Mapa-enlace, cortesí­a de http://go.hrw.com. Hacer click sobre el nombre del paí­s de interés para información básica



4.8.08

De mi infancia en Belgrado

Mis padres son profesionistas los dos. Como ya lo había platicado, mi papá es ingeniero en electrónica y trabajaba en la empresa noticiosa más importante del país -Tanjug (Agencia de Telégrafos de la Nueva Yugoslavia, en traducción libre mía al español). Mi mamá, por su parte, es odontóloga y cuando yo era pequeño, los primeros cinco años no podía encontrar empleo, por lo que se dedicaba a aprender el serbio-croata y realizar traducciones del español. Por fin, por allí del principio de los ochenta, encontró trabajo en un centro de salud en las periferias de Belgrado, en el pueblito de Vinča. De hecho, trabajaba en varios centros de salud y hasta escuelas primarias de la región de Grocka; unos meses en un lado y otros en otro.

Recién casados, mis papás vivieron primero en el departamento de mis abuelos. Como bien lo dice un dicho mexicano "el casado, casa quiere"; la vida al parecer no fue muy agradable allí bajo el mismo techo. Las diferencias culturales resultaron a veces infranqueables y al poco tiempo fue decidido cambiar el departamento grande (de propiedad social) por dos más pequeños: comprar uno en el mero centro de Belgrado de 45 metros cuadrados que se volvería mi primer hogar, y habitar uno un tanto más grande en Nuevo Belgrado (este otra vez de propiedad social), en el que vivieron un tiempo mis abuelos y la nueva familia de la hermana de mi papá. No era raro en Yugoslavia vivir con los padres (o suegros) bajo el mismo techo muchos años (como tampoco lo es hoy en día). Y es que la vida era cara, las perspectivas escasas y Yugoslavia como que aislada del mundo...

Pocos mese antes de mi nacimiento se mudaron mis papás al pequeño departamento en el centro de Belgrado, a escasos cincuenta metros del puente que une Belgrado viejo con el nuevo -Brankov most-, a la calle que lleva el nombre del mariscal Biryuzov.

Construido en concreto y lleno de rascacielos y unidades habitacionales bien planeadas en las cuales se encontraban siempre unos veinte edificios idénticos con áreas verdes a su alrededor, sus tiendas, escuelas, canchas de juego y hasta refugios nucleares, Nuevo Belgrado intentaba mostrar la prosperidad y el avance tecnológico del país. Hoy en día es éste el panorama usual del llamado "realismo comunista", funcional y gris, acorde con el discurso de la dictadura del proletariado.

Al cumplir los tres años de edad, me metieron al jardín de niños Veinticinco de Mayo que se encontraba cerca del departamento. Aquí cabe mencionar que el 25 de mayo solía ser una fecha importante en Yugoslavia; al principio, se celebraba como el Día de la juventud. Sin embargo, unos años después del término de la segunda guerra mundial, el presidente Tito decidió que su cumpleaños también se celebraría ese mismo día, así que era esta fecha doblemente festiva. Todos los años, como regalo al presidente, se le fundía una estafeta en oro o plata a manos de artistas distinguidos; misma que recorría todo el país cargada por jóvenes, deportistas y profesionistas distinguidos para finalmente ser otorgada a Josip Broz en el Estadio Olímpico de Belgrado, ceremonia acompañada de un espectáculo de aproximadamente dos horas, semejante a una apertura de juegos olímpicos. A la par con la ulterior costumbre, todos los años recorría las repúblicas el llamado Tren de la fraternidad y la unidad de los pueblos yugoslavos (voz bratstva i jedinstva) -el último recorrido lo haría en 1989-.

La economía entera se basaba demasiado en la supuesta fuerza que alcanzaría la formada Organización de Países No Alineados cuyos activos originarios eran precisamente Josip Broz por Yugoslavia, el presidente Nehru por India y el presidente Nasser por Egipto; intentaban construir una ”tercera vía” económica que pudiera significar la fuerza de equilibrio y resistencia tanto a los EUA como a la URSS en un mundo absolutamente bipolar. Su primer manifiesto fue su declaración de Brioni, una de las islas del archipiélago croata en el Adriático en el cuál se encontraba una de las residencias del presidente, que emanó de su primera reunión el 19 de julio de 1956.

