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30.12.08

De mi salida del país en diciembre de 1991 y las primeras percepciones sobre México

Mi familia también decidió salir del país. Mi mamá es mexicana y lo ha sido toda su vida, de manera que a mediados de ese 1991 mi hermana y yo nos convertimos igualmente ciudadanos de ese país. Las actas de nacimiento y los nuevos pasaportes nos fueron entregados por la embajada mexicana en Belgrado.

Mi papá se rehusaba a salir del país lo más que podía. Ese año no pudimos ir a visitar a mis abuelos a Dalmacia. Mi tía, la hermana menor de mi papá, ya había decidido compartir la suerte de Belgrado y de su gente. Sea como fuere. Todo se volvía por demás complicado, sobretodo si se toma en cuenta que en Belgrado el peligro no era palpable hacia finales de ese 1991. Mi papá aún era segundo reservista del ejército aún) yugoslavo y mi mamá decía que ya les habían repartido unos folletos sobre los planes de movilización y medidas de emergencia en caso de guerra en el centro de salud en el que trabajaba. Yo tenía quince años...

Con todo y que desde septiembre de ese 1991 yo ya lo presentía, me avisaron dos semanas antes de la partida la fecha exacta. No hubo tiempo para nada. No logré despedirme de casi ninguno de mis amigos. Muchos otros desaparecían sin mucho qué decir, de todos modos a todos les quedaba claro lo que ocurría. Como que las palabras sobraban. No podía creerlo. Adiós a mi grupo de rock, a mi tan añorado gimnasio, a la banda del parquecito, mis planes de andar con una chava que acababa de conocer (por cierto, refugiada de Croacia, de nombre Dunja)... todo por la borda: una vida entera de quince años.

Años decisivos. Era un hecho el que no quería irme. ¿Por qué habría de irme si este era mi país, mi gente? ¡Si la guerra estaba tan lejos, demasiado lejos! Nunca nos tocaría a nosotros, ni de chiste, todo aquello era un mal entendido, no pasaría nada, de veras... quedémonos.

A mi mamá todo aquello le pegaba demasiado fuerte. Luchaba con ataques de pánico y una especie de alergia nerviosa que ya para aquel entonces nos había sacado más de un par de sustos. Ya no era capaz de soportar la incertidumbre. El amor era grande, pero para una "niña bien" de la colonia del Valle de la ciudad de México todo aquello era demasiado. La gente empezaba a juntar despensas en los departamentos. No era la primera vez que se vivían tiempos de guerra en mi ciudad. De alguna manera, las personas sabían lo que podría venir y cómo prepararse para todo aquello. A mi mamá todo eso le resultaba por demás irreal.

Para mi papá, el siguiente paso era pedirle un permiso especial al ejército (aún) yugoslavo (JNA) para abandonar el país en tiempos de excepción siendo reservista. O salía de Yugoslavia o lo mandaban directamente al frente de combates en Croacia o a Bosnia. Una tarde difícil, que mi madre nunca olvidará. Finalmente, el hecho de estar casado con una extranjera y ser padre de dos extranjeros más inclinó la balanza a favor de su decisión.

Salimos del aeropuerto de Belgrado rumbo a México el 8 de diciembre de 1991. Nuestro equipaje, dos maletas por persona: ropa y documentos. Las llaves del departamento y el coche se los quedó mi tía. En un cuarto de ese mismo departamento ya semivacío amontonamos toda nuestra herencia material: fotos, cuadros, muebles, el piano, las bicicletas, ropa de invierno, regalos, libros, discos... Dos días después de nuestra partida, se habían ya cerrado las comunicaciones aéreas con Belgrado. Los costos de los seguros que tenían que pagar las líneas aéreas para volar a Yugoslavia se habían vuelto demasiado altos en proporción con las ganancias que de esos mismo vuelos podían sacar. Y luego vinieron las sanciones comerciales y económicas impuestas a Serbia (o lo que quedaba de Yugoslavia). A partir de 1992, la única manera de llegar a Belgrado o salir del país era a través de Budapest. De hecho, se desarrollaron negocios inverosímiles de taxis. Lo recogían a uno en cualquier dirección en Belgrado y lo llevaban hasta el aeropuerto de Budapest. Ida y vuelta. Ese mismo viaje lo hicimos Lizette y yo todavía en el 2005.

Los años siguientes fueron terribles. No queríamos estar allí dónde el destino nos había llevado. Sobre todo no mi papá, casi ahogado de preocupación por sus padres y su hermana y su familia. Las historias del destino de serbios en Dalmacia eran terribles. Por suerte, mi abuelo era esloveno. Ello debía protegerlos.

Habíamos planeado quedarnos en México tan sólo un año, mientras se calmaba la situación. Mis padres siguen allá y mi papá pasó al menos los primero diez años levantándose cada mañana decidido a comprar su boleto de regreso. Nunca se pudo adaptar del todo. Verlo así, todos los días, se volvió con el tiempo una carga demasiado pesada para mí también, hasta que un día decidí soltarla y enfocarme en mi propia lucha por sobrevivir. Por primera vez logramos volver en el año 2000, mismo año en el que por fin lográbamos reunir a las tres partes de nuestra familia separada, primero en Croacia y luego en Belgrado.

Mi abuela materna nos acogió en su casa con todo el amor propio de ella misma. A sus 86 años aún daba consultas en su consultorio en la ahora, nuestra casa. Diario, de las 4 a las 7 de la tarde, no podíamos hacer ruido y debíamos evitar molestar a las señoras que esperaban pacientes a ser atendidas por "la doctora Romero" en lo que luego se volvería nuestra sala de la televisión. La casa que construyó mi abuelo, ya fallecido para ese entonces, resultaba un monumento a la ineficacia arquitectónica. Todos los cuartos estaban conectados unos con otros, de manera que para llegar al baño de atrás de la casa era preciso atravesar la "sala de espera", el consultorio, la nueva recamara de mis papás, la recámara de mi abuela y mi hermana y mi cuarto. Para una niña de diez años que era mi hermana y un muchacho en plena lucha propia de la pubertad como yo, aquello se volvía a veces insoportable. No había privacidad de ningún tipo. Sin embargo, teníamos una casa y una nueva familia: tías, una infinidad de primos, más tías, una abuela, más primos en primer y segundo y tercer grado, tíos, tías abuelas, familia en Veracruz, familia en Guanajuato, aquí y acullá. Y todos nos querían y teníamos que querer a todos. Centenas de caras extrañas que desfilaban frente a nosotros con la soltura propia de familiares que crecieron juntos y se conocen de toda la vida. Con una excepción: mi familia había quedado atrás, allá en ese planeta extraño del cual fuimos "rescatados" y que quién sabe dónde se encuentra; a toda esta gente había primero que acabar de conocerla.

Por mi parte, no entendía la razón de hablar otro idioma que no fuera el mío. Llanto. Confusión. Nostalgia. Una nostalgia peculiar. No únicamente por no estar en mi país, sino hacia un país, una vida, una realidad que se destruyó a sí misma, que ya no existía como la había dejado.

Incertidumbre.

Al menos, el español fue durante muchos años el idioma en el que mi mamá me regañaba frente a visitas y aunque me rehusé siempre a contestarle en ese idioma, algo entendía. Mi hermana creció en una situación diferente. Cuando ella nació, nuestra madre por fin había encontrado trabajo y, más importante aún, había aprendido a hablar serbio/croata casi perfectamente. Una vecina (oriunda de la región de Srem, en Vojvodina) de nuestro departamento en el Belgrado viejo, la nana Jelica, venía diario a cuidarla. Por ende, Ana no entendía casi nada de nuestro nuevo idioma. Español era el idioma de nuestras vacaciones en México de cada tres a cinco años. Todas las tardes entre semana, mi hermana tenía que tomar clases de castellano durante dos horas en la casa. Una pesadilla... En su nueva escuela, privada (a causa del reducido número de estudiantes, mis papás consideraron que nos prestarían una mayor atención allí que en una escuela pública y el objetivo era en todo momento no perder el año escolar), la querían regresar a primer año de primaria, a pesar de haber ido en cuarto en Belgrado. Todo por no haber podido contestar satisfactoriamente un examen de matemáticas redactado en castellano (que versaba acerca de triángulos isósceles, radios, sumas, divisiones, quebrados y demás términos incomprensibles para una serbioparlante). En fin, la raíz del problema fue hallada a tiempo y Ana se volvía en poco tiempo la perpetua visitante del "cuadro de honor" de su salón.

Me sentía como caído de Marte en mi nueva "patria". A las dos semanas de haber ingresado a la escuela y a tres de haber llegado a México, tuve que presentar exámenes semestrales de tercero de secundaria. Historia de México, literatura iberoamericana, geografía, civismo (¿qué demonios es civismo? era la pregunta predilecta)... Mis compañeros. La mayoría me sonreía exhibiendo unos por demás ostentosos "brackets" pegados a sus dentaduras. Por primera vez en mi vida tenía que usar uniforme, una especie de conjunto para hacer deportes de color azul con una raya amarilla al costado. En mi terrible español intentaba comunicarme con jóvenes de mi misma edad con los que no compartía casi nada, más que la profunda inseguridad propia de nuestra edad y la aún más profunda confusión. La escuela se me antojaba una cárcel, una pequeña casa-habitación adaptada que distaba mucho de lo que yo entendía por una escuela. Nos era prohibido salir del edificio, nos era prohibido faltar a clases, expresar nuestras opiniones... seguir las reglas, era lo único. Todos eran llevados a la escuela por sus padres y puntualmente recogidos a la hora de la salida por unas enormes camionetas y unas mamás siempre muy ocupadas o de plano, por señores a los que muchos llamaban "choferes". La criminalidad en las calles de la metrópoli mexicana de casi veinte millones de habitantes no era algo a lo que estuviéramos acostumbrados. Su presencia se volvía algo cotidiano a los pocos meses, tras el primer asalto a mano armada en en autobús en el que me dirigía a casa de un amigo. Mi cabellera rapada de mis ya definitivamente terminados años de punk belgradense apenas crecía y en esas fiestas de Navidad y Año Nuevo subí unos diez kilos de peso. Me sentía profundamente solo.

Fue la primera vez que me enfrentaba a una sociedad profundamente católica, racista y clasista como la mexicana. Y no es que las sociedades balcánicas no lo fueran... al contrario. El redescubrimiento de la libertad religiosa empezaba a generar un fanatismo improvisado en todos los lados de ese crisol de culturas y religiones que son los Balcanes. Simplemente, yo crecí sin esa noción de pertenencia religiosa: en una Yugoslavia socialista y atea. Por otro lado, el racismo en una ciudad casi absolutamente carente de todo tipo de extranjeros (absolutamente provincial por ese mismo hecho), como lo es Belgrado aún hoy en día, es un concepto lejano a la cotidianidad, mismo que no se manifiesta hasta que se da el encuentro con el Otro, cosa que no sucedía muy a menudo, una vez que yo fui completamente asimilado como yugoslavo; y fue ese nacionalismo yugoslavo de mi infancia y mi juventud el que eliminó el racismo tan avivado en los noventa entre los "ustashas croatas", los "chetniks serbios", los "turcos musulmanes" o los "gitanos" despreciados por casi todos. En México, por el otro lado, el que 90% de la población fuese católica al menos eliminó de entrada cualquier tipo de polémica religiosa de mis conversaciones cotidianas. Sin embargo, la misa de gracias como parte obligatoria de la ceremonia de graduación de la secundaria, cinco meses después de nuestra llegada a la ciudad de México, sí presentó un pequeño problema de identidad en mi interior, el cual decidí no compartir con nadie. Por último, las diferencias tan marcadas entre una clara minoría pudiente, oligárquica, que contrastaba con una vasta mayoría pobre en un México tan injusto como lo es, y esa relación del color de piel con la posición social del individuo, herencia inmaterial de muchos países post-coloniales en los cuales los europeos durante siglos fueron detentores de todo el poder político, económico y social en contraste con la población autóctona subyugada y poseedora de ese sentimiento de inferioridad tan peculiar, me causaban un especial sentimiento de repudio al tenerme que enfrentar diario con relaciones sociales de poder basadas en esa mezcla explosiva de racismo y clasismo, nada claras para un extranjero recién llegado de una irrealidad socialista como yo lo era en un principio.

