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4.8.08

La autogestión, la cotidianidad y la vida en la Yugoslavia socialista en plena guerra fría

Fue esta década de mi nacimiento una década de música disco (al igual que en todo el mundo), de pantalones acampanados de mezclilla y discos de rock provenientes del Occidente todo lo cual se podía conseguir únicamente en el mercado negro (el mercado de pulgas o el buvljak de Belgrado, por ejemplo); interminables filas en las tiendas de autoservicio en las cuales se compraba con bonos contados, y las mismas colas y los mismos bonos en las estaciones de gasolina. La cantidad de bonos por familia del empleado lo fijaba la empresa en la cual trabajaba.

Una familia promedio viviendo en la capital contaba normalmente con un departamento -muy pequeño en la mayoría de los casos, desde 19 m2 y hasta unos 200m2 si se era alguien "importante" en el partido o algún sindicato, propiedad del estado o propio si se era muy afortunado. El conseguir o no un departamento, lo decidía la empresa en la cual se trabajaba, con su consejo autogestivo, según el desempeño de los empleados.

Esta familia promedio contaba también normalmente con un coche, frecuentemente de manufactura nacional de la fábrica Crvena Zastava, que construía modelos de la Fiat italiana (el mismo caso se dio en Polonia con la conocida fábrica Polski Fiat); finalmente con un televisor, cocina equipada y demás artefactos de un hogar jamás demasiado lujoso. Lo importante para el desarrollo del país en esos momentos era que Yugoslavia se volvía cada vez más industrialmente autónoma. Todos los artefactos de uso doméstico eran de fabricación nacional (de la Gorenje eslovena o la Elektronska Industrija Niš (EI Niš) de Serbia), los vehículos, accesorios deportivos, las construcciones, las carreteras, los hoteles... todo era de manufactura yugoslava.

La propiedad social era considerada por la constitución primordialmente como una relación socioeconómica, mientras que eran las leyes las que definían concretamente el derecho de los usuarios individuales de utilizar estos medios. Aparte de la propiedad social, existía el derecho de propiedad de los ciudadanos, de las organizaciones sociales y otras asociaciones de ciudadanos sobre ciertos medios. Este derecho de propiedad era determinado igualmente por la ley en dependencia de la naturaleza y carácter de los medios en cuestión [ABC].

De acuerdo con la constitución, los agricultores tenían garantizado el derecho de poseer un máximo de diez hectáreas por cada familia campesina. Los ciudadanos tenían derecho de poseer casas y departamentos. Una ley federal fijaba los límites de esta posesión.

En la esfera de la producción agrícola, de artesanías, de servicios y otras actividades similares, el uso de trabajo suplementario de otras personas se permitía en casos excepcionales y en condiciones prescritas por la ley [ABC].

Los inmuebles en posesión de los ciudadanos, de las organizaciones sociopolíticas y de las asociaciones de ciudadanos podían expropiarse previa indemnización. En caso de que lo requiriera el interés común, el derecho de propiedad podía limitarse [ABC]. Todo ello conllevaba una serie de acciones intransigentes por parte del estado, este nuevo opio de los pueblos yugoslavos.

Todos los matrimonios tenían, en promedio, dos hijos -aunque muchos se quedaban solamente con uno-, los divorcios cada día iban en aumento; todos gozaban de una educación totalmente gratuita, al igual que de servicios médicos, en la mayoría de los casos un empleo y con ello, una jubilación asegurada que alcanzarían a sus 65 año, además de la certidumbre que vivían en el mejor país del mundo. Por supuesto, las personas desterradas o desempleadas, que cada vez eran más, no compartían por obvias razones esta visión. Todo parecía un espejismo colectivo.

Recuerdo que infinidad de veces mi madre volvía del trabajo quejándose amargamente como los empleados de intendencia se sentían con mayores derechos que los mismos médicos en los centros de salud y que aún no entendía cómo era posible que en numerosas ocasiones se les tomara más en cuenta por parte del sindicato y que no dudaba que inclusive ganaran más que ella y todos los demás médicos del lugar. Ello era uno de los aspectos naturales de la autogestión, ya que en armonía con el principio de la soberanía del pueblo, la constitución fijaba como base común y más significativa del sistema sociopolítico el principio de que ”el pueblo trabajador es el único depositario del poder y de la administración de los asuntos sociales” [Jov69]. Ésta era también la base de su derecho a la autogestión.

De conformidad con el estatuto y posición de las organizaciones laborales, los trabajadores disfrutaban de iguales derechos básicos en la autogestión. Cada organización de trabajo era gestionada por sus integrantes directamente o a través de los cuerpos gestores elegidos por los mismos, llamados consejos obreros.

En sus sesiones, los consejos obreros adoptaban todas las decisiones de importancia para la marcha de la empresa y para la existencia de su respectivo colectivo de trabajo: plan de producción, balance anual, ordenanzas estatutarias acerca de los derechos y obligaciones básicas de sus trabajadores, reglamentos para el reparto de los ingresos -ingresos individuales y fondos de la empresa-, la contratación y el despido de los trabajadores, el trabajo interno, la protección higienicotécnica, etc. Con base en lo anterior se garantizaba la casi mínima variación entre los sueldos de los trabajadores siguiendo la denominada jerarquía académica y de igual manera, la ínfima posibilidad de despido que se tenía. En aquellos años mucha gente decía: ”Nadie me puede pagar tan poco por lo poco que yo puedo trabajar.”

