran en principio bicamerales, constituídas por el consejo comunal por un lado y el consejo de las comunidades de trabajo, por el otro. Las asambleas regionales, las de las repúblicas y la federativa se hallaban formadas por un lado, respectivamente por los consejos regional, los de las respectivas repúblicas y el federativo; y por el otro lado, cada una de estas asambleas estaba constituída por cuatro consejos correspondientes a las respectivas comunidades de trabajo: la económica, la educativo cultural, la de salubridad social y la político organizativa.

Las candidaturas para las elecciones a las asambleas se desenvolvían en dos fases. En la primera, los ciudadanos proponían a personas en las sesiones de las organizaciones de la alianza socialista o en otras reuniones. Allí discutían acerca de los candidatos propuestos: que si eran miembros del partido comunista o no, si practicaban alguna religión, si eran parientes o conocían a algún funcionario o no, si su vida iba acorde a la ideología socialista autogestiva, etc. La segunda fase -y tras el primer gran filtro-, la constituían las asambleas de electores, en las cuales todos los ciudadanos proponían los candidatos a los consejos políticos de todas las asambleas.

Al mismo tiempo, los trabajadores de las empresas e instituciones proponían, en sus respectivas asambleas de electores, los candidatos a los consejos de sus correspondientes comunidades de trabajo de todas las asambleas. Ello significaba que los yugoslavos que mantenían relaciones de trabajo proponían dos tipos de candidaturas: según el territorio en que habitaban y de acuerdo a la actividad en que desarrollaban sus labores. Las asambleas comunales, una vez elegidas y en sesión plenaria, elegían los diputados a las asambleas regionales, las de las repúblicas y la federativa.

Las elecciones se decidían por simple mayoría, salvo en casos en que se presentaba un solo candidato, el cuál debía obtener la mayoría absoluta. Los resultados de las elecciones para las asambleas eran definitivos. Los candidatos a diputados de las asambleas de las repúblicas y la federal debían, sin embargo, pasar por una tercera fase: su designación a cargo de las asambleas comunales debía ser ratificada por votación directa de todos los electores.

Los consejos regionales y de las repúblicas elegían de entre sus miembros a diputados al consejo de nacionalidades de la asamblea federativa. Ello era teóricamente una solución maravillosa al problema interétnico de los pueblos yugoslavos; sin embargo, en la práctica vivió un fracaso que quedó de manifiesto con las modificaciones a la constitución yugoslava hechas en 1974 y con el climax de las tesiones entre las diferentes nacionalidades en la época de los ochenta.

El mandato de todas las asambleas duraba cuatro años y sus miembros no podían ser reelegidos para el período siguiente en el mismo consejo de una misma asamblea. Los presidentes de las asambleas y el resto de sus funcionarios electivos duraban tan sólo cuatro años en sus funciones. La misma limitación regía al vicepresidente de la república. El presidente de la república podía ser reelecto por un período más de cuatro años; sin embargo, la constitución exceptuaba de esta regla la reelección de Josip Broz - Tito, quién permaneció en el poder hasta poco antes de su muerte en 1980.

Entre tanta burocracia y tantos ”candados” se había desdibujado el real sentido de la democracia. En la constitución yugoslava que contenía las reformas de realizadas en 1963, dentro del capítulo III, sobre libertades, derechos y obligaciones del hombre y del ciudadano [Con69], el artículo 40 (nunca modificado) decía, al pie de la letra:

"Quedan garantizadas la libertad de prensa y de otros medios de información, la libertad de asociación, la libertad de expresión y de manifestación pública, la libertad de reunión y de otras clases de asambleas públicas.

Los ciudadanos tienen el derecho a emitir y publicar sus opiniones valiéndose de los medios de difusión, a utilizar los medios de difusión para ser informados, a editar periódicos y otra clase de prensa y a difundir informaciones valiéndose de otros medios de difusión.

Nadie podrá abusar de tales libertades y derechos para minar las bases del sistema democrático socialista fijado por la presente Constitución, como tampoco podrá amenazar la paz, la igualdad de derechos en la colaboración internacional o la independencia del país, ni suscitar odio o intolerancia religiosa o inducir a delito o atentar a la moral pública.