Mi abuela también tenía una señora que trabajaba y vivía en su casa y hasta un chofer que manejaba su excepcionalmente bien cuidado Volkswagen sedán 1973 que yo heredaría al poco tiempo y que destruiría finalmente en una especie de final espectacular de una época muy importante de mi vida en un desafortunado accidente automovilístico en abril de 1999. Mis tías también tenían servidumbre y las divisiones de clase se respiraban en muchas actitudes interiorizadas por todos los involucrados. A nosotros nos tocó desde un principio ubicarnos en una posición intermedia de "parientes pobres" y a mí, personalmente jamás me quedó claro cómo comportarme en diferentes situaciones. Muchos años después todo seguía siendo tan diferente. Mi mejor estrategia era la total adaptación, lo cual a veces conllevaba la creación de un personaje "mexicano" que en su afán por esconder su absoluta y total inseguridad actuaba con una seguridad y hasta prepotencia incomprensibles frente a sus nuevos parientes, siempre evitando hacer cualquier error al sentarse a la "mesa" que jamás dejó de imponerle. Los dolores de estómago anteriores y presentes durante cada cena de Navidad y demás arranques de nerviosismo incontrolable incluidos. Baste decir que a las dos semanas de haber llegado e México tuve que disfrazarme de adulto por primera vez en mi vida, usando unos pantalones de vestir de mi papá, una corbata igualmente prestada y a falta de saco, un suéter horrible. De mis zapatos Dr. Marten's y la chamarra del ejército no quedaba mucho en aquella Navidad de apariencias. El amor y la ayuda constantes profesados por la familia mexicana jamás podré agradecerlos suficientemente y con los años se transformaron en algo muy real y palpable. Sin embargo, la distancia y las diferencias entre nuestros mundos no pudieron ser puenteadas ni muchos años después.

Por otro lado, interrumpí toda comunicación con mis amigos de Belgrado. Nunca fui gran partidario de escribir cartas, el internet aún no existía como lo conocemos hoy en día y el dolor que me invadía con cada intento de escribir era insoportable. En la embajada yugoslava de México había igualmente separaciones y la colonia completa de todos modos no excedía unas cincuenta o cien personas. Mi relación con los Balcanes se resumía a las indispensables llamadas por teléfono con los abuelos y mi tía, a los recuerdos, y a ignorarnos mutuamente durante casi toda la primera parte de la época de los noventa. A los pocos años, yo mismo ya me sentía mexicano y de mi pasado yugoslavo quedaban tan sólo unos recuerdos vagos... hasta el año 1999 y la posterior visita a Belgrado en el verano del 2000.
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Hacia La guerra en Bosnia y Herzegovina, la situación en Serbia y los conflictos en Croacia 1992-1995»»

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2.11.08

Las primeras elecciones "libres" en Serbia, sus resultados, la ”Revolución de Terciopelo de Belgrado” del 9 de marzo de 1991 y lo que ello desencadenó

Observando fijamente el Sava, mis pensamientos volvieron a aquel otoño de 1990, mismo que seguía figurando en mi memoria como el último año en el que no tenía preocupaciones mayores a las de estar "a la moda" y aprobar exámenes en la escuela. De igual manera volví al día en el que me había quedado minutos antes, al inicio de esta especie de introspección peculiar.

***

Saliendo del examen de alemán, con Goran e Ivan me fuí al llamado ”círculo”, una especie de patio circular que se hallaba en medio de edificios ubicados detrás de nuestra primaria. Aquí nos veníamos todos los descansos "a fumarnos un cigarro". Ellos fumaban y yo participaba de la plática. En esa ocasión, al igual que durante el último año casi completo, hablábamos de las próximas elecciones. El panorama se antojaba por demás colorido. Hacía varias semanas que en la televisión desfilaban toda clase de supuestos candidatos políticos. Muchos sin partido... ni idea alguna sobre cómo o con qué propuestas habría que participar. Lo importante, al parecer, era estar, participar, tomar partido, aprovechar el nuevo derecho a expresarte, desde las entrañas, desde la rabia, desde la ignorancia del quehacer "democrático". Todo aquello se volvía cada vez más una fuente segura de chistes locales.

Como candidatos serios, se veían únicamente a Slobodan Milošević con su rebautizado Partido Socialista Serbio (SPS, por sus sgla en serbio), a Vuk Drašković, líder del partido opositor más notorio llamado el Movimiento Serbio de Renovación (Srpski Pokret Obnove, SPO), los demócratas que tenían una visión política formidable aunque ningún discurso nacionalista incendiario -hecho que les pesaría posteriormente en las elecciones-, agrupados alrededor del Partido Demócrata (Demokratska Stranka, DS, que se veía continuadora del Partido Demócrata del reino de Yugoslavia, del que se había hablado en este blog aqui) o el Partido Demócrata Serbio (Demokratska Stranka Srbije, DSS, a su vez continuador del partido progresista de la preguerra; el contexto histórico de la vida parlamentaria del reino yugoslavo se había ya descrito en este blog aqui) y a Vojislav Šešelj, presidente del denominado Partido Serbio de los Četniks (SČP, por us siglas en serbio), posteriormente rebautizado en el Partido Radical Serbio (SRS, por sus siglas en serbio), posicionado como la fuerza ultraderechista, semifascista, nacionalista y promonárquica.

Mira Milosevich [Mil00, p. 252, apud. Florence Hartmann, Milosevic, la diagonale du fou, Danoël Impacts, París, 1999, p. 77] escribe que Slobodan Milošević planteaba en el último congreso del Partido Comunista yugoslavo: ”Teniendo en cuenta el carácter multiétnico de Yugoslavia, Occidente comprenderá nuestra posición y se dará por satisfecho si nos dotamos de un pluralismo democrático sin partidos” . Pero, por la presión de los cambios democráticos en toda Europa del Este y en Eslovenia y Croacia, cuyas primeras elecciones libres tuvieron lugar, como ya se ha dicho, el 8 y el 22 abril de 1990, respectivamente, Slobodan Milošević tuvo que admitir el sistema pluripartidista en Serbia, después de las primeras manifestaciones de los partidos de la oposición al régimen, el 13 de junio de 1990, exigiendo elecciones. Sin embargo, la autora [Mil00] no cree que Milošević haya temido una seria competencia por parte de sus oponentes políticos, puesto que eran las mismas personas que le habían ofrecido las legitimaciones intelectuales del nuevo poder.

En ese 1990, el 9 de diciembre, las primeras elecciones libres en Serbia no representaron ningún cambio. El Partido Socialista Serbio ganó, heredando los bienes y activos locales del Partido Comunista de Serbia y de sus frentes. El SPS ganó 2,320,587 votos o el 46.1% del total. Sin embargo, gracias al sistema delegacional, en las ciudades se le otorgaron 194 (77.6%) de los 250 delegados al Congreso. El SPO con 800,000 votos (15.8%) tenía únicamente 19 delegados, 456,000 ciudadanos le otorgaron su voto a candidatos independientes -al parlamento ingresaron únicamente ocho-. El Partido demócrata quién conglomeró en su seno a la elite intelectual serbia fracasó totalmente: logró meter al parlamento únicamente a siete representantes (7.4%), votaron por él 372,786 personas (todas las cifras retomadas de [Ast2] original se puede encontrar aqui).

El control total de los medios de comunicación más importantes, sobre todo de la televisión y la radio, sumamente influyentes, combinado con el control de la administración y la policía locales, garantizaron una fácil victoria al partido de Slobodan Milošević. Éste obtuvo tanto el voto de los antiguos comunistas como la mayoría de los votos nacionalistas.

A partir de este año, el partido en el poder atacaba insistentemente la leyenda de Tito y ampliaba su apoyo nacionalista anticomunista. Se acusó a Tito por sus políticas ”antiserbias” dentro de la federación. Los retratos de Tito se quitaron de la exhibición pública y la manción de su nombre en cualquier contexto mínimamente positivo e volvió un tabu al interior de la sociedad serbia, al igual que había ocurrido en todos los demás rincones de las tierras yugoslavas. En el parlamento serbio se debatieron truculentas propuestas, una de ellas consistente en desenterrar el cuerpo de su monumento en Belgrado (la casa de las flores) y trasladarlo a Croacia. Todo el ambiente se volvió netamente antititísta y anticomunista. Los intelectuales progresistas alardeaban en contra de estos símbolos en cualquier oportunidad, clamando la supuesta libertad de expresión y democratización del país. Muchos exiliados durannte el régimen comunistas, volvían ahora a sus hogares, llenos de rencor y decididos a tomar parte en la reconstrucción (por fin) de la Serbia de sus sueños. Lo peculiar era que los peores atacantes de la leyenda muerta eran sus más serviles seguidores cuando vivía.

Mira Milosevich [Mil00] prosigue diciendo que el presidente serbio había sustituido la vox populi por la voz de sus principales oponentes políticos, borrando las diferencias entre programas, lo que fue decisivo para su permanencia en el poder, tanto como el apoyo a su gobierno por parte del del Ejército yugoslavo y la complicidad tácita del presidente croata Franjo Tudjman. La convivencia entre la oposición y el régimen definió un único naconalismo serbio con dos variantes, comunista y anticomunista, sin demasiada diferencia entre ambos programas. Slobodan Milošević, sigue la autora [Mil00], pudo remitir ad calendas graecas las reformas democráticas y tachar de traidor a cualquiera que las exigiera, como sucedió, por ejemplo, con el partido antibelicista Unión Cívica Serbia, fundado en 1992, y dirigido por la socióloga Vesna Pešić, -embajadora de Yugoslavia en México de 2001 a 2005-. Los dos caudillos comunitarios, Tudjman y Milošević, concluye la socióloga [Mil00], utilizaron la guerra para ralentizar la transición a la democracia que, según ellos, solo podía desarrollarse en estados étnicamente puros.

Slobodan Milošević arrastraba en su pensamiento todo un legado de más de cuarenta años de un sistema autoritario, de manipulación de la información y de represión de la libertad de expresión. Esto le había causado la creación de una oposición anticomunista –más igualmente nacionalista- cada vez más fuerte, que organizó un mitin de más de cien mil personas en el centro de Belgrado el día 9 de Marzo de 1991.

Para estas fechas, se habían organizado ya diversos mítines por parte de ambas posturas. Los socialistas los organizaban frecuentemente en el paseo junto al delta del Danubio y el Sava; la oposición en el mero centro de la ciudad. Era interesante notar que al delta acudían en su mayoría personas de edad avanzada mientras que la juventud clamaba cambios de todo tipo, radicales y contundentes, sobretodo en lo que se refería a las libertades y garantías individuales.
El SPO había convocado a una magna concentración en la Plaza de la República para ese sábado nueve de marzo. El gobierno respondió enérgicamente declarando el mítin ilegal.

Toda la banda del parquecito decidió acudir a tal acontecimiento político, aún sin entender por completo lo que sucedía. Lo que era indudable era el sentimiento que algo sí estaba sucediendo y que había que participar en ello. Miloš, hijo de un prominente plitólogo e ideólogo de la nueva oposición democrática, hablaba de aquello con singular emoción. Por su parte, Žarko les presumía que ya había tenido su ”primera vez”. Con una prostituta desgraciadamente, pero era ya algo necesario a estas alturas en que todos tenían entre catorce y dieciséis años y los vírgenes eran cada vez más un caso raro.

Mis padres me prohibieron tajantemente ir a semejante acto político. Sin embargo, lo ocurrido en lo que a continuación se describe emana de detalladas narraciones de mis amigos y conocidos, que desde luego sí acudieron al evento.

Como a las cuatro de la tarde iban llegando a la Plaza de la República con todo y las banderas serbias y gorras de la vestimenta típica serbia llamadas šajkače. Todo estaba repleto de gente, banderas y mantas. En el monumento a Príncipe Mihailo (conocido sencillamente como el caballo) se habían ya instalado los oradores políticos encabezados por Vuk Drašković. Desde las imagenes transmitidas por la televisión veía yo, desde nuestro departamento, enormes banderas serbias con sus característicos colores rojo, azul y blanco y el escudo serbio en amarillo a la mitad.

Recordaba la leyenda del verdadero significado de este símbolo. Este es representado por cuatro S’s escritas en cirílico ”dándose la espalda” en un escudo partido por una cruz. La leyenda decía que las letras significan la gran enseñanza de la época medieval: ”sólo la unión salva a los serbios”; la vox populi decía a menudo que su verdadero significado era ”el serbio al serbio con un hacha destaza”. Cuestión de enfoques. Ambas interpretaciones hacían alusión a la más profunda idiosincrasia de este pueblo.

Me platicarían al día siguiente que de la nada se empezaron a observar camiones de granaderos y bomberos estacionarse a un costado de la Plaza de la República. Llevarían ahí alrededor de quince minutos. Se escuchó a alguien gritar a través de un altavoz que aquello era ilegal y se estaba quebrando la ley; pedían suspender el acto de inmediato. Nadie se movía.

