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2.1.09

La guerra en Bosnia y Herzegovina, la situación en Serbia y los conflictos en Croacia 1992-1995

Mira Milosevich [Mil00] escribe que el primer incidente que incendiaría definitivamente los ánimos en Bosnia y Herzegovina ocurrió durante la celebración de una boda serbia en la ciudad de Sarajevo el 1 de marzo de 1992. En el ataque -sin precedentes para ese entonces-, murieron el padre y el padrino del novio. Sin embargo, la auténtica guerra empezó en Sarajevo unos días después, cuando los ciudadanos bosnios salieron a la calle con banderas de la Yugoslavia socialista y fotos de Tito, pidiendo paz y gritando que no querían violencia en su República.

La gente estaba en el centro de la ciudad, al lado del hotel Holiday Inn, construido para los Juegos Olímpicos de Invierno de 1984. El llamado buzón –el más grande del mundo-, bautizado así a causa de su fachada amarilla, alojaba unos residentes especiales: estaba lleno de francotiradores serbios que, instantes después del comienzo de la manifestación, dispararon sobre la muchedumbre [Mil00, p. 255].

Se decía que 1993 fue el peor año de esta agonía. La población de Bosnia y Herzegovina se dividía en aquel entonces entre una mayoría relativa de bosnios musulmanes, seguida en cantidad muy de cerca por los serbios ortodoxos, acompañadas ambas por una cantidad proporcionalmente menor de croatas católicos y existiendo, incluso parte de cada uno de estos tres grupos (según cambiara la definición después de 1995), una considerable cantidad de personas que se definían como yugoslavas, además de la existencia de una considerable cantidad de otras minorías en esta especie de crisol de culturas y religiones. Las personas que aún se consideraban yugoslavos y que defendían a capa y espada su derecho a convivir con todas las religiones y todos los hombres como lo habían hecho en los últimos cincuenta años constituían más del 26% [Mil00] de la población total de la república. Este territorio se volvió un calvario de persecución y sangre.

Sarajevo, la capital de Bosnia fue un infierno por tres años. Francotiradores, bombardeos, secuestro del presidente bosnio a manos del ejército de los serbios bosnios... Un recordatorio a la humanidad de su calidad de bestia aún dominante a la entrada del siglo veintiuno y el nuevo milenio, en medio de una contradicción severa de una globalización económica acompañada de segregaciones étnicas, religiosas y culturales. Claro está, como lo he repetido en varias ocasiones, el que todo ello ocurriera en el "corazón de Europa" en ningún momento fue una excepción sino una confirmación a la regla de una Europa ultra bélica, sobre todo en el siglo XX.

Por otro lado, la escena política en Serbia se volvía cada vez más incierta. Como consecuencia del bloqueo económico contra Yugoslavia, el país entró en una crisis económica sin precedentes. Una publicación [G17plus] de uno de los grupos que formar parte de la coalición de los partidos de oposición –Oposición Democrática Serbia (DOS)- que postulara a Vojislav Koštunica para las elecciones federales en el año 2000, arrojaba como parte de su campaña electoral datos útiles para la comprensión de esta situación. El año de 1993, la inflación en el país alcanzó porcentajes inimaginables. El fenómeno económico se denominó hiperinflación y alcanzó un valor de 313 000 000 % anual en Yugoslavia [G17plus]; es decir que la inflación diaria era de más del 60% o 2.0% por hora [G17plus]. Fue ese mismo año cuando Yugoslavia entró al libro de los récords Guiness con su billete de 500,000,000,000 de dinares, con lo que el 17 de enero de 1994 se podían comprar 50g de mantequilla o 1 huevo de gallina [G17plus]. Lo interesante fue que el día 10 de enero de ese 1994 (una semana antes) con ese billete se podían comprar un poco más de 375g de mantequilla o casi nueve huevos de gallina. Ese año, un salario promedio en Serbia era de 21 DM (más o menos 10 euros actuales), lo cuál representaba menos del 18% del valor de los sueldos otorgados en 1987 en la federación Yugoslava [G17plus].

Durante la visita de mi familia a Belgrado, en el verano del 2000, sentado en el parquecito, Mihailo me contaba un chiste que según su percepción describía fielmente la situación de aquel año:

Se encuentran dos compadres años después de haberse visto por última vez. Era el año de 1993. El primero se había ido a vivir a Alemania y se quejaba amargamente de su administración diciendo que su sueldo mensual era de aproximadamente 3,000 DM y que de esa cantidad 2,000 DM el sabía en qué se lo gastaba, pero que los otros 1,000 DM no tenía ni la más remota idea. Al oír eso, el otro, que jamás salió de Yugoslavia, le responde riéndose que estaban igual, que él al mes se gastaba 1,000 DM de los cuales 20 DM él sabía de dónde los sacaba –de su sueldo-, pero que los otros 980 DM no tenía ni idea.

Reíamos los dos, mientras que yo para mis adentros agradecía incesantemente el sentido del humor de mis compatriotas.

Tomando todo ello en cuenta, no era de sorprenderse que ese preciso año, en las elecciones federales convocadas a raíz de la prematura destitución de Dobrica Ćosić como presidente de Yugoslavia, la oposición se hubiera fortalecido tremendamente. A tal grado, que una vez anunciados los resultados –que designaban obviamente a Slobodan Milošević como indiscutible vencedor-, habían declarado fraude electoral y organizado movilizaciones sociales por todo el territorio serbio. Las protestas duraron varios meses en los cuales todos los días se organizaban marchas y se convocaba a la gente a hacer tanto ruido como le era posible a la hora del noticiero oficial a las 19:30. Ello simbolizaba el rotundo rechazo a la manipulación de la información, la censura y el autoritarismo ejercido por parte del régimen oficial. Todo el mundo salía con silbatos, ollas, platos, tambores, botellas o cualquier otra cosa que pudiera servir para tal propósito a las calles, las plazas, los techos de los edificios...

Se intentó convocar a otras elecciones. Grupos de simpatizantes del partido oficial y los de la oposición se perseguían por las calles de todas las ciudades, había golpes, disparos, heridos y hasta muertos. Sin embargo, de nada sirvió. Como gobierno sucesor al de Dobrica Ćosić no quedó uno elegido democraticamente por el pueblo, sino uno impuesto por el mismo Milošević. De todos modos, la popularidad del presidente cambiaba paulatinamente y Milan Panić, que era el candidato a la presidencia por la oposición, se convertiría con el tiempo en el Primer Ministro yugoslavo.

