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17.10.08

El derrumbe del concepto de federación yugoslava, el renacimiento de nacionalismos extremos y el inicio del fin del sueño yugoslavo

La caída y el derrumbe catastróficos de lo que fue una economía yugoslava relativamente próspera y el final de uno de los programas de reforma económica más fructíferos en Europa del este -lo que colocaba a la nación como uno de los candidatos más probables del sudoriente europeo para ingresar a la Unión Europea-, fue uno de los golpes mortales a la coexistencia de las repúblicas y al sistema de mercado llamado ”socialismo de mercado autogestionado”.

A medida que el sistema se iba deteriorando, los líderes de las repúblicas empezaron a preocuparse cada vez más por los intereses de sus bases de poder: a representar a sus propias repúblicas contra el centro de la federación [Den95]. No se tuvo que dar un gran paso para llegar de esa simbiosis informal entre políticos comunistas locales e intereses de la localidad a un llamamiento abierto de esos mismos dirigentes comunistas al nacionalismo.

Esta convocatoria se basaba en la pretensión de que ellos, los comunistas, representaban eficazmente los intereses y las demandas nacionales, sobre todo contra las demandas nacionales rivales y contra el centro federal [Den95]. La versión popular y demagógica de esa política se podía reconocer en los actos de Slobodan Milošević. Los acontecimientos de Kosovo, de los que ya se había hablado en este blog aquí, pusieron a la dirigencia serbia en colisión inmediata, primero con Eslovenia y después con Croacia y los yugoslavos musulmanes. Poco a poco y utilizando el poder de la política de corte nacionalista, Slobodan Milošević sustituyó a los antiguos dirigentes de Kosovo, Vojvodina y Montenegro por aliados obedientes.

Esto cambió radicalmente el frágil equilibrio de poder dentro de la federación [Den95]. Serbia tenía entonces por primera vez desde la constitución yugoslava de 1974, cuatro de los ocho votos de la presidencia colectiva. Anteriormente, tanto Kosovo como Vojvodina votaban normalmente en contra de los intereses de la república socialista federativa de Serbia. En la práctica, la nueva correlación de fuerzas al interior de la presidencia colectiva se volvía intolerable para Eslovenia, Croacia y Macedonia, principalmente, porque también le dio a Serbia el veto sobre todas las decisiones federales.

Aquí me paree de primordial importancia lo que describe Josep Palau [Pa96], en el sentido de que las ideas y movimientos políticos dominantes en Serbia y entre las comunidades serbias de otras repúblicas, a finales de los años 80, contribuyeron a debilitar a Yugoslavia en la medida en que no pusieron el acento en la preservación a toda costa del estado federal yugoslavo como interés mayor del pueblo serbio. En el fondo, esa responsabilidad se puede definir como la ausencia de una estrategia: las élites serbias no sabían lo que querían a finales de los años 80. Por el contrario, en el caso de los eslovenos, croatas y albaneses -y sólo más tarde, musulmanes-, se habían perfilado y consolidado estrategias rupturistas muy sólidas, meditadas, consensuadas, consultadas en el exterior, con apoyos y garantías internacionales.

Se ha atribuido al nacionalismo serbio de finales de los 80, sigue Palau [Pa96], una vocación expansionista y dominadora. Se le ha proclamado ante el mundo entero como un nuevo fascismo, desestabilizador por esencia de los consensos pacíficos. Esta satanización ha sido una formidable operación de propaganda cuyo objetivo ha sido cubrir, exculpándolas, las operaciones secesionistas de sus oponentes. El nacionalismo serbio contemporáneo ha expresado un profundo malestar. Sintiéndose discriminado, su motivación básica no era el sometimiento de los otros, sino el aumento de sus cuotas de poder ante lo que consideraba una injusta distribución, ordenada por Tito a sus expensas. El malestar serbio cuajó a partir de la última constitución yugoslava, la de 1974, que debilitó extremadamente los poderes federales e introdujo, sin reconocerlo, rasgos de tipo confederal. Mientras se vacía el estado central, se acentúa, en aparente paradoja, el poder centralista en cada república, excepto precisamente en la de Serbia, la única que reconoce autonomías en las regiones de Kosovo y Metojia y Vojvodina [Pa96].

Eslovenia llevaba, al igual que Croacia, ya varios años clamando la injusticia del hecho que como repúblicas más desarrolladas e industrialmente más fructíferas tuvieran que soportar el lastre de la falta de desarrollo de las repúblicas del sur, sobretodo de Macedonia y Kosovo. Ello se veía venir desde la constitución de 1974 e iba aumentando con el tiempo.

Bogdan Denitch [Den95] escribe que no obstante, en Yugoslavia, la desafección nacionalista interna tuvo bastante ayuda del exterior. La amarga ironía es que Alemania y Austria fueron los principales promotores de la destrucción formal de las dos Yugoslavias. Hubiera sido de esperarse que un mínimo de memoria histórica por la responsabilidad alemana en los horrores genocidas de la Segunda Guerra Mundial, hubieran vuelto a los estados alemanes ahora democráticos extraprecavidos en la injerencia en los asuntos yugoslavos. Lamentablemente, la defunción rápida de la segunda Yugoslavia fue posible por la insistencia implacable y sin precedentes de Alemania y Austria, en contra del consejo de gran parte de la Comunidad Europea y de Estados Unidos, en el reconocimiento incondicional y acelerado de los estados secesionistas de Croacia y Eslovenia; acompañado por asesorías minuciosas a los gobiernos de estas dos repúblicas en el campo de la economía que daban instrucción acerca de la inviabilidad de su sobrevivencia económica como parte de la federación [Den95, p. 60-61].

Acerca del tema comenta en el mismo sentido Josep Palau [Pa96], diciendo que tan alta contribución -del mundo occidental, vencedor de la Guerra Fría- a la catástrofe yugoslava tardará décadas en ser establecida como verdad histórica. No puede aceptarse hoy porque dice demasiado poco a favor de quienes son responsables de ello, política o intelectualmente, ya que siguen en posiciones de poder -especialmente los forjadores de opinión, que duran más en los puestos de mando que los cargo políticos públicos-. En su lugar, el histrionismo antiserbio y la deformación de los hechos prevalecerá todavía algún tiempo por que son chivos expiatorios necesarios para cubrir esa terrible verdad de una Europa y un Occidente que traicionaron todos sus valores precipitando una guerra que podían haber evitado [Pa96, p. 52-53].

En contraposición de la visión de Palau [Pa96] y, en este caso de Bogdan Denitch [Den95], sobre la crisis yugoslava como un hecho provocado por intereses geopolíticos de las grandes potencias occidentales –y las otras en igual o menor escala-, Mira Milosevich [Mil00] expone una teoría basada en el nacionalismo serbio y el plan nacional elaborado por las élites intelectuales de aquella república y retomado por el mismo Slobodan Milošević. Según la socióloga, la frase, hecha realidad en poco tiempo, pronunciada por Slobodan Milošević en una reunión con el general Veljko Kadijević, comandante en jefe del Ejército yugoslavo, en ese 1990, ”habrá guerra, ¡naturalmente!”, conllevaba en sí misma varias razones a primer vista ocultas.

Primero, explica Mira Milosevich [Mil00], porque tanta insistencia en la necesidad de una integridad cultural y espiritual de la nación serbia no llevaba a otra parte que a una guerra de conquista del territorio de la ex Yugoslavia.

Segundo, porque se sabía que la solución de la cuestión nacional serbia exigía el desmantelamiento de Yugoslavia [Mil00]. En mi opinión, esta razón es cuestionable, ya que la cuestión nacional serbia se veía resuelta en sí bajo la figura de la federación yugoslava. Sin embargo, las aspiraciones expansionistas croatas en ese momento sí contemplaban con mayor fuerza la mencionada desintegración.