Según las narraciones de Ivan, la gente a su alrededor se empezaba a recorrer paulatinamente hacia el lado opuesto de los camiones, hacia la calle de Knez Mihailo. El recorrer paulatino se convirtió, en no más de cinco minutos, en una corretiza indescriptible. La policía y los bomberos entraban en acción. Con las enormes pipas de agua intentaban dispersar la multitud, mientras las bombas de gases lacrimógenos caían por doquier. Acto seguido, los elementos antimotín avanzaban sobre la multitud golpeando por todos lados con sus macanas y escudos. Todos mis amigos estaban en esos momentos por demás espantados y paralizados. Ivan (o Koske), como lo conocían todos, seguía su recuento de hechos con un rostro serio y aún espantado: ”me sentía como congelado, incapaz de moverme. En eso pasó Nikola. Me agarró de la chamarra y me gritó que corriera por mi vida. Exactamente eso hice”.

Se dirigió hacia la avenida Terazije. Había conatos de violencia por todos lados. Mucha gente se enfrentaba con los policías a golpes. Al ir corriendo junto a unas tiendas de zapatos, vió como unos rateros aprovechaban el momento para robarse lo que se pudiera a través de los escaparates rotos.

Por su parte, incurría en la plática Miloš contando que después de unos quince minutos de correr sin rumbo fijo, siempre esquivando la policía (milicia, como se le denominaba en la época socialísta), arribó al edificio de Beogradjanka. A un costado de la enorme construcción veía como, entre unas ocho personas, estaban tirando a un oficial de la policía por la barda a la calle de abajo. Estaba todo sangrado. Las mismas escenas alcancé a verlas en la televisión. Oía disparos. Miloš continuaba explicando que tirado en el suelo, pecho tierra, se encontró con Marko que le decía que debían ser balas de hule y que siguieran corriendo.

Dos cuadras más abajo se estaban reagrupando los asistentes al mítin. En una votación improvisada se había decidido tomar el edificio de la Radio y la Televisión de Belgrado (RTB, por sus siglas en serbio). Todos se dirigían hacia allá.

Goran y Nikola iban corriendo cuando de la nada se les cerró un camión de bomberos. Dule y Nikola decidieron atacar al conductor y tomar el vehículo. En el agarrón, Borko vió rodar el casco del bombero. Lo recogió como símbolo de su victoria y decidió llevarlo a casa. Siguieron la carrera. Se oían disparos mucho más frecuentes y por todos lados. Dule y Nikola decidieron, de igual manera seguir los pasos de sus compañeros.

Todos estaban asustados, aunque la adrenalina corría por sus venas y realmente pocos estaban plenamente conscientes del peligro en el que se encontraban. Todos corrían y gritaban... riendo. Realmente creían que estaban liberando al país de la opresión autoritaria de los años anteriores. De otra manera, hubieran corrido a sus casas mucho antes de lo que lo hicieron.

En las noticias transmitían los acontecimientos. Mostraban una tienda de abarrotes en cuya puerta estaba escrito ”si eres Serbio, no le robes a los serbios”. Por todos lados ocurrían saqueos, robos, asaltos... violencia desatada. Estaba atónito. No pasaban nada sobre la toma de la televisión.

Como a las siete de la noche las calles de Belgrado fueron invadidas por los tanques del ejército federal. Nadie debía salir a la calle. En el noticiero pasaban la noticia sobre un joven de dieciocho años asesinado por una bala. Resultó que vivía a dos bloques del mío, allá en Nuevo Belgrado. Todo el mundo estaba petrificado. Mi tía abuela llamó esa noche a la casa al borde de un ataque de nervios. No había visto tanques bajo su ventana desde la segunda guerra mundial.

Como a las dos de la madrugada, desde la Villa del Estudiante, salía con rumbo al palacio de gobierno un largo contingente de estudiantes, académicos, investigadores y autoridades universitarias. La policía los interceptó en el puente entre Belgrado viejo y Belgrado nuevo (Brankov most). Les cortaron el paso y empezaron a lanzarles gases lacrimógenos. Al día siguiente alguien comentaba que muchas veces ello provoca tal desesperación que era muy probable que alguien incluso pensara en aventarse del puente de unos 50 metros de altura.

Lograron romper la emboscada y llegar a la calle de Terazije, justo frente al hotel Moskva. Decidieron realizar un plantón que no quitarían hasta lograr que el gobierno diera una respuesta satisfactoria a sus demandas. Los tanques avanzaban sobre las barreras humanas. Todo el mundo decidió quedarse acostado frente a la maquinaria naval. Si los quitaban iba a ser por que estarían muertos.

El plantón duró varias semanas en las que muchos artistas daban conciertos, obras de teatro, tertulias literarias y cuánto se les ocurriera; todo voluntariamente. Todos coreaban al unísono canciones como Give peace a chance o Imagine de John Lennon. Todo el mundo advertía no caer en provocacione y repetían que el movimiento era de desobedinecia civil pacífica. Los sesentayocheros volvían a salir a la calle. Revistas especiales con las imágenes y la explicación acerca de lo ocurrido ese 9 de marzo circulaban por doquier en esta inequitativa lucha por contrarrestar los medios oficiales de comunicación. La banda del parquecito buscaba la prueba de su presencia en cada foto. Creo que efectivamente habían retratado a dos o tres de ellos en una toma.

Como a la segunda semana del plantón, en el recreo, Miloš nos comentaba que sería bueno redactar un telegrama en apoyo a las demandas del movimiento al que todo el mundo se refería como la ”Revolución de Terciopelo de Belgrado”. Sin entender en realidad casi nada, aceptamos hacerlo. El telegrama fue escrito. Esa misma tarde, después de clases lo fuímos a entregar en el plantón.

Mis padres me habían prohibido categóricamente asistir o incluso, pasar cerca de aquella plaza en la avenida Terazije. La situación estaba por demás delicada. Poco me importó (en el futuro y con el tiempo, mis pobres padres tuvieron que aceptar mis pequeñas "excursiones" políticas, cada vez más frecuentes). Al llegar hasta el sonido, se interrumpió la canción que estaban poniendo: ”Tenemos la fuerza del ’68, sólo que no todo es igual. Hoy, hasta las primarias nos apoyan.”

Estaba orgulloso y emocionado. Tanto, que recordé que mi papá trabajaba en la agencia noticiosa y que me vio una decena de periodistas que trabajaban con él, apenas cuando iniciaba la severa reprimenda en casa por haberlo desobedecido. Al final del regaño, me expresó su amplio apoyo. El problema no resultó ser mi participación ”política” sino el no haberles avisado a mis papás.

El movimiento duró unas cuantas semanas más. Culminó con el compromiso por parte del gobierno de atender las demandas y desmonopolizar los medios de comunicación. Ello no sucedó a lo largo de todo el gobierno de Slobodan Milošević. Al contrario.

Lo que a mí me intrigaba, sin embargo, era la noción de oposición como tal: en ambos lados se gritaban las mismas consignas nacionalistas...
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9.10.08

La adolecencia, la realidad citadina y el ambiente social que se vivía en las calles de Belgrado a finales de los ochenta e inicio de los noventa

Desde el quinto de primaria habíamos ya pasado al segundo de los dos edificios que constituían nuestra escuela primaria. Este último se hallaba justo frente a la entrada del edificio en el que vivía en esa época, de manera que me despertaba junto con el primer timbre que anunciaba los últimos diez minutos faltantes para el inicio de la primera clase de cada mañana: las 7:50 en punto.

Cambiamos de edificio y con ello, de horario de clases. A todos los alumnos de quinto a octavo años de nuestra primaria nos dividieron en dos grandes grupos: los años pares y los años nones. Cada uno de estos dos grupos conformaría uno de los dos turnos que existían: el matutino y el vespertino, intercambiándose éstos cada semana. El turno matutino comenzaba a las ocho de la mañana y terminaba a la una y cuarto de la tarde. El turno vespertino iniciaba a las 14 horas y terminaba en punto de las siete y cuarto de la noche.

A inicios de junio de ese 1989 y a mis casi trece años de edad, finalmente me armé de valor. Era un jueves. Las siete y media de la noche (poco después de la hora de salida). La esperé y la acompañé hasta su edificio, a exactamente cuatro calles de distancia de la escuela.

Todo el camino no me podía concentrar. Me sudaban las manos y el corazón parecía que estaba a punto de explotar. Estaba a un paso de volverme loco. Finalmente, decidí aventarme al vacío.

- Milena, tengo algo que decirte.
- Si, dime.
- Es que no sé como hacerlo.
- Pues, es sencillo. Dilo y ya.

Su voz temblaba por alguna extraña razón. Su cara se ruborizaba bajo sus grandes anteojos. No entendía yo por qué sufría ella semejantes cambios. ¿Acaso?...

- Mira, yo sé que esto puede, este, sonar ridículo...
- ¿Qué?, dílo.
- ¿Quisieras andar conmigo?

***

De nuevo estabamos en octubre. Las intensas lluvias le abrían poco a poco el paso al característico olor a nieve en el aire. Los días eran cada vez más cortos. Mi reloj marcaba las siete y media de la noche, el parquecito se encontraba ya iluminado por las enormes lámparas de alumbramiento público. Estaba sentado junto con Ivan, Nikola y la demás banda que conocía desde el primero de primaria e incluso desde antes, en la misma banca en la que nos sentábamos casi todos los días desde entonces. Íbamos en séptimo año.

Repentinamente se nos unió Nedić, otro compañero de la primaria al que aún recuerdo tan sólo por el apellido. Miloš, sentado en la banca con los pies abiertos, había creado un verdadero charco impresionante con su saliva en el piso. Algunos otros intentaban competir con sus habilidades hidráulicas sin mayor éxito. De la nada, le preguntó a Nedić:

- ¿Estás seguro de lo que quieres hacer después de la primaria?
- Y a mí ¿quién me pregunta?. Soy hijo de un pop (sacerdote). He de ser uno también. Tradición familiar. En septiembre me inscribiré al seminario.

Por mi parte, en aquel entonces aún no lo podía imaginar con la barba y el cabello largo, todo vestido de negro y dando liturgias. En esos tiempos, eso todavía era algo fuera de lo común.

Con mi madre había visitado en varias ocasiones la catedral de Belgrado. Tenía un olor muy fuerte a incienso y parafina. A la entrada era preciso prender dos velas y colocarlas en una especie de charolas situadas una encima de la otra. La de arriba era para los vivos y la de abajo para los muertos. Al ingresar, se divisaba el altar y una cantidad impresionante de frescos e íconos en las paredes. Aún me siguen impresionando los maravillosos vitrales que adornan sus ventanas. El pop (sacerdote) cantaba la mayoría de la liturgia sin acompañamiento alguno. No había bancas en el interior, de manera que los creyentes permanecían de pie a lo largo de todo el servicio. Se prendía copal y el sacerdota decía un sermón entre canto y canto. Esto le daba un matiz por demás serio y espiritual al evento.

La charla seguía.

- Y a tí, ¿cómo te fue con Milena?

- Pues, bien. Dos días después de haberle llegado, aceptó ser mi novia. Me la pasé un mes entero sin poderme atrever a darle un beso. Y todos ustedes insistiendo. Finalmente, en la fiesta de Sandra. ¡Qué obvios se vieron! Mira que dejarla encerrada afuera en el balcón. Aleksandar finalmente me convenció que lo tenía que hacer. Salí y le dije muy sinceramente que todo el mundo considera que la tenía que besar y que no sabía qué hacer. Se volteó, me miró con sus grandes ojos azules, me tomó de la mano y lo hicimos. La escena al regresar a la sala fue lo más difícil. Todos nos estaban viendo como atracción de circo. Puedo decir que le gustó.

- ¿Y luego?

- Y luego nada. Un día estábamos en su casa. No había nadie. No me atrevía a tocarla. Después de un rato de ver MTV en el nuevo canal tres de la tele (que chido que se anden pirateando la señal), me atreví. Repentinamente me voltée y la abracé. Le pregunté si podía volver a darle otro beso. Me respondió que mejor no, porque sentía que todo le daba vueltas cuando lo hacía y que era demasiado intenso.

- ¡No!

- Sí. A los dos minutos nos lo volvimos a dar y no separamos nuestras bocas y lenguas como por media hora. Fue la primera vez que le tocaba los senos desnudos a una chava. Me sentía soñado, aunque pasé por una crisis la siguiente semana. Además de que me dio un dolor indescriptible en el estómago bajo y acabé en el hospital, me sentía un depravado sexual. Ahora ya me calmé, el dolor se esfumó milagrosamente. Nadie supo qué era.

