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29.7.08

La posguerra en la Yugoslavia socialista (en construcción)

Tras la capitulación de Alemania y al acabar la guerra, muchos cambios tomaron lugar en el mapa del ”viejo continente”. Los aliados se discutían cada metro cuadrado ganado o perdido en batalla. Yugoslavia perdió en esa segunda mitad de la década de los cuarenta un pedazo de Dalmacia incluyendo a Trieste aunque ganando algunos otros en regiones diversas.

Stalin, con su Ejército Rojo, avanzaba decididamente sobre toda la Europa oriental en una especie de ”reconquista” de territorios iniciada en la época de entreguerras. Los comunistas en Bucarest, Varsovia, Sofía y Budapest no entendían lo que les estaba sucediendo; eran víctimas forzadas de una política expansionista de Moscú poco diferente a las causas que originaron los dos conflictos bélicos más devastadores del siglo XX. Las paredes de todos los edificios de las grandes urbes que posteriormente fuesen obligadas a firmar el Pacto de Varsovia aparecían una vez mas con letreros como ”Padre Lenin, tus hijos se han vuelto locos”, ”No a la invasión”...

En el momento de sentir, en 1948, la amenaza de la invasión a la Yugoslavia socialista por parte de la URSS, Tito mandó a Koča Popović, el entonces jefe de la comandancia del ejército popular yugoslavo, a establecer contactos con EUA. Se le preguntó al gobierno de Truman cuál sería la reacción de los norteamericanos en caso de una invasión soviética a Yugoslavia. La respuesta no satisfizo a Tito; consistía únicamente en una enérgica oposición diplomática a tal acción sin intervención militar alguna. Acto seguido, Popović solicitó de Norteamérica ayuda en logística, misma que significaría armamento, ayuda económica, apoyo militar, etc. Tomando estas negociaciones como su antecedente directo, ese mismo año se firmó un tratado de apoyo logístico y militar entre Yugoslavia, Turquía y Grecia, conocido como el Pacto de los Balcanes; mismo que fungiría bajo el padrinazgo de la OTAN y no sería muy diferente a contar con un ala meridional de miembros del tratado del atlántico norte (OTAN). Este acuerdo, sin embargo, era redactado de tal manera que en ningún momento se veía amenazada la soberanía del territorio yugoslavo.

En caso de una invasión por parte de los soviéticos, toda la planeación de la defensa militar correría a cargo del gobierno titísta; ni las tropas estadounidenses ni ningunas otras, jamás tocarían suelo yugoslavo. Todo ello se debía a las extraordinarias dotes diplomáticas del mismo Tito; mismas que protegieron al país de intromisiones extranjeras en los operativos de liberación de Belgrado en conjunto con el Ejército Rojo en octubre de 1944, mismo que entró y salió de Yugoslavia sin permanecer allí por demasiado tiempo.

A partir de esos momentos inició la ayuda militar al ejército yugoslavo por parte de EUA. Fueron donados sobre todo aviones –por ejemplo, los famosos thunderbirds- y artillería pesada. Por otro lado, iniciaron también las estancias de oficiales de ejército yugoslavos en las academias militares de países de la OTAN. Desde esta época y hasta la desaparición de la Yugoslavia socialísta, se obtuvo en curso actual de divisas un poco más de 22,000 mdd en armamento, alimentos y otros tipos de ayuda, dentro de lo que fue una especie de tratado de libre comercio especial entre EUA y Yugoslavia.

La pregunta que saltaba naturalmente a la vista era ¿qué fue lo que le parecía tan atractivo en todo esto a Truman? Ello tenía que ver con políticas a largo plazo de los Estados Unidos. Yugoslavia era considerada la punta de lanza hacia la democratización de toda la Europa del este y de su desarrollo económico y político dependería el desenlace de la guerra fría en boga desde el mero comienzo de la segunda guerra mundial.

Todos estos acontecimientos intimidaron a Stalin y sus intenciones de anexión de Yugoslavia al bloque europeo bajo la influencia sovietica. Comprendió que no podía jugar con Yugoslavia sin enfrentarse a los EUA y al Occidente europeo. El tratado de los Balcanes no era una simple especulación política sino una realidad tajante. Josip Broz - Tito se volvía a salir con la suya en ese 1949.

En la URSS tuvo lugar una sangrienta persecución política en las época de los veintes y los treintas al igual que bajo todo el mandato de Stalin, un calvario en el cual perdieron la cabeza altos funcionarios, todos acusados de enemigos de estado. La presidencia en Belgrado tomó las mismas medidas para eliminar de raíz toda simpatía con las llamadas doctrinas ”estalinistas”. Años de establecimiento de poder. Momentos para definir el curso de las recién ganadas revoluciones; días de ”trabajo sucio” para gobiernos autoritarios.