Las tareas corrientes eran entregadas normalmente al comité de gestión, órgano ejecutivo elegido de las filas del propio consejo. La marcha operativa se hallaba encabezada por un director elegido por una comisión integrada a partes iguales por miembros del consejo obrero y por diputados de la asamblea comunal respectivo [Jov69]. Correspondía al director organizar la producción, aplicando las decisiones de los órganos de autogestión, ante los cuales era responsable de su labor.

Por otra parte, y como lo comenta Mira Milosevich [Mil00], si hay un mito de origen de la Yugoslavia comunista, éste es el de la autogestión. En los años setenta Yugoslavia fue el lugar que visitaban los científicos sociales de prestigio mundial para ver con sus propios ojos lo que estaban haciendo los yugoslavos.

La autogestión presentada como el propio camino hacia el comunismo –propio camino por diferenciarse de la Unión Soviética- daba a los yugoslavos, ante todo, la sensación –falsa, por supuesto, según la escritora [Mil00]- de que ellos mismos participaban activamente en la vida política y económica yugoslava. La autogestión era el camino que llevaba hacia el paraíso prometido del comunismo. Como cualquier ideología colectivista, el comunismo también prometía a sus creyentes que les salvaría de este mundo y les llevaría al ideal de una sociedad perfecta [Mil00].

Me parecen las metáforas un tanto exageradas, aunque la idea que las subyace la sigo compartiendo, con todo y los comentarios permanentes de mi papá, quién no se ha cansado de decir que la organización sociopolítica existente en la Yugoslavia socialísta fue algo que la gente en México (el escoger a México como ejemplo no tiene mayores razones que la de su residencia en este país desde 1992) solamente podría soñar.

El partido era el poder supremo encabezado por el secretario general –Tito-, el todopoderoso. En realidad, la autogestión bloqueó toda la dinámica social y subrayó los privilegios políticos.

Volviendo la vista hacia un escenario más amplio, Hobsbawm [Hob01] comenta que los efectos de la guerra fría sobre la política internacional europea fueron más notables que sobre la política interna continental: la guerra fría creó la Comunidad Europea con todos sus problemas; una forma de organización política sin ningún precedente, a saber, un organismo permanente (o al menos de larga duración) para integrar las economías y, en cierta medida, los sistemas legales de una serie de estados-nación independientes. Formada al principio (1957), prosigue Hobsbawm [Hob01], por seis estados -Francia, República Federal de Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo- a finales del siglo XX corto, cuando el sistema empezó a tambalerase al igual que todos los productos de la guerra fría, se le habían unido seis más: Gran Bretaña, Irlanda, España, Portugal, Dinamarca, Grecia, y se había comprometido en principio a alcanzar un mayor grado de integración tanto política como económica, que llevara a una unión política permanente, federal o confederal, de ”Europa”.

Hobsbawm [Hob01] prosigue explicando que la Comunidad fue creada, como otras muchas cosas en la Europa después de 1945, tanto por los Estados Unidos como en contra de ellos, e ilustra tanto el poder como la ambigüedad de este país y sus limitaciones; pero también ilustra la fuerza del miedo que mantenía unida a la alianza antisoviética, miedo no sólo a la URSS: para Francia, Alemania seguía siendo el peligro principal, y el temor a una gran potencia renacida en la Europa central lo compartían, en menor grado, los demás países ex contendientes u ocupados de Europa, todos los cuales se veían ahora unidos en la OTAN tanto con los Estados Unidos como con una Alemania resucitada en lo económico y rearmada, aunque afortunadamente, mutilada.

El historiador británico [Hob01] prosigue explicando lo que a mí me parece un hecho trascendental hoy en día y no lo parecía tanto en su momento. Hobsbawm afirma que por suerte para los norteamericanos, la situación de la Europa occidental en 1946-1947 parecía tan tensa que Washington creyó que el desarrollo de una economía europea fuerte, y algo mas tarde de una economía japonesa fuerte, era la prioridad más urgente y, en consecuencia, los Estados Unidos lanzaron en junio de 1947 el plan Marshall, un proyecto colosal para la recuperación de Europa. A diferencia de las ayudas anteriores, prosigue Hobsbawm [Hob01], que formaban parte de una diplomacia económica agresiva, el plan Marshall adoptó la forma de transferencia a fondo perdido, más que de créditos. Una vez más, fue una suerte para los aliados que los planes norteamericanos para una economía mundial de libre comercio, libre convertibilidad de las monedas y mercados libres en una posguerra dominada por ellos, carecieran totalmente de realismo, aunque sólo fuese por que las tremendas dificultades de pago de Europa y Japón, sedientos de los tan escasos dólares, significaban que no había perspectivas inmediatas de liberalización del comercio y de los pagos.