La ley federal establece los casos y las condiciones en que se podrá limitar o suspender el ejercicio de tales libertades y derechos cuando este ejercicio fuere incompatible con la presente Constitución.

La prensa, la radio y la televisión tienen la obligación de informar objetiva y exactamente a la opinión pública, como también deben dar publicidad a las opiniones e informaciones emitidas por los órganos, las organizaciones y los ciudadanos que tuvieren interés para la opinión pública.

Queda garantizado el derecho de rectificación de informaciones que violaran los derechos o intereses del individuo o de una organización. A fin de facilitar la más amplia información de la opinión pública, la comunidad social creará condiciones favorables para el desarrollo de las actividades correspondientes."

En la corta experiencia que poseía en los años ochenta y al inicio de los noventa, cuando terminaba el octavo año de primaria e ingresaba por fin al gimnasio (la preparatoria después de la cuál, se supone, ingresa uno a estudios superiores), me parecía que en la vida cotidiana se le hacía mayor caso a lo incluido a partir del tercer párrafo que a los dos primeros, para posteriormente dejarle de hacer caso a la totalidad de este artículo. En esos momentos comenzaba a entender el resentimiento social que provocó el surgimiento de movimientos estudiantiles en toda Yugoslavia a finales de los sesenta.

El país aparentemente iba viento en popa. Innumerables viajes realizaba el mariscal Tito por todo el mundo estableciendo contactos, presentando esta nueva ”maravilla” creada e inventada por él mismo. En esta nueva federación todos estaban obligados a olvidarse de su historia y cultura anteriores, del genocidio cometido a manos del Estado Independiente de Croacia en contra de la población serbia que habitaba su territorio, las venganzas cometidas por los chetniks en contra de la población no-serbia, las matanzas de los chachaks albaneses en Kosovo, la tradición bélica utilizada hasta el cansancio por todos los poderes imperialistas que pusieron su pie en los Balcanes en cualquier momento de la historia de los pueblos sudeslavos y las religiones que a la vez de unirlos en un sentimiento yugoslavo, los separaban tanto. Todos eran hermanos y estaba de moda el eslogan: ”Todos somos de Tito y Tito es nuestro”. Todo el mundo lo creía o, mejor dicho, lo tenía que creer. Y el peor miedo era que muriera Tito...

Fue en esta época que empezaron las largas vacaciones de algunos intelectuales demasiado ”progresistas” -de personas en general, mejor dicho- en la isla de Goli Otok; cárcel natural y oculta, de prisioneros políticos y enemigos de todas clases del nuevo gobierno. A algunas personas se las ”tragaba” la noche. Las paredes oían. La policía secreta y el famoso inform bureau trabajaban horas extras.

El Artículo 46 de la constitución de la Yugoslavia socialísta [Con69] decía:

"La profesión de la religión es libre y constituye un asunto privativo de la persona.

Las comunidades religiosas y el Estado quedan separados; las confesiones podrán ejercer libremente sus cultos y atender sus asuntos.

Las comunidades religiosas podrán fundar escuelas confesionales destinadas a la formación de sacerdotes.

Es anticonstitucional todo abuso de la religión y de las actividades religiosas con fines políticos.

La comunidad social podrá acordar una ayuda material a las comunidades religiosas.

Las comunidades religiosas pueden tener derecho de propiedad de bienes inmuebles dentro de los límites fijados por la ley federal".

Como en casos anteriores de la interpretación política diversa de los artículos constitucionales, el hecho de la anticonstitucionalidad del abuso de la religión y de las actividades religiosas con fines políticos era el tema preferido de los comunistas más radicales. Practicar alguna religión era señal de debilidad, haber sido visto en la iglesia significaba deterioro de la imagen del individuo en cuestión al interior del partido comunista, sobretodo siguiendo el pensamiento marxista referente a que la religión es opio para los pueblos. Y si se era pillado en tales actividades: adiós a las prestaciones, al sindicato, a puestos de funcionarios...

_____________________________________________

«« Hacia La posguerra en la Yugoslavia socialista

Etiquetas: , , , , , ,

La posguerra en la Yugoslavia socialista (en construcción)

Tras la capitulación de Alemania y al acabar la guerra, muchos cambios tomaron lugar en el mapa del ”viejo continente”. Los aliados se discutían cada metro cuadrado ganado o perdido en batalla. Yugoslavia perdió en esa segunda mitad de la década de los cuarenta un pedazo de Dalmacia incluyendo a Trieste aunque ganando algunos otros en regiones diversas.