En Belgrado, la delincuencia se volvía el negocio cada vez más atractivo. Las organizaciones clandestinas de paramilitares que cometían atrocidades en el frente y organizadas por los grandes capos de diferentes mafias en contubernio con Milošević crecían incontroladamente. Uno de los criminales más famosos, elevado de rango y celebrado como héroe nacional en esta época, era Željko Ražnjatović - Arkan.

En poco tiempo, Arkan se volvía dueño de los casinos y hoteles más prestigiados de Belgrado y toda Serbia. Lo más curioso era que un porcentaje altísimo de criminales eran delincuentes juveniles. Recordaba claramente los partidos de fútbol y las porras del Estrella Roja y el Partizan.

Entre la juventud empezaban a destacar los jóvenes demasiado preocupados por la ropa que vestían y los coches que conseguían por medio del crímen. Se distinguian por pasar la mayoría de los días en los gimnasios levantando pesas y por utilizar enormes cadenas, pulseras y relojes de oro y por vestir los pantalones de una manera que les permitía fajarse la camisa, el suéter y hasta la chamarra en ellos. Usaban pantalones para hacer deporte y sudaderas de licra de colores fluorecentes o pantalones de marca Diesel a los que le debieron su sobrenombre –dieseleros (dizelaši)-, que usaban siempre jactándose del dinero que portaban en sus billeteras. Esta nueva clase de jóvenes se encontraba en todo momento acompañada por bellas mujeres -cegadas por la ambición y el dinero- que poco a poco se ganaron el apodo de patrocinables (sponzoruše), por el tipo de trato que obtenían a cambio de su presencia y servicios. Desde luego, la cantidad de dinero era casi siempre mínima en comparación con los estándares internacionales, pero como dice el dicho ”en el país de ciegos, hasta el tuerto es rey”.

En Serbia no había planes personales ni ambiciones profesionales, ni nada. No existía el sueño de un mañana. Así que se vivía el momento. Mientras más adrenalina ello conllevaba, mejor; una natural consecuencia de la falta de casi todo lo elemental.

Mira Milosevich [Mil00] comenta que el escenario de los conflictos en Bosnia y Herzegovina era el mismo que en Croacia: incidentes entre policías de los diferentes bandos que intentaban combatir al ejército yugoslavo, que defendía normalmente a los serbios, aunque clamando oficialmente estar en contra de la secesión de cualquier república yugoslava, al menos a inicios de ese 1993. Sin embargo, la guerra en Bosnia tendría más eco en los medios de comunicación extranjeros por varias razones: en el conflicto de Croacia no se habían aplicado, al menos en sus primeras fases, procedimientos descarados de "limpieza étnica". En Bosnia, por el contrario, la estrategia militar de serbios y croatas recurrió desde el principio a dichas estrategias. No hay mejor prueba de ello, explica la socióloga [Mil00], que las fosas comunes de Foča o Srebrenica.

La presencia de grupos paramilitares fue mucho más significativa en el conflicto de Bosnia que en el de Croacia, pero lo más característico de la guerra de Bosnia es que los propios ciudadanos de Sarajevo y de las otras ciudades de la región, escarmentados en cabeza ajena, habían tratado de impedir a toda costa el estallido de la violencia interétnica.

***

Al poco de regresar de la costa dálmata en Croacia, dónde visité a mis abuelos y nuestra familia logró reunirse después de casi nueve años de separación, recordaba los testimonios de uno de los vecinos.

Aquella tarde asoleada en la costa croata, Neven decidió pasar a saludar. Lo recordaba con cariño; era el tío materno de uno de mis mejores amigos de la infancia, Jasmin, que vivía en una casa que colindaba justo barda con barda con la de mis abuelos. Era ya un señor de unos 38 años de edad. Se veía mal rasurado y con un rostro cansado, de mirada caída, como es característico en los hombres que habían visto demasiado y que desean no haberlo vivido jamás.

A mi juicio, no sabía a ciencia cierta cómo lo íbamos a recibir. Pasado es lo pasado, pero habían sucedido tantas cosas desde entonces. Se tomó un vaso pequeño de rakija que mi abuelo le servía y poco a poco empezaba a entrar en confianza. Empezaba a platicar. Entre burlas y con un tono irónico nos contó su historia de los últimos ocho años.

Tenía dos hijas, la más grande nació durante la guerra, en 1992, la otra era apenas una bebita de brazos. Vivían en Tuzla, una ciudad típica bosnia, famosa por la fábrica de sal ubicada en su periferia. Es la única región de Bosnia en la que las tres nacionalidades: la serbia, la croata y la musulmana aún siguen viviendo en paz. En 1991 no creían que la guerra se iba a pasar también con ellos. Ni siquiera cuando andaban bombardeando a tan sólo 15 km de distancia.

Fue a mediados del ’92 cuando llegó la orden para que el ejército federal, JNA, abandonara su cuartel ubicado en el mero centro de la ciudad y les entregara el armamento a la nueva milicia de la defensa territorial bosnia. Se asintió. Los soldados, platicó Neven, empezaban a salir paulatinamente formados a bordo de vehículos y tanques, en un gran convoy que como serpiente abandonaba la ciudad.

Al faltar tan sólo el último tercio de la fila en abandonar los límites de la ciudad, alguien abrió fuego sobre ellos. Destruyeron la totalidad del último tercio del convoy una vez que los primeros dos ya se habían alejado por una curva de la autopista. La parte que ya había abandonado la ciudad y al ver lo ocurrido, reposicionó su armamento pesado y abrió fuego sobre Tuzla. Decidieron regresar a los edificios que apenas habían abandonado. La guerra no paró hasta 1995.

Tuzla fue sitiada por todos lados. El primer bloqueo duró más de ocho meses, recordaba Neven. No se tenía en la ciudad nada para comer, ni comprado ni regalado... lo que fuera. En el invierno nevado tenían que romper las paredes de los departamentos de los edificios con tal de poder sacar las chimeneas de calentadores improvisados en los que se quemaba periódico, duela, zapatos... cualquier combustible. Todos los precios de lo que aún había crecieron arbitrariamente, aunque sí conservando su jerarquía de unas mercancías respecto a otras. Los únicos que tenían comida eran los campesinos de pueblos aledaños a Tuzla y se aprovechaban de ello. ¡Cuál solidaridad ni que patrañas!: individualismo negativo, puro y terrible. Neven platicaba que tenía que ir a pie, ya que no había gasolina, más de 11 km tan sólo para conseguir tres huevos de gallina, a 10 marcos alemanes (5 euros actuales) cada uno.