Mira Milosevich [Mil00] comenta al respecto que después de la segunda guerra mundial, los comunistas se disfrazaban de chetniks para despertar el odio hacia el enemigo ideológico. Sin embargo, sigue la autora, a partir de 1948 el enemigo ideológico fueron los estalinistas. Con ellos no se podía jugar el juego de los disfraces, por una simple razón: hasta ayer todos los comunistas yugoslavos habían creído en Stalin y en la lucha revolucionaria rusa. Los que fueron enviados a desaparecer en Goli Otok, isla del archipiélago yugoslavo que fungía como cárcel natural para presos políticos del régimen de Tito, eran enemigos más personales que ideológicos de Tito y los titístas. Para la socióloga, Danilo Kiš, uno de los grandes intelectuales yugoslavos, acreedor a un gran número de premios nacionales e internacionales, opositor y crítico del sistema titísta, fue uno de los primeros en la Yugoslavia comunista que dijo públicamente "que los campos de concentración, sean fascistas o comunistas, son la misma cosa, y que dejasen de intentar convencernos de que lo nuestro, lo de izquierdas, era mejor porque era históricamente necesario (Marx) para llegar al paraíso donde no habrá ya clases ni lucha de clases. Que nosostros –los de izquierdas-, aunque queremos el exterminio de todos los que no piensan como nosotros, somos éticamente puros porque lo nuestro no es otra cosa que el camino histórico hacia un futuro mejor, porque a nosotros no nos importan ni las naciones ni las razas, y casi no nos importa ni la lucha de clases, sino una única clase: el proletariado, la clase que debe llegar al poder total. Matar en nombre del proletariado no es lo mismo que matar en nombre de la superioridad de una raza. Pero, para Kiš, es lo mismo. Se trata en ambos casos de matar en aras de una ideología totalitaria" [Mil00, p. 164].

Las condiciones económicas en Yugoslavia después de la guerra fueron complejas, sobre todo si se toma en cuenta el hecho que durante la segunda guerra mundial perdieron la vida alrededor de 1,750,000 yugoslavos [Jov69]. La industria, ya de por sí poco desarrollada, fue destruida durante la guerra, la agricultura fue fragmentada, las carreteras y vías férreas destruidas. Por una parte, era necesario reparar las consecuencias acarreadas por las devastaciones bélicas y renovar el país, y por otra parte debieron crearse las condiciones pertinentes para satisfacer las necesidades sociales de los pueblos yugoslavos, que además de luchar por su independencia nacional fueron protagonistas en la lucha de "liberación" popular, una guerra civil sangrieta de la cual salieron vencedores los comunistas en detrimento de todos los demás grupos políticos forzados al sometimiento, la encarcelación a al exilio (el voluntario y el no tanto). Cabe mencionar que en las primeras decadas de la reconstrucción del país participó en ésta la gran mayoría de la población, voluntariamente; reconstruía ciudades, trabajaba el campo hombro a hombro, unida por canciones "partisanas" de la guerra, la famosa Internacional y consignas similares.

Sin embargo, como siempre ocurre en cambios sociales tan radicales como el que se llevaba a cabo, existía una sombra de injusticia, de asesinatos, de nacionalizaciones que abarcaban el desalojo y le dejaban a las familias burguesas (y, por ende enemigas) mucho menos de lo que prescribía la ley. Se respiraba pues, en el aire, una guerra de resentimiento social muy peculiar aunque disfrazada por una maquinaria impresionante de propaganda hacia fuera, hacia el mundo. El estado se justificaba declarando que ello se debió a la naturaleza misma de las tareas que se tuvieron que resolver: en primer lugar a la necesidad de una intervención estatal vigorosa para superar los vestigios políticos y económicos del antiguo sistema capitalista y crear sólidas bases para un rápido desarrollo socialista.

El fin de esta etapa y el comienzo de las etapas siguientes de desarrollo de Yugoslavia fue marcado por la adopción de la Ley sobre la entrega de las empresas económicas a la gestión de las colectividades de trabajo (1950), y por la aprobación de la Ley Constitucional acerca de la Organización Social y Política de la República Socialista Federativa de Yugoslavia (1953).

Fue en 1953 cuando Josip Broz Tito fue elegido presidente de Yugoslavia, para asumir este cargo en condición de vitalicio a partir de 1974.

