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17.8.05

Del período entre la I y la II Guerras Mundiales

El naciente estado sudeslavo, a decir el Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos (detalles del proceso de su creación ya se habían explicado aquí, en este blog), se vio inmediatamente afectado por el problema de nacionalidades (discutido ampliamente aquí y aquí), que quedó sin resolverse al negársele a montenegrinos y macedonios su individualidad nacional, añadida ésta última a las ya existentes dificultades que involucraban a croatas, eslovenos y albaneses de Kosovo. La Corona serbia reinaba sobre todos. Además, y consecuente con el sistema monárquico, el dominio de la burguesía en el nuevo reino significaba diversas injusticias políticas y sociales para las capas inferiores de la sociedad.


Mapa de Europa entre la I y la II Guerras Mundiales, en época de la llamada Guerra Total (1914-1945).
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)

Al final de la I Guerra Mundial en las tierras sudeslavas los problemas económicos, los étnico-religiosos ocasionados por el cambio de fronteras y la aparición de un nuevo mapa creado a partir de la disolución de los imperios turco, austro-húngaro y ruso, al igual que el intento de imitar los procesos de creación de los estados-nación y la paulatina "democratización" llevados a cabo en el Occidente a las realidades tan diferentes y mucho más complicadas balcánicas, ocasionó, todo junto, la creación de un escenario sumamente volátil, acuñándose en esta época de manera acertada la expresión de "polvorín" para depictar el lugar que los Balcanes se estaban ganando en la diplomacia internacional para la época de entreguerras y que no ha cambiado mucho hasta la actualidad.

Steven W. Sowards, profesor de la Universidad Estatal de Michigan (Michigan State University) en EUA, escribe atinadamente en el capítulo "Las políticas balcánicas giran a la derecha" (Balcan Politics drifts to the Right) [Saw96_18], parte de sus Veinticinco lecciones sobre la historia contemporánea de los Balcanes (Twenty-Five Lectures on Modern Balkan History) que para entender la realidad balcánica al término de la I Guerra Mundial, es preciso tener en cuenta lo siguiente:

(Primero.) Que Bulgaría perdió (en la I Guerra Mundial, N. del T.), 110,000 soldados de una población total de 5 millones, después de las 50,000 bajas sufridas durante las Guerras Balcánicas. Por cada muerto en batalla, otros tres eran heridos. 275,000 civiles búlgaros murieron de enfermedades y malnutrición durante la guerra [Saw96_18].

Serbia y Montenegro tenían una población combinada de 5 millones y sufrieron 300,000 muertes de soldados. Murieron 50,000 civiles. Otros 150,000 soldados sudeslavos (incluídos los croatas y eslovenos) murieron luchando por Austrohungría [Saw96_18].

23,000 soldados griegos murieron a la par de 130,000 civiles, algunos de los cuales murieron de inanición durante el bloqueo de los aliados en contra del régimen realista. Cientos de barcos mercantiles fueron perdidos por ataques de submarinos alemanes [Saw96_18].

Rumanía perdió 336,000 soldados en combate y por enfermedades, junto con otros 275,000 civiles [Saw96_18].

Los recursos económicos estaban destruidos, incluyendo al ganado que representaba el recurso clave para el transporte, el arado, como fuente de fertilizantes, carne, leche y productos de piel. En Yugoslavia, el número de animales decayó en un cuarto, los caballos se redujeron en un tercio, mientras que los cerdos, las cabras y las obejas, a la mitad [Saw96_18]. (...)

Segundo, la centralización de economías de guerra fomentó malos habitos y estructuras burocráticas que interferían con las fuerzas de mercado. Las revoluciones del siglo diecinueve habían removido algunos obstáculos añejos -incluso medievales- para el crecimiento económico, tales como impuestos excesivos, la dependencia campesina y monopolios oficiales ineficientes. La guerra deshizo muchos de estos logros. Durante la guerra las actividades económicas eran de nuevo dirigidas desde arriba con pocas preocupaciones de las necesidades locales. Las autoridades militares controlaban la inversión y las decisiones de producción en las fábricas, granjas y minas, creando un sistema que David Mitrany llamó "socialismo de estado de guerra". Los bienes enemigos capturados eran expropiados o incluso removidos físicamente. En sus propios países, las demandas militares llevaron a situaciones de escacés para los civiles. Por ejemplo, los terratenientes eran forzados a cultivar granos específicos para contrarrestar la escacés de aceites vegetales, mientras que la maquinaria agrícola y los trabajadores eran transferidos de un distrito a otro, dejando algunas regiones sin recursos necesarios para manejar sus propias granjas. Las cosechas disminuyeron en esos distritos: por ejemplo, la producción búlgara del grano en 1918 había caído en un 60% de los niveles de 1914 [Saw96_18].