Tercero, porque si los serbios estaban tan amenazados como se les presentaba de ordinario, no tenían otro remedio que defenderse. Slobodan Milošević iba a aumentar su poder fuera de Serbia. Iba a conquistar Yugoslavia. Ya había intentado realizar la ”revolución antiburocrática” entre los serbios de Croacia y Bosnia y Herzegovina, pero sin mucho éxito. Necesitaba un apoyo más firme: el del Ejército y el del presidente croata Franjo Tudjman [Mil00].

Cuarto, porque contaba (Slobodan Milošević) con el apoyo del Ejército yugoslavo, con su compromiso de defender a los serbios fuera de Serbia y, a cambio, él les garantizaba la conservación del comunismo, y sólo el comunismo podría avalar que los miembros del Ejército siguiesen disfrutando de los privilegios adquiridos durante la época de Tito [Mil00].

Quinto, porque Milošević ya había pactado con su homólogo croata Franjo Tudjman dos puntos clave: la división de Bosnia y Herzegovina y servirse mutuamente como coartada. Tudjman iba a realizar el antiguo sueño croata, creando un estado independiente sobre los territorios de una Gran Croacia, y apoyándose en un nacionalismo que se presentaba como respuesta necesaria a su antagonista, el nacionalismo serbio. La creación de la Gran Croacia, separada de Yugoslavia, serviría a su vez a Milošević como justificación de la conquista del territorio que quedara del antiguo estado federal. En 1996, en una entrevista concedida a Radio Europa Libre, Kiro Gligorov [Mil00], presidente de la República de Macedonia en la época de la desintegración de Yugoslavia, respondió a una pregunta sobre aquel momento de la crisis yugoslava, que todos los miembros del gobierno federal habían estado dispuestos a aceptar cualquier fórmula, la federación simétrica o asimétrica, una mezcla de federación y confederación o sólo la confederación. Los únicos que habían rechazado todas las propuestas fueron Milošević y Tudjman [Mil00, p. 243, apud. Drinka Gojković, ”Para comenzar un borrador: olvidar en Serbia”, Bitarte, No. 16, San Sebastián, 1999, p. 36].

Sexto, concluye Mira Milosevich [Mil00], porque Slobodan Milošević y Tudjman compartían el mismo sueño: crear unos estados nacionales étnicamente puros sobre las ruinas de la Yugoslavia comunista. Después de una serie de reuniones en Karadjordjevo, en el antiguo chalet de caza de Tito, Milošević y Tudjman llegaron a un acuerdo secreto para repartirse Bosnia y Herzegovina, de modo que los serbios se quedaran con el 66% del territorio –aunque eran solo el 31% de la población-, a cambio de que la Krajina, el territorio croata con centro en Knin, que albergaba una población serbia en su 99%, quedara dentro de una Croacia independiente [Mil00, p. 244, la autora explica que sobre este acuerdo entre Milošević y Tudjman primero escribió el embajador de los Estados Unidos en Yugoslavia, Woren Zimmermann. Florence Hartmann también lo menciona en su libro].

Mira Milosevich continúa refiriéndose a lo que dijo Slobodan Milošević en cierta ocasión para distinguir su proyecto de integridad territorial serbia del ideal granserbio de los nacionalistas: ”jamás he dicho, y mucho menos pensado, que allí donde esté un serbio sea Serbia” [Mil00, p. 245, apud. Hartmann, op. cit., p. 225]. Estaba dispuesto a conceder toda la Krajina a Croacia porque era imposible establecer una continuidad geográfica entre aquel territorio y el de la República de Serbia. Exigía, sin embargo, más de la mitad de Bosnia y Herzegovina como compensación.

Sin embargo, Slobodan Milošević tenía que cumplir con su parte del compromiso. Tenía, por lo tanto, que provocar a los serbios de Croacia para que se lanzaran a una rebelión anticroata que diera a Tudjman el pretexto necesario para crear una defensa nacional. No porque Milošević fuera un caballero, sigue Mira Milosevich [Mil00], sino porque esa era una condición necesaria para mantener su propio poder. Como siempre, obtuvo el apoyo de la Iglesia y los intelectuales [Mil00, pp. 244-145].

Desde mi punto de vista, estas teorías no se encuentran demasiado alejadas una de la otra. El mundo –y más específicamente el Occidente- tenía otros planes, al menos antes de 1989: unos que contemplaban a la Yugoslavia unida. Sin embargo, fueron los actores internos los que crearon el escenario ideal para la intromisión de las potencias internacionales, surgiendo estas intenciones desde antes de la Constitución del ‘74.

Si no podían conservar la federación, para poder seguir usándola como punta de lanza hacia la democratización de la Europa del Este –y tomando en cuenta que ello ya no era necesario debido al desmoronamiento del sistema socialista a partir de 1989- las potencias decidirían explotar al máximo cada una de sus subunidades para finalmente apoderarse de ellas para fines de conveniencias geopolíticas propias. Ello sería fácil en el caso de repúblicas sin demasiados recursos naturales ni habitantes. Si por alguna razón Serbia, que era la única en posición de poderse oponer a tales políticas internacionales, se rehusara, lo preciso sería aniquilarla económicamente hasta el grado de inanición; de manera que una vez destruida su economía, los ciudadanos vieran la intromisión de las grandes transnacionales como un factor de salvación al antiquísimo estilo de sitio de ciudades fortaleza en la Edad media –primero se llevaría la población al punto de muerte por hambre para posteriormente bombardearlas con comida y esperar su entrega incondicional-.

En este caso, ello alcanzó rasgos extremos cuyos vestigios se podían ver claramente ya para 1995. Sin embargo, para llevar a cabo los planes expuestos en todo momento era necesario contar con un pretexto, con el ”malo de la historia”, con un rostro que serviría para tapar las acciones realmente importantes de las potencias mundiales... un Slobodan Milošević que en sus últimos años de gobierno, arrinconado y destruido, no era más que un títere explotado por los medios de comunicación con uno u otro objetivo según los intereses en turno de Estados Unidos.

¿Y el pueblo (o los pueblos sudeslavos)? Acaso a nadie le había preocupado lo que tenía que decir... ¿de sus derechos, de su futuro, de su existencia?

Tomando todo lo anterior en cuenta, me quedan muy claros los orígenes del fracaso del plan de rescate económico del en ese entonces primer ministro de la federación, Ante Marković. Este plan tenía muchas probabilidades de éxito. Estaba basado en las dos corrientes económicas fundamentales: primero se controlaría y dosificaría la inflación de manera que se ayudara al desarrollo económico interno y con ello se lograría una moneda firme, que ahora sí se hubiera podido mantener de esa manera en un futuro. Marković y su política económica hubieran alcanzado su meta, sólo si el éxito que anhelaban las dirigencias de las repúblicas hubiera sido el rescate económico de la República Socialista Federativa de Yugoslavia y no otro.

Por su parte, Josep Palau [Pa95] prosigue diciendo que en Alemania, la secesión de Eslovenia y Croacia fue presentada como una liberación de pueblos hermanos que debía seguir de manera natural a la desaparición de la RDA y a la reunificación alemana. Ésta fue la manifestación de un cierto complejo de culpa de los círculos de poder alemanes que se habían avergonzado por la llamada realpolitik de los años anteriores y que se consideraba había ayudado a mantener artificialmente las estructuras ya podridas del sistema comunista de la RDA.