- ¿Y ella?

- Pues, nos fuimos de vacaciones los dos, cada quién por su lado. Yo a casa de mis abuelo a Dalmacia y ella a visitar a su papá a Francia. Apenas la vi ahora en septiembre, pero me aburrió y no le hablo.

***

Los días pasaban y con ellos el invierno. Se armó un escándalo en la escuela por las ”palomas” y demás artefactos pirotécnicos cuya venta era oficialmente prohibida, pero que se podían conseguir sin mayor esfuerzo en casi todos lados. Nosotros los comprábamos en el mercado de Zeleni Venac. Resulta que le explotó uno en la chamarra a una chava de sexto y casi la mata. Todos fuímos investigados.

Por otra parte, mis amigas Tijana, Liza y Milica se empezaban a maquillar. Todo el mundo se empezaba a quedar cada vez más tiempo en el parquecito.

Me asombraba el hecho de que uno de los cuates con el que solía andar en bici de niños, se había vuelto el peor gandalla de la escuela. Le pedía dinero a todo el mundo y se peleaba por todo. Dicen que hasta había ya navajeado a alguien. A mí me platicaba que su sueño era volverse fighter, que anhelaba que cuando se mencionara su nombre, todo Belgrado se pusiera a temblar. Le decían Cvele y era mejor estar en buenos términos con él. Dicen que pasó unos tres años en la cárcel. Triste.

La crisis económica era ya más que evidente y cada día menos soportable. La moneda ya había sido devaluada en varias ocasiones. Los créditos otorgados por el Occidente y con ellos la deuda externa abarcaban cifras tan grandes que era ya ridículo siquiera intentar expresarlas. La vida se volvía cada día más difícil de sobrellevar. Se empezaban a escuchar por doquier comentarios acerca de la insostenibilidad del hecho que por cuestiones de un sistema (el socialista) cuya efectividad quedaba en entredicho, el pueblo entero tuviera que pasar hambre, sobre todo si profesionistas preparados y aptos para abrirse camino sobraban. Profesores de universidad manejando taxis, ingenieros vendiendo periódico viejo, dentistas dedicados a vender fresas en los mercados... Estos comentarios venían, como era de esperarse, principalmente de los llamados gastarbeiter (trabajadores invitados, en su traducción del alemán) que pasaban largas temporadas laborando en el extranjero, dominantemente en Alemania e Italia y sus familiares que, viviéndo aún en yugoslavia, se beneficiaban de sus obligatorias visitas a la familia. Muchos constataban la cada vez más creciente falta de ambición profesional por parte de los empleados. Los horarios de trabajo se respetaban cada vez menos y parecía que la nación entera había decidido dejar de producir.

Al poco tiempo, se mudaba nuestra familia a un departamento más grande ubicado en Nuevo Belgrado, intercambiado por el departamento del centro y una cantidad de dinero adicional. Nuestro nuevo hogar representaba prácticamente el doble en espacio del anterior y se encontraba en el octavo y último piso de uno de los edificios del llamado bloque habitacional 70-A. El bloque contaba con una veintena de multifamiliares idénticos, refugios nucleares y canchas para jugar baloncesto en medios de éstos. El paisaje lo adornaban, además, una cantidad enorme de pequeños locales en las plantas bajas de los edificios, que pronto serían ocupados por tiendas de abarrotes, panaderías, tintorerías, peluquerías...

Hice nuevas amistades en el bloque, aunque seguía yendo a mi antigua escuela en el centro y visitaba periódicamente el afamado parquecito. Fue una época rara. Al igual que la banda del parquecito se había ya bautizado como los que salen junto al Palace (hotel ubicado en una esquina del parque), así mis nuevos amigos se denominaban los Bronx Warriors, 70-A. Todo el bloque multifamiliar se encontraba grafiteado con tal nombre en una especie de delimitación de territorios. Era bueno conocerlos, sobre todo si se sabía que su pasatiempo favorito era tomar coches ”prestados” de los estacionamientos. Al menos el Golf '83 de mi papá no corría peligro en aquella época.

Un día estaba platicando con Alek, un vecino de catorce años. Me estaba platicando que había descubierto que si se brincaba lo suficientemente fuerte en el techo de un Mercedes Benz, automáticamente se le abrían las cuatro puertas. En eso, de la nada se paró un carro a un costado nuestro, rechinando llantas. De éste salió un señor de rostro enojado y de buenas a primeras le dio dos bofetadas a mi amigo. Estaba atónito. El sujeto se identificó como inspector de policía. Me tomó los datos, trepó a Alek al vehículo y se lo llevó. Llegué a casa en shock sintiéndome como un verdadero criminal, sin haber hecho absolutamente nada para merecerlo.

Al día siguiente me enteré que el inspector era el tío de Alek y que a éste lo habían tomado preso una noche antes en coche robado y sin licencia corriendo a exceso de velocidad por las calles más transitadas de la capital yugoslava. De la cárcel lo sacaron pagando una caución, pero el tío se acababa de enterar de lo ocurrido.

Una de las enormes ventajas del nuevo departamento era el que se encontraba a escasos metros de la orilla del río Sava, cruzando el cual se llegaba al balneario natural más grande de Belgrado llamado Ada Ciganlija. Éste era una especie de lago que formaba el río tras una isla. Fue aquí donde pasé el verano de 1991, cuando ya se había vuelto imposible visitar a mis abuelos en la costa dálmata.

***

Durante los años inmediatamente posteriores a ese 1989, y sobre todo en 1990 y el 1991, me encontraba en plena búsqueda de identidad propia. Nunca olvidaré el día cuando llegó Miloš por primera vez a la escuela todo rapado. Hablaba de grupos como los Sex Pistols y las botas Dr. Marten’s. Al principio, todo ello se me hacía extraño. Muy pronto, sin embargo, adoptaría muchos de los valores que caracterizaban al punk belgradense.

Un día me prestaron una grabación pirata -cabe mencionar que era un sello peculiar el que todas las grabaciones de punk o de hard o grind core fueran de ínfima calidad- de los Ramones y un grupo local de nombre NBG. Tenía ya catorce años. Me encantó el ritmo del todo acelerado y la visión de llevar lo urbano y proletario en el vestir y vivir a las últimas consecuencias. Varios meses después estábamos todos los del parquecíto vestidos más o menos igual. Con camisas a cuadros, aretes, botas Dr. Marten's o tenis Converse All Star, tirantes a los costados, playeras de grupos de punk y sin hacer casi nada, todas las noches sentados en las mismas bancas en el mismo parquecito.

Era casi imposible conseguir botas Dr. Marten’s en Belgrado, de manera que todo el mundo ahorraba y en cuanto se sabía de alguien que iría al extranjero se las encargaban. De hecho, mis primeros zapatos Dr. Marten's me los compraron apenas llegando a la ciudad de México en 1992, en respuesta a un deseo mío jamás cumplido belgradense. Por otro lado, los tenis Converse y las chamarras Spit Fire de pilotos ingleses se podían conseguir en tiendas especializadas para extranjeros llamadas Komision, que posteriormente, ya en 1991, abrieron sus puertas al público en general.

Ya en octavo de primaria, todo el mundo fumaba. O casi todo el mundo; creo que yo fuí uno de los únicos que no sucumbió ante este vicio. Un día los sorprendió la mamá de Vlada en plena fumadera. Los regañó a todos y se lo llevó arrastrando a la casa. El día siguiente, todo pálido y nervioso, Vlada narraba como lo habían obligado a fumarse la cajetilla entera en la presencia de sus padres. Juraba no volver a probar un cigarro nunca más en su vida. Todos rieron sabiendo que en media hora estaría con otro cigarro en la boca ya que éste representaba parte fundamental de su estilo de vida.

El volverse punks nos definía como personas (o eso creíamos). Era interesante caminar por Belgrado, ver a alguien en la calle y saber solamente por su forma de vestir, qué tipo de música oía o a donde salía y si era amigo o no. Muchas peleas se suscitaban a diario entre metaleros, punketos, chavos rockabilly o skinheads únicamente por la vestimenta y estilo de cada quién. Pasar por los lugares de heavy metal vestido como lo solíamos hacer en el parquecito era equivalente al suicidio.

Las peleas se daban incluso por puro ocio. Un día sin nada que hacer en el parquecito del Palace, Nikola sugirió quitarle el dinero a un chavo que iba pasando. Así se hizo. Otro día, me platicaron algunos que iban caminando por Kalemegdan y se les ocurrió dispararle a una pareja con una pistola de diábolos con gas. Por pura diversión...

Sin embargo, el joven al que asaltaron de igual manera tenía a sus cuates que otro día llegaron armados con bats y cuchillos y con sed de venganza; tampoco la pareja, víctima del disparo, que vivía en Dorćol -el barrio más famoso por peleas en Belgrado- se iba a quedar de brazos cruzados y de igual manera hubo enfrentamientos. De repente resultaba que medio Belgrado nos quería golpear. Era bastante frustrante.

Un día, Dejan llegó huyendo de otra pandilla. Cuando nos vieron a los quince pelones pararnos de las bancas, nos observaron por unos instantes desde la otra acera y salieron despavoridos. Dejan se tocaba la cabeza de la cuál le escurría sangre. Al preguntarle cómo pasó, me respondió que no sabía: no había tenido tiempo para el dolor.

También existían los hippies que no se metían con nadie; ah, y la llamada gente "normal", desde nuestra percepción normalmente pedante y de nariz alzada. Todos formando parte de este circo en el que se había convertido la urbe de dos millones de habitantes.

Sin embargo, independientemente del grupo de jóvenes al que se pertenecía, todo el mundo le prestaba demasiada atención a la vestimenta, que si era de marca o no, si era extranjera o nacional...

***

En una ocasión, me invitaron al partido de futbol más esperado de la temporada. Jugaban el Estrella Roja contra el Partizan; se trataba pues, de un ”clásico” belgradense. Junto con la mayoría de mis amigos, le iba yo al Partizan, que portaba los colores blanco y negro y cuya porra se auto nombraba los sepultureros en contraste a la porra rojiblanca del Estrella Roja llamada los gitanos en los tiempos de mi papá o delije, nombre que describe a los galanes valientes, héroes de la épica popular, en la actualidad.

Llegamos al estadio del Estrella Roja, el más grande de Serbia al que todo el mundo conocía como el Maracaná yugoslavo, en tren desde Nuevo Belgrado y justo a tiempo. Las gradas detrás de las porterías no tenían sillas, eran el norte y el sur. Aquí se concentraban las dos porras ”bravas”. A los lados de las canchas, que eran el este y el oeste, ingresaba el público en general y contaban estas gradas del estadio con butacas normales para tal ocasión.

Las porras de ambos equipos consistían en cánticos extensos que siempre terminaban con la parte en la que todo el mundo empezaba a gritar ”every go” y entre gritos y empujones los de hasta arriba empezaban a bajar y viceversa generándose un verdadero caos: un slam. Tambores de todo tipo y cortinas de humo de colores -producidas por bengalas o bombas de humo que se metían de contrabando- creaban un ambiente inolvidable en cada juego. Era apasionante, aunque también peligroso.

Ese preciso partido, los ánimos estaban por demás candentes por la última derrota del Partizan. Toda la porra empezaba a gritar que iba a destruir el estadio. El juego ya había empezado. Los mismos jugadores se acercaban a calmar a sus seguidores. Nada servía. Repentinamente me dí cuenta que unos hombres debajo de mí tenían en sus manos una enorme viga con la que tumbaban pedazos de concreto de las gradas que posteriormente serían lanzadas a la cancha. El presidente del club intentó calmar de nueva cuenta a esta porra que se hallaba ya fuera de sí.
Decía que si no se calmaban los tendrían que sacar del estadio por la fuerza. Nadie le prestaba atención.

Como al minuto cuarenta del primer tiempo, veía que muchos policías antimotines se aproximaban por todos los accesos. No entendía qué sucedía. De la nada se dejó oír un silbatazo. Iniciaba la persecución, los golpes, macanazos... Me ví atrapado justo entre los policías y la masa que corría sin cabeza a esconderse a donde pudiera. Me invadió el pánico. Estaba tomado de la chamarra de Damijan y no la iba a soltar por nada de este mundo, ni siquiera por sus gritos e indicaciones que lo estaba ahorcando. Logramos llegar a uno de los túneles que nos llevarían a la salida. En la mera puerta se encontraban unos cuatro policías por demás exaltados. Uno estaba sangrando y a la vez lanzando golpes por doquier. Le empecé a gritar que no le iba a hacer nada, que solamente me dejara pasar. Asintió. Me lancé a la salida y justo cuando pensé que había logrado mi objetivo, sentí un golpe indescriptible en la espalda. Recordaba la anécdota de no tener tiempo para el dolor.

