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30.7.08

El federalismo yugoslavo, la multietnicidad y el movimiento crítico de los sesenta en la SFRJ

Para la época de los años sesenta del siglo veinte y por medio de continuos tanteos y ya tres decenios de un régimen incuestionado, los comunistas yugoslavos habían desarrollado, según Bogdan Denitch [Den95], una compleja federación más lograda que otros modelos existentes en el manejo de los problemas de la multietnicidad. Sin embargo, dentro de la liga de comunistas yugoslavos se vislumbraban las cada vez mayores fricciones ideológicas entre los llamados comunistas reformistas y los conservadores. Para la primer mitad de los ’60, Eslovenia, Croacia y Macedonia se volvían cada vez más fuertes bastiones del neófito progresismo (liberalismo) comunista.

Durante el período de 1962 a 1966, como jefe del ministerio del interior de Yugoslavia fungía Aleksandar Ranković. Junto con otros funcionarios de opinioes parecidas, formaba el ministro Ranković parte del ala radical conservadora (autoritarísta) del partido comunista yugoslavo. Su oposición era franca y abierta a la ideología basada en la autogestión y todas las ideas reformistas existentes en aquel momento. Ello les costó a algunos miembros de este grupo el que ya para el año 1966, Tito, en conjunto con el ala reformista del partido, decidiera destituir a su personaje más visible, a decir Aleksandar Ranković, y con ello quitarle a los conservadores mucho poder.

Mira Milosevich [Mil00] escribe que Aleksandar Ranković fue destituido por Tito en 1966 por haber exigido mano dura para solucionar los problemas de Kosovo. Ranković proponía la centralización del estado yugoslavo, en contra de las ideas defendidas por los comunistas croatas y eslovenos en la línea de desarrollo de la federación yugoslava en dirección de una futura confederación. Para él y para otras personalidades de la cúpula del partido comunista que lo apoyaban, el problema fundamental no radicaba en cuestiones ideológicas sino en la impotencia del comunismo para solucionar las cuestiones nacionales; mismas que se acercaban a un punto de inestabilidad en la región de Kosovo y Metojia.

Todos estos acontecimientos significaron un vuelco importante en las políticas internas y el direccionamiento ideológico del partido. Los progresistas empezaban a plantear hipótesis importantes acerca del rumbo de su peculiar sistema socialista. Se empezaba a hablar acerca de cuestiones tan trascendentales como lo son una mayor libertad en la economía, la apertura comercial hacia el Occidente y el mundo en general, una profunda democratización del mismo partido y las voces más aventuradas ya clamaban incluso un multipartidismo socialista, nunca antes mencionado.

Los eslovenos mencionaban incluso, ya en esta época, una paulatina privatización de empresas de propiedad social por medio de repartición de sus acciones entre los trabajadores de las mismas. Aunque estas propuestas fueran tan sólo teóricas, significaban llevar la política autogestiva al extremo.

Todo ello me parece que era una cuestión de trascendencia impresionante. De haberse aventurado el gobierno yugoslavo en intentar establecer algunas de estas ideas, a lo mejor se hubiera podido contar con una alternativa real en estos inicios de milenio. Era mucho más fácil alcanzar un sistema sociopolítico óptimo que pudiera satisfacer todas las necesidades de una sociedad desde una perspectiva socialista a través de un progreso paulatino y precavido hacia la propiedad colectiva organizada en cooperativas, que intentar establecerla desde un capitalismo arraigado con ideas utópicas de liberalismo del siglo XIX. Sin embargo, todo ello en aquellos momentos no contaba ni con la más mínima viabilidad de éxito.

La mayor democratización del sistema era la consigna adoptada por todos los movimientos estudiantiles que estallaron en las ”primaveras” croata, eslovena, macedonia y posteriormente la serbia en el período del ’68 al ‘71. El Occidente, por razones obvias, apoyaba y financiaba las políticas reformistas, mientras que el Oriente mostraba sus simpatías y le brindaba considerable apoyo en propaganda y cooperación económica a los conservadores. Una vez más, mi país se tornaba el escenario de batallas, esta vez ideológicas, entre los dos grandes polos de un mundo dividido.