Tampoco estaban, prosigue Hobsbawm [Hob01], los Estados Unidos en situación de imponer a los estados europeos su ideal de un plan europeo único, que condujera, a ser posible, hacia una Europa unida según el modelo estadounidense en su estructura política, así como en una floreciente economía de libre empresa. Ni a los británicos, que todavía se consideraban una potencia mundial, ni a los franceses que soñaban con una Francia fuerte y una Alemania dividida, les gustaba. No obstante, para los norteamericanos, una Europa reconstruida eficazmente y parte de la alianza antisoviética que era el lógico complemento del plan Marshall –la Organización del Atlántico Norte (OTAN) de 1949- tenía que basarse, siendo realistas en la fortaleza económica ratificada con el rearme de Alemania. Para finalizar su análisis, el historiador finalmente comenta que lo mejor que pudieron hacer los franceses era vincular los asuntos de Alemania occidenatal y de Francia tan estrechamente que resultara imposible un conflicto entre estos dos antiguos adversarios. Así pues, los franceses propusieron su propia versión de una unión europea, la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (1951), que luego se transformó en la Comunidad Económica Europea o Mercado Común Europeo (1957), más adelante simplemente en la Comunidad Europea y, a partir de 1993, en la Unión Europea. Tenía su sede en Bruselas, pero la alianza franco-alemana era su núcleo.

La Comunidad Europea se creó pues, como alternativa a los planes de integración europea de los Estados Unidos. Una vez más, en opinión del británico, el fin de la guerra fría socavó las bases sobre las que se asentaban la Comunidad Europea y la alianza franco-alemana, en buena medida por los desequilibrios provocados por la reunificación alemana de 1990 y los problemas económicos imprevistos que acarreó.

No obstante, aunque los Estados Unidos fueron incapaces de imponer a los europeos sus planes económico-políticos en todos sus detalles, eran lo bastantes fuertes como para controlar su posición internacional. En esta afirmación se basa la teoría acerca de la creación de una serie de estados clientelares fieles a las políticas de EUA a través del plan Marshall y la reconstrucción de Europa y posteriormente el apoyo firme a la creación del estado judío en el Medio Oriente y la ayuda brindada a Japón.

A partir de la década de 1990, esta circunstancia jugará un papel preponderante para el establecimiento de la hegemonía estadounidense. En mi opinión, este análisis clarifica un tanto más la situación mundial post 1989 y el establecimiento del entonces no tan nuevo orden mundial. Sin embargo, coincido con Hobsbawm en el punto que la visión de una única superpotencia que quedara después del fin de la guerra fría y que fuera más fuerte que nunca, resultó ser del todo irreal. No podría volverse al mundo de antes de la guerra fría porque sería demasiado todo lo que habría cambiado y demasiado lo que habría desaparecido: todos los indicadores habrían caído, habría que modificar todos los mapas. El resultado de suprimir al término de la guerra fría los puntales que habían sostenido la estructura internacional y las estructuras de sistemas mundiales de política interna fue un mundo de confusión y parcialmente en ruinas, porque no habría nada que los reemplazara.
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30.7.08

El federalismo yugoslavo, la multietnicidad y el movimiento crítico de los sesenta en la SFRJ

Para la época de los años sesenta del siglo veinte y por medio de continuos tanteos y ya tres decenios de un régimen incuestionado, los comunistas yugoslavos habían desarrollado, según Bogdan Denitch [Den95], una compleja federación más lograda que otros modelos existentes en el manejo de los problemas de la multietnicidad. Sin embargo, dentro de la liga de comunistas yugoslavos se vislumbraban las cada vez mayores fricciones ideológicas entre los llamados comunistas reformistas y los conservadores. Para la primer mitad de los ’60, Eslovenia, Croacia y Macedonia se volvían cada vez más fuertes bastiones del neófito progresismo (liberalismo) comunista.

Durante el período de 1962 a 1966, como jefe del ministerio del interior de Yugoslavia fungía Aleksandar Ranković. Junto con otros funcionarios de opinioes parecidas, formaba el ministro Ranković parte del ala radical conservadora (autoritarísta) del partido comunista yugoslavo. Su oposición era franca y abierta a la ideología basada en la autogestión y todas las ideas reformistas existentes en aquel momento. Ello les costó a algunos miembros de este grupo el que ya para el año 1966, Tito, en conjunto con el ala reformista del partido, decidiera destituir a su personaje más visible, a decir Aleksandar Ranković, y con ello quitarle a los conservadores mucho poder.

Mira Milosevich [Mil00] escribe que Aleksandar Ranković fue destituido por Tito en 1966 por haber exigido mano dura para solucionar los problemas de Kosovo. Ranković proponía la centralización del estado yugoslavo, en contra de las ideas defendidas por los comunistas croatas y eslovenos en la línea de desarrollo de la federación yugoslava en dirección de una futura confederación. Para él y para otras personalidades de la cúpula del partido comunista que lo apoyaban, el problema fundamental no radicaba en cuestiones ideológicas sino en la impotencia del comunismo para solucionar las cuestiones nacionales; mismas que se acercaban a un punto de inestabilidad en la región de Kosovo y Metojia.

Todos estos acontecimientos significaron un vuelco importante en las políticas internas y el direccionamiento ideológico del partido. Los progresistas empezaban a plantear hipótesis importantes acerca del rumbo de su peculiar sistema socialista. Se empezaba a hablar acerca de cuestiones tan trascendentales como lo son una mayor libertad en la economía, la apertura comercial hacia el Occidente y el mundo en general, una profunda democratización del mismo partido y las voces más aventuradas ya clamaban incluso un multipartidismo socialista, nunca antes mencionado.

Los eslovenos mencionaban incluso, ya en esta época, una paulatina privatización de empresas de propiedad social por medio de repartición de sus acciones entre los trabajadores de las mismas. Aunque estas propuestas fueran tan sólo teóricas, significaban llevar la política autogestiva al extremo.