En la opinión alemana cobra cuerpo la idea de que, como compensación a aquél exceso de realpolitik, había que ayudar ahora a Eslovenia y a Croacia. Esa tesis, explica Palau [Pa95], se impuso aplastantemente en la prensa germana, que la transmitió con demasiada facilidad a la prensa europea, difundiendo masivamente conceptos como los de ”artificialidad de Yugoslavia” o, más perversamente ”Yugoslavia, cárcel de pueblos”. Así, en nombre de la ”autodeterminación”, sigue Palau [Pa95], se abrió camino al apoyo de rupturas etnófobas, a una maligna hostilidad hacia Yugoslavia, contraria al espíritu europeísta. La autodeterminación del pueblo alemán era democrática porque terminaba con barreras artificiales y unificaba a un pueblo sin perjudicar a nadie. No era el caso de las secesiones de Eslovenia y de Croacia, que no eran pueblos oprimidos, explica el autor, pues disponían de altísimos niveles de autogobierno en Yugoslavia; su separatismo buscaba levantar nuevas barreras entre pueblos europeos hermanos. No querían la emancipación, sino el privilegio a expensas de otros; y la consumación de sus fines era intrínsecamente atentatoria contra el derecho esencial de otros pueblos a mantenerse unificados como estaban. Al apoyar esa falsa ”autodeterminación” eslovena y croata, Alemania devolvió con mezquindad la generosidad de todo un continente que había apoyado sin reservas su unificación [Pa95].

En breve se había convocado a la decimocuarta asamblea extraordinaria urgente de la Liga Comunista de Yugoslavia (SKJ), que se llevó a cabo el día 20 de enero de 1990. Fue aquí en donde se hizo patente la agonía de aquél país.

Después de que los delegados eslovenos empezaron a sentir un rechazo rotundo a todas sus propuestas que iban en el sentido de una mayor flexibilización de la federación de manera que ninguna república pudiera perder votación de alguna de sus propuestas por causa de la combinación de otras y a favor de una mayor autonomía económica; además de que se limitó el derecho de una elección libre de la mesa directiva, para la cuál Slobodan Milošević quería imponer a Dušan Čkrebić, la delegación de Eslovenia decidió abandonar la asamblea. Pocos minutos después los siguió la delegación croata.

El mundo entero era testigo de un desmoronamiento inminente de la federación yugoslava.
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20.8.08

De cuando ingresé a la escuela primaria y de cómo me volví pionero de Tito

A los seis años recién cumplidos, ingresé a la sección preescolar de la escuela primaria Braća (hermanos) Ribar. Los hermanos Ribar, Ivica y Lola, cuyo nombre llevaba nuestra escuela, eran héroes nacionales del partido comunista yugoslavo. Ambos muertos en la segunda guerra mundial, fueron iniciadores del Consejo Juvenil Comunista de la lucha Antifascista (SKOJ). Actualmente, la escuela volvió a portar el nombre que usó antes de la II guerra mundial: el de Kralj (rey) Petar I. Es la escuela más antigua de Serbia y cuenta con un edificio antiguo, amarillo... precioso, incluso considerado un verdadero monumento de este mero centro de Belgrado (con todo y sus innumerables graffiti que adornaban las paredes de absolutamente cada escuela yugoslava sin excepción).

La escuela se encuentra situada en la calle que en ese entonces era nombrada por los acontecimientos ocurridos el siete de julio de 1941: la calle sedmog jula. Aquel día marcó la primera acción bélica perpetuada por las brigadas guerrilleras partisanas, iniciada a manos de un grupo de combatientes comunistas bajo el liderazgo del legendario veterano de la guerra civil española, Žikica Jovanović - Španac (el español), mismo grupo de combatientes que en el pueblo de Bela Crkva mató a dos gendarmes del régimen yugoslavo. La situación terrible que atravesaba la monarquía yugoslava en ese 1941, el golpe de estado del 27 de marzo de ese mismo año y la colaboración con el ocupante que invadió Yugoslavia a inicios de abril, se explicó más a profundidad en este blog aqui. Por otra parte, lo de los veteranos de la guerra civil española fue uno de los orgullos de la revolución socialista yugoslava y es que a la lucha en contra de los rebeldes franquistas se lanzaron mil setecientos combatientes yugoslavos, de los cuales murieron en combate 800 y fueron heridos otros 300.

Nuestra escuela primaria, que en Yugoslavia (y hasta el día de hoy en Serbia y los demás países de la ex-Yugoslavia) dura ocho años, está situada a un lado de la catedral ortodoxa de Belgrado dedicada al arcángel Miguel (saborna crkva), frente a la sede del Patriarcado de la Iglesia Ortodoxa Serbia, y a dos cuadras de la calle más importante y grande de Belgrado: la calle Knez Mihajlova (del príncipe Mihialo).

Todo el estrecho centro de Belgrado y, especialmente, la calle Knez Mihajlova fueron reconstruidos al final de los años ochenta en el espíritu del siglo XIX: en mármol gris, con faroles altos e innumerables fuentes de agua potable. Esta calle principal, cerrada al tráfico vehicular, nace por un lado en la entrada de la antigua fortaleza de Belgrado, Kalemegdan, convertida en un gran parque con museos, áreas verdes, explanadas y el zoológico, y desemboca, por el otro, en la principal arteria de circulación de la ciudad: la avenida Terazije que tiene construido sobre su acera el edificio más alto y más moderno de Belgrado: Beogradjanka.

A la puerta principal de nuestra escuela primaria la anteceden tres escalones que dan final a una especie de explanada que yace frente al edificio. La puerta está hecha en relieve de madera y tiene una ventana cubierta por una reja de acero negro de cada lado. Atravesándola, se ingresa a una especie antesala enorme con grandes columnas y una exposición permanente sobre la historia de la escuela y, en aquel entonce, la vida de los hermanos Ribar cuyo nombre portaba. Desde luego, todo ello dio paso a otro tipo de bustos y exposiciones en la actualidad.

Al fondo de la estancia yacían los bustos de los hermanos Ribar fundidos en bronce. Entre ambos bustos, había tres escalones, subiendo los cuales se llegaba a un largo pasillo. Del lado derecho de éste se encontraba la sección preescolar toda colorida y llena de risas y llantos infantiles. A mano izquierda se topaba al alumno encargado de contestar el teléfono, llevar mensajes a los salones y tocar la campana cada cuarenta y cinco minutos indicando el término de cada periodo. El alumno en cuestión, normalmente ataviado con el característico pañuelo rojo amarrado alrededor del cuello que adornaba su camisa blanca (uniforme de los llamados pioneros, o niños socialistas, organización conformada por los alumnos de los primeros siete años de todas las escuelas primarias del país, en memoria de los combatientes niños de la segunda guerra mundial), ese día que le tocaba estar de guardia, no entraba a clases. Frente a su escritorio se encontraban las oficinas de la dirección, la del director, el seretario o la secretaria general de la escuela, el psicólogo, etc.

Si se siguiera por el pasillo a mano izquierda se llegaba a los salones normales y al baño de niños y al de niñas de los alumnos de primer año. Atravesando el pasillo perpendicularmente, viniendo de la entrada principal del edificio y antes de las oficinas de la dirección, se accedía a unas escaleras enormes de dos alas con un barandal imponente de acero negro estilizado y acabados en madera gruesa. A cada lado de estas escaleras enormes había una escalera más pequeña por la cual se bajaba de un lado a la puerta que llevaba al patio dotado de una cancha de fútbol y tableros de baloncesto y por el otro a los enormes comedores. Había una cocina al final de éstos y unos lavamanos que antecedían todo aquello y donde todos se lavaban las manos antes de ingresar, teniendo que pasar por una metódica revisión efectuada por el alumno encargado de la higiene del salón.