Llovía. Al salir corriendo, me enfrasqué en el lodo. Le comenté a Borko, que de alguna manera se encontró al lado mío en ese momento, que por lo menos ya habíamos librado lo peor. Volteó señalándome hacia una masa multiforme de gente que venía corriendo a un costado del estadio con cadenas, botellas rotas y todo tipo de palos. ”Aún no cantes victoria”, dijo. Únicamente pude distinguir el mayoritario color rojiblanco y gritos y porras del Estrella Roja en aquella multitud.

Corrí como nunca en mi corta vida. Me deshice de la bufanda blanco y negro del Partizan y las demás insignias. Llegamos al tren antes que nadie del bloque. En media hora estaba ya en casa, hablándoles a mis padres por teléfono. Estaban en casa de mi tía, a escasos veinte minutos de nuestro departamento, también en Nuevo Belgrado.

”Estoy bien. No pasó nada grave.”

Iniciaba el noticiero.
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1.9.08

Del cuarto de primaria y del temible V-5

En cuarto de primaria me nombraron presidente del grupo, el IV-2. Un muy buen amigo mío, Marko, me platicaba durante una visita suya a Puebla, en el 2002, que él estaba seguro de que ganaría aquella elección. Sin embargo, justo ese verano, mis padres nos habían llevado a mí y a mi hermana a México de vacaciones y regresamos del viaje unas dos semanas después de que las clases hubieran iniciado - el día de las elecciones. Toda esta circunstancia, me platicaba Marko, subió mis puntos en contra de los de él: el chavo que viaja al extranjero y regresa con juguetes nuevos, únicos, coloridos, nunca antes vistos, que cuenta historias maravillosas, fantasiosas, de otros mundos... era difícil combatir ese impacto. Marko se volvía el secretario de la mesa directiva. Al parecer, para el 2006, ya había logrado perdonarme ésta, su primera, derrota política.

Junto con estos cargos, todos los años se votaba para tesorero y dos vocales. La principal función de este pequeño órgano era presidir las reuniones del grupo que se llevaban a cabo una vez por semana, mayoritariamente los miércoles, en las que se trataban todos los asuntos de interés para la comunidad de uno de los cuatro grupos que existían en mi año. Era una simulación maravillosa de las asambleas de los consejos de obreros.

Ya anteriormente había yo formado parte de la mesa directiva del salón: una vez había sido tesorero y otra vocal. Estaba feliz y para mí este hecho no significaba más que la prueba de que al menos era aceptado por la mayoría de mis amigos.

Al poco tiempo y tomando en cuenta la cantidad de alumnos existentes por salón (y en mi grupo eramos exactamente 41), los departamentos de psicología y pedagogía de nuestra primaria decidieron hacer un recorte. Se aceptarían como máximo treinta estudiantes por grupo, lo cual significaba la necesidad de creación de un quinto grupo por año.

Aquí cabe aclarar que la unión era grande al interior de nuestro salón y es que había una regla clara: en toda actividad, curricular o no, debían participar todos y cada uno de los alumnos del salón. Todo ello desembocaba en que para cada cumpleaños de cada uno de nosotros era imperativo invitar a todos los 40 compañeros. Ahora, habría que imaginarse nada más qué significaba meter a !41 chamacos en nuestro enorme departamento de 45 metros cuadrados!

Los preparativos empezaban desde un día antes con la movida de muebles. La cama de mis papás se tenía que levantar y colocar paralela a la pared, camuflageada por un librero de la sala, y todas las mesas y sillas que sobraran debían ser propiamente apartadas del espacio. Luego, mi mamá preparaba emparedados para todos, unas enormes porciones de ensalada rusa y claro está, un pastel hecho por sus propias manos. Me acuerdo mucho de algunos cumpleaños míos en los que hubo piñata: un detalle que, junto con el nombre completo de mi madre que casi todos se aprendieron de memoria y se lo recitaron a Lizette sin error alguno en el 2005, parece ser algo que nadie de ellos (yo incluído) jamás olvidaremos.

Y el problema no eramos, al parecer los 41 niñas y niños colgados de las lamparas y corriendo por doquier en todo el diminuto departamento, sino los papás de los compañeritos, quienes, casi sin excepción, aceptaban prestos la invitación de mis papás a quedarse a tomar una copita. Y es que no había mucho extranjeros en Belgrado en los setenta y ochenta y México era especialmente querido en Yugoslavia. De hecho, cuentan muchos que en la época de los sesenta, hubo unos años en los que el gobierno prohibió la venta y reproducción de música estadounidense y la gente descubrió la música mexicana, que junto con varias películas de la llamada época de oro del cine mexicano habían marcado toda una generación de yugoslavos.

Algo muy similar (al menos en cuanto a lo del número de invitados se refiere), ocurría en todos los demás cuarenta departamentos.

Por todo ello, a mí y a mis compañeros el oír semejante noticia de tener que despedirnos de diez u once de nosotros nos suscitó reacciones diversas, todas malas. El shock causado era evidente. Recuerdo que varios de mis compañeros no paraban de llorar en días. El ambiente se volvió desolador, sobre todo un mes después de la primera noticia.

Se trataba de una encuesta que efectuó la psicóloga. Ésta consistía en apuntar en un papel cuatro de los mejores amigos o amigas que tenía cada uno de nosotros. A todos los del grupo nos quedaba muy claro que los menos mencionados pasarían a constituir la temible ”decena” que formaría parte del ”siniestro” quinto – cinco.

El desgarrador día de la lectura de nombres finalmente arribó al igual que todo lo inminente a pasar en la vida. Ingresó al salón la psicóloga. Llegó la lista... nosotros ya estábamos allí. Se le pidió a la maestra encargada del salón, la maestra Slavica a la cual jamás olvidará ninguno de nosotros, salir del salón. La psicóloga sacó de su bolso una carpeta, la abrió y aguardó en silencio unos cuantos segundos. Los niños intentabamos ahogar nuestras lágrimas y nuestro llanto.

Finalmente, inició la lectura.

No lo podía creer: uno de mis grandes amigos, Vlada, ya había sido designado. Cada nuevo nombre me ponía más y más los pelos de punta.

La lista finalmente terminó. Sepulcral silencio invadía el salón. La psicóloga empezó a acercarse a cada uno de los niños elegidos y preguntarles si estaban de acuerdo con esta decisión. ¿Qué le podían responder? Pues, ya qué.

Se le acercó al último niño. Se llama Djordje y sigo teniendo noticias suyas de vez en cuando.

Nunca llegó la respuesta a la abominable interrogante. Todo el mundo oyó el sonido que produjo al caerse de la silla en llanto sin igual. ”Está muy mal”, clamaba Tijana del asiento detrás de mi.

La psicóloga se agachó e intentó incorporarlo y calmarlo. Todo era inútil.

”¿Alguien que quisiera reemplazarlo voluntariamente?”

Miradas. Asombro.

”No te preocupes, al fin que solamente estarás en el salón de al lado. No es el fin del mundo. De todos modos, de lo único de lo que yo me acuerdo de la primaria es de mi maestra encargada del grupo. Y la que les tocó es tan buena persona.” Escuchaba a la psicóloga sin comprender muy bien qué era exactamente lo que acababa de hacer.

Al ver a todo mi salón llorar, también rompí en llanto.

¿Sería posible que haya aceptado tal cuestión voluntariamente?
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4.8.08

De mi infancia en Belgrado

Mis padres son profesionistas los dos. Como ya lo había platicado, mi papá es ingeniero en electrónica y trabajaba en la empresa noticiosa más importante del país -Tanjug (Agencia de Telégrafos de la Nueva Yugoslavia, en traducción libre mía al español). Mi mamá, por su parte, es odontóloga y cuando yo era pequeño, los primeros cinco años no podía encontrar empleo, por lo que se dedicaba a aprender el serbio-croata y realizar traducciones del español. Por fin, por allí del principio de los ochenta, encontró trabajo en un centro de salud en las periferias de Belgrado, en el pueblito de Vinča. De hecho, trabajaba en varios centros de salud y hasta escuelas primarias de la región de Grocka; unos meses en un lado y otros en otro.

Recién casados, mis papás vivieron primero en el departamento de mis abuelos. Como bien lo dice un dicho mexicano "el casado, casa quiere"; la vida al parecer no fue muy agradable allí bajo el mismo techo. Las diferencias culturales resultaron a veces infranqueables y al poco tiempo fue decidido cambiar el departamento grande (de propiedad social) por dos más pequeños: comprar uno en el mero centro de Belgrado de 45 metros cuadrados que se volvería mi primer hogar, y habitar uno un tanto más grande en Nuevo Belgrado (este otra vez de propiedad social), en el que vivieron un tiempo mis abuelos y la nueva familia de la hermana de mi papá. No era raro en Yugoslavia vivir con los padres (o suegros) bajo el mismo techo muchos años (como tampoco lo es hoy en día). Y es que la vida era cara, las perspectivas escasas y Yugoslavia como que aislada del mundo...

Pocos mese antes de mi nacimiento se mudaron mis papás al pequeño departamento en el centro de Belgrado, a escasos cincuenta metros del puente que une Belgrado viejo con el nuevo -Brankov most-, a la calle que lleva el nombre del mariscal Biryuzov.

Construido en concreto y lleno de rascacielos y unidades habitacionales bien planeadas en las cuales se encontraban siempre unos veinte edificios idénticos con áreas verdes a su alrededor, sus tiendas, escuelas, canchas de juego y hasta refugios nucleares, Nuevo Belgrado intentaba mostrar la prosperidad y el avance tecnológico del país. Hoy en día es éste el panorama usual del llamado "realismo comunista", funcional y gris, acorde con el discurso de la dictadura del proletariado.

Al cumplir los tres años de edad, me metieron al jardín de niños Veinticinco de Mayo que se encontraba cerca del departamento. Aquí cabe mencionar que el 25 de mayo solía ser una fecha importante en Yugoslavia; al principio, se celebraba como el Día de la juventud. Sin embargo, unos años después del término de la segunda guerra mundial, el presidente Tito decidió que su cumpleaños también se celebraría ese mismo día, así que era esta fecha doblemente festiva. Todos los años, como regalo al presidente, se le fundía una estafeta en oro o plata a manos de artistas distinguidos; misma que recorría todo el país cargada por jóvenes, deportistas y profesionistas distinguidos para finalmente ser otorgada a Josip Broz en el Estadio Olímpico de Belgrado, ceremonia acompañada de un espectáculo de aproximadamente dos horas, semejante a una apertura de juegos olímpicos. A la par con la ulterior costumbre, todos los años recorría las repúblicas el llamado Tren de la fraternidad y la unidad de los pueblos yugoslavos (voz bratstva i jedinstva) -el último recorrido lo haría en 1989-.

La economía entera se basaba demasiado en la supuesta fuerza que alcanzaría la formada Organización de Países No Alineados cuyos activos originarios eran precisamente Josip Broz por Yugoslavia, el presidente Nehru por India y el presidente Nasser por Egipto; intentaban construir una ”tercera vía” económica que pudiera significar la fuerza de equilibrio y resistencia tanto a los EUA como a la URSS en un mundo absolutamente bipolar. Su primer manifiesto fue su declaración de Brioni, una de las islas del archipiélago croata en el Adriático en el cuál se encontraba una de las residencias del presidente, que emanó de su primera reunión el 19 de julio de 1956.

Josep Palau [Pa96] menciona que la iniciativa en política exterior, con el prestigioso no alineamiento, actuaba como pieza básica de los equilibrios internos. De hecho, tanto en el espacio yugoslavo como en toda la región balcánica hay grandes tendencias naturales al alineamiento, en tanto que escenarios seculares de disputas entre imperios y grandes potencias o zonas de influencias ideológico-religiosas. En realidad, más que el entendimiento con el vecino, todos los pueblos balcánicos tienden a buscar un protector exterior como base de su propia seguridad. Así es que el no alineamiento constituía una estrategia deliberada e imprescindible para mantener la cohesión interna, amén de una brillantísima iniciativa exterior de consecuencias mundiales estabilizadoras.