Todo ello me parece que era una cuestión de trascendencia impresionante. De haberse aventurado el gobierno yugoslavo en intentar establecer algunas de estas ideas, a lo mejor se hubiera podido contar con una alternativa real en estos inicios de milenio. Era mucho más fácil alcanzar un sistema sociopolítico óptimo que pudiera satisfacer todas las necesidades de una sociedad desde una perspectiva socialista a través de un progreso paulatino y precavido hacia la propiedad colectiva organizada en cooperativas, que intentar establecerla desde un capitalismo arraigado con ideas utópicas de liberalismo del siglo XIX. Sin embargo, todo ello en aquellos momentos no contaba ni con la más mínima viabilidad de éxito.

La mayor democratización del sistema era la consigna adoptada por todos los movimientos estudiantiles que estallaron en las ”primaveras” croata, eslovena, macedonia y posteriormente la serbia en el período del ’68 al ‘71. El Occidente, por razones obvias, apoyaba y financiaba las políticas reformistas, mientras que el Oriente mostraba sus simpatías y le brindaba considerable apoyo en propaganda y cooperación económica a los conservadores. Una vez más, mi país se tornaba el escenario de batallas, esta vez ideológicas, entre los dos grandes polos de un mundo dividido.

Existe actualmente una fuerte corriente de opinión que señala que lo que iniciaba como una propuesta de política reformista y buscaba una mayor descentralización económica de cada una de las repúblicas, resultado del repetido esquema de un norte industrializado y un sur subdesarrollado, se volvía cada vez más una cuestión nacionalista. Bogdan Denitch [Den95] escribe que es cierto que hubo un fuerte clamor de descontento nacionalista en la primavera croata de 1969-1971, cuando se escucharon demandas de una autonomía mayor desde Croacia. Los populares reformistas jóvenes de la dirigencia de la Liga comunista de Yugoslavia croata, pidieron que se permitiera que Croacia tuviera una mayor participación en las ganancias de moneda firme, procedentes del turismo y que se le concediera mayor autonomía administrativa respecto al centro federal.

Tito, prosigue Denitch [Den95], decidió en esos momentos reprimir todos estos movimientos. Para empezar, él era marxista leninista, cuestión que le impedía aceptar las nuevas ideas por demasiado aventuradas. Por el otro lado, tenía muy presente que el éxito de la convivencia de los pueblos yugoslavos radicaba en el fuerte centralismo federal. Una mayor descentralización del poder político y económico traería consigo consecuencias equivalentes a las que se vivieron treinta años después; además su poder personal se vería drásticamente disminuido.

En mi muy personal opinión, la razón principal de la decisión de la represión emanó, sin embargo, del fervor nacionalista que hubiera podido desintegrar el país en tiempo récord. Lo acertado de la visión de Tito quedó incuestionable tras el fracaso rotundo de la constitución de 1974, como se verá más tarde.

Después de reprimir drásticamente a una oposición de izquierda marxista que giraba en torno al periódico Praxis, editado en ese entonces en las islas Brioni en Croacia, mismo en el que discutían la ideología y los preceptos teóricos de las políticas a seguir las mentes más brillantes de esa época de todo el mundo y que era en sí el motor de las ideas reformistas mencionadas, se alentó el desarrollo de una euforia nacionalista que se trató de utilizar de 1968 a 1972 para arrancar concesiones a la federación. Esto funcionó durante algún tiempo, observa Denitch [Den95], pero en 1971 se había empezado a perder el control de los ”seguidores” nacionalistas.

Los nacionalistas de derecha y tradicionalistas, con el apoyo de parte del clero católico, empezaron a ingresar en las organizaciones nacionales oficialmente autorizadas, como la sociedad cultural croata Matica, y a amenazar el control de la Liga comunista de Yugoslavia.

Tito empezó a desplazar a estos nacionalistas y los expulsó de la vida política. A pesar de las protestas en contra de los propagandistas nacionalistas croatas, la represión de Tito en 1972 no se limitó a los croatas que coqueteaban con el nacionalismo y el reformismo comunista. Muy al contrario. Tito, siempre en busca de una ”simetría” represiva en el tratamiento de las dirigencias potencialmente contenciosas de las diversas repúblicas yugoslavas, también reprimió y eliminó a los dirigentes comunistas reformistas y muy populares en Serbia, Eslovenia y Macedonia. En opinión de Denitch [Den95], esto acabó eficazmente con los miembros mejores y más brillantes de la generación joven posrevolucionaria de dirigentes yugoslavos, un grupo que poseía una historia de trabajo en común y era, por lo menos entonces, casi inmune a la intolerancia nacionalista entre sus miembros. "No había habido nunca una dirigencia serbia más tolerante ante las demandas croatas y menos propensa a la demagogia nacionalista que los dirigentes reformistas que Tito obligó a salir en 1972" [Den95].

No cabe duda, sigue Denitch, que la represión violenta de Tito, a diferencia de las famosas purgas stalinistas, dejó a las víctimas vivas y en buen estado. Pocos fueron encarcelados. La mayoría, o al menos la mayor parte de comunistas purgados, recibieron empleos sensatos o fueron jubilados. Todos conservaron sus lujosos departamentos. No obstante, señala acertadamente el sociólogo, el daño moral y político al sistema político yugoslavo fue enorme. Toda una generación de reformadores comunistas progresistas fue eliminada de la vida política por dos decenios. Para empeorar las cosas, esta generación había mostrado que podía cooperar de un modo que ninguno de sus sucesores pudo repetir.