Stalin, con su Ejército Rojo, avanzaba decididamente sobre toda la Europa oriental en una especie de ”reconquista” de territorios iniciada en la época de entreguerras. Los comunistas en Bucarest, Varsovia, Sofía y Budapest no entendían lo que les estaba sucediendo; eran víctimas forzadas de una política expansionista de Moscú poco diferente a las causas que originaron los dos conflictos bélicos más devastadores del siglo XX. Las paredes de todos los edificios de las grandes urbes que posteriormente fuesen obligadas a firmar el Pacto de Varsovia aparecían una vez mas con letreros como ”Padre Lenin, tus hijos se han vuelto locos”, ”No a la invasión”...

En el momento de sentir, en 1948, la amenaza de la invasión a la Yugoslavia socialista por parte de la URSS, Tito mandó a Koča Popović, el entonces jefe de la comandancia del ejército popular yugoslavo, a establecer contactos con EUA. Se le preguntó al gobierno de Truman cuál sería la reacción de los norteamericanos en caso de una invasión soviética a Yugoslavia. La respuesta no satisfizo a Tito; consistía únicamente en una enérgica oposición diplomática a tal acción sin intervención militar alguna. Acto seguido, Popović solicitó de Norteamérica ayuda en logística, misma que significaría armamento, ayuda económica, apoyo militar, etc. Tomando estas negociaciones como su antecedente directo, ese mismo año se firmó un tratado de apoyo logístico y militar entre Yugoslavia, Turquía y Grecia, conocido como el Pacto de los Balcanes; mismo que fungiría bajo el padrinazgo de la OTAN y no sería muy diferente a contar con un ala meridional de miembros del tratado del atlántico norte (OTAN). Este acuerdo, sin embargo, era redactado de tal manera que en ningún momento se veía amenazada la soberanía del territorio yugoslavo.

En caso de una invasión por parte de los soviéticos, toda la planeación de la defensa militar correría a cargo del gobierno titísta; ni las tropas estadounidenses ni ningunas otras, jamás tocarían suelo yugoslavo. Todo ello se debía a las extraordinarias dotes diplomáticas del mismo Tito; mismas que protegieron al país de intromisiones extranjeras en los operativos de liberación de Belgrado en conjunto con el Ejército Rojo en octubre de 1944, mismo que entró y salió de Yugoslavia sin permanecer allí por demasiado tiempo.

A partir de esos momentos inició la ayuda militar al ejército yugoslavo por parte de EUA. Fueron donados sobre todo aviones –por ejemplo, los famosos thunderbirds- y artillería pesada. Por otro lado, iniciaron también las estancias de oficiales de ejército yugoslavos en las academias militares de países de la OTAN. Desde esta época y hasta la desaparición de la Yugoslavia socialísta, se obtuvo en curso actual de divisas un poco más de 22,000 mdd en armamento, alimentos y otros tipos de ayuda, dentro de lo que fue una especie de tratado de libre comercio especial entre EUA y Yugoslavia.

La pregunta que saltaba naturalmente a la vista era ¿qué fue lo que le parecía tan atractivo en todo esto a Truman? Ello tenía que ver con políticas a largo plazo de los Estados Unidos. Yugoslavia era considerada la punta de lanza hacia la democratización de toda la Europa del este y de su desarrollo económico y político dependería el desenlace de la guerra fría en boga desde el mero comienzo de la segunda guerra mundial.

Todos estos acontecimientos intimidaron a Stalin y sus intenciones de anexión de Yugoslavia al bloque europeo bajo la influencia sovietica. Comprendió que no podía jugar con Yugoslavia sin enfrentarse a los EUA y al Occidente europeo. El tratado de los Balcanes no era una simple especulación política sino una realidad tajante. Josip Broz - Tito se volvía a salir con la suya en ese 1949.

En la URSS tuvo lugar una sangrienta persecución política en las época de los veintes y los treintas al igual que bajo todo el mandato de Stalin, un calvario en el cual perdieron la cabeza altos funcionarios, todos acusados de enemigos de estado. La presidencia en Belgrado tomó las mismas medidas para eliminar de raíz toda simpatía con las llamadas doctrinas ”estalinistas”. Años de establecimiento de poder. Momentos para definir el curso de las recién ganadas revoluciones; días de ”trabajo sucio” para gobiernos autoritarios.