En el contexto del no alineamiento, explica Palau [Pa96], con una política exterior prestigiosa hecha desde la cúspide, con una posición equidistantemente respetada por todos los centros mundiales de poder, los procesos descritos y las envenenadas tendencias que comportaban aparecían como simples menudencias. Disminuido el papel del partido comunista y desaparecido el gran árbitro –Tito-, por allüi de 1981, las contradicciones en los intereses de las élites republicanas emergieron desnudas, sin colchón protector alguno. No había reglas de juego definidas que pudieran sustituir la gran regla anterior: la del sometimiento a la voluntad del mariscal.

Esta especulación, finalmente no le hizo mucho bien a la decadente economía y comercio exterior de una Yugoslavia sumida en la peor de las crisis a finales de los ochenta. Las oportunidades de entrar en el Tratado de Libre Comercio de Europa no se aprovecharon en el momento cuando eran factibles y ahora están años luz lejos de la factibilidad.

Recuerdo que, como mi padre entraba a trabajar a las siete de la mañana y el edificio de su empresa se encontraba a una cuadra de nuestro edificio -el jardín de niños a unas ocho cuadras del mismo lugar-, me llevaba a pie, cargándome en sus hombros todos los días antes de las siete para luego regresar a su trabajo.

Como ya se mencionó, el hecho de las filas en los supermercados y dosis establecidas de comida por familia eran una señal directa de la crisis por la cual atravesaba el país. A pesar de todo el esfuerzo del gobierno por anularlo, había desempleo. Por lo mismo, los primeros años de mi vida, mi mamá no trabajaba. Pasaba por mí como a las tres de la tarde, la misma hora a la que mi padre salía de trabajar y comíamos como a las tres y media los tres juntos en la casa, en donde nos quedaba toda la tarde para nosotros.

Todas las noches pasaba en el canal uno de la televisión -de los dos que existían y, además, costaban- la nunca tan anhelada caricatura a las siete y cuarto de la noche, que duraba alrededor de diez minutos. Pasaban caricaturas checas o, inclusive yugoslavas de la escuela de caricatura de Zagreb, pero también pasaban todas las caricaturas de Estados Unidos. A las siete y media empezaba el noticiero oficial del día y en todas las casas imperaba a esa hora un sepulcral silencio para que los adultos lo pudieran ver. Desde luego, la maquinaria propagandística del estado trabajaba incesantemente en volver a convencer a todos los yugoslavos, noche tras noche, que el seguir el camino de Tito significaba seguir viviendo en Yugoslavia en unidad y fraternidad y, de una manera más sutil, que había que conservar el régimen comunista a toda costa.

En estos momentos me parece que era ésa una aseveración del todo acertada; en el momento que faltó el mariscal y se desmoronó el régimen, desapareció todo aquello en lo que me habían enseñado creer. De pronto, toda mi generación al igual que todas las demás generaciones entrampadas entre la de mis abuelos (que crearon esa, mí Yugoslavia) y de los recién nacidos en 1991, ya no tenía patria, ni ideología sociopolítica, ni identidad definida... nada.

Me acostaban terminando el noticiero como a las ocho de la noche. Sólo en ocasiones especiales me era permitido quedarme un rato más, sobre todo cuando pasaban algún capítulo del programa Juegos sin frontera (Igre bez granica) que se organizaba a nivel de toda Europa e inclusive se transmitía dentro de la Eurovisión y participaban en él equipos de casi todos los países -menos los de corte socialista- en juegos divertidísimos y toda clase de pruebas semejantes al Gran juego de la oca de la televisión española.

A mis cinco años viajé por primera vez en mi corta vida sin mis padres a una excursión con el jardín de niños. Nos llevaron a Tara, una montaña en Serbia, no demasiado lejos de Belgrado. Me acuerdo que al principio fue bastante traumante, aunque a los tres días me acostumbré y empecé a disfrutar la aventura. Creo que nunca he tenido problemas con el raro sentimiento de extrañar. Como que de alguna manera, desde niño viví los momentos y me adaptaba a las nuevas realidades sin pasar demasiado tiempo en ello. En ese viaje, en una carrera sin precaución una niña me encajó los dientes en la cabeza en un desafortunado arranque de energías, y parece que vi mi primer OVNI (quiero creer que ello no sucedió a causa de la herida provocada en la cabeza).

Extrañé mi casa y a mis padres como nunca; sin embargo, el valor educacional de estos viajes en mi desarrollo individual resultaron ser invaluables. A partir de ese año, viajaba con la escuela a todos lados y cada vez lo disfrutaba más. La mejor parte de cada viaje era volver a casa, abrazar a mis papás y disfrutar de los deliciosos pasteles que me hacía mi mamá. Mientras, nuestro diminuto departamento se veía alumbrado por luces amarillas, indirectas, que le daban a la ala color madera oscura un aire cálido... amoroso. En el aire danzaban las notas de discos de Julio Iglesias, Flans o Timbiriche que mi mamá se traía de México. Tranquilidad de dos mundos y una familia.

Dos veces por semana me llevaban a clases de natación a Tašmajdan, uno de los complejos deportivos más grandes de Belgrado. Había muchos de éstos, ya que el deporte tenía una gran importancia en el desarrollo del país en el espíritu socialista, al igual que la cultura y la salud desde la más temprana edad. Los sábados y los domingos de invierno, me llevaban a patinar en hielo al centro de patinaje Hala Pionir. Esto último era una tradición nacional y, por obvias razones, también se volvió una tradición familiar. Todas estas actividades significaban un costo al presupuesto familiar, sin embargo con todo y todo aún no se habían vuelto un lujo inalcanzable.

Más o menos a esa edad (tres años) me tuvieron que operar de las anginas. Por la política de los hospitales, no pude ver a mis papás más que un día en toda la semana en la que estuve internado. Fue algo terrible, sobre todo cuando se aproximaba la enfermera con las temibles inyecciones para todos los niños de mi cuarto, que eran alrededor de quince. Con su llegada, empezaba el griterío y el lloriqueo por doquier y yo empezaba a ingeniar planes para evitar el tan temible dolor yéndome con los niños que ya habían recibido la ”aguja” y llorando como desesperado con esperanza de que pensarían que ya me la habían puesto. Naturalmente, nunca resultó.

Recuerdo que al salir del hospital tuve que tragar, en el sentido literal de la palabra, toneladas de helado todo el día y eso, según recomendación médica. Fue uno de los sacrificios menos sufridos de toda mi existencia.

Dos años después nació mi hermana. Mi madre se encontraba internada en el mismo hospital en el que había nacido yo, en la calle Višegradska en Belgrado. Había solamente dos opciones de hospitales para nacer en Belgrado en esa época, así que la mayoría de mis amigos compartían este lugar. Recordaba que podíamos ver a mi mamá sólo una hora diaria y que yo no podía entrar ni siquiera en esa hora de visita.

Mi mamá se quejaba de la comida -posteriormente pude comprobar que en efecto la comida de hospitales no era nada antojable-, así que con mi papá nos íbamos al otro lado del hospital y por medio de una canasta y una cuerda le llevaban comida casera que ella metía ”de contrabando” por una de las ventanas de su cuarto que compartía con unas veinte "mamás".

Al conocer a mi nueva hermana, opiné que era un ser muy extraño metido en pañales y que contaba con una enorme ”cabezota”. Posteriormente se volvería una de las personas que más quiero y admiro en este mundo.
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24.4.08

Inicio de la Segunda Guerra Mundial en el Reino de Yugoslavia (en construcción)

En Eslavos del sur fueron ya descritos los preambulos de la Segunda Guerra Mundial, según lo que a los Balcanes se refiere, aqui. A continuación se analizarán algunos de los acontecimientos que tomaron lugar durante los meros inicios de esta segunda parte de la llamada Guerra Total (Hobsbawm [Hob01]).

Siguiendo la firma del tratado por el medio del cual se unía el Reino Yugoslavo a las fuerzas del Eje (Berlín-Roma-Tokio), tema del que ya se habló en este blog aqui, el 26 y el 27 de marzo de ese 1941, los pueblos de Yugoslavia, descontentos por tal política, rechazaron la adhesión a este pacto tripartita, considerando aquel acto como un hecho ignominioso. Se volcaron a las calles en demostraciones sin precedentes. A continuación se ahondará en los hechos ocurridos en estas fechas.

En la noche entre el 26 y el 27 de Marzo, los ministros Cvetković y Cincar-Marković acababan de regresar de Viena (en donde firmaron el Pacto con Alemania, Italia y Japón), mientras que el príncipe Pavle salió a su casa de descanso en Eslovenia. El rey Petar II, menor de edad, quedaba aún en Belgrado. Se planeaba un golpe de Estado. Los organizadores del golpe, los generales Dušan Simović y Borivoje Mirković decidieron tomar junto con todos los simpatizantes de su plan, en punto de la media noche, los puntos estratégicamente importantes de Belgrado y arrestaron a Cvetković y a sus ministros, llevándolos al edificio del Cuartel General del Ejército. Allí llegaron igualmente los políticos que formarían parte del nuevo gobierno a punto de autoproclamarse.

Los golpístas intentaron igualmente introducir a Dimitrije Ljotić al nuevo gobierno. Frente a una comisión reunida por la ocupación nazi unos meses después, para investigar este golpe de Estado, Ljotić declararía que se reunió "después del golpe, con el general Bogoljub Ilić", añadiendo que éste le ofrecía, "a nombre de los perpetuadores del golpe, formar parte del nuevo gobierno, con la condición de rechazar el Pacto y elegir tomar partido con los ingleses" [fuente: 1]. Ljotić, desde luego, afirmaría que rechazó la oferta y le aconsejó "al nuevo gobierno aceptar el Pacto e intentar arreglar sus relaciones con Alemania, si es que ello aún era posible" [fuente: 1]. Sin embargo, agregaría, le era claro que la guerra era ya inminente, ya que "el gobierno de Simović estaba lleno de personas compradas por los ingleses, quiénes empujaron al país, para beneficio de terceros, a la guerra y la destrucción" [fuente: 1].

Los golpistas afirmaban ese 27 de Marzo que el rey Petar II estaba apoyando su causa. Sin embargo, en las memorias escritas por el propio Rey años después [fuente: 1], éste afirmaría que sobre el plan del golpe de Estado no sabía nada. El mismo Jakov Jovanović, quién posteriormente se volvería uno de los principales comandantes de los chetniks en Montenegro, declararía que le fue ordenado leer una proclamación falsa a nombre del rey Petar II en apoyo al nuevo gobierno, hecho del cual sentiría una profunda vergüenza hasta el final de sus días.

Apenas ya muy avanzada la noche de ese 27 de Marzo, una vez que el príncipe Pavle se regresara a Belgrado, lograría el general Simović acceder a entrevistarse con el rey Petar II y convencerlo de firmar el documento por medio del cual le otorgaba al general Simović el mandato de conformar el nuevo gobierno, ya varias veces leída en el radio a lo largo de ese día.

Los líderes del Partido Comunista de Yugolsavia (PCY) (del que ya se había hablado en este blog aqui) no sabían de la organización del golpe de Estado. A Milovan Djilas y a Svetozar Vukmanović - Tempo, dos de los principales funcionarios del Partido en ese tiempo, según varias declaraciones de ambos en los años posteriores, los sorprendieron estos acontecimientos [fuente: 2]. En sus memorias, Djilas hablaría de que cuando Josip Broz - Tito llegó a Belgrado el 29 de Marzo, rechazó las acciones de los "elementos anglofilos y los provocadores" por haber quemado la bandera alemana al igual que el centro turístico alemán en la ciudad de Belgrado. El PCY seguía en esos momentos bajo la influencia del pacto de no agresión recién firmado entre Hitler y Stalin. Sin embargo, a los comunistas les quedó inmediatamente claro que debían participar en las demostraciones populares y donde fuera posible arrebatar los liderazgos. Las consignas impuestas por el PCY eran "por la democratización del país" y "respaldo de la URSS". A lo largo del día (27 de Marzo de ese 1941), el PCY ya tenía bajo su control la mayoría de los lugares de protesta. Hablaban mucho y sus miembros tales como Ivo Lola Ribar, Tempo, Rade Končar o Cana Babović se volvieron los activistas más notorios del movimiento poular. Poco a poco desparecían las fotografías del rey Petar II de las calles, sustituídas por mantas que rezaban "que viva la amistad con la Unión Soviética", "mejor guerra que Pacto" o "mejor tumba, que esclavitud". Alrededor del medio día de ese 27 de Marzo, en las demostraciones en contra de la adhesión al Eje tripartita fascista-nazista en Belgrado participaban alrededor de 50,000 ciudadanos, cifra enorme para aquellos tiempos.