Además de purgar a los reformadores comunistas, las medidas enérgicas de Tito enajenaron fatal y permanentemente a toda una generación de nacionalistas y de demócratas moderados no comunistas. Sin embargo, la semilla plantada por los movimientos de esta época dio frutos unos cuantos años más tarde, en mi opinión para desgracia de Yugoslavia, aunque siguiendo la secuencia lógica de acontecimientos.

En este período fueron hechas las modificaciones de enorme trascendencia a la constitución socialista yugoslava. La constitución de 1974 daba prácticamente a cada república y cada provincia el veto a cualquier legislación que pudiera afectarlas negativamente. Muchos expertos extranjeros también han esgrimido que Yugoslavia estaba demasiado descentralizada por esta constitución, lo que dificultaba y hacía casi imposibles, al menos legalmente, las decisiones económicas y políticas en el país.

En 1974 se les otorgaría, de igual manera, autonomía a las dos provincias que formarían parte de Serbia: Kosovo en el sur y Vojvodina al norte de Serbia.

Los albaneses pedían en este momento que el territorio de Kosovo fuera reconocido como república independiente, petición rechazada por Belgrado ya que en el fondo ésta contenía un interés separatista.

En principio, como bien lo analiza Mira Milosevic [Mil00], la relación entre las repúblicas era igualitaria y simétrica dentro del contexto yugoslavo común. Pero el status de Serbia había cambiado profundamente, creando nuevas dificultades para su integración territorial. En realidad, con la constitución de 1974, Serbia no tenía el mismo poder que las otras repúblicas yugoslavas, porque dentro de su territorio existían dos comunidades con su propia autonomía, Vojvodina y Kosovo. Estas regiones podían influir en las decisiones del gobierno serbio con su derecho a veto, mientras que este no tenía el mismo derecho respecto a los gobiernos de las comunidades autónomas. Por lo tanto, ambas comunidades autónomas tenían en realidad los atributos de un estado independiente –poder legislativo, jurídico y ejecutivo- enmenoscabo de Serbia. Los intentos serbios por modificar este aspecto de la constitución de 1974 fracasaron debido al veto de los otros miembros de la federación .

Por otro lado, los serbios no cesaban en insistir acerca de la falta de equidad en cuestión de territorios autónomos –si la Krajina en Croacia contaba con una indiscutible mayoría serbia, ¿porqué no merecía el estatus de comunidad autónoma? Sin embargo, Serbia ya no poseía la fuerza suficiente para ser escuchada. Todo ello parecía un mal augurio para el futuro yugoslavo.

La nueva constitución estaba bien para los buenos tiempos, cuando no era necesario tomar decisiones urgentes y no amenazaba ningún peligro externo ni interno. El problema no era sólo que la federación era constitucionalmente muy flexible, sino que lo que hacía que funcionara eran los acuerdos extralegales e informales de la cumbre de los dirigentes del KPJ (partido comunista yugoslavo) y no el sistema político formal. Estos lazos y acuerdos informales tan importantes empezaban a deshacerse aún antes que el sistema formal.

La toma de decisiones formales por el centro federal fue casi totalmente bloqueada por medio de la insistencia en el consenso y en la soberanía de las repúblicas.

Refiriéndose a este problema, Bogdan Denitch [Den95] prosigue diciendo que como aprendizaje de lo que se empezaba a gestar a raíz de esta constitución y que desencadenaría en un conflicto trágico años más tarde es que un excesivo hincapié en la autonomía de los subcomponentes nacionales puede paralizar al tipo de estado como lo era Yugoslavia. Además, si como consecuencia de la parálisis, el gobierno se muestra incapaz de gobernar con eficacia, éste perderá la legitimidad tan decisivamente como si es demasiado represivo. El conflicto se veía venir.

Mira Milosevich [Mil00], prosiguiendo en la misma dirección e intentando definir el estado yugoslavo, escribe que éste era lo que el sociólogo norteamericano Rogers Brubaker definió como un ”estado plurinacional en el sentido etnodemográfico e institucional, de una clase muy específica, porque su plurinacionalidad dependía del régimen totalitario comunista, su creador y el garante de su perduración” . La inestabilidad inherente a este tipo de estados deriva de que no han sabido o no han podido solucionar su cuestión nacional previa, dificultad derivada, en realidad, de la imposibilidad misma de resolverla, porque hacerlo supondría, finalmente, la desintegración del estado común. Por esa razón, prosigue la socióloga [Mil00], cada intento de las minorías por fundar una nueva nación miembro con su propio estado autónomo dentro del estado plurinacional, puesto que sólo puede crearse a costa de la nación fundadora, lleva a la organización plurinacional a la crisis. La estabilidad política de los estados plurinacionales exige que todos sus miembros consideren la cuestión nacional como asunto cerrado, al admitir que cada minoría nacional ya se ha autodeterminado al decidir formar parte del estado plurinacional. Sólo con esa condición se puede crear un marco institucional y una identidad política para dicho estado. Yugoslavia fue para Mira Milosevich [Mil00] un ejemplo típico de ello, en el sentido de que la identidad política –yugoslava- siempre entraba en competencia con las identidades nacionales subyacentes.