A la mitad de la época de los cincuenta, ya muerto Stalin y con Nikita Krushov como el nuevo líder, Rusia decidió finalmente limar sus asperezas con su ”hijo rebelde” y empezar a jugar con las nuevas regls del juego internacional. Todos esos años, Yugoslavia vivía severos bloqueos económicos intermitentes, primero por parte de la URSS y el Pacto de Varsovia y posteriormente por parte de los EUA y la OTAN, aunque a menor escala. No alinearse en esos momentos era un insulto sin precedentes hacia ambos polos de aquella realidad política.

Para Eric Hobsbawm [Hob01], en la práctica la situación mundial se hizo razonablemente estable poco después de la guerra y siguió siéndolo hasta mediados de los setenta, cuando el sistema internacional y sus componentes entraron en otro prolongado período de crisis política y económica. Hasta entonces ambas superpotencias habían aceptado el reparto desigual del mundo, habían hecho los máximos esfuerzos por resolver disputas sobre sus zonas de influencia sin llegar a un choque abierto de sus fuerzas armadas que pudiese llevarlas a la guerra y, en contra de la ideología y de la retórica de guerra fría, habían actuado partiendo de la premisa de que la coexistencia pacífica entre ambas era posible.

El historiador prosigue afirmando que este acuerdo tácito de tratar la guerra fría como una ”paz fría” se mantuvo hasta los años setenta. La URSS supo, o mejor dicho, aprendió en 1953 que los llamamientos de los Estados Unidos para ”hacer retroceder” el comunismo era simple propaganda radiofónica, porque los norteamericanos ni pestañearon cuando los tanques soviéticos restablecieron el control comunista durante un importante levantamiento obrero en Alemania del Este. A partir de entonces, tal como confirmó la revolución húngara de 1956, en opinión de Hobsbawm [Hob01], "Occidente no se entrometió en la esfera de control soviético.
Es probable, continúa el analista, que el período más explosivo de la guerra fría fuera el que medió entre la proclamación formal de la doctrina Truman (que expresaba que la política de Estados Unidos tenía que ser apoyar a los pueblos libres que se resisten a ser subyugados por minorías armadas o por presiones exteriores) en marzo de 1947 y abril de 1951, cuando el mismo presidente de los Estados Unidos destituyó al general MacArthur, comandante en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos en la guerra de Corea (1950-1953), que llevó demasiado lejos sus ambiciones militares. Durante esta época el temor de los norteamericanos a la desintegración social o a la revolución en países no soviéticos de Eurasia no era simple fantasía: al fin y al cabo, en 1949 los comunistas se hicieron con el poder de China.

Por su parte, la URSS se vio enfrentada con unos Estados Unidos que disfrutaban del monopolio del armamento atómico y que multiplicaban las declaraciones de anticomunismo militante y amenazador, mientras la solidez del bloque soviético empezaba a resquebrajarse con la ruptura de la Yugoslavia de Tito (1948). Además, a partir de 1949, el gobierno chino no sólo se involucró en una guerra de gran calibre en Corea sin pensárselo dos veces, sino que, a diferencia de otros gobiernos, estaba dispuesto a afrontar la posibilidad real de luchar y sobrevivir un holocausto nuclear" [Hob01, p. 232-233]. Todo podía suceder, escribe Hobsbawm.

La pésima cosecha de 1946, seguida por el terrible invierno 1946-47, puso aún más nerviosos tanto a los políticos europeos como a los asesores presidenciales norteamericanos, comenta el historiador. En esas circunstancias no es sorprendente que la alianza que habían mantenido durante la guerra las principales potencias capitalista y socialista, ésta ahora a la cabeza de su propia esfera de influencia, se rompiera, como tan a menudo sucede con coaliciones aún menos heterogéneas al acabar una guerra. Sin embargo, ello no basta para explicar porqué la política de los Estados Unidos tenía que basarse, por lo menos en sus manifestaciones públicas, en presentar el escenario de pesadilla de una superpotencia moscovita lanzada a la inmediata conquista del planeta, al frente de una ”conspiración comunista mundial” y atea siempre dispuesta a derrocar los dominios de la libertad. Y es que ahora resulta evidente, y era tal vez razonable incluso en 1945-1947, escribe Hobsbawm, que la URSS ni era expansionista –menos aún agresiva- ni contaba con extender el avance del comunismo más allá de lo que se supone se había acordado en las cumbres 1943-1945. De hecho, allí en donde la URSS controlaba regímenes y movimientos comunistas satélites, éstos tenían el compromiso específico de no construír estados según el modelo de la URSS, sino economías mixtas con democracias parlamentarias pluripartidistas, muy diferentes de la ”dictadura del proletariado” y ”más aún” de la de un partido único, descritas en documentos internos del partido comunista como ”ni útiles ni necesarias” [Hob01, apud. Spriano, P., I comunisti europei e Stalin, Turín, 1983, p. 265] . Los únicos regímenes comunistas que se negaron a esta línea fueron aquellos cuyas revoluciones que Stalin desalentó firmemente, escaparon al control de Moscú, como Yugoslavia.