Existe actualmente una fuerte corriente de opinión que señala que lo que iniciaba como una propuesta de política reformista y buscaba una mayor descentralización económica de cada una de las repúblicas, resultado del repetido esquema de un norte industrializado y un sur subdesarrollado, se volvía cada vez más una cuestión nacionalista. Bogdan Denitch [Den95] escribe que es cierto que hubo un fuerte clamor de descontento nacionalista en la primavera croata de 1969-1971, cuando se escucharon demandas de una autonomía mayor desde Croacia. Los populares reformistas jóvenes de la dirigencia de la Liga comunista de Yugoslavia croata, pidieron que se permitiera que Croacia tuviera una mayor participación en las ganancias de moneda firme, procedentes del turismo y que se le concediera mayor autonomía administrativa respecto al centro federal.

Tito, prosigue Denitch [Den95], decidió en esos momentos reprimir todos estos movimientos. Para empezar, él era marxista leninista, cuestión que le impedía aceptar las nuevas ideas por demasiado aventuradas. Por el otro lado, tenía muy presente que el éxito de la convivencia de los pueblos yugoslavos radicaba en el fuerte centralismo federal. Una mayor descentralización del poder político y económico traería consigo consecuencias equivalentes a las que se vivieron treinta años después; además su poder personal se vería drásticamente disminuido.

En mi muy personal opinión, la razón principal de la decisión de la represión emanó, sin embargo, del fervor nacionalista que hubiera podido desintegrar el país en tiempo récord. Lo acertado de la visión de Tito quedó incuestionable tras el fracaso rotundo de la constitución de 1974, como se verá más tarde.

Después de reprimir drásticamente a una oposición de izquierda marxista que giraba en torno al periódico Praxis, editado en ese entonces en las islas Brioni en Croacia, mismo en el que discutían la ideología y los preceptos teóricos de las políticas a seguir las mentes más brillantes de esa época de todo el mundo y que era en sí el motor de las ideas reformistas mencionadas, se alentó el desarrollo de una euforia nacionalista que se trató de utilizar de 1968 a 1972 para arrancar concesiones a la federación. Esto funcionó durante algún tiempo, observa Denitch [Den95], pero en 1971 se había empezado a perder el control de los ”seguidores” nacionalistas.

Los nacionalistas de derecha y tradicionalistas, con el apoyo de parte del clero católico, empezaron a ingresar en las organizaciones nacionales oficialmente autorizadas, como la sociedad cultural croata Matica, y a amenazar el control de la Liga comunista de Yugoslavia.

Tito empezó a desplazar a estos nacionalistas y los expulsó de la vida política. A pesar de las protestas en contra de los propagandistas nacionalistas croatas, la represión de Tito en 1972 no se limitó a los croatas que coqueteaban con el nacionalismo y el reformismo comunista. Muy al contrario. Tito, siempre en busca de una ”simetría” represiva en el tratamiento de las dirigencias potencialmente contenciosas de las diversas repúblicas yugoslavas, también reprimió y eliminó a los dirigentes comunistas reformistas y muy populares en Serbia, Eslovenia y Macedonia. En opinión de Denitch [Den95], esto acabó eficazmente con los miembros mejores y más brillantes de la generación joven posrevolucionaria de dirigentes yugoslavos, un grupo que poseía una historia de trabajo en común y era, por lo menos entonces, casi inmune a la intolerancia nacionalista entre sus miembros. "No había habido nunca una dirigencia serbia más tolerante ante las demandas croatas y menos propensa a la demagogia nacionalista que los dirigentes reformistas que Tito obligó a salir en 1972" [Den95].

No cabe duda, sigue Denitch, que la represión violenta de Tito, a diferencia de las famosas purgas stalinistas, dejó a las víctimas vivas y en buen estado. Pocos fueron encarcelados. La mayoría, o al menos la mayor parte de comunistas purgados, recibieron empleos sensatos o fueron jubilados. Todos conservaron sus lujosos departamentos. No obstante, señala acertadamente el sociólogo, el daño moral y político al sistema político yugoslavo fue enorme. Toda una generación de reformadores comunistas progresistas fue eliminada de la vida política por dos decenios. Para empeorar las cosas, esta generación había mostrado que podía cooperar de un modo que ninguno de sus sucesores pudo repetir.