La inestabilidad era permanente debido a que las naciones nunca renunciaron a solucionar la omnipresente cuestión nacional. El régimen comunista logró cierto equilibrio débil entre estados-miembros, pero nunca una verdadera solución. El sistema comunista agudizó, de hecho, el tradicional abismo entre los dos conceptos de nación en pugna, el democrático y el étnico, impidiendo la integración del estado.

Milosevich sigue esgrimiendo [Mil00] que el régimen comunista institucionalizó la plurinacionalidad y de este modo estimuló el nacionalismo. La función de esta institucionalización, en Yugoslavia, fue mantener el poder y la autoridad del partido comunista. Las repúblicas federadas ya eran, en la práctica, estados cuasi independientes; lo que les faltaba era realizar la dimensión identitaria del nacionalismo con la independencia completa respecto a sus vecinos. Cada una de las seis repúblicas tenía sus específicas características sociales, económicas, demográficas, políticas y culturales. Se creía, según la concepción socialista de la igualdad ideológica, que estas diferencias desaparecerían a lo largo del tiempo gracias a la intervención del estado socialista. Pero esta fue una ilusión contraproducente que alimentó los resentimientos nacionalistas.

El estado yugoslavo no consiguió crear un equilibrio entre la identidad común yugoslava y la identidad nacional de cada república: ambas eran competitivas y rivales.

Para Mira Milosevic [Mil00], la dinámica de los conflictos nacionales comenzó en los años sesenta. Duró una década, hasta 1974, cuando se aprobó la nueva constitución que provocaría el renacimiento del nacionalismo serbio radical durante los años ochenta. Inauguró una época regida por dos procesos principales: el inicio de las reformas económicas y la aparición de nuevas interpretaciones del concepto de nación.

Gracias a la constitución de 1974, y por primera vez desde el censo de 1961, los ciudadanos tuvieron la oportunidad de declararse yugoslavos. Esta innovación, escribe la autora [Mil00], surgió de los debates de los años cincuenta y de las teorías sobre la existencia de una cultura yugoslava común. Esta cultura yugoslava partía de la base establecida por los ilirios: en 1954 se reconoció oficialmente por primera vez que el serbio, el croata y el montenegrino son variedades del mismo idioma. Todo ello se encontraba, desde luego, en medio del enorme debate de rasgos nacionalistas comentado ya en este blog aqui. Pero, ya desde el censo de 1961, los intelectuales y políticos de Eslovenia y Croacia reaccionaron contra esa idea mediante un argumento antiyugoslavo: "el patriotismo socialista no necesita que todos seamos yugoslavos".

El VIII Congreso del partido comunista de Yugoslavia de 1964, redefinió la cuestión nacional yugoslava según la interpretación esloveno – croata: fuera del contexto del patriotismo socialista, la invocación de la identidad yugoslava sería considerada como un concepto que encubre intenciones ”hegemonistas y unitaristas” [Mil00].

Se iniciaba de esta manera, a partir de la década de 1960, el proceso histórico de duración media que culminaría en 1990 con la destrucción interna de la federación yugoslava, provocada por un renacimiento de nacionalismos extremistas en todas las repúblicas y una crisis económica devastadora agudizada en la epoca de 1980.
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29.7.08

El sistema autogestivo y la democracia socialista yugoslava (en construcción)

En Yugoslavia, el período transitivo entre los restos monárquicos y el establecimiento del nuevo orden socialista al término de la segunda guerra mundial marcó el viraje histórico en el desarrollo de las relaciones socialistas y de la supuesta democracia socialista [Jov69].

Con la apertura del proceso de autogestión [Dji71] se dio comienzo a la realización de la característica más sobresaliente del sistema sociopolítico y jurídico estatal de aquella época de Yugoslavia. Las bases de ese sistema eran: la autogestión en las organizaciones económicas, en las escuelas, las instituciones sociales y en todos los demás ámbitos. Esto es, la concesión al pueblo trabajador del derecho a decidir sobre todas las cuestiones que atañen al desarrollo y organización de sus empresas; el traspaso ininterrumpido de las prerrogativas estatales a los cuerpos representativos elegidos; y la actividad directa de la población en las decisiones sobre los asuntos más esenciales concernientes al trabajo y desarrollo de las comunidades sociopolíticas locales y otras. Los prerrequisitos económicos y políticos de este desarrollo fueron asegurados mediante la nacionalización de todas las instituciones económicas y sociales, los bosques y riqueza mineral, estableciéndose el máximo agrario (en propiedad privada) de 10 hectáreas por familia rural [Dji71].

Sobre esta época, la postura oficialísta de la Liga de comunistas yugoslavos subrayaba que "la característica constitucional democrática del estado debe indicar una nueva forma especial del estado socialista, una síntesis del socialismo y la democracia como condición indispensable del ulterior desarrollo socialista. En el sentido político de la palabra, el socialismo debe dar no sólo nuevas, sino también más completas, más substanciales formas de la democracia política que las antiguas y existentes sociedades fueron capaces de llevar a cabo" [Jov69].

Según esta ideología pragmática, la esencia de los problemas no consiste en el dilema entre el sistema de varios partidos y el sistema de un partido, pues ”tanto el uno como el otro sistema pueden ser la realidad de un determinado período del desarrollo socialista en distintos países” [Jov69], sino en la búsqueda de nuevas formas de democracia que se cimentarán y desarrollarán en la propiedad social de los medios de producción. En estas relaciones, la posición de la clase obrera es el factor más importante. Ella no es ni puede ser sólo una clase en cuyo nombre se ejerce el poder estatal, sino que se debe convertir en la principal y verdadera fuerza promotora del progreso social. La clase obrera puede llegar a ella sólo si asume el control directo sobre el manejo de la producción y distribución [Jov67, p. 10-11].