Desde cualquier punto de vista racional, la URSS no representaba entonces ninguna amenaza inmediata para quienes se encontrasen fuera del ámbito de ocupación de las fuerzas del Ejército Rojo. Después de la guerra, se encontraba en ruinas, desangrada y exhausta, sigue Hobsbawm, con una economía civil hecha trizas y un gobierno que desconfiaba de una población, gran parte de la cual, fuera de Rusia, había mostrado una clara y comprensible falta de adhesión al régimen. En sus confines occidentales, la URSS continuó teniendo dificultades con las guerrillas ucranianas y de otras nacionalidades durante años. La URSS necesitaba toda la ayuda económica posible y, por lo tanto, no tenía ningún interés, a corto plazo, en enemistarse con la única potencia que podía proporcionársela, los Estados Unidos. No cabe duda, afirma Hobsbawm en la única aseveración que, según tu opinión justificaría todo lo anterior, que Stalin, en tanto que comunista, creía en la inevitable sustitución del capitalismo por el comunismo, y, en ese sentido, que la coexistencia de ambos sistemas no sería permanente.

Sin embargo, responde el historiador a sus propios cuestionamientos, la política de enfrentamiento entre ambos bandos surgió de su propia situación. La URSS, consciente de lo precario e inseguro de su posición, se enfrentaba a la potencia mundial de los Estados Unidos, conscientes de lo precario e inseguro de la situación en Europa central y occidental, y del incierto futuro de gran parte de Asia. El enfrentamiento es probable que se hubiese producido aun sin la ideología de por medio.

Nadie sabía mejor que Stalin, sigue el británico, lo malas que eran sus cartas. No cabía negociar las posiciones que le habían ofrecido Roosvelt y Churchill cuando la intervención soviética era esencial para derrotar a Hitler y todavía se creía que sería esencial para derrotar a Japón. La URSS podía estar dispuesta a retirarse de las zonas donde no estaba amparada por los acuerdos de las cumbres de 1943-1945, y sobre todo de Yalta, pero todo intento de revisión de Yalta sólo podía acogerse con una rotunda negativa, y de hecho, el ”no” del ministro de asuntos exteriores de Stalin, Molotov, en todas las reuniones internacionales posteriores a Yalta se hizo famoso. Los norteamericanos tenían la fuerza de su lado. La URSS, no.

En resumen, termina Hobsbawm su explicación, mientras que a los Estados Unidos les preocupaba el peligro de una hipotética supremacía mundial de la URSS en el futuro, a Moscú le preocupaba la hegemonía real de los Estados Unidos en el presente sobre todas las partes del mundo no ocupadas por el Ejército Rojo. No hubiera sido muy difícil convertir a una URSS agotada y empobrecida en otro satélite de la economía estadounidense, más poderosa por aquel entonces que todas las demás economías mundiales juntas. La intransigencia era la táctica lógica [Hob01, p. 235-238]. El mundo se encontraba en plena guerra fría.

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28.7.08

Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial en Yugoslavia (en construcción)

Hacia fines de 1943 se hallaba liberado casi un tercio del territorio yugoslavo; y en la segunda sesión del Consejo Antifascista de Liberación Nacional, efectuada en Jajce el 29 de noviembre de ese año, se dictaba la declaración de mayor importancia para la formación de la nueva Yugoslavia [Jov67]. Dicha Declaración dispuso la creación de un Comité Nacional de Liberación de Yugoslavia (NKOJ, por sus siglas en serbio/croata) como órgano superior provisorio del poder popular; la privación de todas las prerrogativas del gobierno en exilio; la prohibición de que el rey pudiera regresar al país mientras no lo decidiera así libremente el pueblo; y el que la nueva Yugoslavia se instituyera sobre el principio federativo.

A comienzos del verano de 1944, el Ejército de Liberación Nacional de Yugoslavia empezó las operaciones para la liberación final del país.

El Comité Nacional NKOJ hizo esfuerzos por lograr que fuera reconocida la nueva Yugoslavia, con base en la continuidad popular de los estados yugoslavos, el viejo y el que se intentaba crear. De acuerdo con esto, y bajo la influencia de los aliados, se establecieron los primeros contactos entre la autoridad en el país y el gobierno del Reino de Yugoslavia en la emigración.