Mira Milosevich [Mil00] comenta al respecto que después de la segunda guerra mundial, los comunistas se disfrazaban de chetniks para despertar el odio hacia el enemigo ideológico. Sin embargo, sigue la autora, a partir de 1948 el enemigo ideológico fueron los estalinistas. Con ellos no se podía jugar el juego de los disfraces, por una simple razón: hasta ayer todos los comunistas yugoslavos habían creído en Stalin y en la lucha revolucionaria rusa. Los que fueron enviados a desaparecer en Goli Otok, isla del archipiélago yugoslavo que fungía como cárcel natural para presos políticos del régimen de Tito, eran enemigos más personales que ideológicos de Tito y los titístas. Para la socióloga, Danilo Kiš, uno de los grandes intelectuales yugoslavos, acreedor a un gran número de premios nacionales e internacionales, opositor y crítico del sistema titísta, fue uno de los primeros en la Yugoslavia comunista que dijo públicamente "que los campos de concentración, sean fascistas o comunistas, son la misma cosa, y que dejasen de intentar convencernos de que lo nuestro, lo de izquierdas, era mejor porque era históricamente necesario (Marx) para llegar al paraíso donde no habrá ya clases ni lucha de clases. Que nosostros –los de izquierdas-, aunque queremos el exterminio de todos los que no piensan como nosotros, somos éticamente puros porque lo nuestro no es otra cosa que el camino histórico hacia un futuro mejor, porque a nosotros no nos importan ni las naciones ni las razas, y casi no nos importa ni la lucha de clases, sino una única clase: el proletariado, la clase que debe llegar al poder total. Matar en nombre del proletariado no es lo mismo que matar en nombre de la superioridad de una raza. Pero, para Kiš, es lo mismo. Se trata en ambos casos de matar en aras de una ideología totalitaria" [Mil00, p. 164].

Las condiciones económicas en Yugoslavia después de la guerra fueron complejas, sobre todo si se toma en cuenta el hecho que durante la segunda guerra mundial perdieron la vida alrededor de 1,750,000 yugoslavos [Jov69]. La industria, ya de por sí poco desarrollada, fue destruida durante la guerra, la agricultura fue fragmentada, las carreteras y vías férreas destruidas. Por una parte, era necesario reparar las consecuencias acarreadas por las devastaciones bélicas y renovar el país, y por otra parte debieron crearse las condiciones pertinentes para satisfacer las necesidades sociales de los pueblos yugoslavos, que además de luchar por su independencia nacional fueron protagonistas en la lucha de "liberación" popular, una guerra civil sangrieta de la cual salieron vencedores los comunistas en detrimento de todos los demás grupos políticos forzados al sometimiento, la encarcelación a al exilio (el voluntario y el no tanto). Cabe mencionar que en las primeras decadas de la reconstrucción del país participó en ésta la gran mayoría de la población, voluntariamente; reconstruía ciudades, trabajaba el campo hombro a hombro, unida por canciones "partisanas" de la guerra, la famosa Internacional y consignas similares.

Sin embargo, como siempre ocurre en cambios sociales tan radicales como el que se llevaba a cabo, existía una sombra de injusticia, de asesinatos, de nacionalizaciones que abarcaban el desalojo y le dejaban a las familias burguesas (y, por ende enemigas) mucho menos de lo que prescribía la ley. Se respiraba pues, en el aire, una guerra de resentimiento social muy peculiar aunque disfrazada por una maquinaria impresionante de propaganda hacia fuera, hacia el mundo. El estado se justificaba declarando que ello se debió a la naturaleza misma de las tareas que se tuvieron que resolver: en primer lugar a la necesidad de una intervención estatal vigorosa para superar los vestigios políticos y económicos del antiguo sistema capitalista y crear sólidas bases para un rápido desarrollo socialista.

El fin de esta etapa y el comienzo de las etapas siguientes de desarrollo de Yugoslavia fue marcado por la adopción de la Ley sobre la entrega de las empresas económicas a la gestión de las colectividades de trabajo (1950), y por la aprobación de la Ley Constitucional acerca de la Organización Social y Política de la República Socialista Federativa de Yugoslavia (1953).