Josep Palau [Pa96] menciona que la iniciativa en política exterior, con el prestigioso no alineamiento, actuaba como pieza básica de los equilibrios internos. De hecho, tanto en el espacio yugoslavo como en toda la región balcánica hay grandes tendencias naturales al alineamiento, en tanto que escenarios seculares de disputas entre imperios y grandes potencias o zonas de influencias ideológico-religiosas. En realidad, más que el entendimiento con el vecino, todos los pueblos balcánicos tienden a buscar un protector exterior como base de su propia seguridad. Así es que el no alineamiento constituía una estrategia deliberada e imprescindible para mantener la cohesión interna, amén de una brillantísima iniciativa exterior de consecuencias mundiales estabilizadoras.

En el contexto del no alineamiento, explica Palau [Pa96], con una política exterior prestigiosa hecha desde la cúspide, con una posición equidistantemente respetada por todos los centros mundiales de poder, los procesos descritos y las envenenadas tendencias que comportaban aparecían como simples menudencias. Disminuido el papel del partido comunista y desaparecido el gran árbitro –Tito-, por allüi de 1981, las contradicciones en los intereses de las élites republicanas emergieron desnudas, sin colchón protector alguno. No había reglas de juego definidas que pudieran sustituir la gran regla anterior: la del sometimiento a la voluntad del mariscal.

Esta especulación, finalmente no le hizo mucho bien a la decadente economía y comercio exterior de una Yugoslavia sumida en la peor de las crisis a finales de los ochenta. Las oportunidades de entrar en el Tratado de Libre Comercio de Europa no se aprovecharon en el momento cuando eran factibles y ahora están años luz lejos de la factibilidad.

Recuerdo que, como mi padre entraba a trabajar a las siete de la mañana y el edificio de su empresa se encontraba a una cuadra de nuestro edificio -el jardín de niños a unas ocho cuadras del mismo lugar-, me llevaba a pie, cargándome en sus hombros todos los días antes de las siete para luego regresar a su trabajo.

Como ya se mencionó, el hecho de las filas en los supermercados y dosis establecidas de comida por familia eran una señal directa de la crisis por la cual atravesaba el país. A pesar de todo el esfuerzo del gobierno por anularlo, había desempleo. Por lo mismo, los primeros años de mi vida, mi mamá no trabajaba. Pasaba por mí como a las tres de la tarde, la misma hora a la que mi padre salía de trabajar y comíamos como a las tres y media los tres juntos en la casa, en donde nos quedaba toda la tarde para nosotros.

Todas las noches pasaba en el canal uno de la televisión -de los dos que existían y, además, costaban- la nunca tan anhelada caricatura a las siete y cuarto de la noche, que duraba alrededor de diez minutos. Pasaban caricaturas checas o, inclusive yugoslavas de la escuela de caricatura de Zagreb, pero también pasaban todas las caricaturas de Estados Unidos. A las siete y media empezaba el noticiero oficial del día y en todas las casas imperaba a esa hora un sepulcral silencio para que los adultos lo pudieran ver. Desde luego, la maquinaria propagandística del estado trabajaba incesantemente en volver a convencer a todos los yugoslavos, noche tras noche, que el seguir el camino de Tito significaba seguir viviendo en Yugoslavia en unidad y fraternidad y, de una manera más sutil, que había que conservar el régimen comunista a toda costa.

En estos momentos me parece que era ésa una aseveración del todo acertada; en el momento que faltó el mariscal y se desmoronó el régimen, desapareció todo aquello en lo que me habían enseñado creer. De pronto, toda mi generación al igual que todas las demás generaciones entrampadas entre la de mis abuelos (que crearon esa, mí Yugoslavia) y de los recién nacidos en 1991, ya no tenía patria, ni ideología sociopolítica, ni identidad definida... nada.

Me acostaban terminando el noticiero como a las ocho de la noche. Sólo en ocasiones especiales me era permitido quedarme un rato más, sobre todo cuando pasaban algún capítulo del programa Juegos sin frontera (Igre bez granica) que se organizaba a nivel de toda Europa e inclusive se transmitía dentro de la Eurovisión y participaban en él equipos de casi todos los países -menos los de corte socialista- en juegos divertidísimos y toda clase de pruebas semejantes al Gran juego de la oca de la televisión española.

A mis cinco años viajé por primera vez en mi corta vida sin mis padres a una excursión con el jardín de niños. Nos llevaron a Tara, una montaña en Serbia, no demasiado lejos de Belgrado. Me acuerdo que al principio fue bastante traumante, aunque a los tres días me acostumbré y empecé a disfrutar la aventura. Creo que nunca he tenido problemas con el raro sentimiento de extrañar. Como que de alguna manera, desde niño viví los momentos y me adaptaba a las nuevas realidades sin pasar demasiado tiempo en ello. En ese viaje, en una carrera sin precaución una niña me encajó los dientes en la cabeza en un desafortunado arranque de energías, y parece que vi mi primer OVNI (quiero creer que ello no sucedió a causa de la herida provocada en la cabeza).