Todas estas premisas creaban del sistema socialista en su versión yugoslava una amenaza para el mundo capitalista aún mayor que la que representaba la misma URSS. El hecho de plantear y crear un sistema con bases autogestivas y sacar las ideas valiosas legadas por la comuna de Paris, lo hacía mucho más atractivo para los movimientos obreros en los países del Occidente. Las relaciones se empezaban a enfriar súbitamente entre Yugoslavia y la OTAN.

Finalmente, toda la palataforma ideológica de los comunistas yugoslavos parecía un objetivo irreal no muy diferente al de los comunistas utópicos, anarquistas o hasta demócratas visionarios: en teoría suena magnífico, mas la práctica - eso es totalmente otra cosa. El carácter democrático del estado yugoslavo y el principio de la autogestión social por lo tanto, señalaban la esencia de este sistema, que en su base representaba una extinción gradual del estado como tal, mediante el desarrollo de la autogestión social.

Las asambleas eran los órganos más altos del poder y de la autogestión social en los territorios para los cuales habían sido electas. En la federación existía la asamblea federativa; en las seis repúblicas socialistas, se habían conformado sus respectivas asambleas de las repúblicas; y en las regiones autónomas de Kosovo y Vojvodina, creadas a partir de la constitución de 1974, se establecerían las correspondientes asambleas regionales.

Todas las asambleas se hallaban compuestas de la siguiente manera: por representantes de los ciudadanos, como tales; y por representantes de esos mismos ciudadanos, en su calidad de trabajadores ocupados en las empresas económicas o en las diversas instituciones culturales, educacionales, de salubridad, de la administración estatal o de la política social (la llamada burocracia o la "nueva clase", según término acuñado por el mismo Milovan Djilas en [Dji57], en su libro The New Class, la primera crítica al sistema socialista "real" como se le designa hoy en día, que al ser publicado en EUA en 1957 fue utilizado hasta la exageración por la propaganda capitalísta).

Los representantes elegidos por todos los ciudadanos pasaban a formar parte de los consejos políticos de las asambleas. Los ciudadanos ocupados en las actividades económicas, educacionales, culturales y de salubridad, en las instituciones y organizaciones sociales y en los órganos de la administración estatal, elegían a los miembros de las organizaciones de trabajo.

Las asambleas comunales eran en principio bicamerales, constituídas por el consejo comunal por un lado y el consejo de las comunidades de trabajo, por el otro. Las asambleas regionales, las de las repúblicas y la federativa se hallaban formadas por un lado, respectivamente por los consejos regional, los de las respectivas repúblicas y el federativo; y por el otro lado, cada una de estas asambleas estaba constituída por cuatro consejos correspondientes a las respectivas comunidades de trabajo: la económica, la educativo cultural, la de salubridad social y la político organizativa.

Las candidaturas para las elecciones a las asambleas se desenvolvían en dos fases. En la primera, los ciudadanos proponían a personas en las sesiones de las organizaciones de la alianza socialista o en otras reuniones. Allí discutían acerca de los candidatos propuestos: que si eran miembros del partido comunista o no, si practicaban alguna religión, si eran parientes o conocían a algún funcionario o no, si su vida iba acorde a la ideología socialista autogestiva, etc. La segunda fase -y tras el primer gran filtro-, la constituían las asambleas de electores, en las cuales todos los ciudadanos proponían los candidatos a los consejos políticos de todas las asambleas.

Al mismo tiempo, los trabajadores de las empresas e instituciones proponían, en sus respectivas asambleas de electores, los candidatos a los consejos de sus correspondientes comunidades de trabajo de todas las asambleas. Ello significaba que los yugoslavos que mantenían relaciones de trabajo proponían dos tipos de candidaturas: según el territorio en que habitaban y de acuerdo a la actividad en que desarrollaban sus labores. Las asambleas comunales, una vez elegidas y en sesión plenaria, elegían los diputados a las asambleas regionales, las de las repúblicas y la federativa.

Las elecciones se decidían por simple mayoría, salvo en casos en que se presentaba un solo candidato, el cuál debía obtener la mayoría absoluta. Los resultados de las elecciones para las asambleas eran definitivos. Los candidatos a diputados de las asambleas de las repúblicas y la federal debían, sin embargo, pasar por una tercera fase: su designación a cargo de las asambleas comunales debía ser ratificada por votación directa de todos los electores.

Los consejos regionales y de las repúblicas elegían de entre sus miembros a diputados al consejo de nacionalidades de la asamblea federativa. Ello era teóricamente una solución maravillosa al problema interétnico de los pueblos yugoslavos; sin embargo, en la práctica vivió un fracaso que quedó de manifiesto con las modificaciones a la constitución yugoslava hechas en 1974 y con el climax de las tesiones entre las diferentes nacionalidades en la época de los ochenta.