En el sexto tomo de sus memorias, Winston Churchill [Chu64] habla de estos acontecimientos. Al declarado anticomunista y promonárquico Churchill, le preocupaba de sobremanera la política llevada a cabo por parte de Stalin en cuanto a ciertos territorios de Italia, Yugoslavia y sobretodo, de Grecia. En los momentos de la creación del nuevo mapa europeo, cada uno de los poderes económicos aliados deseaba conservar (Gran Bretaña o Francia, por ejemplo) o establecer (los EUA) su influencia sobre el mayor pedazo de territorio posible. En la carta enviada al presidente Roosvelt el 23 de junio de 1944, Sir Winston Churchill, bajo el punto 3, dice:

"Igualmente inicié las acciones intentando lograr la unificación de las fuerzas de Tito con las fuerzas en Serbia y todos aquellos que se encuentran con el gobierno monárquico serbio, el mismo que ambos hemos reconocido. En todas las fases ha estado informado acerca de cómo conllevamos esa difícil carga, misma que actualmente descansa sobre nosotros. Ahí nada sería más sencillo que aventarle al rey y su gobierno real a los lobos y permitir que en Yugoslavia estalle una guerra civil con toda la simpatía de parte de Alemania. Yo en ambos casos intento crear algo de orden en todo ese caos y que todos los esfuerzos se unifiquen en contra del enemigo común" [Chu64, p. 73].

En estos intentos por lograr la unificación entre la corona serbia y las fuerzas militares de Tito se llegaba a extremos. El día 12 de agosto de 1944, Churchill incluso sostuvo una reunión con Tito. Después de exponer acerca del estado de los frentes y acordar su colaboración acerca de la liberación de la península de Istria y la creación de un pequeño puerto para poder transportar material de guerra a través del mar, acción en la que participarían también fuerzas yugoslavas, Churchill le preguntó a Tito acerca de sus relaciones con el gobierno monárquico yugoslavo. Tito respondió que "aún se estaban llevando a cabo batallas intensas entre los partisanos y las tropas de Mihailović, cuyas fuerzas se basan en la ayuda alemana y búlgara, y que la paz no era probable" [Chu64]. Respondiendo a ello, Winston Churchill le explicaba a Tito que (los aliados) no deseaban involucrarse en cuestiones políticas internas de Yugoslavia, pero que anhelaban que su país se vuelva fuerte, unificado y autónomo. Según Churchill [Chu64], Dr. Šubašić, el jefe de gobierno de la corona yugoslava en exilio, se mostraba muy aferrado a tal idea. Además, sigue el entonces Primer Ministro británico en sus memorias, "no podíamos traicionar al Rey. Tito dijo que entendía la obligación que teníamos hacia el rey Petar, pero que en ese sentido nada podía hacer hasta que terminara la guerra, momento en el cual sería el pueblo yugoslavo el que tuviera que decidir su futuro" [Chu64].

Churchill prosige su narración explicando:

"Posteriormente empecé a hablar acerca del futuro y opiné que la solución correcta para Yugoslavia tendría que ser un sistema basado en el campesinado, además de a lo mejor una paulatina reforma agraria en lugares dónde las propiedades fueran demasiado pequeñas. Tito me convencía que, como ya lo había declarado públicamente, no tiene deseo alguno de establecer en Yugoslavia un sistema comunista, con más razón si en la posguerra la mayoría de los países iban a ser regidos por regímenes democráticos. Los acontecimientos en los países pequeños dependen de las relaciones de las grandes potencias. Yugoslavia estará en posibilidades de aprovecharse de las cada vez mayores mejorías en tales relaciones y desarrollarse en una dirección democrática. Los Rusos tienen una misión con los partisanos, sin embargo sus miembros, lejos de defender cualquier idea acerca del establecimiento del sistema soviético en Yugoslavia, se declararon en contra de ello.

Le pregunté a Tito si le gustaría comprobar tal declaración acerca del comunismo públicamente, pero él no quiso hacer tal cosa, ya que parecería que hubiera sido obligado a dar tal declaración. Sin embargo, acordamos que hablara de tal sugerencia con el Dr. Šubašić, con quién tenía a bien reunirse por primera vez esa tarde" [Chu64, p. 84].


Posteriormente, se le advirtió a Tito y a Šubašić que los aliados podrían perder todo interés en involucrar las directivas yugoslavas en las decisiones sobre su territorio si la guerra en Yugoslavia se convirtiera en una guerra civil ordinaria y la lucha en contra de los alemanes se volviera simplemente una cuestión secundaria.