Lo que produce Tuzla es la sal para uso doméstico, cosa que los serbios que la sitiaban no tenían; así que los habitantes de la zona a veces lograban realizar un trueque con ellos. En pocas palabras, era terrible. Sobrevivió, con su familia, tal y como sobrevivieron los otros. ¡Quién sabe cómo!

Una vez que el bloqueo fue roto, se unió al ejército de Bosnia y Herzegovina –Bosansko Hercegovačka Armija-. El frente de enfrentamienos era terrible. Platicaba que hacían alianzas todos con todos: los chetniks, cómo se le decía a los serbios, con los ustashe, que eran los croatas, contra los turcos, como llamaban a los musulmanes y al ejército de Neven; los chetniks y los turcos contra los ustashe; los turcos y los ustashe contra los chetniks... todos contra todos, revueltos y muchos enloquecidos por el odio. Solamente se gritaban de una trinchera a otra.

El comercio entre los soldados igualmente era algo usual. El ejército bosníaco obtuvo sus uniformes de Israel, a través de Eslovenia, platicaba Neven que usó uno de esos uniformes. Eslovenia, por cuestiones del embargo económico, intercedía ante los circunstanciales vendedores de armas. Muchos se enriquecieron por este medio. Después de la guerra hubo muchos juicios y grandes escándalos en Eslovenia por este motivo. Como todo seguía bajo bloqueo, decía Neven que el armamento y los uniformes se los mandaban por aire. Platicaba que él jamás hubiera soñado ver bajar un tanque de 5 toneladas en paracaídas. Aquello sonaba como explosión al tocar tierra. Reía. Tanques color arena, recién desempacados de la guerra del Golfo pérsico, resaltaban como alumbrados por reflectores en medio de la boscosa Bosnia. Había que pintarlos de inmediato, al igual que los uniformes. Sin embargo, parece que tenían mejores botas que los serbios. En el día negociaban y hacían trueques –botas por cigarros, dinero o café; por la noche combatían. Todos los ejércitos acabaron con uniformes parchados. Una locura.

Lo bueno, o mínimo lo práctico, era que jamás veían en realidad contra quién disparaban. Primero activaban la artillería pesada sobre las posiciones enemigas y posteriormente mandaban la infantería para matar lo que aún seguía vivo. La única manera de avanzar era a través de trincheras. Adelante dos metros y luego hacia cada lado, haciendo una especie de árbol de Navidad. Neven platicaba que los bosníacos utilizaban incluso cloro. Lo tiraban en enormes cantidades sobre los bosques. Secaba los árboles... ello hacía posible ver. Como si fuera NAPALM.

Los árabes les vendían por otro lado armamento a los musulmanes bosnios a través de Croacia. A los croatas les llegaba armamento de todos lados, platicaba Neven. Como buen intermediario, Croacia se quedaba invariablemente con la mitad de la compra aún cuando eran los otros los que pagaban. Los polacos, checos y demás países ex comunistas vendían armamento ruso. Todo se había vuelto un gigantesco mercado.

Neven platicó que durante el bloqueo a Sarajevo, la única vía para acceder a la ciudad era un túnel. A través de éste les venía toda la ayuda humanitaria o energética – petróleo, energía eléctrica, comida, medicamentos, ropa, etc. Una mafia en coalición con el gobierno de Alija Izetbegović mantenía el monopolio de esta ayuda; desde esa perspectiva ya no parecía raro que no quisieran que el bloqueo se levantara casi cuatro meses más de lo necesario. Si la ayuda hubiera empezado a llegar por todos lados, hubieran perdido el negocio.

Tuzla no estaba dividida, es por ello que jamás recibió ayuda de ninguna parte –hasta el día de hoy. Por otro lado, Neven dijo que Sarajevo estaba ya casi totalmente reconstruido en ese 2000. Es totalmente diferente a como era antes de 1992. El Partido Demócrata poco a poco iba ganando terreno. Eso era bueno, comentaba Neven.

Por otro lado, la bandera y el escudo. Nadie sabe qué significan las siete y media estrellas en la bandera azul de la República Bosnia y Herzegovina. Todo son disputas. En la Republika Srpska, todo se escribe en cirílico. En la Confederación Croata Musulmana en latinizado. De manera que todos los documentos oficiales tienen escrita la información de las dos maneras. Hasta los billetes son diferentes en la Republika Srpska que del otro lado y son lo mismo –mismo valor, mismo país. Todo enloqueció. Risas.

Imagínense, decía Neven, los serbios se apoderaron de la fábrica de sal de Tuzla, al menos de la paquetería. De manera que en Belgrado podías comprar sal de Tuzla en todos lados. El problema era que la sal en sí había quedado en manos de los bosníacos. Nadie sabe a ciencia cierta qué era lo que se vendía en Belgrado, entonces, ni quién lo vendía. Hoy día es casi imposible encontrar sal de Tuzla en Serbia. ¡Explícatelo! Puro negocio, puro contrabando.

Nadie sabe en donde se produce qué cosa, platicaba Neven, pero alguien está haciendo gran dinero.

Tres años después, por allí del 2003, nos enteramos que Neven había fallecido en su querida Tuzla. Ataque al miocardio.

***
Josep Palau [Pa96] comenta que si la expectativa viable de reconocimientos alimentó la guerra en Croacia, su consumación abrió los nuevos capítulos. Error tras error. La guerra de Bosnia y Herzegovina tuvo características propias especialmente complejas, y durante tres años siguientes, de 1992 a 1995, éstas absorberían la mayor parte de energías del conjunto de conflictos yugoslavos. En el fondo, el conflicto serbio-croata de las Krajinas y Slavonija pasó a jugarse en el tablero bosníaco. El destino de los serbios de Croacia, congelado por el plan Vance, iba a depositarse en los impredecibles designios del rompecabezas bosnio. Como se vería más tarde, los serbios de la RSK (Republika Srpska Krajina) creyeron que la inmersión de su problema en un contexto más general les favorecía, y así parecía al principio; sin embargo, a la postre resultó ser fatal. Zagreb acabó ganando en 1995 en Bosnia la guerra de Croacia que perdió en 1991. En lo que en algún momento fue la Republika Srpska Krajina, con una población en 99% serbia, hoy día no hay ni un solo serbio; sólo escombros de casas que yacen allí como un vestigio de una guerra estúpida.

Era evidente que para que cualquier acuerdo político aceptable empezara a funcionar, se requería una presencia mucho más numerosa y sostenida de fuerzas internacionales, incluidos tribunales y policía. Ello no ocurrió.

Mira Milosevich [Mil00] a su vez supone que para Radovan Karadžić destruir Sarajevo durante tres años no era sólo un deber militar, sino mucho más. Para él, era la posibilidad de hacer sufrir la ciudad genérica que siempre había odiado.