La cocina y los comedores expedían siempre un olor penetrante a comida que le daba un aroma muy característico a toda la escuela. Virando a mano izquierda, antes de llegar a los lavamanos, se encontraba la sala de profesores.

Si se ascendía por la enorme escalera prinicpal, se llegaba al salón de ceremonias que no era muy grande, pero sí definitivamente elegante. Se asemejaba a los salones de ceremonias de los grandes palacios europeos de los siglos XVIII y XIX. Al fondo tenía libreros llenos de libros que enaltecían la revolución y la doctrina socialistas; del otro lado se encontraban los enormes ventanales ovalados y pintados de blanco. Frente a ellos se encontraba un piano de cola completa que se utilizaba para ceremonias y conciertos que se llevaban a cabo en este lugar; del techo colgaba un enorme candil.

Frente a la entrada pomposa del salón pasaba otro pasillo semejante al del piso de abajo que llevaba a los salones de los alumnos del tercer y cuarto año, al igual que a los baños respectivos. Si se tomara el pasillo a mano derecha, se descubriría que al fondo existen otras escaleras en esta otra ala del edificio que lo llevan a uno al segundo y al tercer piso o lo bajan hasta el gimnasio techado que contaba con toda clase de artefactos y utensilios de gimnasia olímpica y que albergaba otra cancha de baloncesto. En el tercer y último piso se encontraban los talleres de dibujo y en uno de los salones de a lado asistí alguna vez a un taller de literatura.

En el preescolar, estaba en el grupo dos, mismo que compartía con varios amigos del anterior jardín de niños, cuestión que junto con las interesantes clases de inglés, todo tipo de juguetes y festivales ayudó a que me encantara pasar las mañanas allí. Supongo que ésto solía ser la excepción, ya que la mayoría de los niños lloraba todas las mañanas por separarse de sus papás con tal histeria que daba miedo.

En septiembre siguiente (por allí de 1983) entré al primer año de primaria con una gran expectación, emoción y miedo entrelazados. No sabía leer ni escribir ni siquiera mi nombre bien y mucho menos sabía algo de matemáticas, ciencias sociales o literatura en serbocroata -como solía llamarse mi lengua materna- al igual que casi todos mis compañeros. Ya grandes, me confesó uno de mis mejores amigos, Mihailo, lo terrible que fue par él lograr por fin escribir su nombre en cirílico para que yo le contestara con mis maravillosos jeroglíficos en alfabeto latinizado. O, confusiones...

Tenía siete años, seguía en el grupo dos y me encontraba con la mayoría de mis compañeros de ya años atrás; estaba contento. Entraba a la primera clase a las ocho de la mañana y salía de la escuela a las tres y diez de la tarde tras haber tenido un recreo con un pequeño refrigerio y haber comido en la escuela más formalmente a eso de la una. Y las comidas que nos servían eran a veces un verdadero dolor de cabeza para mí y es que no fue fácil acostumbrarse al caldo de alubias serbias (pasulj), por ejemplo, después de comer una especie de comida internacional-mexicana en casa. Me acuerdo mucho haberme declarado alérgico a las dichas alubias, lo que me aseguraba un emparedado de queso de cabra como sustituto. Y así, todos felices... Aquí cabe aclarar que el platillo de las alubias serbias es hoy en día uno de mis predilectos. Uno aprende con la edad, supongo.

Ese año, con todo el entusiasmo propio del acontecimiento, me volví igualmente pionero de Tito. Toda nuestra generación, al igual que todas las demás generaciones antes de nosotros, se tuvo que aprender la protesta del pionero de memoria, misma que versaba:

Danas, kada postajem pionir (hoy cuando me vuelvo pionero)
Dajem časnu pionirsku reč: (doy mi palabra de honor de pionero)
Da ću marljivo učiti i raditi (que trabajaré y estudiaré de manera aplicada)
poštovati roditelje i starije, (que respetaré a mis padres y a los mayores)
i biti veran i iskren drug, (y que seré un amigo leal y sincero)
koji drži datu reč; (quién cumple su palabra dada;)
Da ću voleti našu samoupravnu domovinu (que amaré nuestra patria autogestiva)
Socijalističku Federativnu Republiku Jugoslaviju (la República Socialista Federativa de Yugoslavia) -a cómo me costó esta parte-
Da ću razvijati bratstvo i jedinstvo (que desarrollaré la hermandad y la unidad)
i ideje za koje se borio drug Tito; (y las ideas por las que luchó el camarda Tito)
Da ću ceniti sve ljude svetakoji žele slobodu i mir! (que apreciaré a todos los hombres que desean la libertad y la paz)


El coro de la escuela cantó un par de canciones. Todo ello sucedía dentro del marco de las celebraciones del 29 de noviembre y el aniversario del nacimiento de la Yugoslavia socialista. Terminada la ceremonia y el infierno de tener que aprenderme este juramento durante semanas, me pusieron el famoso pañuelo rojo alrededor del cuello (para el cual hubo que pagar algo de dinero) y me dieron la credencial que certificaba que finalmente era yo miembro de la liga de pioneros de la República Socialista Federativa de Yugoslavia. Con todo y que no nos tocaron las gorras azules con la obligatoria estrella roja de cinco picos para parecernos a los casi inalcanzables pioneros que veíamos en las fotografía que adornaban nuestros libros de texto, estaba orgulloso.


Josip broz - Tito y su esposa Jovanka con los pioneros yugoslavos en la década de 1970. (imagen original aqui).


Pocos meses después llegé una tarde a la casa y reclamé a los cuatro vientos el hecho que no existiera en ella un solo cuadro con la imagen de Josip Broz - Tito.
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4.8.08

La autogestión, la cotidianidad y la vida en la Yugoslavia socialista en plena guerra fría

Fue esta década de mi nacimiento una década de música disco (al igual que en todo el mundo), de pantalones acampanados de mezclilla y discos de rock provenientes del Occidente todo lo cual se podía conseguir únicamente en el mercado negro (el mercado de pulgas o el buvljak de Belgrado, por ejemplo); interminables filas en las tiendas de autoservicio en las cuales se compraba con bonos contados, y las mismas colas y los mismos bonos en las estaciones de gasolina. La cantidad de bonos por familia del empleado lo fijaba la empresa en la cual trabajaba.

Una familia promedio viviendo en la capital contaba normalmente con un departamento -muy pequeño en la mayoría de los casos, desde 19 m2 y hasta unos 200m2 si se era alguien "importante" en el partido o algún sindicato, propiedad del estado o propio si se era muy afortunado. El conseguir o no un departamento, lo decidía la empresa en la cual se trabajaba, con su consejo autogestivo, según el desempeño de los empleados.

Esta familia promedio contaba también normalmente con un coche, frecuentemente de manufactura nacional de la fábrica Crvena Zastava, que construía modelos de la Fiat italiana (el mismo caso se dio en Polonia con la conocida fábrica Polski Fiat); finalmente con un televisor, cocina equipada y demás artefactos de un hogar jamás demasiado lujoso. Lo importante para el desarrollo del país en esos momentos era que Yugoslavia se volvía cada vez más industrialmente autónoma. Todos los artefactos de uso doméstico eran de fabricación nacional (de la Gorenje eslovena o la Elektronska Industrija Niš (EI Niš) de Serbia), los vehículos, accesorios deportivos, las construcciones, las carreteras, los hoteles... todo era de manufactura yugoslava.

La propiedad social era considerada por la constitución primordialmente como una relación socioeconómica, mientras que eran las leyes las que definían concretamente el derecho de los usuarios individuales de utilizar estos medios. Aparte de la propiedad social, existía el derecho de propiedad de los ciudadanos, de las organizaciones sociales y otras asociaciones de ciudadanos sobre ciertos medios. Este derecho de propiedad era determinado igualmente por la ley en dependencia de la naturaleza y carácter de los medios en cuestión [ABC].