Fue en 1953 cuando Josip Broz Tito fue elegido presidente de Yugoslavia, para asumir este cargo en condición de vitalicio a partir de 1974.

A la mitad de la época de los cincuenta, ya muerto Stalin y con Nikita Krushov como el nuevo líder, Rusia decidió finalmente limar sus asperezas con su ”hijo rebelde” y empezar a jugar con las nuevas regls del juego internacional. Todos esos años, Yugoslavia vivía severos bloqueos económicos intermitentes, primero por parte de la URSS y el Pacto de Varsovia y posteriormente por parte de los EUA y la OTAN, aunque a menor escala. No alinearse en esos momentos era un insulto sin precedentes hacia ambos polos de aquella realidad política.

Para Eric Hobsbawm [Hob01], en la práctica la situación mundial se hizo razonablemente estable poco después de la guerra y siguió siéndolo hasta mediados de los setenta, cuando el sistema internacional y sus componentes entraron en otro prolongado período de crisis política y económica. Hasta entonces ambas superpotencias habían aceptado el reparto desigual del mundo, habían hecho los máximos esfuerzos por resolver disputas sobre sus zonas de influencia sin llegar a un choque abierto de sus fuerzas armadas que pudiese llevarlas a la guerra y, en contra de la ideología y de la retórica de guerra fría, habían actuado partiendo de la premisa de que la coexistencia pacífica entre ambas era posible.

El historiador prosigue afirmando que este acuerdo tácito de tratar la guerra fría como una ”paz fría” se mantuvo hasta los años setenta. La URSS supo, o mejor dicho, aprendió en 1953 que los llamamientos de los Estados Unidos para ”hacer retroceder” el comunismo era simple propaganda radiofónica, porque los norteamericanos ni pestañearon cuando los tanques soviéticos restablecieron el control comunista durante un importante levantamiento obrero en Alemania del Este. A partir de entonces, tal como confirmó la revolución húngara de 1956, en opinión de Hobsbawm [Hob01], "Occidente no se entrometió en la esfera de control soviético.
Es probable, continúa el analista, que el período más explosivo de la guerra fría fuera el que medió entre la proclamación formal de la doctrina Truman (que expresaba que la política de Estados Unidos tenía que ser apoyar a los pueblos libres que se resisten a ser subyugados por minorías armadas o por presiones exteriores) en marzo de 1947 y abril de 1951, cuando el mismo presidente de los Estados Unidos destituyó al general MacArthur, comandante en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos en la guerra de Corea (1950-1953), que llevó demasiado lejos sus ambiciones militares. Durante esta época el temor de los norteamericanos a la desintegración social o a la revolución en países no soviéticos de Eurasia no era simple fantasía: al fin y al cabo, en 1949 los comunistas se hicieron con el poder de China.

Por su parte, la URSS se vio enfrentada con unos Estados Unidos que disfrutaban del monopolio del armamento atómico y que multiplicaban las declaraciones de anticomunismo militante y amenazador, mientras la solidez del bloque soviético empezaba a resquebrajarse con la ruptura de la Yugoslavia de Tito (1948). Además, a partir de 1949, el gobierno chino no sólo se involucró en una guerra de gran calibre en Corea sin pensárselo dos veces, sino que, a diferencia de otros gobiernos, estaba dispuesto a afrontar la posibilidad real de luchar y sobrevivir un holocausto nuclear" [Hob01, p. 232-233]. Todo podía suceder, escribe Hobsbawm.