Siguiendo la línea de su teoría, Mira Milosevich [Mil00, apud. Hartmann, op. cit., p. 235] comenta que Karadžić conocía bien la estrategia militar, pero nada de los planes secretos de Slobodan Milošević y Franjo Tudjman. Cuando los serbios de la Krajina serbia pidieron la unión con Serbia, la ausencia de respuestas a dicha petición por parte de Milošević no fue suficiente para poner bajo sospecha la voluntad expresada por éste de unir todos los territorios serbios. Las dudas, que luego se convertirían en odio abierto hacia el presidente serbio por todos los que le habían apoyado, empezaron a nacer cuando Radovan Karadžić propuso la unificación de la Krajina serbia y la Krajina bosnia a finales de 1992. Slobodan Milošević no quería esa unificación, no le convenía para nada, la existencia de dos estados serbios. Sobre todo no le convenía un segundo estado bajo la autoridad de un rival tan popular entre los serbios como Karadžić. Slobodan Milošević, según la socióloga [Mil00], no quería dos estados, sino uno homogéneo del que él sería el único amo.

Para Mira Milosevich [Mil00], cuando las verdaderas intenciones de Slobodan Milošević quedaron claras, sus antiguos cómplices lo acusaron, como es lógico, de traicionar al pueblo serbio. La ira de los nacionalistas decepcionados, sigue la autora, estalló a raíz de la Operación Tempestad (Oluja), el 4 de agosto de 1995, sobre las posiciones militares de la Krajina serbia, atacadas por las columnas blindadas de Croacia. Había llegado la hora de que Slobodan Milošević devolviera los favores a Tudjman. Los continuos fracasos de la Unión Europea en sus intentos por convencer a los líderes de los Balcanes de que debían firmar la paz desembocaron en la iniciativa estadounidense de reunirlos en noviembre de 1995 en Dayton.
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9.11.08

El sistema educativo yugoslavo, mi futuro académico y el significado de las festividades religiosas serbias en el régimen socialista

Al poco tiempo ya llegaba junio. Seguíamos en el por demás movido 1991. Para estas fechas, tenía que decidir todo mi futuro profesional.
Como ya lo había platicado con anterioridad, la primaria en Yugoslavia duraba ocho años. Durante los primeros cuatro, las clases las impartía por lo general un solo maestro; las de los siguientes cuatro años se impartían por profesores especializados y en laboratorios específicos. Todas las materias tenían bases socialistas y se denominaban, acorde con ello: geografía con bases socialistas, historia con bases socialistas, etc.

Al terminar el octavo de primaria, era necesario acudir al ”examen único de selección”. Tomando en cuenta en un 60% los resultados obtenidos en éste y en un 40% el promedio global de todas las calificaciones obtenidas a lo largo de los ocho años de la primaria, se decidía el futuro de los alumnos que quisieran seguir su educación. Solamente un 40% de los alumnos tendría acceso a lo que en México se denomina bachillerato normal. En Yugoslavia se le denominaba gimnasio (gimnazija, término retomado del sistema educativo alemán en donde se denomina Gymnasium a los nueve años de bachillerato que siguen a los cuatro años de primaria y después de los cuales se accede a la universidad). Los gimnasios yugoslavos dividían sus planes de estudio de acuerdo a dos especializaciones: la de las ciencias sociales y la de las ciencias exactas. Al término de estos cuatro años de gimnasio, los estudiantes tenían acceso a la educación superior universitaria.
El resto de los alumnos y de acuerdo con sus intereses, acudiría a escuelas técnicas de educación media superior. Allí, las carreras duraban los mismos cuatro años que duraba la educación impartida en los gimnasios. Los egresados de estas carreras técnicas contaban de inmediato con un título y se suponía estaban preparados para ingresar de manera inmediata a la vida laboral. Para los egresado de los gimnasios, sin embargo, era preciso de nuevo concursar en un examen de selección de dificultad considerable en cualquier ámbito para ingresar a una carrera universitaria.

Con mis 14 años cumplidos, había decidido que mi interés definitivamente giraba alrededor de la física y las matemáticas y que quería algún día seguir una carrera universitaria. Para ello, era preciso ingresar al área de ciencias naturales de algún gimnasio belgradense. Mi primera elección era el gimnasio especializado en matemáticas, llamado en aquel entonces ”Veljko Vlahović”. Ahí sólo se aceptaba a un número muy reducido de estudiantes por año y el examen de ingreso era de especial dificultad. De hecho, se presentaba éste con unos dos meses de antelación en comparación con todos los demás exámenes de selección.
Me preparé para el examen durante seis meses en clases particulares con la hermana de uno de mis mejores amigos, Miloš. El era reconocido por todos nosotros como el "genio" de nuestro salón (tras haber terminado simultáneamente las carreras de física y eletrónica en el M.I.T. en los EUA y un doctorado en la universidad de Cambridge en el Reino Unido, definitivamente se sigue mereciendo el título). La hermana de Miloš cursaba ya el cuarto año del gimnasio matemático mencionado. Desgraciadamente, llegado el día del examen tenía yo tanta presión encima que empecé a cometer equivocaciones por demás absurdas. Como era de esperarse, no me aceptaron.

Volví a intentarlo, esta vez en un gimnasio normal, el Gimnasio No. 9 de Belgrado, que además se encontraba cerca de nuestro departamento. De los 600 alumnos en ambos turnos que se aceptaban, quedé como el número 13 de la lista de admisión. Todo marchaba bien de vuelta.

Estando ya en la educación media superior, los profesores me trataban como a todo un adulto (o al menos, eso me hacían sentir), con obligaciones y responsabilidades, pero sin ningún tipo de presión adicional. La idea era que cada alumno aprendiera a responsabilizarse de su vida y su futuro por sí mismo. Hice muchos amigos en aquellos primero meses del año escolar. Entre otros, había en mi salón como quince alumnos que venían de Croacia, como refugiados.

Los estragos de la guerra ya iniciada se sentían en todo el país. Se produjeron cantidades enormes de refugiados, muchos se trasladaron de Serbia a Croacia y otro tanto cruzaba la frontera en el sentido contrario.

Las identidades nacionales no fueron borradas de la conciencia colectiva durante el régimen comunista. Todas las naciones, tal y como solían hacerlo a lo largo de toda su historia, se congregaban alrededor de sus respectivas religiones para conservar su identidad colectiva. El nacionalismo yugoslavo no había cambiado estos rituales milenarios. Prueba de ello era la celebración de la llamada slava serbia; existente a raíz de la creencia en el pueblo serbio que cada familia tiene a su santo protector, mismo que da buenaventura y protege la casa y a sus miembros.
Todos los años se celebra el día del santo en cuestión en la casa del jefe de la familia, ya sea que éste fuera el miembro más grande en edad o alguno de sus hijos, en orden de nacimiento. La raíz lingüística serbia de esta celebración tiene el significado de: festividad.