Además de purgar a los reformadores comunistas, las medidas enérgicas de Tito enajenaron fatal y permanentemente a toda una generación de nacionalistas y de demócratas moderados no comunistas. Sin embargo, la semilla plantada por los movimientos de esta época dio frutos unos cuantos años más tarde, en mi opinión para desgracia de Yugoslavia, aunque siguiendo la secuencia lógica de acontecimientos.

En este período fueron hechas las modificaciones de enorme trascendencia a la constitución socialista yugoslava. La constitución de 1974 daba prácticamente a cada república y cada provincia el veto a cualquier legislación que pudiera afectarlas negativamente. Muchos expertos extranjeros también han esgrimido que Yugoslavia estaba demasiado descentralizada por esta constitución, lo que dificultaba y hacía casi imposibles, al menos legalmente, las decisiones económicas y políticas en el país.

En 1974 se les otorgaría, de igual manera, autonomía a las dos provincias que formarían parte de Serbia: Kosovo en el sur y Vojvodina al norte de Serbia.

Los albaneses pedían en este momento que el territorio de Kosovo fuera reconocido como república independiente, petición rechazada por Belgrado ya que en el fondo ésta contenía un interés separatista.

En principio, como bien lo analiza Mira Milosevic [Mil00], la relación entre las repúblicas era igualitaria y simétrica dentro del contexto yugoslavo común. Pero el status de Serbia había cambiado profundamente, creando nuevas dificultades para su integración territorial. En realidad, con la constitución de 1974, Serbia no tenía el mismo poder que las otras repúblicas yugoslavas, porque dentro de su territorio existían dos comunidades con su propia autonomía, Vojvodina y Kosovo. Estas regiones podían influir en las decisiones del gobierno serbio con su derecho a veto, mientras que este no tenía el mismo derecho respecto a los gobiernos de las comunidades autónomas. Por lo tanto, ambas comunidades autónomas tenían en realidad los atributos de un estado independiente –poder legislativo, jurídico y ejecutivo- enmenoscabo de Serbia. Los intentos serbios por modificar este aspecto de la constitución de 1974 fracasaron debido al veto de los otros miembros de la federación .

Por otro lado, los serbios no cesaban en insistir acerca de la falta de equidad en cuestión de territorios autónomos –si la Krajina en Croacia contaba con una indiscutible mayoría serbia, ¿porqué no merecía el estatus de comunidad autónoma? Sin embargo, Serbia ya no poseía la fuerza suficiente para ser escuchada. Todo ello parecía un mal augurio para el futuro yugoslavo.

La nueva constitución estaba bien para los buenos tiempos, cuando no era necesario tomar decisiones urgentes y no amenazaba ningún peligro externo ni interno. El problema no era sólo que la federación era constitucionalmente muy flexible, sino que lo que hacía que funcionara eran los acuerdos extralegales e informales de la cumbre de los dirigentes del KPJ (partido comunista yugoslavo) y no el sistema político formal. Estos lazos y acuerdos informales tan importantes empezaban a deshacerse aún antes que el sistema formal.

La toma de decisiones formales por el centro federal fue casi totalmente bloqueada por medio de la insistencia en el consenso y en la soberanía de las repúblicas.

Refiriéndose a este problema, Bogdan Denitch [Den95] prosigue diciendo que como aprendizaje de lo que se empezaba a gestar a raíz de esta constitución y que desencadenaría en un conflicto trágico años más tarde es que un excesivo hincapié en la autonomía de los subcomponentes nacionales puede paralizar al tipo de estado como lo era Yugoslavia. Además, si como consecuencia de la parálisis, el gobierno se muestra incapaz de gobernar con eficacia, éste perderá la legitimidad tan decisivamente como si es demasiado represivo. El conflicto se veía venir.