Tercero, este tipo de economía comandada socavó los recién ganados derechos civiles y políticos. Los campesinos fueron forzados a donar trabajo no pagado a las autoridades locales. Los cárteles acereros, químicos y petroleros ejercieron un control arbitrario similar en áreas urbanas. Tales actos errosionaron la confianza en la administración estatal, mientras que los ciudadanos contaban con pocos remedios, gracias a la ley marcial y la censura [Saw96_18].

Cuarto, incluso los frutos de las victorias causaron dislocaciones económicas, cuando los ganadores tuvieron que asimilar provincias completas y millones de nuevos ciudadanos. Las burocracias de los pequeños Estados se encontraban abrumadas. Yugoslavia contaba ahora con un territorio tres veces mayor al de Serbia (de 247,542 kilómetros cuadrados, volviéndose con ello el país de mayor extensión de esa epoca en los Balcanes, N. del T.), con una población más que duplicada. Rumanía experimentó un crecimiento similar. Las nuevas fronteras de la región distorsionaron los patrones comerciales y los sistemas de transporte existentes antes de la guerra. La división de Austrohungría, por ejemplo, separó la industria de las materias primas que habían prosperado juntos dentro de un país extenso sin barreras aduanales. Las ciudades industriales centrales, como Budapest, perdieron acceso a las minas y los productos agrícolas. Las fábricas cerraron, mientras que los mineros y los campesinos experimentaban muchos problemas en encontrar nuevas fábricas que aceptaran sus productos. Tanto el decrecimiento absoluto en la producción como las nuevas fronteras dificultaban el comercio internacional. En 1921, Hungría exportaba harina de grano a un tercio de su precio de antes de la guerra, ganado a un quinto y bienes industriales como a la mitad [Saw96_18]. (...)

Quinto, la guerra había causado inflación debido al exceso de impresión de bonos bancarios para cubrir los costos del conflicto, redujo la confianza en la economía balcánica de la posguerra, mientras que los préstamos otorgados durante la guerra habían duplicado o triplicado las deudas estatales. La moneda húngara valía en 1918 el 40% de su valor anterior a la guerra y únicamente el 15% en 1919. A ello le siguió una hiper-inflación: el franco suizo, que valía 2 florínes y un cuarto en 1914, compraba 18,000 florínes en 1924. En Rumanía, el lei rumano se estabilizaba a la mitad de los años veinte en 2% de su valor anterior a la guerra. Antes de la guerra, la leva búlgara era comercializada a la par del franco suizo; en 1924 un franco compraba 2,500 levas. Como resultado, los bancos y los individuos perdieron todos sus ahorros [Saw96_18].

Sexto, cuando los sacrifios del campesinado durante el conflicto forzó a los régimenes de la posguerra a realizar reformas en cuestión de tierras, el resultado común fue una productividad agrícola reducida. En el período de entre guerras, la población de los Balcanes se incrementó debido a la reducción en la mortalidad infantil y las nuevas restricciones legales impuestas en EUA para disminuír la inmigración, la cuál había funcionado como una válvula de escape. La industria de los Balcanes resultaba aún demasiado débil para absorber a los residentes rurales que abandonaban el campo. Para los años treinta, un estimado de 61% de la población rural yugoslava resultaba superflua (en términos económicos claro, N. del T.): es decir, la misma cantidad de trabajo se habría logrado si ellos no existieran. Para Bulgaria, la cifra era de 53%; para Rumanía, de 52% [Saw96_18].