A diferencia de los años anteriores, en aquella ocasión nos invitaron, junto con mis papás, también a mi hermana y a mí a esta celebración a casa de unos de los vecinos de nuestro antiguo edificio, en el Belgrado viejo. Era el día de San Nicolás (Sv. Nikola), uno de los santos más importantes de la ortodoxia serbia. Nuestros antiguos vecinos se llaman Joca y Duda y representaban a la parte del pueblo serbio que celosamente había conservado las tradiciones ortodoxas a pesar del sistema comunista, en muchos casos esquivando de maneras por demás creativa los problemas que aquello podría acarrear. De cualquier manera, estos problemas que acabo de mencionar no sobrepasaban el ser expulsado del partido comunista o jamás pertenecer a él, como era el caso de muchos ciudadanos yugoslavos. La diferencia radicaba en las oportunidades laborales, el tener derecho o no a las despensas entregadas todos los años por los diferentes sindicatos de los trabajadores a sus miembros, y finalmente, la casi nula posibilidad de seguir una carrera política en la Yugoslavia socialista.

El primer día de la festividad, la casa es visitada en presencia de la familia por el sacerdote ortodoxo, el Pop, quién la bendice en un ritual peculiar (que incluye una anterior bendición de un pan típico serbio, llamado pogača, en la Iglesia). Posteriormente, es costumbre darle al Pop de comer y beber hasta saciarlo (tomando en cuanta la cantidad de santos y de hogares que los festejan, es posible imaginarse que el sobrepeso en la población de los sacerdotes serbios era una característica bastante extendida). El segundo día se invita a todos los amigos a la celebración. En estas ocasiones se come y se bebe hasta el amanecer, agradeciendo de esta manera la buena fortuna de la familia en el año transcurrido. Los platos son servidos uno tras otro, sin descanso, con toda clase de exquisiteces culinarias nacionales; por igual es considerado un insulto dejar algo de comida en el plato o estar malhumorado o enojarse por cualquier razón en este día.

Esa precisa noche de la slava, čika Joca (čika vendría siendo algo así como tío y es la manera en la que los niños se dirigen a los señores adultos; para las señoras se utiliza igualmente la palabra teta, que vendría siendo algo así como tía) se acercaba con cada uno de sus invitados a brindar. Se tomaba un vaso entero de rakija -bebida nacional, una especie de brandy o aguardiente obtenido de frutas, mayoritariamente ciruela, en cuyo caso se denomina šljivovica-, hasta el fondo; acto seguido, poniéndose el vaso en la cabeza volteado hacia abajo para comprobar que no quedaba en él gota alguna de rakija. Todos cantaban canciones serbias y a veces bailaban kolo, danza tradicional que consiste en crear un círculo entre todos los danzantes a veces cerrado y a veces abierto. En el caso de crear una fila de hombres y mujeres intercalados (círculo abierto), el último hombre de la ahora fila agita una especie de pañuelo mientras toda la compañía se mueve al compás de la música hacia un lado o hacia el otro, dirigida por él.

Entre pláticas comunes, como lo eran las tradicionales peleas entre los provenientes de diferentes partes de Vojvodina, en este caso los de Bačka contra los de Banat y múltiples bromas, repentinamente se desató la polémica acerca del regreso del rey y la familia real a Serbia. Čika Joca defendía a capa y espada la recuperación de la antigua monarquía, mientras que los demás cuestionaban profundamente el retroceso de siglos que ello representaría.

Algunos días después, la televisión local entrevistó al rey serbio que habiendo nacido en Londres, seguía viviendo en Inglaterra en el exilio. Era todo un hombre de negocios que apenas podía balbucear algunas palabras en su lengua natal. Todo aquello, junto con la masiva conversión a la religión ortodoxa y la aparición de revistas y cintas con textos y canciones prohibidos durante el gobierno socialista eran parte de la nueva moda que se vivía en Belgrado. El llamado nuevo "nacionalismo serbio".

La Navidad anterior, que se celebra el 6 de enero por el desfase entre los calendarios Gregoriano y Juliano de 14 días, las puertas de la Iglesia ortodoxa más importante de Belgrado (la catedral de Belgrado o saborna crkva) permanecieron cerradas por la congregación del todo desproporcional de los nuevos creyentes, en su mayoría jóvenes, que de la religión en sí no sabían casi nada. Lo que sucedía era que para la gran mayoría de las familias serbias la perpetuación de las tradiciones ortodoxas en el socialismo se había vuelto tabú. Una buena parte de las generaciones de la posguerra había tomado con mayor o menor entusiasmo (pensando siempre en el interés personal) los dogmas comunistas y se habían desprendido de las tradiciones celosamente cultivadas por sus padres. En muchos casos, ello era resultado directo de la ideolo´gía social y política de sus padres - nuestros abuelos. Así educaron a sus hijos, es decir, a nosotros. De repente, en 1991, las nuevas generaciones pensaban haber descubierto la tan prometida "libertad" en el libre ejercicio de su religión. El problema radicaba, sin embargo, en el hecho que las tradiciones se aprenden en casa y son parte fundamental de la herencia no material, oral; ignorada o de plano inexistente en muchas de las familias serbias a inicios de los años noventa.
En estos países la Iglesia lidiaba con un problema peculiar: un hueco generacional. Los abuelos conocían la tradición y algunos la habían rechazado por completo, convencidos de estar creando una nueva sociedad progresiva y científica en la cual tales ideas no tenían cabida; los padres, hijos e hijas de los anteriores, la ignoraban por ende completamente; y ahora, los nietos de los primeros sentían una necesidad imperante de recuperarla.
En la mayoría de los casos, la falta de información generaba una impetuosa improvisación. Los sacerdotes se llenaban los bolsillos de dinero, "educando" a su pueblo y sus "nuevos" fieles a cambio de donaciones otorgadas a la Iglesia con entusiasmo por los nuevos "convertidos". Los que no estaban dispuesto a hacer las mencionadas donaciones a la Iglesia ortodoxa serbia, inventaban sus propias ceremonias. Todo ello le daba un rostro muy peculiar a esta nueva "tradición" en proceso de reinventarse (el proceso descrito sigue en desarrollo aún en este 2008).