De acuerdo con la constitución, los agricultores tenían garantizado el derecho de poseer un máximo de diez hectáreas por cada familia campesina. Los ciudadanos tenían derecho de poseer casas y departamentos. Una ley federal fijaba los límites de esta posesión.

En la esfera de la producción agrícola, de artesanías, de servicios y otras actividades similares, el uso de trabajo suplementario de otras personas se permitía en casos excepcionales y en condiciones prescritas por la ley [ABC].

Los inmuebles en posesión de los ciudadanos, de las organizaciones sociopolíticas y de las asociaciones de ciudadanos podían expropiarse previa indemnización. En caso de que lo requiriera el interés común, el derecho de propiedad podía limitarse [ABC]. Todo ello conllevaba una serie de acciones intransigentes por parte del estado, este nuevo opio de los pueblos yugoslavos.

Todos los matrimonios tenían, en promedio, dos hijos -aunque muchos se quedaban solamente con uno-, los divorcios cada día iban en aumento; todos gozaban de una educación totalmente gratuita, al igual que de servicios médicos, en la mayoría de los casos un empleo y con ello, una jubilación asegurada que alcanzarían a sus 65 año, además de la certidumbre que vivían en el mejor país del mundo. Por supuesto, las personas desterradas o desempleadas, que cada vez eran más, no compartían por obvias razones esta visión. Todo parecía un espejismo colectivo.

Recuerdo que infinidad de veces mi madre volvía del trabajo quejándose amargamente como los empleados de intendencia se sentían con mayores derechos que los mismos médicos en los centros de salud y que aún no entendía cómo era posible que en numerosas ocasiones se les tomara más en cuenta por parte del sindicato y que no dudaba que inclusive ganaran más que ella y todos los demás médicos del lugar. Ello era uno de los aspectos naturales de la autogestión, ya que en armonía con el principio de la soberanía del pueblo, la constitución fijaba como base común y más significativa del sistema sociopolítico el principio de que ”el pueblo trabajador es el único depositario del poder y de la administración de los asuntos sociales” [Jov69]. Ésta era también la base de su derecho a la autogestión.

De conformidad con el estatuto y posición de las organizaciones laborales, los trabajadores disfrutaban de iguales derechos básicos en la autogestión. Cada organización de trabajo era gestionada por sus integrantes directamente o a través de los cuerpos gestores elegidos por los mismos, llamados consejos obreros.

En sus sesiones, los consejos obreros adoptaban todas las decisiones de importancia para la marcha de la empresa y para la existencia de su respectivo colectivo de trabajo: plan de producción, balance anual, ordenanzas estatutarias acerca de los derechos y obligaciones básicas de sus trabajadores, reglamentos para el reparto de los ingresos -ingresos individuales y fondos de la empresa-, la contratación y el despido de los trabajadores, el trabajo interno, la protección higienicotécnica, etc. Con base en lo anterior se garantizaba la casi mínima variación entre los sueldos de los trabajadores siguiendo la denominada jerarquía académica y de igual manera, la ínfima posibilidad de despido que se tenía. En aquellos años mucha gente decía: ”Nadie me puede pagar tan poco por lo poco que yo puedo trabajar.”

Las tareas corrientes eran entregadas normalmente al comité de gestión, órgano ejecutivo elegido de las filas del propio consejo. La marcha operativa se hallaba encabezada por un director elegido por una comisión integrada a partes iguales por miembros del consejo obrero y por diputados de la asamblea comunal respectivo [Jov69]. Correspondía al director organizar la producción, aplicando las decisiones de los órganos de autogestión, ante los cuales era responsable de su labor.

Por otra parte, y como lo comenta Mira Milosevich [Mil00], si hay un mito de origen de la Yugoslavia comunista, éste es el de la autogestión. En los años setenta Yugoslavia fue el lugar que visitaban los científicos sociales de prestigio mundial para ver con sus propios ojos lo que estaban haciendo los yugoslavos.

La autogestión presentada como el propio camino hacia el comunismo –propio camino por diferenciarse de la Unión Soviética- daba a los yugoslavos, ante todo, la sensación –falsa, por supuesto, según la escritora [Mil00]- de que ellos mismos participaban activamente en la vida política y económica yugoslava. La autogestión era el camino que llevaba hacia el paraíso prometido del comunismo. Como cualquier ideología colectivista, el comunismo también prometía a sus creyentes que les salvaría de este mundo y les llevaría al ideal de una sociedad perfecta [Mil00].

Me parecen las metáforas un tanto exageradas, aunque la idea que las subyace la sigo compartiendo, con todo y los comentarios permanentes de mi papá, quién no se ha cansado de decir que la organización sociopolítica existente en la Yugoslavia socialísta fue algo que la gente en México (el escoger a México como ejemplo no tiene mayores razones que la de su residencia en este país desde 1992) solamente podría soñar.

El partido era el poder supremo encabezado por el secretario general –Tito-, el todopoderoso. En realidad, la autogestión bloqueó toda la dinámica social y subrayó los privilegios políticos.

Volviendo la vista hacia un escenario más amplio, Hobsbawm [Hob01] comenta que los efectos de la guerra fría sobre la política internacional europea fueron más notables que sobre la política interna continental: la guerra fría creó la Comunidad Europea con todos sus problemas; una forma de organización política sin ningún precedente, a saber, un organismo permanente (o al menos de larga duración) para integrar las economías y, en cierta medida, los sistemas legales de una serie de estados-nación independientes. Formada al principio (1957), prosigue Hobsbawm [Hob01], por seis estados -Francia, República Federal de Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo- a finales del siglo XX corto, cuando el sistema empezó a tambalerase al igual que todos los productos de la guerra fría, se le habían unido seis más: Gran Bretaña, Irlanda, España, Portugal, Dinamarca, Grecia, y se había comprometido en principio a alcanzar un mayor grado de integración tanto política como económica, que llevara a una unión política permanente, federal o confederal, de ”Europa”.

Hobsbawm [Hob01] prosigue explicando que la Comunidad fue creada, como otras muchas cosas en la Europa después de 1945, tanto por los Estados Unidos como en contra de ellos, e ilustra tanto el poder como la ambigüedad de este país y sus limitaciones; pero también ilustra la fuerza del miedo que mantenía unida a la alianza antisoviética, miedo no sólo a la URSS: para Francia, Alemania seguía siendo el peligro principal, y el temor a una gran potencia renacida en la Europa central lo compartían, en menor grado, los demás países ex contendientes u ocupados de Europa, todos los cuales se veían ahora unidos en la OTAN tanto con los Estados Unidos como con una Alemania resucitada en lo económico y rearmada, aunque afortunadamente, mutilada.

El historiador británico [Hob01] prosigue explicando lo que a mí me parece un hecho trascendental hoy en día y no lo parecía tanto en su momento. Hobsbawm afirma que por suerte para los norteamericanos, la situación de la Europa occidental en 1946-1947 parecía tan tensa que Washington creyó que el desarrollo de una economía europea fuerte, y algo mas tarde de una economía japonesa fuerte, era la prioridad más urgente y, en consecuencia, los Estados Unidos lanzaron en junio de 1947 el plan Marshall, un proyecto colosal para la recuperación de Europa. A diferencia de las ayudas anteriores, prosigue Hobsbawm [Hob01], que formaban parte de una diplomacia económica agresiva, el plan Marshall adoptó la forma de transferencia a fondo perdido, más que de créditos. Una vez más, fue una suerte para los aliados que los planes norteamericanos para una economía mundial de libre comercio, libre convertibilidad de las monedas y mercados libres en una posguerra dominada por ellos, carecieran totalmente de realismo, aunque sólo fuese por que las tremendas dificultades de pago de Europa y Japón, sedientos de los tan escasos dólares, significaban que no había perspectivas inmediatas de liberalización del comercio y de los pagos.