El mandato de todas las asambleas duraba cuatro años y sus miembros no podían ser reelegidos para el período siguiente en el mismo consejo de una misma asamblea. Los presidentes de las asambleas y el resto de sus funcionarios electivos duraban tan sólo cuatro años en sus funciones. La misma limitación regía al vicepresidente de la república. El presidente de la república podía ser reelecto por un período más de cuatro años; sin embargo, la constitución exceptuaba de esta regla la reelección de Josip Broz - Tito, quién permaneció en el poder hasta poco antes de su muerte en 1980.

Entre tanta burocracia y tantos ”candados” se había desdibujado el real sentido de la democracia. En la constitución yugoslava que contenía las reformas de realizadas en 1963, dentro del capítulo III, sobre libertades, derechos y obligaciones del hombre y del ciudadano [Con69], el artículo 40 (nunca modificado) decía, al pie de la letra:

"Quedan garantizadas la libertad de prensa y de otros medios de información, la libertad de asociación, la libertad de expresión y de manifestación pública, la libertad de reunión y de otras clases de asambleas públicas.

Los ciudadanos tienen el derecho a emitir y publicar sus opiniones valiéndose de los medios de difusión, a utilizar los medios de difusión para ser informados, a editar periódicos y otra clase de prensa y a difundir informaciones valiéndose de otros medios de difusión.

Nadie podrá abusar de tales libertades y derechos para minar las bases del sistema democrático socialista fijado por la presente Constitución, como tampoco podrá amenazar la paz, la igualdad de derechos en la colaboración internacional o la independencia del país, ni suscitar odio o intolerancia religiosa o inducir a delito o atentar a la moral pública.

La ley federal establece los casos y las condiciones en que se podrá limitar o suspender el ejercicio de tales libertades y derechos cuando este ejercicio fuere incompatible con la presente Constitución.

La prensa, la radio y la televisión tienen la obligación de informar objetiva y exactamente a la opinión pública, como también deben dar publicidad a las opiniones e informaciones emitidas por los órganos, las organizaciones y los ciudadanos que tuvieren interés para la opinión pública.

Queda garantizado el derecho de rectificación de informaciones que violaran los derechos o intereses del individuo o de una organización. A fin de facilitar la más amplia información de la opinión pública, la comunidad social creará condiciones favorables para el desarrollo de las actividades correspondientes."

En la corta experiencia que poseía en los años ochenta y al inicio de los noventa, cuando terminaba el octavo año de primaria e ingresaba por fin al gimnasio (la preparatoria después de la cuál, se supone, ingresa uno a estudios superiores), me parecía que en la vida cotidiana se le hacía mayor caso a lo incluido a partir del tercer párrafo que a los dos primeros, para posteriormente dejarle de hacer caso a la totalidad de este artículo. En esos momentos comenzaba a entender el resentimiento social que provocó el surgimiento de movimientos estudiantiles en toda Yugoslavia a finales de los sesenta.

El país aparentemente iba viento en popa. Innumerables viajes realizaba el mariscal Tito por todo el mundo estableciendo contactos, presentando esta nueva ”maravilla” creada e inventada por él mismo. En esta nueva federación todos estaban obligados a olvidarse de su historia y cultura anteriores, del genocidio cometido a manos del Estado Independiente de Croacia en contra de la población serbia que habitaba su territorio, las venganzas cometidas por los chetniks en contra de la población no-serbia, las matanzas de los chachaks albaneses en Kosovo, la tradición bélica utilizada hasta el cansancio por todos los poderes imperialistas que pusieron su pie en los Balcanes en cualquier momento de la historia de los pueblos sudeslavos y las religiones que a la vez de unirlos en un sentimiento yugoslavo, los separaban tanto. Todos eran hermanos y estaba de moda el eslogan: ”Todos somos de Tito y Tito es nuestro”. Todo el mundo lo creía o, mejor dicho, lo tenía que creer. Y el peor miedo era que muriera Tito...

Fue en esta época que empezaron las largas vacaciones de algunos intelectuales demasiado ”progresistas” -de personas en general, mejor dicho- en la isla de Goli Otok; cárcel natural y oculta, de prisioneros políticos y enemigos de todas clases del nuevo gobierno. A algunas personas se las ”tragaba” la noche. Las paredes oían. La policía secreta y el famoso inform bureau trabajaban horas extras.

El Artículo 46 de la constitución de la Yugoslavia socialísta [Con69] decía:

"La profesión de la religión es libre y constituye un asunto privativo de la persona.

Las comunidades religiosas y el Estado quedan separados; las confesiones podrán ejercer libremente sus cultos y atender sus asuntos.

Las comunidades religiosas podrán fundar escuelas confesionales destinadas a la formación de sacerdotes.

Es anticonstitucional todo abuso de la religión y de las actividades religiosas con fines políticos.

La comunidad social podrá acordar una ayuda material a las comunidades religiosas.

Las comunidades religiosas pueden tener derecho de propiedad de bienes inmuebles dentro de los límites fijados por la ley federal".

Como en casos anteriores de la interpretación política diversa de los artículos constitucionales, el hecho de la anticonstitucionalidad del abuso de la religión y de las actividades religiosas con fines políticos era el tema preferido de los comunistas más radicales. Practicar alguna religión era señal de debilidad, haber sido visto en la iglesia significaba deterioro de la imagen del individuo en cuestión al interior del partido comunista, sobretodo siguiendo el pensamiento marxista referente a que la religión es opio para los pueblos. Y si se era pillado en tales actividades: adiós a las prestaciones, al sindicato, a puestos de funcionarios...

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