Por su parte, el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Serbia (IOS), Gavrilo, escribiría en sus propias memorias [fuente: 1]: "Los hijos del San Sava destacaban, como siempre, por su patriotismo. (...) Nuestros hijos sansavianos han sido siempre, al igual que sus abuelos, hasta el final fieles a su Iglesia, la cual los ha considerado desde siempre como sus propias entrañas. Las masas cargaban retratos del rey Petar II, al igual que míos propios. Al pedido del pueblo tuve que asomarme varias veces a la ventana de la Patriarquía de la Iglesia y agradecer sus gestos patrióticos y su amor por el rey y la patria". Claro está, el patriarca Gavrilo no podía saber que entre los demonstrantes lo que menos había, eran hijos de San Sava. Muy pronto se convertiría en testigo de la huída de los ideólogos del golpe de Estado y sus ministros del país y la repartición entre ellos de lo que quedaría del tesoro nacional. El patriarca pasaría el resto de los años de la guerra como prisionero del nuevo régimen nazi.

El presidente del nuevo gobierno se volvía el general Simović, los vicepresidentes el Dr. Vlatko Maček y Slobodan Jovanović. Del Partido Radical Serbio (Srpska Radikalna Stranka, SRS) en el gobierno se encontraba Miša Trifunović, del Partido Demócrata (Demokratska Stranka, DS) Milan Grol y Boža Marković, del Partido de los Agricultores de Serbia (Srpska Zemljoradnička Stranka, SZS) el Dr. Branko Cubrinović, del Partido Popular Yugoslavo (JNS) Petar Živković y Bogoljub Jevtić, del Partido Campesino Croata (HSS) Dr. Juraj Šutej y Dr. Juraj Krnjević, de los eslovenos Kulovec y Dr. Miho Krek, de los musulmanes Dr. Džafer Kulenović, a Montenegro lo representaba Marko Daković, mientras que el ministro de la Corte se volvía Radoje Knežević.

El 31 de Marzo de ese 1941, los generales Simović y Ninčić recibieron la visita del enviado militar soviético Viktor Lebedov, quién les comunicaba la disposición de Stalin de firmar un acuerdo de cooperación con el reino yugoslavo [fuente: 1]. Al firmar el acuerdo en Moscú unos días después, Stalin le mandaba al gobierno yugoslavo el mensaje claro de que los soviéticos y los yugoslavos eran hermanos por sangre y por religión (esto último, al menos los serbios) y que no existe nada en este mundo que pudiera separar a las dos naciones. Igualmente le aconsejaba aprovechar las montañas y los bosques abundantes en su territorio e iniciar una guerra de guerrillas.

El día 5 de Abril, Berlín interrumpía todas las relaciones diplomáticas con el gobierno yugoslavo y decidía atacar al nuevo gobierno golpista que se había declarado en contra de la adhesión al Eje (de la nueva Eurpa del futuro, fascista y nazi).

Belgrado fue bombardeada una vez más, ahora por parte de estos nuevos invasores, en la madrugada (a las 06:30) del domingo de Pascua, el 6 de Abril de 1941. Más de 2,500 personas murieron en este ataque al que no presidió una formal declaración de guerra.

Sobre los resultados del ataque sobre mi ciudad, el oficial del ejército alemán, el coronel von Tussen, le envió su reporte a Hitler:

"Según mis apreciaciones personales, el ataque aéreo sobre Belgrado tenía poco que ver con operaciones militares.

El momento importante de la eficacia del ataque aéreo a Belgrado era la sorpresa. Poco antes del ataque fueron activadas las alarmas contra ataques aéreos, pero la población creyendo que se trataba de algún simulacro no reaccionó ante ello. El ataque fue concentrado temporalmente y sorprendió a la población en sus casas o en las calles. La gente en parte seguía dormida y los campesinos se encontraban trayendo su mercancía de la periferia a los mercados céntricos de la ciudad. Es por ello que el inicio del ataque trajo muchas víctimas y su impacto moral fue muy fuerte.

Las consecuencias morales del ataque fueron aumentadas de manera importante con el ruido que hacían las bombas y los aviones, hecho que creaba la sensación de peligro aún cuando la influencia era alejada. La presencia de las mujeres y niños y la sensación de que ellos no tienen medio alguno para protegerse de manera efectiva, y que no se les puede ayudar tampoco, alteraba el estado de los hombres. La gente que vagaba por allí y veía sus hogares destruirse, al quedarse sin techo, creaban también el pánico.

Los cuerpos que se encontraban por todos lados, creaban una imagen espeluznante. Como en Belgrado las organizaciones para la protección de ataques aéreos y el rescate ya no funcionaban, los cuerpos se quedaban días enteros en las calles cubiertos únicamente con flores.

El hecho de las pérdidas materiales del ataque se tornó particularmente difícil por la destrucción de instalaciones eléctricas y acuíferas, que aconteció casi inmediatamente. Estas destrucciones durante la continuidad de ataques de cada vez mayor longitud, obligaron, después de dos semanas, a mucha gente a abandonar la ciudad, por la catástrofe acontecida" [Lek95].

Stalin y el ejército ruso no mostraron el menor interés por ayudar a sus "hermanos" eslavos. A sugerencia de los alemanes, los soviéticos le retiraron la hospitalidad a la misión diplomática yugoslava subrayando que para la URSS Yugoslavia ya no representaba una unidad política.

La transición del Ejército serbio de condiciones de paz a las de guerra fue extremadamente complicado. Fue planeado que la movilización durara de tres a siete días. Sin embargo, como se anunció la movilización del ejército con retraso, para el inicio del bombardeo alemán los únicos cuerpos que la pudieron llevar a cabo fueron la fuerza aérea y solamente algunas unidades más. Se preveía movilizar a 1,200,000 soldados para las unidades operativas, además de otros 500,000 para unidades de reserva, a la par que 900,000 animales de carga [fuente: 2]. Para finales de Marzo fueron movilizados, sin embargo, solamente 600,000 soldados [fuente: 2]. De esta manera el ataque alemán encontró al ejército yugoslavo apenas en la primera fase de movilización. Todo ello causó un caos generalizado desde el mero inicio de la guerra.

Las cúpulas política y militar de Yugoslavia entraron a la Segunda Guerra Mundial sin haber contemplado de una manera cabal qué tipo de guerra estarían enfrentando. Fue ésta una de las causas determinantes de por qué no podían decidirse por una doctrina de guerra adecuada a las circunstancias y las necesidades de defensa del país. Finalmente se decidió por la "doctrina ofensiva de maniobras militares" [fuente: 2], basada principalmente en las experiencias de las guerras balcánicas y la Primera Guerra Mundial. La aceptación de semejantes enfoques "románticos" de la guerra por venir debía preparar las fuerzas armadas para una "ofensiva incondicional" en contra del enemigo. También dominaba la concepción de la "espera estratégica y el contrataque" utilizados sobre todo en la I Guerra Mundial [fuente: 2]. En los reglamentos internos del Ejército yugoslavo se hablaba solamente de una guerra frontal como la única forma de lucha armada. Esta concepción era, tomando en cuenta la relación cuantitativa y cualitativa de las fuerzas, altamente nociva frente un enemigo mucho más poderoso y la situación político-militar (geoestratégica) de Yugoslavia. Eso quedaría claro a los pocos días del inicio de la guerra por venir.

Fue entonces cuando se empezaría a hablar acerca de una guerra de guerrillas (en donde las pequeñas brigadas eran nombradas "čete" ("četa" en singular, que se lee como "cheta") y los soldados que las conformaban eran nombrado "četnici" (chetniks)) atrás de las líneas enemigas. Se formó la comandancia guerrillera (de los chetniks) a la par de los seis batallones (conformados por las brigadas guerrilleras (chete)) de infantería. Sin embrago, tampoco estas fuerzas lograron entrar en acción debido a la total desintegración del Ejército a los pocos días del inicio de la guerra.

El plan militar "R-41" [fuente: 2] del Ejército yugoslavo fue creado a principios de 1941, cuando las tropas alemanas entraron a Hungría y a Rumanía y se estaban preparando para incursionar al territorio de Bulgaria. Según este plan, para la defensa de las fronteras yugoslavas se utilizarían 27 divisiones o siete octavos de las fuerzas totales. Con esta distribución del ejército estaba planeado frenar la ofensiva en todos los frentes potencialmente abiertos, menos en las fronteras hacia Albania y la ciudad de Zadar, a través de las cuales se realizaría una retirada hacia el sur, a lo largo de mil kilómteros hacia Grecia. La idea era que allí se organizara, en conjunto con Grecia y otros aliados potenciales, un frente común de resistencia y la continuación de la guerra. Este plan, sin embrago, no consideraba la gran movilidad de las fuerzas alemanas, la absoluta ventaja que estas tenían en las confrontaciones por aire y la base por demás conveniente sobre la cual el enemigo podía impedir la retirada de tropas yugoslavas en esta dirección.

Al cabo de doce días de lucha, Alemania invadió todo el territorio yugoslavo y la corte y el gobierno se vieron forzados a huir al extranjero y organizar un gobierno en el exilio con sede en Londres, Inglaterra. De esta manera, ante la invasión nazi, solamente había capitulado lo que quedaba del Ejército, más no el gobierno oficial de Yugoslavia.

El 17 de Abril de ese 1941, en Belgrado, en el edificio de la antigua embajada de Checoslovaquia, frente al comandante de la Segunda División del Ejército alemán, el general von Weichs, sus ayudantes y los representantes de Italia, Hungría y Bulgaria, el hasta hace poco preso, el ex-ministro Cincar Marković y el general Radivoje Janković firmaban la incondicional capitulación del gobierno yugoslavo frente a las fuerzas invasoras. La capitulación fue oficialmente reconocida a partir del día 18 de Abril.



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6.6.05

La liberación de los turcos y la lucha por el poder en Serbia en el siglo XIX

La revolución nacional de los pueblos balcánicos se inició en 1804 con el primer levantamiento serbio contra los turcos, bajo la dirección de Djordje Petrović - Karadjordje (apodado así por los otomanos, significando su nombre ”Jorge, el negro”) y con Kosovo como el objetivo del movimiento (1, 2, 3). Ello se vio acelerado por la acción de los gobiernos locales de janičari de los que ya se había escrito aquí, quienes en ese año llevaron a cabo la aniquilación masiva de líderes serbios en la acción bélica conocida en la historia como la tala de príncipes (seča knezova).

Gracias a una serie de importantes victorias conseguidas por los sublevados, se logró liberar en estos inicios del siglo XIX una parte del territorio de Serbia, con Belgrado como capital, liberada finalmente el día 7 de marzo de 1807. En el Belgrado liberado se inauguró la primer fábrica de cañones del ejército serbio. Todavía durante el levantamiento, el 31 de marzo de 1807, fue proclamada la independencia de Serbia y establecidos los primeros cimientos de su constitución. Karadjordje fue proclamado el comandante general del ejército y rey hereditario de Serbia.

Al ver la liberación de Belgrado, muchos serbios de gran riqueza y algunos de destacada educación empezaron a regresar a la ciudad desde los territorios de la actual Vojvodina, al norte de Belgrado.

Belgrado en esos días contaba con apenas 30,000 habitantes. Todos estos ”inmigrantes” contribuyeron en gran medida a la construcción del nuevo gobierno y el régimen político y militar serbios. El serbio más famoso de aquella época era sin duda Dositej Obradović (nacido en el pueblo de Čakovo, Serbia, en 1739, fue el primer escritor serbio de la modernidad. El abogado típico de la filosofía racionalista de la iluminación y el primer representante del sentimentalismo europeo. Fue el creador del nuevo programa y los primeros ejemplos de la cultura vernácula y popular. Murió en la ciudad de Belgrado en 1811), mismo que le puso la primera piedra a la cultura serbia de esta época el año de 1807. El año siguiente, fundó el Gran Colegio de Belgrado –antecesor de la actual Universidad de Belgrado-. En el primer gobierno serbio, constituido el año de 1811, fue nombrado ministro de la educación. Trajo su biblioteca particular, misma que pronto se convirtió en la primer Biblioteca de la Serbia de Karadjordje.

El proceso de creación del nuevo estado sobre bases democráticas y de renovación cultural contribuyó a despertar la conciencia nacional en todos los Balcanes siguiendo las corrientes modernas que imperaban en la Europa del siglo XVIII. Por tales razones y si bien el levantamiento fue aplastado en 1813, el que le siguió diez años mas tarde se vio rápidamente coronado por el éxito, gracias a las adquisiciones logradas por el primero.