La mayoría de mis amigos acudían prestos a las iglesias y organizaban, a veces por sí mismos, sus propios bautizos en aquel 1991. La ignorancia se observaba en muchos detalles, llegando a veces a tocar el extremo, como en el caso de mi amigo Miško, quién acudió a su propio bautizo con una playera Black Sabath, parte de cuya indumentaria contaba hasta con cruces invertidas y demás signos satánicos que a nosotros no nos decían nada. Unos se volvían padrinos de los otros.
La gran mayoría -yo incluido-, no entendía nada.
Para 1998, año en el que volvería a ver a mi primo durante una visita suya fugaz a México, le escuché hablar en términos de "nosotros" y de "ustedes" en el contexto de la mano en la que se lleva el anillo de casado (derecha en el caso de los ortodoxos y muchos evangélicos e izquierda en el caso de muchos católicos) o la manera en la que se ejecuta la acción de persignarse (el dedo pulgar unido al índice y el medio, representando la santa unidad, tocando primero la frente, luego el estómago, el lado derecho del pecho y finalmente el lado izquierdo, en el caso de los serbios ortodoxos; y el dedo pulgar y el índice formando una cruz y tocando la frente, el estómago bajo, el lado izquierdo del pecho y finalmente el derecho en el caso de los católicos apostólicos romanos, al menos en México, o con la mano completa extendida en el caso de los católicos croatas). Fue allí que comprendí que yo también ya era "extraño" -"católico"-, bautizado en secreto por mi madre mexicana, a las espaldas de mi familia yugoslava comunista, con todo y que mi abuela, serbia, era educada en la ortodoxia serbia practicante y mi abuelo, esloveno, en el catolicísmo. Sobraba intentar si quiera aclarar que yo, en lo personal, me encontrara muy lejos de ser descrito como religioso practicante.
Al igual que en un país con alrededor de 90% de católicos, como es México, es difícil hablar con la mayoría de la gente acerca de las diferencias religiosas o de otras religiones (que no se conocen), para la mayoría de los serbios, ser católico era ser croata y ser musulmán era ser bosnio-musulmán (y para la mayoría de los croatas para 1991, el no ser católico era no ser croata: mismo proceso de fanatización religiosa observado también en Polonia desde aquellas fechas). Punto. El resto del mundo se quedaba, de alguna manera, atorado en el olvido de esta forma de simplificación ad absurdum.

Símbolos, dogmas, instituciones, intereses, identidades, política... la humanidad.
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2.11.08

Las primeras elecciones "libres" en Serbia, sus resultados, la ”Revolución de Terciopelo de Belgrado” del 9 de marzo de 1991 y lo que ello desencadenó

Observando fijamente el Sava, mis pensamientos volvieron a aquel otoño de 1990, mismo que seguía figurando en mi memoria como el último año en el que no tenía preocupaciones mayores a las de estar "a la moda" y aprobar exámenes en la escuela. De igual manera volví al día en el que me había quedado minutos antes, al inicio de esta especie de introspección peculiar.

***

Saliendo del examen de alemán, con Goran e Ivan me fuí al llamado ”círculo”, una especie de patio circular que se hallaba en medio de edificios ubicados detrás de nuestra primaria. Aquí nos veníamos todos los descansos "a fumarnos un cigarro". Ellos fumaban y yo participaba de la plática. En esa ocasión, al igual que durante el último año casi completo, hablábamos de las próximas elecciones. El panorama se antojaba por demás colorido. Hacía varias semanas que en la televisión desfilaban toda clase de supuestos candidatos políticos. Muchos sin partido... ni idea alguna sobre cómo o con qué propuestas habría que participar. Lo importante, al parecer, era estar, participar, tomar partido, aprovechar el nuevo derecho a expresarte, desde las entrañas, desde la rabia, desde la ignorancia del quehacer "democrático". Todo aquello se volvía cada vez más una fuente segura de chistes locales.

Como candidatos serios, se veían únicamente a Slobodan Milošević con su rebautizado Partido Socialista Serbio (SPS, por sus sgla en serbio), a Vuk Drašković, líder del partido opositor más notorio llamado el Movimiento Serbio de Renovación (Srpski Pokret Obnove, SPO), los demócratas que tenían una visión política formidable aunque ningún discurso nacionalista incendiario -hecho que les pesaría posteriormente en las elecciones-, agrupados alrededor del Partido Demócrata (Demokratska Stranka, DS, que se veía continuadora del Partido Demócrata del reino de Yugoslavia, del que se había hablado en este blog aqui) o el Partido Demócrata Serbio (Demokratska Stranka Srbije, DSS, a su vez continuador del partido progresista de la preguerra; el contexto histórico de la vida parlamentaria del reino yugoslavo se había ya descrito en este blog aqui) y a Vojislav Šešelj, presidente del denominado Partido Serbio de los Četniks (SČP, por us siglas en serbio), posteriormente rebautizado en el Partido Radical Serbio (SRS, por sus siglas en serbio), posicionado como la fuerza ultraderechista, semifascista, nacionalista y promonárquica.

Mira Milosevich [Mil00, p. 252, apud. Florence Hartmann, Milosevic, la diagonale du fou, Danoël Impacts, París, 1999, p. 77] escribe que Slobodan Milošević planteaba en el último congreso del Partido Comunista yugoslavo: ”Teniendo en cuenta el carácter multiétnico de Yugoslavia, Occidente comprenderá nuestra posición y se dará por satisfecho si nos dotamos de un pluralismo democrático sin partidos” . Pero, por la presión de los cambios democráticos en toda Europa del Este y en Eslovenia y Croacia, cuyas primeras elecciones libres tuvieron lugar, como ya se ha dicho, el 8 y el 22 abril de 1990, respectivamente, Slobodan Milošević tuvo que admitir el sistema pluripartidista en Serbia, después de las primeras manifestaciones de los partidos de la oposición al régimen, el 13 de junio de 1990, exigiendo elecciones. Sin embargo, la autora [Mil00] no cree que Milošević haya temido una seria competencia por parte de sus oponentes políticos, puesto que eran las mismas personas que le habían ofrecido las legitimaciones intelectuales del nuevo poder.

En ese 1990, el 9 de diciembre, las primeras elecciones libres en Serbia no representaron ningún cambio. El Partido Socialista Serbio ganó, heredando los bienes y activos locales del Partido Comunista de Serbia y de sus frentes. El SPS ganó 2,320,587 votos o el 46.1% del total. Sin embargo, gracias al sistema delegacional, en las ciudades se le otorgaron 194 (77.6%) de los 250 delegados al Congreso. El SPO con 800,000 votos (15.8%) tenía únicamente 19 delegados, 456,000 ciudadanos le otorgaron su voto a candidatos independientes -al parlamento ingresaron únicamente ocho-. El Partido demócrata quién conglomeró en su seno a la elite intelectual serbia fracasó totalmente: logró meter al parlamento únicamente a siete representantes (7.4%), votaron por él 372,786 personas (todas las cifras retomadas de [Ast2] original se puede encontrar aqui).