Tampoco estaban, prosigue Hobsbawm [Hob01], los Estados Unidos en situación de imponer a los estados europeos su ideal de un plan europeo único, que condujera, a ser posible, hacia una Europa unida según el modelo estadounidense en su estructura política, así como en una floreciente economía de libre empresa. Ni a los británicos, que todavía se consideraban una potencia mundial, ni a los franceses que soñaban con una Francia fuerte y una Alemania dividida, les gustaba. No obstante, para los norteamericanos, una Europa reconstruida eficazmente y parte de la alianza antisoviética que era el lógico complemento del plan Marshall –la Organización del Atlántico Norte (OTAN) de 1949- tenía que basarse, siendo realistas en la fortaleza económica ratificada con el rearme de Alemania. Para finalizar su análisis, el historiador finalmente comenta que lo mejor que pudieron hacer los franceses era vincular los asuntos de Alemania occidenatal y de Francia tan estrechamente que resultara imposible un conflicto entre estos dos antiguos adversarios. Así pues, los franceses propusieron su propia versión de una unión europea, la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (1951), que luego se transformó en la Comunidad Económica Europea o Mercado Común Europeo (1957), más adelante simplemente en la Comunidad Europea y, a partir de 1993, en la Unión Europea. Tenía su sede en Bruselas, pero la alianza franco-alemana era su núcleo.

La Comunidad Europea se creó pues, como alternativa a los planes de integración europea de los Estados Unidos. Una vez más, en opinión del británico, el fin de la guerra fría socavó las bases sobre las que se asentaban la Comunidad Europea y la alianza franco-alemana, en buena medida por los desequilibrios provocados por la reunificación alemana de 1990 y los problemas económicos imprevistos que acarreó.

No obstante, aunque los Estados Unidos fueron incapaces de imponer a los europeos sus planes económico-políticos en todos sus detalles, eran lo bastantes fuertes como para controlar su posición internacional. En esta afirmación se basa la teoría acerca de la creación de una serie de estados clientelares fieles a las políticas de EUA a través del plan Marshall y la reconstrucción de Europa y posteriormente el apoyo firme a la creación del estado judío en el Medio Oriente y la ayuda brindada a Japón.

A partir de la década de 1990, esta circunstancia jugará un papel preponderante para el establecimiento de la hegemonía estadounidense. En mi opinión, este análisis clarifica un tanto más la situación mundial post 1989 y el establecimiento del entonces no tan nuevo orden mundial. Sin embargo, coincido con Hobsbawm en el punto que la visión de una única superpotencia que quedara después del fin de la guerra fría y que fuera más fuerte que nunca, resultó ser del todo irreal. No podría volverse al mundo de antes de la guerra fría porque sería demasiado todo lo que habría cambiado y demasiado lo que habría desaparecido: todos los indicadores habrían caído, habría que modificar todos los mapas. El resultado de suprimir al término de la guerra fría los puntales que habían sostenido la estructura internacional y las estructuras de sistemas mundiales de política interna fue un mundo de confusión y parcialmente en ruinas, porque no habría nada que los reemplazara.
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28.7.08

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial en Yugoslavia (en construcción)

Hacia fines de 1943 se hallaba liberado casi un tercio del territorio yugoslavo; y en la segunda sesión del Consejo Antifascista de Liberación Nacional, efectuada en Jajce el 29 de noviembre de ese año, se dictaba la declaración de mayor importancia para la formación de la nueva Yugoslavia [Jov67]. Dicha Declaración dispuso la creación de un Comité Nacional de Liberación de Yugoslavia (NKOJ, por sus siglas en serbio/croata) como órgano superior provisorio del poder popular; la privación de todas las prerrogativas del gobierno en exilio; la prohibición de que el rey pudiera regresar al país mientras no lo decidiera así libremente el pueblo; y el que la nueva Yugoslavia se instituyera sobre el principio federativo.

A comienzos del verano de 1944, el Ejército de Liberación Nacional de Yugoslavia empezó las operaciones para la liberación final del país.

El Comité Nacional NKOJ hizo esfuerzos por lograr que fuera reconocida la nueva Yugoslavia, con base en la continuidad popular de los estados yugoslavos, el viejo y el que se intentaba crear. De acuerdo con esto, y bajo la influencia de los aliados, se establecieron los primeros contactos entre la autoridad en el país y el gobierno del Reino de Yugoslavia en la emigración.

En el sexto tomo de sus memorias, Winston Churchill [Chu64] habla de estos acontecimientos. Al declarado anticomunista y promonárquico Churchill, le preocupaba de sobremanera la política llevada a cabo por parte de Stalin en cuanto a ciertos territorios de Italia, Yugoslavia y sobretodo, de Grecia. En los momentos de la creación del nuevo mapa europeo, cada uno de los poderes económicos aliados deseaba conservar (Gran Bretaña o Francia, por ejemplo) o establecer (los EUA) su influencia sobre el mayor pedazo de territorio posible. En la carta enviada al presidente Roosvelt el 23 de junio de 1944, Sir Winston Churchill, bajo el punto 3, dice:

"Igualmente inicié las acciones intentando lograr la unificación de las fuerzas de Tito con las fuerzas en Serbia y todos aquellos que se encuentran con el gobierno monárquico serbio, el mismo que ambos hemos reconocido. En todas las fases ha estado informado acerca de cómo conllevamos esa difícil carga, misma que actualmente descansa sobre nosotros. Ahí nada sería más sencillo que aventarle al rey y su gobierno real a los lobos y permitir que en Yugoslavia estalle una guerra civil con toda la simpatía de parte de Alemania. Yo en ambos casos intento crear algo de orden en todo ese caos y que todos los esfuerzos se unifiquen en contra del enemigo común" [Chu64, p. 73].

En estos intentos por lograr la unificación entre la corona serbia y las fuerzas militares de Tito se llegaba a extremos. El día 12 de agosto de 1944, Churchill incluso sostuvo una reunión con Tito. Después de exponer acerca del estado de los frentes y acordar su colaboración acerca de la liberación de la península de Istria y la creación de un pequeño puerto para poder transportar material de guerra a través del mar, acción en la que participarían también fuerzas yugoslavas, Churchill le preguntó a Tito acerca de sus relaciones con el gobierno monárquico yugoslavo. Tito respondió que "aún se estaban llevando a cabo batallas intensas entre los partisanos y las tropas de Mihailović, cuyas fuerzas se basan en la ayuda alemana y búlgara, y que la paz no era probable" [Chu64]. Respondiendo a ello, Winston Churchill le explicaba a Tito que (los aliados) no deseaban involucrarse en cuestiones políticas internas de Yugoslavia, pero que anhelaban que su país se vuelva fuerte, unificado y autónomo. Según Churchill [Chu64], Dr. Šubašić, el jefe de gobierno de la corona yugoslava en exilio, se mostraba muy aferrado a tal idea. Además, sigue el entonces Primer Ministro británico en sus memorias, "no podíamos traicionar al Rey. Tito dijo que entendía la obligación que teníamos hacia el rey Petar, pero que en ese sentido nada podía hacer hasta que terminara la guerra, momento en el cual sería el pueblo yugoslavo el que tuviera que decidir su futuro" [Chu64].