Todo lo anterior va desde luego, aunado a las tendencias europeas emanadas de las ideas de la Revolución Francesa, la gran revolución de la burguesía europea, que pugnaba por una libertad frente al monarca (y el concepto de estado como propiedad de éste), los señores feudales y la explotación. Los campesinos balcánicos, sometidos al dominio extranjero durante cinco siglos orientaban sus políticas de emancipación en este sentido.

El mapa europeo trazado después del Congreso de Viena (que reorganizó Europa tras la derrota de Napoleón I, según los principios del derecho monárquico y del equilibrio europeo defendidos por los cuatro vencedores y sus representantes: Austria (Mettermich), Rusia (Nesselrode), Gran Bretaña (Castlereagh) y Prusia (Hardenberg)) en 1815 (1), en el que se puede observar de nuevo la clara división de las tierras sudeslavas, se muestra en la siguiente imagen:


Europa después del Congreso de Viena, en 1815.
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)


La Segunda Insurrección Serbia (1) fue encabezada por el príncipe Miloš Obrenović en una Serbia septentrional que permaneció nominalmente sometida a la autoridad del sultán. Años más tarde, de acuerdo a dos decretos dictados por el sultán, en 1830 y 1833, Serbia se transformó en principado hereditario autónomo ampliando su territorio.

Si bien, al nombre de Miloš Obrenović se halla ligada la emancipación política y el progreso económico y cultural de Serbia, por el hecho de oponerse a la reforma constitucional debió abdicar al trono en el año de 1839 a favor de su hijo Mihailo (1).

Todos los esfuerzos del rey Miloš, el padre de Mihailo, para la final emancipación de los turcos, no dieron frutos principalmente porque Serbia en aquella época no contaba con una fuerza militar permanente.

El rey Mihailo realizó numerosos cambios en la organización estatal, siempre con el propósito de finalmente liberar su país del yugo otomán. Creó para el año de 1861, un ejército notable de aproximadamente 50,000 guerreros. Lo armó con armamento moderno y convirtió a Serbia en la mayor fuerza militar de esa época en los Balcanes. Por razones obvias, los turcos no veían con buenos ojos el fortalecimiento militar de Serbia. Bajaban seguido de la fortaleza, que era ya el único lugar dónde podían permanecer, a la ciudad la cuál permanecía bajo el resguardo del ejército serbio y ocasionaban frecuentes peleas e incidentes.

En una ocasión, un niño serbio de nombre Sava Petrović se dirigía a una fuente cercana a su casa para traer agua. No se había percatado que a sus espaldas tenía a tres soldados turcos. Uno de ellos le arrebató el recipiente para el agua. El niño intentó defenderse, pero los soldados se enojaron y con el mismo recipiente mataron al niño. Una patrulla serbia, que en esos momentos pasaba por el lugar, comandada por Sima Nešić, un oficial serbio de alta educación, arrestó a los turcos. En venganza, los turcos asesinaron al comandante, hecho que desencadenó una respuesta rápida que se vio traducida en el asesinato de otro oficial, esta vez turco (Como testimonio de este incidente, se reveló en el lugar de los hechos en Belgrado, el monumento Čukur-česma, "La fuente profunda", a cargo del escultor Simeun Roksandić el año de 1931. Al soldado serbio Sima Nešić, se le homenajeó poniéndole su nombre a una calle cercana al lugar de los hechos). Después de este incidente, los turcos bombardearon la ciudad desde la fortaleza. Sin embargo, al poco tiempo se dieron cuenta que Serbia se había vuelto el líder de aliados balcánicos en su lucha por la liberación del yugo otomán. Es por ello que optaron en ese momento por una salida pacífica.

En las negociaciones con los Turcos, el rey Mihailo se vio bastante hábil. Finalmente logró el anhelo de su padre de liberar a Belgrado de los turcos. La entrega simbólica de las llaves de la ciudad se realizó en Kalemegdan, el 6 de abril de 1867, de una manera solemne. Es por ello que ese año sea de un significado profundo para Belgrado y para Serbia.

El príncipe Mihailo dirigió la política exterior de Serbia hacia la liberación de todos los pueblos balcánicos, consiguiendo que el año 1867 Turquía retirara sus guarniciones de las ciudades serbias. Al mismo tiempo, entre 1866 y 1868 nació la primera confederación balcánica con el fin de coordinar las acciones a favor de la independencia. Después de largas vacilaciones entre la posición nacional–revolucionaria y la razón de estado, Serbia entró a la guerra contra Turquía el año 1876, lo que le valió la ampliación de sus territorios y su reconocimiento como estado independiente de acuerdo con el Congreso de Berlín de 1878 (1, 2).

El rey Mihailo tuvo muchos enemigos en el parlamento serbio, sobre todo por parte de los seguidores de la dinastía de los Karadjordjević. Murió, víctima de un atentado en Belgrado, el año de 1868 (1).

La ascensión al trono serbio de Aleksandar Karadjordjević (1842 – 1858), hijo de Karadjordje y consejero del desaparecido Rey Mihailo, significó la victoria de los liberales constitucionalistas, bajo cuyas manos Serbia se transformó en un estado moderno en el que empezaba a destacarse una nueva clase burguesa.

Aquí vale la pena intentar visualizar la situación que imperaba en toda Europa. Por un lado y a pesar de su liberación del yugo otomán, en los nuevos estados balcánicos aún se mantenían en gran parte las relaciones semifeudales en el campo, aunque ya se notaban algunos esfuerzos por concentrar las pequeñas propiedades agrarias. Para el campesino promedio, se podría afirmar que nada cambiaba aún, al menos nada en su entorno inmediato.

Las luchas por la independencia de todos los pueblos balcánicos son muy indicativos del papel de las potencias europeas en esta área, geopolíticamente muy importante. Tal como se puede leer en el artículo "Historia de los Balcanes", de la revista Marxismo Hoy No.6, de Septiembre de 1999, "históricamente, las tres grandes potencias interesadas en los Balcanes han sido Austria, Rusia y el Imperio Otomano. Hasta la construcción del canal de Suez, la península era el puente natural entre Europa Occidental y Central y Asia; las rutas comerciales pasaban, bien por Tracia (región dividida actualmente entre Turquía y Grecia), bien por el Mediterráneo Oriental. Al zarismo le interesaba el control de los estrechos del Bósforo y de Dardanelos, con el que se podía enseñorear de todo el mar Negro y llegar hasta el Mediterráneo. En cuanto a austríacos y húngaros, la península balcánica (de la que ya dominaba el noroeste) era su zona de expansión natural. Los dos Estados balcánicos surgidos en 1878 (Serbia y Bulgaria) oscilaron entre la influencia rusa y la austro-húngara, si bien Austria-Hungría casi siempre vio como una amenaza la existencia de un estado eslavo independiente en los Balcanes, como Serbia, que podía ser un atractivo para los croatas y eslovenos, sometidos a los Habsburgo."

A pesar de la tendencia de los gobernantes a crear regímenes personales, la vida política se desarrollaba sobre bases de liberalismo constitucionalista, en el sentido hacia la creación de un radicalismo que abarcó las más amplias capas campesinas y en la temprana aparición de las ideas y del movimiento socialista encabezado por Svetozar Marković, uno de los grandes intelectuales y escritores serbios.

De hecho, en todos los estados balcánicos independientes (Grecia, Bulgaria, Serbia y Montenegro) el movimiento obrero va adquiriendo fuerza en esta segunda parte del siglo XIX.

"El primer país balcánico con un partido obrero es Bulgaria: el Partido Obrero Social Demócrata Búlgaro (POSDB) se crea en 1894. Un año después se forma el croata, mientras el serbio no se funda hasta 1903. Ese año registró la división de los socialdemócratas búlgaros, similar a la de los rusos (entre bolcheviques y mencheviques). Los socialistas anchos, minoritarios, teorizan sobre la "causa común" con la burguesía, mientras los socialistas estrechos explican cómo las diferentes burguesías balcánicas, atrasadas y reaccionarias, no juegan ningún papel progresista, que son incapaces de llevar a cabo las tareas democrático-nacionales, y que sólo los campesinos y trabajadores pueden llevarlas a cabo. Es precisamente por eso que la mayoría de los socialistas balcánicos recogen la bandera de las tareas democráticas y nacionales y la unen a la roja bandera de las reivindicaciones obreras; la única forma de desarrollar las fuerzas productivas es mediante una república federal balcánica, que rompa con terratenientes y monarcas, se libere de las presiones imperialistas, realice la reforma agraria y fortalezca al movimiento obrero. Con este programa pretenden ganarse el apoyo de las masas campesinas y de las diferentes minorías nacionales y demostrarles el carácter reaccionario de la burguesía.", "Historia de los Balcanes", de la revista Marxismo Hoy No.6, de Septiembre de 1999.

Fue en este marco de discusiones que era creado también el Partido Demócrata Serbio, el año de 1885, y la vida política era fuertemente dominada por la lucha entre los diversos partidos políticos que ganaban una fuerza insospechada gracias a la relativa pasividad del Rey.

Finalmente, Aleksandar Karadjordjevic era separado de su cargo en la Convención de San Adrián (Svetoandrijska Skupština) (1, 2) en la que Miloš Obrenovic (1) volvía a ser proclamado Rey.

Los herederos del rey Mihailo, Milan (1) y Aleksandar Obrenović (1), tenían igualmente enfrentamientos seguidos con los líderes de opinión de aquel entonces, a quienes no les parecían sus comportamientos, que eran tachados de libertinaje y egoísmo.

Los opositores del rey Aleksandar y los partidarios de la dinastía de los Karadjordjević, organizaron un atentado al rey en mayo del año 1903 (1). Ello provocó un cambio de dinastía en el trono de Serbia.

De Suecia fue traído el nuevo rey, Petar I Karadjordjević (1844-1921) (1, 2), que hasta ese momento vivía desterrado del país. Petar había estudiado en las grandes universidades de los centros de Europa. Participó en el gran levantamiento en Bosnia y Herzegovina en 1875 (1, 2, 3), bajo el nombre de Petar Mrkonjić, como comandante de los agrupamientos especiales. En señal de gratitud y respeto por estos hechos, el pueblo nombró una ciudad en Bosnia con el nombre de Mrkonjić grad, -la Ciudad de Mrkonjić-.

El regreso de este hombre a su patria después de 45 años era significativo para la corona serbia. Como rey, se coronaba un hombre educado, con estudios en Francia, con ideas progresistas, republicanas, y además libertador y nacionalista. Todo indicaba que se alcanzaría una mejoría importante.

***
Durante tres décadas, después del Congreso de Berlín (1878-1912), los serbios fueron marcados por persecuciones planeadas, destrucciones físicas, desplazamientos y exilios forzados por parte de los turcos. Aproximadamente 400 mil serbios dejaron Kosovo, lo cuál provocó el más terrible cambio étnico en la región, dando paso a la mayoría albanesa e iniciando otro proceso de larga duración, de perfil étnico que tendrá manifestaciones explosivas a lo largo de todo el siglo XX y aún no termina en los primeros años del XXI.

En medio de tales problemas y solamente después de unos cuantos años en el poder, el rey Petar I de Serbia, en alianza con Bulgaria, Rumania y Grecia, inició la guerra de liberación, llamada la I Guerra Balcánica, en 1912. En esta guerra Turquía era finalmente expulsada no solamente de Serbia sino de toda la península balcánica.

Sin embargo, Bulgaria no estaba satisfecha con los resultados de esta guerra, a pesar de haber sido liberada del yugo otomán, de manera que atacó a Serbia con toda su fuerza en 1913. Esta segunda, conocida como la II Guerra Balcánica, fue ganada por la corona serbia con ayuda militar abierta por parte de la corona Británica y de Francia. El mapa plítico de la época se puede observar en la imagen:


Los estados balcánicos después de la II Guerra Balcánica, en 1913.
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)

Con estos acontecimientos el rey, Petar I, ganaba su sobrenombre de Libertador.

Ambos hijos del rey participaron en las guerras balcánicas. Desde su más temprana juventud, el príncipe Aleksandar mostraba gran interés hacia la vida política y las ciencias navales. Como comandante del Primer Ejército Serbio, adquirió gran renombre. Todo ello le significó gran apoyo en el momento de recibir la corona serbia tras la muerte de su padre, el 12 de junio de 1914.

En ese espíritu guerrero que los había caracterizado desde siempre, los pueblos sudeslavos llegaron poco a poco a los principios del siglo veinte y los preámbulos de la Primera Guerra Mundial.

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