Extrañé mi casa y a mis padres como nunca; sin embargo, el valor educacional de estos viajes en mi desarrollo individual resultaron ser invaluables. A partir de ese año, viajaba con la escuela a todos lados y cada vez lo disfrutaba más. La mejor parte de cada viaje era volver a casa, abrazar a mis papás y disfrutar de los deliciosos pasteles que me hacía mi mamá. Mientras, nuestro diminuto departamento se veía alumbrado por luces amarillas, indirectas, que le daban a la ala color madera oscura un aire cálido... amoroso. En el aire danzaban las notas de discos de Julio Iglesias, Flans o Timbiriche que mi mamá se traía de México. Tranquilidad de dos mundos y una familia.

Dos veces por semana me llevaban a clases de natación a Tašmajdan, uno de los complejos deportivos más grandes de Belgrado. Había muchos de éstos, ya que el deporte tenía una gran importancia en el desarrollo del país en el espíritu socialista, al igual que la cultura y la salud desde la más temprana edad. Los sábados y los domingos de invierno, me llevaban a patinar en hielo al centro de patinaje Hala Pionir. Esto último era una tradición nacional y, por obvias razones, también se volvió una tradición familiar. Todas estas actividades significaban un costo al presupuesto familiar, sin embargo con todo y todo aún no se habían vuelto un lujo inalcanzable.

Más o menos a esa edad (tres años) me tuvieron que operar de las anginas. Por la política de los hospitales, no pude ver a mis papás más que un día en toda la semana en la que estuve internado. Fue algo terrible, sobre todo cuando se aproximaba la enfermera con las temibles inyecciones para todos los niños de mi cuarto, que eran alrededor de quince. Con su llegada, empezaba el griterío y el lloriqueo por doquier y yo empezaba a ingeniar planes para evitar el tan temible dolor yéndome con los niños que ya habían recibido la ”aguja” y llorando como desesperado con esperanza de que pensarían que ya me la habían puesto. Naturalmente, nunca resultó.

Recuerdo que al salir del hospital tuve que tragar, en el sentido literal de la palabra, toneladas de helado todo el día y eso, según recomendación médica. Fue uno de los sacrificios menos sufridos de toda mi existencia.

Dos años después nació mi hermana. Mi madre se encontraba internada en el mismo hospital en el que había nacido yo, en la calle Višegradska en Belgrado. Había solamente dos opciones de hospitales para nacer en Belgrado en esa época, así que la mayoría de mis amigos compartían este lugar. Recordaba que podíamos ver a mi mamá sólo una hora diaria y que yo no podía entrar ni siquiera en esa hora de visita.

Mi mamá se quejaba de la comida -posteriormente pude comprobar que en efecto la comida de hospitales no era nada antojable-, así que con mi papá nos íbamos al otro lado del hospital y por medio de una canasta y una cuerda le llevaban comida casera que ella metía ”de contrabando” por una de las ventanas de su cuarto que compartía con unas veinte "mamás".

Al conocer a mi nueva hermana, opiné que era un ser muy extraño metido en pañales y que contaba con una enorme ”cabezota”. Posteriormente se volvería una de las personas que más quiero y admiro en este mundo.
_____________________________________________

«« Hacia La autogestión y la cotidianidad en la Yugoslavia socialista en plen guerra fría

Etiquetas: , , ,

3 Comments:

Blogger Lizette said...

cómo es posible que habiendo crecido en realidades tan distintas, podamos hablar el mismo idioma, entendernos tan bien?
Me dieron mucha risa tus relatos, te puedo imaginar claramente. Sin embargo, creo que aún falta por decir o analizar las razones del desempleo, punto, en el que me parece, comienza el derrumbe del sueño de la Autogestión, y por ende de Yugoslavia, o no?
Besos

martes, agosto 05, 2008 12:31:00 p. m.  
Blogger rata parda said...

Chido el compartir la intimidad de una infancia. Me dieron ganas de hacer lo mismo.
Abrazo
Lich

miércoles, agosto 06, 2008 11:32:00 a. m.  
Blogger Lizette said...

Quería decirte que disfruté mucho de nuestro maravilloso viaje a Barcelona, de reír, beber, comer, nadar tanto como hace mucho no lo hacíamos. Felicidad pura y radiante.
Te amo mucho!!

lunes, agosto 18, 2008 4:35:00 p. m.  

Publicar un comentario

<< Home