Churchill prosige su narración explicando:

"Posteriormente empecé a hablar acerca del futuro y opiné que la solución correcta para Yugoslavia tendría que ser un sistema basado en el campesinado, además de a lo mejor una paulatina reforma agraria en lugares dónde las propiedades fueran demasiado pequeñas. Tito me convencía que, como ya lo había declarado públicamente, no tiene deseo alguno de establecer en Yugoslavia un sistema comunista, con más razón si en la posguerra la mayoría de los países iban a ser regidos por regímenes democráticos. Los acontecimientos en los países pequeños dependen de las relaciones de las grandes potencias. Yugoslavia estará en posibilidades de aprovecharse de las cada vez mayores mejorías en tales relaciones y desarrollarse en una dirección democrática. Los Rusos tienen una misión con los partisanos, sin embargo sus miembros, lejos de defender cualquier idea acerca del establecimiento del sistema soviético en Yugoslavia, se declararon en contra de ello.

Le pregunté a Tito si le gustaría comprobar tal declaración acerca del comunismo públicamente, pero él no quiso hacer tal cosa, ya que parecería que hubiera sido obligado a dar tal declaración. Sin embargo, acordamos que hablara de tal sugerencia con el Dr. Šubašić, con quién tenía a bien reunirse por primera vez esa tarde" [Chu64, p. 84].


Posteriormente, se le advirtió a Tito y a Šubašić que los aliados podrían perder todo interés en involucrar las directivas yugoslavas en las decisiones sobre su territorio si la guerra en Yugoslavia se convirtiera en una guerra civil ordinaria y la lucha en contra de los alemanes se volviera simplemente una cuestión secundaria.

Churchill le envió en días siguientes una carta a Tito en donde le sugería estas cuestiones. El en ese entonces primer ministro británico señala en sus memorias lo siguiente al respecto:

"Los yugoslavos se disgustaron conmigo por haber opinado que el movimiento de los partisanos es separado del pueblo serbio. No insistí en ello, sobre todo porque Tito había dicho estar dispuesto a declarar públicamente que en Yugoslavia después de la guerra no se establecería el régimen comunista. Posteriormente discutimos acerca de la posibilidad de la reunión entre Tito y el rey Petar. Dije que la democracia florecía en Inglaterra bajo la monarquía constitucional y que opino que la posición internacional de Yugoslavia sería más fuerte bajo un rey que si se volviera cualquier república. Tito dijo que su país tuvo una pésima experiencia con su Rey y que se necesitaría tiempo para que el rey Petar con sus actitudes pudiera borrar de la memoria del pueblo sus relaciones con Mihailović. Él (Tito), en principio, no tiene nada en contra de reunirse con el Rey, pero opina que aún no es el momento. Así, decidimos encomendarles a él y a Šubašić el decidir ese momento" [Chu64, p. 87].

La aceptación de los partisanos como un ejército formal y amigo no fue fácil por parte de los miembros de la entente. Parecía inadmisible en ese entonces permitir la creación de un estado comunista más, en el corazón de una Europa con cimientos en el capitalismo puro. Por otro lado, la situación era crítica. El enemigo poseía una fuerza inadvertida. Stalin y su Ejército Rojo eran unos aliados poderosos y, consecuentemente, poseían gran influencia sobre las decisiones de guerra de los aliados. En la conferencia de Teherán, celebrada en diciembre de 1943, los aliados decidieron prestar ayuda ”en la mayor medida posible” al Ejército de Liberación Nacional de Yugoslavia (los partisanos).

Para Eric Hobsbawm, ”sólo la alianza –insólita y temporal- del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obra (no podría haber sido de otro modo), del Ejército Rojo. Desde una multiplicidad de puntos de vista, este período de alianza entre el capitalismo y el comunismo contra el fascismo –fundamentalmente las décadas de 1930 y 1940- es el momento decisivo en la historia del siglo XX” [Hob01].

El primer acuerdo entre el NKOJ y Šubašić, presidente del gobierno emigrado en Londres, fue firmado el 16 de junio de 1944; con ello se ”legalizó el doble poder de carácter formal” en Yugoslavia. Tanto el NKOJ como el gobierno en Londres fueron considerados, según acuerdo tácito, gobiernos legales de Yugoslavia.

Churchill escribió acerca de su visita a Stalin en Moscú el día 9 de octubre de 1944:

"El momento era propicio para la terminación de negocios, así que dije: ”Ordenemos de una vez nuestras cuestiones en los Balcanes. Sus ejércitos están en Rumania y en Bulgaria. Nosotros allí tenemos intereses, misiones y agentes. No permitamos que entre nosotros haya malentendidos acerca de cosas insignificantes. En cuanto a Bretaña y Rusia, ¿les convendría el tener 90% de influencia en Rumania, que nosotros tengamos 90% de influencia en Grecia y que en cuanto a Yugoslavia sea 50-50%? Mientras ello se estaba traduciendo, escribí sobre media hoja de papel:

Rumania:
Rusia...............................90%
Los demás......................10%
Grecia:
Gran Bretaña................90%
(con EUA)
Rusia..............................10%

Yugoslavia.................................50 - 50%
Hungría......................................50 – 50%

Bulgaria:
Rusia..............................75%
Los demás.....................25%.

Le pasé la hoja a través de la mesa a Stalin, quién mientras, ya había escuchado la traducción. Aconteció una pequeña pausa. Posteriormente agarró su pluma azul y puso sobre el papel un gran párrafo, acto seguido devolviéndonoslo. Para solucionar todo ello no era necesario más tiempo que el que se tomó en escribirlo.

Como es natural, nosotros analizábamos de manera minuciosa y lenta nuestra postura y teníamos en mente únicamente los arreglos inmediatos en época de guerra. Ambos lados guardaban todas las cuestiones importantes para –como en ese entonces anhelábamos- una conferencia de paz para cuando la guerra habría terminado.

Posteriormente se hizo un largo silencio. El papel escrito a lápiz yacía a la mitad de la mesa. Finalmente opiné: ”¿Acaso no se tomará como bastante cínico de nuestra parte si llegara a parecer que cuestiones tan trascendentes para millones de personas las hayamos resuelto de una manera tan sencilla? Quememos el papel.” ”No, guárdenlo”, repuso Stalin” [Chu64, p. 207].


Solamente tres años antes, Stalin aún apoyaba al Estado Independiente de Croacia (NDH) y se sujetaba al pacto de no agresión firmado con Hitler, oponiéndose en ambas políticas a la voluntad británica, y por su lado, Churchill había luchado en Rusia en contra de la revolución bolchevique y era el más arduo enemigo del Kremlin de los pasados veinte años. Poco a poco tomaba forma lo que prontamente se bautizaría por el mismo Churchill como la cortina de hierro.

Por otro lado, la intervención de las tropas británicas en Grecia en contra de los comunistas por su sugerencia y el haber ahogado en sangre la revolución socialista que se estaba gestando en este país sin respeto por su soberanía, le costó a Churchill el puesto de primer ministro británico en 1946. Aún así, logró formar parte de la comitiva británica que en ese año haría una visita oficial a EUA. En esta visita, Churchill sostuvo un largo discurso en el parlamento estadounidense. Fue aquí dónde se habló por primera vez en la historia y con consecuencias proféticas, de la llamada ”cortina de hierro” que iría, según el propio Churchill, desde Trieste en Italia hasta el mar Báltico [Chu64].