El control total de los medios de comunicación más importantes, sobre todo de la televisión y la radio, sumamente influyentes, combinado con el control de la administración y la policía locales, garantizaron una fácil victoria al partido de Slobodan Milošević. Éste obtuvo tanto el voto de los antiguos comunistas como la mayoría de los votos nacionalistas.

A partir de este año, el partido en el poder atacaba insistentemente la leyenda de Tito y ampliaba su apoyo nacionalista anticomunista. Se acusó a Tito por sus políticas ”antiserbias” dentro de la federación. Los retratos de Tito se quitaron de la exhibición pública y la manción de su nombre en cualquier contexto mínimamente positivo e volvió un tabu al interior de la sociedad serbia, al igual que había ocurrido en todos los demás rincones de las tierras yugoslavas. En el parlamento serbio se debatieron truculentas propuestas, una de ellas consistente en desenterrar el cuerpo de su monumento en Belgrado (la casa de las flores) y trasladarlo a Croacia. Todo el ambiente se volvió netamente antititísta y anticomunista. Los intelectuales progresistas alardeaban en contra de estos símbolos en cualquier oportunidad, clamando la supuesta libertad de expresión y democratización del país. Muchos exiliados durannte el régimen comunistas, volvían ahora a sus hogares, llenos de rencor y decididos a tomar parte en la reconstrucción (por fin) de la Serbia de sus sueños. Lo peculiar era que los peores atacantes de la leyenda muerta eran sus más serviles seguidores cuando vivía.

Mira Milosevich [Mil00] prosigue diciendo que el presidente serbio había sustituido la vox populi por la voz de sus principales oponentes políticos, borrando las diferencias entre programas, lo que fue decisivo para su permanencia en el poder, tanto como el apoyo a su gobierno por parte del del Ejército yugoslavo y la complicidad tácita del presidente croata Franjo Tudjman. La convivencia entre la oposición y el régimen definió un único naconalismo serbio con dos variantes, comunista y anticomunista, sin demasiada diferencia entre ambos programas. Slobodan Milošević, sigue la autora [Mil00], pudo remitir ad calendas graecas las reformas democráticas y tachar de traidor a cualquiera que las exigiera, como sucedió, por ejemplo, con el partido antibelicista Unión Cívica Serbia, fundado en 1992, y dirigido por la socióloga Vesna Pešić, -embajadora de Yugoslavia en México de 2001 a 2005-. Los dos caudillos comunitarios, Tudjman y Milošević, concluye la socióloga [Mil00], utilizaron la guerra para ralentizar la transición a la democracia que, según ellos, solo podía desarrollarse en estados étnicamente puros.

Slobodan Milošević arrastraba en su pensamiento todo un legado de más de cuarenta años de un sistema autoritario, de manipulación de la información y de represión de la libertad de expresión. Esto le había causado la creación de una oposición anticomunista –más igualmente nacionalista- cada vez más fuerte, que organizó un mitin de más de cien mil personas en el centro de Belgrado el día 9 de Marzo de 1991.

Para estas fechas, se habían organizado ya diversos mítines por parte de ambas posturas. Los socialistas los organizaban frecuentemente en el paseo junto al delta del Danubio y el Sava; la oposición en el mero centro de la ciudad. Era interesante notar que al delta acudían en su mayoría personas de edad avanzada mientras que la juventud clamaba cambios de todo tipo, radicales y contundentes, sobretodo en lo que se refería a las libertades y garantías individuales.
El SPO había convocado a una magna concentración en la Plaza de la República para ese sábado nueve de marzo. El gobierno respondió enérgicamente declarando el mítin ilegal.

Toda la banda del parquecito decidió acudir a tal acontecimiento político, aún sin entender por completo lo que sucedía. Lo que era indudable era el sentimiento que algo sí estaba sucediendo y que había que participar en ello. Miloš, hijo de un prominente plitólogo e ideólogo de la nueva oposición democrática, hablaba de aquello con singular emoción. Por su parte, Žarko les presumía que ya había tenido su ”primera vez”. Con una prostituta desgraciadamente, pero era ya algo necesario a estas alturas en que todos tenían entre catorce y dieciséis años y los vírgenes eran cada vez más un caso raro.

Mis padres me prohibieron tajantemente ir a semejante acto político. Sin embargo, lo ocurrido en lo que a continuación se describe emana de detalladas narraciones de mis amigos y conocidos, que desde luego sí acudieron al evento.

Como a las cuatro de la tarde iban llegando a la Plaza de la República con todo y las banderas serbias y gorras de la vestimenta típica serbia llamadas šajkače. Todo estaba repleto de gente, banderas y mantas. En el monumento a Príncipe Mihailo (conocido sencillamente como el caballo) se habían ya instalado los oradores políticos encabezados por Vuk Drašković. Desde las imagenes transmitidas por la televisión veía yo, desde nuestro departamento, enormes banderas serbias con sus característicos colores rojo, azul y blanco y el escudo serbio en amarillo a la mitad.

Recordaba la leyenda del verdadero significado de este símbolo. Este es representado por cuatro S’s escritas en cirílico ”dándose la espalda” en un escudo partido por una cruz. La leyenda decía que las letras significan la gran enseñanza de la época medieval: ”sólo la unión salva a los serbios”; la vox populi decía a menudo que su verdadero significado era ”el serbio al serbio con un hacha destaza”. Cuestión de enfoques. Ambas interpretaciones hacían alusión a la más profunda idiosincrasia de este pueblo.

Me platicarían al día siguiente que de la nada se empezaron a observar camiones de granaderos y bomberos estacionarse a un costado de la Plaza de la República. Llevarían ahí alrededor de quince minutos. Se escuchó a alguien gritar a través de un altavoz que aquello era ilegal y se estaba quebrando la ley; pedían suspender el acto de inmediato. Nadie se movía.