La pésima cosecha de 1946, seguida por el terrible invierno 1946-47, puso aún más nerviosos tanto a los políticos europeos como a los asesores presidenciales norteamericanos, comenta el historiador. En esas circunstancias no es sorprendente que la alianza que habían mantenido durante la guerra las principales potencias capitalista y socialista, ésta ahora a la cabeza de su propia esfera de influencia, se rompiera, como tan a menudo sucede con coaliciones aún menos heterogéneas al acabar una guerra. Sin embargo, ello no basta para explicar porqué la política de los Estados Unidos tenía que basarse, por lo menos en sus manifestaciones públicas, en presentar el escenario de pesadilla de una superpotencia moscovita lanzada a la inmediata conquista del planeta, al frente de una ”conspiración comunista mundial” y atea siempre dispuesta a derrocar los dominios de la libertad. Y es que ahora resulta evidente, y era tal vez razonable incluso en 1945-1947, escribe Hobsbawm, que la URSS ni era expansionista –menos aún agresiva- ni contaba con extender el avance del comunismo más allá de lo que se supone se había acordado en las cumbres 1943-1945. De hecho, allí en donde la URSS controlaba regímenes y movimientos comunistas satélites, éstos tenían el compromiso específico de no construír estados según el modelo de la URSS, sino economías mixtas con democracias parlamentarias pluripartidistas, muy diferentes de la ”dictadura del proletariado” y ”más aún” de la de un partido único, descritas en documentos internos del partido comunista como ”ni útiles ni necesarias” [Hob01, apud. Spriano, P., I comunisti europei e Stalin, Turín, 1983, p. 265] . Los únicos regímenes comunistas que se negaron a esta línea fueron aquellos cuyas revoluciones que Stalin desalentó firmemente, escaparon al control de Moscú, como Yugoslavia.

Desde cualquier punto de vista racional, la URSS no representaba entonces ninguna amenaza inmediata para quienes se encontrasen fuera del ámbito de ocupación de las fuerzas del Ejército Rojo. Después de la guerra, se encontraba en ruinas, desangrada y exhausta, sigue Hobsbawm, con una economía civil hecha trizas y un gobierno que desconfiaba de una población, gran parte de la cual, fuera de Rusia, había mostrado una clara y comprensible falta de adhesión al régimen. En sus confines occidentales, la URSS continuó teniendo dificultades con las guerrillas ucranianas y de otras nacionalidades durante años. La URSS necesitaba toda la ayuda económica posible y, por lo tanto, no tenía ningún interés, a corto plazo, en enemistarse con la única potencia que podía proporcionársela, los Estados Unidos. No cabe duda, afirma Hobsbawm en la única aseveración que, según tu opinión justificaría todo lo anterior, que Stalin, en tanto que comunista, creía en la inevitable sustitución del capitalismo por el comunismo, y, en ese sentido, que la coexistencia de ambos sistemas no sería permanente.

Sin embargo, responde el historiador a sus propios cuestionamientos, la política de enfrentamiento entre ambos bandos surgió de su propia situación. La URSS, consciente de lo precario e inseguro de su posición, se enfrentaba a la potencia mundial de los Estados Unidos, conscientes de lo precario e inseguro de la situación en Europa central y occidental, y del incierto futuro de gran parte de Asia. El enfrentamiento es probable que se hubiese producido aun sin la ideología de por medio.

Nadie sabía mejor que Stalin, sigue el británico, lo malas que eran sus cartas. No cabía negociar las posiciones que le habían ofrecido Roosvelt y Churchill cuando la intervención soviética era esencial para derrotar a Hitler y todavía se creía que sería esencial para derrotar a Japón. La URSS podía estar dispuesta a retirarse de las zonas donde no estaba amparada por los acuerdos de las cumbres de 1943-1945, y sobre todo de Yalta, pero todo intento de revisión de Yalta sólo podía acogerse con una rotunda negativa, y de hecho, el ”no” del ministro de asuntos exteriores de Stalin, Molotov, en todas las reuniones internacionales posteriores a Yalta se hizo famoso. Los norteamericanos tenían la fuerza de su lado. La URSS, no.

En resumen, termina Hobsbawm su explicación, mientras que a los Estados Unidos les preocupaba el peligro de una hipotética supremacía mundial de la URSS en el futuro, a Moscú le preocupaba la hegemonía real de los Estados Unidos en el presente sobre todas las partes del mundo no ocupadas por el Ejército Rojo. No hubiera sido muy difícil convertir a una URSS agotada y empobrecida en otro satélite de la economía estadounidense, más poderosa por aquel entonces que todas las demás economías mundiales juntas. La intransigencia era la táctica lógica [Hob01, p. 235-238]. El mundo se encontraba en plena guerra fría.

_____________________________________________

«« Hacia El final de la segunda guerra mundial y el nacimiento de la Yugoslavia socialista

Etiquetas: , , , , , ,