Algunas observaciones que haría Eric Hobsbawm al respecto de la relación entre las dos ideologías que marcarán la pauta del marcado desencuentro que sostenía la idea de la Guerra fría aparecida de manera inmediata al término de la segunda guerra mundial y que duraría a lo largo de toda la segunda parte de lo que este autor denominó el siglo XX corto y que empieza con la primera guerra mundial y termina con los sucesos coyunturales de 1989, llaman fuertemente la atención. El autor escribió que una de las ironías del extraño siglo XX es que ”el resultado más perdurable de la revolución de octubre, cuyo objetivo era acabar con el capitalismo a escala planetaria, fuera el de haber salvado a su enemigo acérrimo, tanto en la guerra como en la paz, al proporcionarle el incentivo –el temor- para transformarse desde dentro al terminar la segunda guerra mundial y al dar difusión al concepto de planificación económica, suministrando al mismo tiempo algunos procedimientos necesarios para su reforma” [Hob01].

El autor prosigue explicando que ”la fuerza del desafío planetario que el socialismo planteaba al capitalismo radicaba en la debilidad de su oponente. Sin el hundimiento de la sociedad burguesa decimonónica durante la era de las catástrofes (I guerra mundial y conflictos de inicio del siglo XX) no habría habido revolución de octubre ni habría existido la URSS. El sistema económico improvisado en el núcleo euroasiático rural arruinado del antiguo imperio zarista, al que se dio el nombre de socialismo, no se hubiera considerado –nadie lo habría hecho- como una alternativa viable a la economía capitalista, a escala mundial. Fue la Gran Depresión de la década de 1930 la que hizo parecer que podía ser así, de la misma manera que el fascismo convirtió a la URSS en instrumento indispensable de la derrota de Hitler y, por tanto, en una de las dos superpotencias cuyos enfrentamientos dominaron y llenaron de terror la segunda mitad de siglo XX, pero que al mismo tiempo –como también ahora es posible colegir- estabilizó en muchos aspectos su estructura política. De no haber ocurrido todo ello, la URSS no se habría visto durante quince años, a mediados del siglo, al frente de un ”bando socialista” que abarcaba a la tercera parte de la raza humana, y de una economía que durante un fugaz momento pareció capaz de superar el crecimiento económico capitalista” [Hob01, p. 19].

El 1° de noviembre de 1944, se decidió crear un gobierno único en Yugoslavia. Además de las conclusiones sobre el gobierno conjunto, este acuerdo determinó la formación de la regencia y su ejercicio provisional así como las prerrogativas del jefe de estado, hasta la formación definitiva de los nuevos órganos después de la liberación total del país.

El 20 de octubre de 1944, tras el segundo bombardeo más devastador de su historia, realizado esta vez por parte de los aliados y aún inexplicable -la respuesta a la interrogante de por qué de la necesidad de destruir casi todas las ciudades yugoslavas, mayoritariamente serbias, como táctica para impedir la retirada alemana aún no ha sido dada-, Belgrado era liberado por las fuerzas conjuntas del Ejército Rojo y los partisanos, con lo cuál se consolidó la lucha por la liberación de Serbia y Macedonia.

El 1° de marzo de 1945, cuando ya había liberado además Dalmacia y Montenegro, el Ejército de Liberación sumaba cerca de 800,000 hombres alineados en 58 divisiones [Jov67]. Desde entonces lleva el nombre de Ejército Popular Yugoslavo (JNA), mientras que el estado mayor pasó a llamarse comandancia general. En las operaciones finales, que duraron hasta el 15 de mayo de 1945, fecha en que las tropas alemanas dirigidas por el comandante Löhr se entregaron al ejército yugoslavo, se logró romper el frente de Srem luego de una serie de enconadas batallas que permitieron liberar Zagreb el 8 de mayo. Días antes, el 1° del mismo mes, el 4° Ejército había liberado Trieste y, después de ocupar el valle del río Soča, alcanzó hasta la región de Koruška.

La cuestión de Trieste era netamente estratégica. Los aliados le habían advertido a Tito que bajo ninguna circunstancia podían dejar el control de la ciudad en manos del ejército yugoslavo y que si ocurriera que los partisanos llegaran a la ciudad anticipando a los aliados, debían entregar el control de ésta y ponerse a las ordenes de la nueva comandancia. Me parece emocionante el que mi propio abuelo me contara que el día de liberación de Trieste, el día 30 de abril de 1945, él y otros tres camaradas suyos tenían el encargo de introducirse clandestinamente a la ciudad incluso antes de la entrada de los partisanos, tomar la estación de radio y ser los primeros en transmitir desde un Trieste liberado... y yugoslavo. Resulta que lograron realizar la primera parte del plan pero a la hora de tener que iniciar la transmisión se encontraron con que nada en la estación servía – todo había sido ya destruido por los alemanes y los italianos. De todos modos de nada hubiera servido ya que a la hora que llegaron las tropas de los aliados, los toleraron no más de dos semanas antes de exigirles la retirada. Fue así como por algunas horas esta bella ciudad hoy italiana se había vuelto yugoslava, como lo había sido en años anteriores a la guerra.

El nuevo gobierno que había formado el mariscal Tito con fecha 7 de marzo de 1945 fue reconocido por los aliados en la Conferencia de Yalta. En su tercera sesión, del 7 de agosto de 1945, el Consejo Antifascista de Liberación Nacional se constituyó en Asamblea Popular provisoria, en la que quedaron representados algunos diputados no comprometidos, elegidos en 1938. Con anterioridad a las elecciones para la asamblea constituyente, Šubašić y sus colaboradores presentaron su renuncia y se retiraron del gobierno con el fin de crear dificultades que motivaran la intervención de las potencias extranjeras; en lo cual no tuvieron éxito alguno.

Las elecciones a la asamblea constituyente se realizaron el 11 de noviembre de 1945. Por la lista del frente popular, votó el 90.48% [ABC] de los electores; mientras que el 9.52% restante depositó cédulas en blanco. Con ello quedó decidida la organización política y social de la nueva Yugoslavia.

En cuanto a la renuncia del gobierno serbio en exilio y el trágico destino de Draža Mihailović, quién murió fusilado tras ser enjuiciado y condenado a muerte por las nuevas autoridades partisanas, los aliados tuvieron que comerse sus propias palabras y promesas de guardar respeto frente a las deciciones del pueblo.

De manera muy interesante, resulta que Charles De Gaulle, comandante de la resistencia francesa y posteriormente presidente de Francia, y Draža Mihailović, el comandante de las tropas de los chetniks, fueron compañeros de estudios. Además de ello, en sus memorias [DG68], De Gaulle señala su abierta postura pro serbia y su reprobación hacia la postura de Tito de no reunir las fuerzas de los partisanos y los chetniks, sino traicionar a los segundos a favor de su revolución social. Durante su gobierno, De Gaulle se rehusaba sistemáticamente en recibir a Tito en visita oficial a raíz de este hecho; sin embargo, sí asistió a su funeral en 1980.

La asamblea constituyente, elegida el 11 de noviembre de 1945 se reunió por primera vez el 29 del mismo mes y aprobó la declaración que proclamó la República Popular Federativa de Yugoslavia como ”estado federal de tipo republicano”, nombre que posteriormente se cambiaría para quedarse durante toda su existencia en la República Federativa Socialista de Yugoslavia (SFRJ, or sus siglas en serbio/croata). Iniciaba de esta manera la segunda parte del proceso de mediana duración del estado unificado de los pueblos sureslavos, en este momento bajo un régimen comunista.

Después de terminar la guerra, se convocaron las elecciones para la formación de nuevas asambleas, las cuales al constituirse aprobaron una nueva constitución (1946), confirmando así las conquistas de la guerra de liberación popular: el carácter democrático y federativo de la comunidad de los pueblos yugoslavos, los comités populares en tanto que base del poder popular, los nuevos derechos de los ciudadanos y los fundamentos del sistema socio-económico.

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