Mira Milosevich [Mil00], prosiguiendo en la misma dirección e intentando definir el estado yugoslavo, escribe que éste era lo que el sociólogo norteamericano Rogers Brubaker definió como un ”estado plurinacional en el sentido etnodemográfico e institucional, de una clase muy específica, porque su plurinacionalidad dependía del régimen totalitario comunista, su creador y el garante de su perduración” . La inestabilidad inherente a este tipo de estados deriva de que no han sabido o no han podido solucionar su cuestión nacional previa, dificultad derivada, en realidad, de la imposibilidad misma de resolverla, porque hacerlo supondría, finalmente, la desintegración del estado común. Por esa razón, prosigue la socióloga [Mil00], cada intento de las minorías por fundar una nueva nación miembro con su propio estado autónomo dentro del estado plurinacional, puesto que sólo puede crearse a costa de la nación fundadora, lleva a la organización plurinacional a la crisis. La estabilidad política de los estados plurinacionales exige que todos sus miembros consideren la cuestión nacional como asunto cerrado, al admitir que cada minoría nacional ya se ha autodeterminado al decidir formar parte del estado plurinacional. Sólo con esa condición se puede crear un marco institucional y una identidad política para dicho estado. Yugoslavia fue para Mira Milosevich [Mil00] un ejemplo típico de ello, en el sentido de que la identidad política –yugoslava- siempre entraba en competencia con las identidades nacionales subyacentes.

La inestabilidad era permanente debido a que las naciones nunca renunciaron a solucionar la omnipresente cuestión nacional. El régimen comunista logró cierto equilibrio débil entre estados-miembros, pero nunca una verdadera solución. El sistema comunista agudizó, de hecho, el tradicional abismo entre los dos conceptos de nación en pugna, el democrático y el étnico, impidiendo la integración del estado.

Milosevich sigue esgrimiendo [Mil00] que el régimen comunista institucionalizó la plurinacionalidad y de este modo estimuló el nacionalismo. La función de esta institucionalización, en Yugoslavia, fue mantener el poder y la autoridad del partido comunista. Las repúblicas federadas ya eran, en la práctica, estados cuasi independientes; lo que les faltaba era realizar la dimensión identitaria del nacionalismo con la independencia completa respecto a sus vecinos. Cada una de las seis repúblicas tenía sus específicas características sociales, económicas, demográficas, políticas y culturales. Se creía, según la concepción socialista de la igualdad ideológica, que estas diferencias desaparecerían a lo largo del tiempo gracias a la intervención del estado socialista. Pero esta fue una ilusión contraproducente que alimentó los resentimientos nacionalistas.

El estado yugoslavo no consiguió crear un equilibrio entre la identidad común yugoslava y la identidad nacional de cada república: ambas eran competitivas y rivales.

Para Mira Milosevic [Mil00], la dinámica de los conflictos nacionales comenzó en los años sesenta. Duró una década, hasta 1974, cuando se aprobó la nueva constitución que provocaría el renacimiento del nacionalismo serbio radical durante los años ochenta. Inauguró una época regida por dos procesos principales: el inicio de las reformas económicas y la aparición de nuevas interpretaciones del concepto de nación.

Gracias a la constitución de 1974, y por primera vez desde el censo de 1961, los ciudadanos tuvieron la oportunidad de declararse yugoslavos. Esta innovación, escribe la autora [Mil00], surgió de los debates de los años cincuenta y de las teorías sobre la existencia de una cultura yugoslava común. Esta cultura yugoslava partía de la base establecida por los ilirios: en 1954 se reconoció oficialmente por primera vez que el serbio, el croata y el montenegrino son variedades del mismo idioma. Todo ello se encontraba, desde luego, en medio del enorme debate de rasgos nacionalistas comentado ya en este blog aqui. Pero, ya desde el censo de 1961, los intelectuales y políticos de Eslovenia y Croacia reaccionaron contra esa idea mediante un argumento antiyugoslavo: "el patriotismo socialista no necesita que todos seamos yugoslavos".

El VIII Congreso del partido comunista de Yugoslavia de 1964, redefinió la cuestión nacional yugoslava según la interpretación esloveno – croata: fuera del contexto del patriotismo socialista, la invocación de la identidad yugoslava sería considerada como un concepto que encubre intenciones ”hegemonistas y unitaristas” [Mil00].

Se iniciaba de esta manera, a partir de la década de 1960, el proceso histórico de duración media que culminaría en 1990 con la destrucción interna de la federación yugoslava, provocada por un renacimiento de nacionalismos extremistas en todas las repúblicas y una crisis económica devastadora agudizada en la epoca de 1980.
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1 Comments:

Anonymous edu said...

Un blog muy interesante.Lástima que no haya movimiento ultimamente.
Siga con sus artículos, son muy recomendables.

sábado, noviembre 26, 2011 1:26:00 a. m.  

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