Churchill le envió en días siguientes una carta a Tito en donde le sugería estas cuestiones. El en ese entonces primer ministro británico señala en sus memorias lo siguiente al respecto:

"Los yugoslavos se disgustaron conmigo por haber opinado que el movimiento de los partisanos es separado del pueblo serbio. No insistí en ello, sobre todo porque Tito había dicho estar dispuesto a declarar públicamente que en Yugoslavia después de la guerra no se establecería el régimen comunista. Posteriormente discutimos acerca de la posibilidad de la reunión entre Tito y el rey Petar. Dije que la democracia florecía en Inglaterra bajo la monarquía constitucional y que opino que la posición internacional de Yugoslavia sería más fuerte bajo un rey que si se volviera cualquier república. Tito dijo que su país tuvo una pésima experiencia con su Rey y que se necesitaría tiempo para que el rey Petar con sus actitudes pudiera borrar de la memoria del pueblo sus relaciones con Mihailović. Él (Tito), en principio, no tiene nada en contra de reunirse con el Rey, pero opina que aún no es el momento. Así, decidimos encomendarles a él y a Šubašić el decidir ese momento" [Chu64, p. 87].

La aceptación de los partisanos como un ejército formal y amigo no fue fácil por parte de los miembros de la entente. Parecía inadmisible en ese entonces permitir la creación de un estado comunista más, en el corazón de una Europa con cimientos en el capitalismo puro. Por otro lado, la situación era crítica. El enemigo poseía una fuerza inadvertida. Stalin y su Ejército Rojo eran unos aliados poderosos y, consecuentemente, poseían gran influencia sobre las decisiones de guerra de los aliados. En la conferencia de Teherán, celebrada en diciembre de 1943, los aliados decidieron prestar ayuda ”en la mayor medida posible” al Ejército de Liberación Nacional de Yugoslavia (los partisanos).

Para Eric Hobsbawm, ”sólo la alianza –insólita y temporal- del capitalismo liberal y el comunismo para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obra (no podría haber sido de otro modo), del Ejército Rojo. Desde una multiplicidad de puntos de vista, este período de alianza entre el capitalismo y el comunismo contra el fascismo –fundamentalmente las décadas de 1930 y 1940- es el momento decisivo en la historia del siglo XX” [Hob01].

El primer acuerdo entre el NKOJ y Šubašić, presidente del gobierno emigrado en Londres, fue firmado el 16 de junio de 1944; con ello se ”legalizó el doble poder de carácter formal” en Yugoslavia. Tanto el NKOJ como el gobierno en Londres fueron considerados, según acuerdo tácito, gobiernos legales de Yugoslavia.

Churchill escribió acerca de su visita a Stalin en Moscú el día 9 de octubre de 1944:

"El momento era propicio para la terminación de negocios, así que dije: ”Ordenemos de una vez nuestras cuestiones en los Balcanes. Sus ejércitos están en Rumania y en Bulgaria. Nosotros allí tenemos intereses, misiones y agentes. No permitamos que entre nosotros haya malentendidos acerca de cosas insignificantes. En cuanto a Bretaña y Rusia, ¿les convendría el tener 90% de influencia en Rumania, que nosotros tengamos 90% de influencia en Grecia y que en cuanto a Yugoslavia sea 50-50%? Mientras ello se estaba traduciendo, escribí sobre media hoja de papel:

Rumania:
Rusia...............................90%
Los demás......................10%
Grecia:
Gran Bretaña................90%
(con EUA)
Rusia..............................10%

Yugoslavia.................................50 - 50%
Hungría......................................50 – 50%

Bulgaria:
Rusia..............................75%
Los demás.....................25%.

Le pasé la hoja a través de la mesa a Stalin, quién mientras, ya había escuchado la traducción. Aconteció una pequeña pausa. Posteriormente agarró su pluma azul y puso sobre el papel un gran párrafo, acto seguido devolviéndonoslo. Para solucionar todo ello no era necesario más tiempo que el que se tomó en escribirlo.

Como es natural, nosotros analizábamos de manera minuciosa y lenta nuestra postura y teníamos en mente únicamente los arreglos inmediatos en época de guerra. Ambos lados guardaban todas las cuestiones importantes para –como en ese entonces anhelábamos- una conferencia de paz para cuando la guerra habría terminado.

Posteriormente se hizo un largo silencio. El papel escrito a lápiz yacía a la mitad de la mesa. Finalmente opiné: ”¿Acaso no se tomará como bastante cínico de nuestra parte si llegara a parecer que cuestiones tan trascendentes para millones de personas las hayamos resuelto de una manera tan sencilla? Quememos el papel.” ”No, guárdenlo”, repuso Stalin” [Chu64, p. 207].