Según las narraciones de Ivan, la gente a su alrededor se empezaba a recorrer paulatinamente hacia el lado opuesto de los camiones, hacia la calle de Knez Mihailo. El recorrer paulatino se convirtió, en no más de cinco minutos, en una corretiza indescriptible. La policía y los bomberos entraban en acción. Con las enormes pipas de agua intentaban dispersar la multitud, mientras las bombas de gases lacrimógenos caían por doquier. Acto seguido, los elementos antimotín avanzaban sobre la multitud golpeando por todos lados con sus macanas y escudos. Todos mis amigos estaban en esos momentos por demás espantados y paralizados. Ivan (o Koske), como lo conocían todos, seguía su recuento de hechos con un rostro serio y aún espantado: ”me sentía como congelado, incapaz de moverme. En eso pasó Nikola. Me agarró de la chamarra y me gritó que corriera por mi vida. Exactamente eso hice”.

Se dirigió hacia la avenida Terazije. Había conatos de violencia por todos lados. Mucha gente se enfrentaba con los policías a golpes. Al ir corriendo junto a unas tiendas de zapatos, vió como unos rateros aprovechaban el momento para robarse lo que se pudiera a través de los escaparates rotos.

Por su parte, incurría en la plática Miloš contando que después de unos quince minutos de correr sin rumbo fijo, siempre esquivando la policía (milicia, como se le denominaba en la época socialísta), arribó al edificio de Beogradjanka. A un costado de la enorme construcción veía como, entre unas ocho personas, estaban tirando a un oficial de la policía por la barda a la calle de abajo. Estaba todo sangrado. Las mismas escenas alcancé a verlas en la televisión. Oía disparos. Miloš continuaba explicando que tirado en el suelo, pecho tierra, se encontró con Marko que le decía que debían ser balas de hule y que siguieran corriendo.

Dos cuadras más abajo se estaban reagrupando los asistentes al mítin. En una votación improvisada se había decidido tomar el edificio de la Radio y la Televisión de Belgrado (RTB, por sus siglas en serbio). Todos se dirigían hacia allá.

Goran y Nikola iban corriendo cuando de la nada se les cerró un camión de bomberos. Dule y Nikola decidieron atacar al conductor y tomar el vehículo. En el agarrón, Borko vió rodar el casco del bombero. Lo recogió como símbolo de su victoria y decidió llevarlo a casa. Siguieron la carrera. Se oían disparos mucho más frecuentes y por todos lados. Dule y Nikola decidieron, de igual manera seguir los pasos de sus compañeros.

Todos estaban asustados, aunque la adrenalina corría por sus venas y realmente pocos estaban plenamente conscientes del peligro en el que se encontraban. Todos corrían y gritaban... riendo. Realmente creían que estaban liberando al país de la opresión autoritaria de los años anteriores. De otra manera, hubieran corrido a sus casas mucho antes de lo que lo hicieron.

En las noticias transmitían los acontecimientos. Mostraban una tienda de abarrotes en cuya puerta estaba escrito ”si eres Serbio, no le robes a los serbios”. Por todos lados ocurrían saqueos, robos, asaltos... violencia desatada. Estaba atónito. No pasaban nada sobre la toma de la televisión.

Como a las siete de la noche las calles de Belgrado fueron invadidas por los tanques del ejército federal. Nadie debía salir a la calle. En el noticiero pasaban la noticia sobre un joven de dieciocho años asesinado por una bala. Resultó que vivía a dos bloques del mío, allá en Nuevo Belgrado. Todo el mundo estaba petrificado. Mi tía abuela llamó esa noche a la casa al borde de un ataque de nervios. No había visto tanques bajo su ventana desde la segunda guerra mundial.

Como a las dos de la madrugada, desde la Villa del Estudiante, salía con rumbo al palacio de gobierno un largo contingente de estudiantes, académicos, investigadores y autoridades universitarias. La policía los interceptó en el puente entre Belgrado viejo y Belgrado nuevo (Brankov most). Les cortaron el paso y empezaron a lanzarles gases lacrimógenos. Al día siguiente alguien comentaba que muchas veces ello provoca tal desesperación que era muy probable que alguien incluso pensara en aventarse del puente de unos 50 metros de altura.

Lograron romper la emboscada y llegar a la calle de Terazije, justo frente al hotel Moskva. Decidieron realizar un plantón que no quitarían hasta lograr que el gobierno diera una respuesta satisfactoria a sus demandas. Los tanques avanzaban sobre las barreras humanas. Todo el mundo decidió quedarse acostado frente a la maquinaria naval. Si los quitaban iba a ser por que estarían muertos.

El plantón duró varias semanas en las que muchos artistas daban conciertos, obras de teatro, tertulias literarias y cuánto se les ocurriera; todo voluntariamente. Todos coreaban al unísono canciones como Give peace a chance o Imagine de John Lennon. Todo el mundo advertía no caer en provocacione y repetían que el movimiento era de desobedinecia civil pacífica. Los sesentayocheros volvían a salir a la calle. Revistas especiales con las imágenes y la explicación acerca de lo ocurrido ese 9 de marzo circulaban por doquier en esta inequitativa lucha por contrarrestar los medios oficiales de comunicación. La banda del parquecito buscaba la prueba de su presencia en cada foto. Creo que efectivamente habían retratado a dos o tres de ellos en una toma.

Como a la segunda semana del plantón, en el recreo, Miloš nos comentaba que sería bueno redactar un telegrama en apoyo a las demandas del movimiento al que todo el mundo se refería como la ”Revolución de Terciopelo de Belgrado”. Sin entender en realidad casi nada, aceptamos hacerlo. El telegrama fue escrito. Esa misma tarde, después de clases lo fuímos a entregar en el plantón.

Mis padres me habían prohibido categóricamente asistir o incluso, pasar cerca de aquella plaza en la avenida Terazije. La situación estaba por demás delicada. Poco me importó (en el futuro y con el tiempo, mis pobres padres tuvieron que aceptar mis pequeñas "excursiones" políticas, cada vez más frecuentes). Al llegar hasta el sonido, se interrumpió la canción que estaban poniendo: ”Tenemos la fuerza del ’68, sólo que no todo es igual. Hoy, hasta las primarias nos apoyan.”

Estaba orgulloso y emocionado. Tanto, que recordé que mi papá trabajaba en la agencia noticiosa y que me vio una decena de periodistas que trabajaban con él, apenas cuando iniciaba la severa reprimenda en casa por haberlo desobedecido. Al final del regaño, me expresó su amplio apoyo. El problema no resultó ser mi participación ”política” sino el no haberles avisado a mis papás.

El movimiento duró unas cuantas semanas más. Culminó con el compromiso por parte del gobierno de atender las demandas y desmonopolizar los medios de comunicación. Ello no sucedó a lo largo de todo el gobierno de Slobodan Milošević. Al contrario.

Lo que a mí me intrigaba, sin embargo, era la noción de oposición como tal: en ambos lados se gritaban las mismas consignas nacionalistas...
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