Solamente tres años antes, Stalin aún apoyaba al Estado Independiente de Croacia (NDH) y se sujetaba al pacto de no agresión firmado con Hitler, oponiéndose en ambas políticas a la voluntad británica, y por su lado, Churchill había luchado en Rusia en contra de la revolución bolchevique y era el más arduo enemigo del Kremlin de los pasados veinte años. Poco a poco tomaba forma lo que prontamente se bautizaría por el mismo Churchill como la cortina de hierro.

Por otro lado, la intervención de las tropas británicas en Grecia en contra de los comunistas por su sugerencia y el haber ahogado en sangre la revolución socialista que se estaba gestando en este país sin respeto por su soberanía, le costó a Churchill el puesto de primer ministro británico en 1946. Aún así, logró formar parte de la comitiva británica que en ese año haría una visita oficial a EUA. En esta visita, Churchill sostuvo un largo discurso en el parlamento estadounidense. Fue aquí dónde se habló por primera vez en la historia y con consecuencias proféticas, de la llamada ”cortina de hierro” que iría, según el propio Churchill, desde Trieste en Italia hasta el mar Báltico [Chu64].

Algunas observaciones que haría Eric Hobsbawm al respecto de la relación entre las dos ideologías que marcarán la pauta del marcado desencuentro que sostenía la idea de la Guerra fría aparecida de manera inmediata al término de la segunda guerra mundial y que duraría a lo largo de toda la segunda parte de lo que este autor denominó el siglo XX corto y que empieza con la primera guerra mundial y termina con los sucesos coyunturales de 1989, llaman fuertemente la atención. El autor escribió que una de las ironías del extraño siglo XX es que ”el resultado más perdurable de la revolución de octubre, cuyo objetivo era acabar con el capitalismo a escala planetaria, fuera el de haber salvado a su enemigo acérrimo, tanto en la guerra como en la paz, al proporcionarle el incentivo –el temor- para transformarse desde dentro al terminar la segunda guerra mundial y al dar difusión al concepto de planificación económica, suministrando al mismo tiempo algunos procedimientos necesarios para su reforma” [Hob01].

El autor prosigue explicando que ”la fuerza del desafío planetario que el socialismo planteaba al capitalismo radicaba en la debilidad de su oponente. Sin el hundimiento de la sociedad burguesa decimonónica durante la era de las catástrofes (I guerra mundial y conflictos de inicio del siglo XX) no habría habido revolución de octubre ni habría existido la URSS. El sistema económico improvisado en el núcleo euroasiático rural arruinado del antiguo imperio zarista, al que se dio el nombre de socialismo, no se hubiera considerado –nadie lo habría hecho- como una alternativa viable a la economía capitalista, a escala mundial. Fue la Gran Depresión de la década de 1930 la que hizo parecer que podía ser así, de la misma manera que el fascismo convirtió a la URSS en instrumento indispensable de la derrota de Hitler y, por tanto, en una de las dos superpotencias cuyos enfrentamientos dominaron y llenaron de terror la segunda mitad de siglo XX, pero que al mismo tiempo –como también ahora es posible colegir- estabilizó en muchos aspectos su estructura política. De no haber ocurrido todo ello, la URSS no se habría visto durante quince años, a mediados del siglo, al frente de un ”bando socialista” que abarcaba a la tercera parte de la raza humana, y de una economía que durante un fugaz momento pareció capaz de superar el crecimiento económico capitalista” [Hob01, p. 19].

El 1° de noviembre de 1944, se decidió crear un gobierno único en Yugoslavia. Además de las conclusiones sobre el gobierno conjunto, este acuerdo determinó la formación de la regencia y su ejercicio provisional así como las prerrogativas del jefe de estado, hasta la formación definitiva de los nuevos órganos después de la liberación total del país.

El 20 de octubre de 1944, tras el segundo bombardeo más devastador de su historia, realizado esta vez por parte de los aliados y aún inexplicable -la respuesta a la interrogante de por qué de la necesidad de destruir casi todas las ciudades yugoslavas, mayoritariamente serbias, como táctica para impedir la retirada alemana aún no ha sido dada-, Belgrado era liberado por las fuerzas conjuntas del Ejército Rojo y los partisanos, con lo cuál se consolidó la lucha por la liberación de Serbia y Macedonia.

El 1° de marzo de 1945, cuando ya había liberado además Dalmacia y Montenegro, el Ejército de Liberación sumaba cerca de 800,000 hombres alineados en 58 divisiones [Jov67]. Desde entonces lleva el nombre de Ejército Popular Yugoslavo (JNA), mientras que el estado mayor pasó a llamarse comandancia general. En las operaciones finales, que duraron hasta el 15 de mayo de 1945, fecha en que las tropas alemanas dirigidas por el comandante Löhr se entregaron al ejército yugoslavo, se logró romper el frente de Srem luego de una serie de enconadas batallas que permitieron liberar Zagreb el 8 de mayo. Días antes, el 1° del mismo mes, el 4° Ejército había liberado Trieste y, después de ocupar el valle del río Soča, alcanzó hasta la región de Koruška.

La cuestión de Trieste era netamente estratégica. Los aliados le habían advertido a Tito que bajo ninguna circunstancia podían dejar el control de la ciudad en manos del ejército yugoslavo y que si ocurriera que los partisanos llegaran a la ciudad anticipando a los aliados, debían entregar el control de ésta y ponerse a las ordenes de la nueva comandancia. Me parece emocionante el que mi propio abuelo me contara que el día de liberación de Trieste, el día 30 de abril de 1945, él y otros tres camaradas suyos tenían el encargo de introducirse clandestinamente a la ciudad incluso antes de la entrada de los partisanos, tomar la estación de radio y ser los primeros en transmitir desde un Trieste liberado... y yugoslavo. Resulta que lograron realizar la primera parte del plan pero a la hora de tener que iniciar la transmisión se encontraron con que nada en la estación servía – todo había sido ya destruido por los alemanes y los italianos. De todos modos de nada hubiera servido ya que a la hora que llegaron las tropas de los aliados, los toleraron no más de dos semanas antes de exigirles la retirada. Fue así como por algunas horas esta bella ciudad hoy italiana se había vuelto yugoslava, como lo había sido en años anteriores a la guerra.

El nuevo gobierno que había formado el mariscal Tito con fecha 7 de marzo de 1945 fue reconocido por los aliados en la Conferencia de Yalta. En su tercera sesión, del 7 de agosto de 1945, el Consejo Antifascista de Liberación Nacional se constituyó en Asamblea Popular provisoria, en la que quedaron representados algunos diputados no comprometidos, elegidos en 1938. Con anterioridad a las elecciones para la asamblea constituyente, Šubašić y sus colaboradores presentaron su renuncia y se retiraron del gobierno con el fin de crear dificultades que motivaran la intervención de las potencias extranjeras; en lo cual no tuvieron éxito alguno.

Las elecciones a la asamblea constituyente se realizaron el 11 de noviembre de 1945. Por la lista del frente popular, votó el 90.48% [ABC] de los electores; mientras que el 9.52% restante depositó cédulas en blanco. Con ello quedó decidida la organización política y social de la nueva Yugoslavia.

En cuanto a la renuncia del gobierno serbio en exilio y el trágico destino de Draža Mihailović, quién murió fusilado tras ser enjuiciado y condenado a muerte por las nuevas autoridades partisanas, los aliados tuvieron que comerse sus propias palabras y promesas de guardar respeto frente a las deciciones del pueblo.

De manera muy interesante, resulta que Charles De Gaulle, comandante de la resistencia francesa y posteriormente presidente de Francia, y Draža Mihailović, el comandante de las tropas de los chetniks, fueron compañeros de estudios. Además de ello, en sus memorias [DG68], De Gaulle señala su abierta postura pro serbia y su reprobación hacia la postura de Tito de no reunir las fuerzas de los partisanos y los chetniks, sino traicionar a los segundos a favor de su revolución social. Durante su gobierno, De Gaulle se rehusaba sistemáticamente en recibir a Tito en visita oficial a raíz de este hecho; sin embargo, sí asistió a su funeral en 1980.

La asamblea constituyente, elegida el 11 de noviembre de 1945 se reunió por primera vez el 29 del mismo mes y aprobó la declaración que proclamó la República Popular Federativa de Yugoslavia como ”estado federal de tipo republicano”, nombre que posteriormente se cambiaría para quedarse durante toda su existencia en la República Federativa Socialista de Yugoslavia (SFRJ, or sus siglas en serbio/croata). Iniciaba de esta manera la segunda parte del proceso de mediana duración del estado unificado de los pueblos sureslavos, en este momento bajo un régimen comunista.

Después de terminar la guerra, se convocaron las elecciones para la formación de nuevas asambleas, las cuales al constituirse aprobaron una nueva constitución (1946), confirmando así las conquistas de la guerra de liberación popular: el carácter democrático y federativo de la comunidad de los pueblos yugoslavos, los comités populares en tanto que base del poder popular, los nuevos derechos de los ciudadanos y los fundamentos del sistema socio-económico.

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