A pesar de la baja productividad de las pequeñas granjas dirigidas por familias campesinas, algunos regímenes balcánicos las apoyaban por razones políticas y aplicaron medidas en cuestión de reformas de repartición de tierras para dividir extensas propiedades expropiadas después de la guerra en áreas como Bosnia-Herzegovina y Croacia. El tamaño promedio de una granja yugoslava era de apenas 5 hectáreas, el tamaño mínimo viable. Las granjas macedonias, bosnias y dálmatas eran incluso más pequeñas. La producción familiar de subsistencia permaneció siendo la regla en estas pequeñas granjas, con muy pocas cosechas producidas para la exportación o la venta a la industria. Los granjeros eran demasiado pobres para poder costear tractores, arados metálicos o fertilizantes químicos, lo cuál mantenía la producción agrícola a la baja. El comercio interno también había sufrido: la mayoría de los campesinos eran demasiado pobres para comprar bienes de consumo. La reforma de repartición de tierras de la posguerra creó condiciones similares para los campesinos rumanos, también [Saw96_18].

Séptimo, la proporción de la población empleada en la industria permaneció pequeña. En Gran Bretaña, el 37% de la población trabajaba en la industria en el umbral de la II Guerra Mundial. Hungría tenía la proporción más alta con 23%; la cifra era 11% para Yugoslavia, 8% para Bulgaria y 7% en Rumanía. Y aunque existía también cierta expansión industrial, demasiada involucraba industrias ligeras, como procesamiento de alimentos y textiles. El ingreso de los bienes producidos por la industria ligera era bajo, devaluando el valor de la producción industrial per capita. Las cifras eran $140 per capita en Gran Bretaña en 1938; en los Balcanes, Hungría tenía la producción más alta con $26 per capita, Rumanía la más baja con $12 per capita. Las cifras del ingreso nacional eran más equilibradas: $440 per capita para Gran Bretaña, $120 en Hungría y entre $75 y $81 en otros lados del sudeste de Europa [Saw96_18].

Octavo y último, la Gran Depresión empeoró las cosas. Como las naciones intentaron proteger las industrias domésticas de la competencia extranjera, las políticas proteccionistas se expandieron, sin embargo empeorando las cosas. Las tazas y precios más altos redujeron la demanda extranjera por los productos sgrícola de los productores balcánicos. Las eportaciones rumanas de grano cayeron en 73% en el período de 1929 1 1934. A lo largo de los Balcanes, los niveles totales de exportación se derrumbaron al 40% de su nivel alcanzado en 1929 [Saw96_18].

Por su lado, el progresista y liberal político e historiador serbio Vladimir Ćorović (asesinado por el ejército alemán nacional-socialista a su entrada a Belgrado en 1941), escribe en su libro Istorija srpskog naroda (Historia del pueblo serbio) en la década de los treinta [Cor41], en el capítulo Izmedju dva svetska rata (Entre las dos guerras mundiales), que tras la firma de los diversos tratados de paz entre 1919 y 1920, los problemas de la Yugoslavia de la posguerra se agudizaban no con los enemigos de la recién culminada guerra, sino con un ex-aliado, Italia. Ćorović comenta que en Italia, ciertos elementos se habían opuesto desde el primer momento a la creación de la gran Yugoslavia, ya que deseaban evitar la aparición de un vecino sólido en la costa oriental del mar Adriático, al cuál les gustaba considerar como un lago interior italiano; vecino que en un futuro podría convertirse en rival o enemigo. Además de ello, en Italia ya aparecían para ese entonces los deseos de expansión hacia la península balcánica. Tras la revolución bolchevique en Rusia y la destrucción del Imperio austrohúngaro, muchos italianos creyeron que podían iniciar con acciones expansivas sin entrar en conflicto directo con ninguna potencia, mientras que la enemistad entre los serbios y los búlgaros y su nula confianza mútua podían únicamente facilitarles este trabajo. Los territorios de arranque habían de ser Albania y Dalmacia [Cor41]. Por todo ello, inmediatamente después de la firma de los tratados de paz en 1918 empezaron con represiones en contra de la población sudeslava en su territorio emitiendo señales indudables de ánimo belicoso en contra del gobierno en Belgrado. En la conferencia para la paz, las exigencias italianas se alejaban del tratado firmado en Londres, que obligaba tanto a Gran Bretaña como a Francia a no intervenir en cuestiones internacionales sino por medio de la Liga de las Naciones. Por suerte, la presión italiana era repelida por medio de iniciativas sugeridas por el presidente Wilson de Estados Unidos [Cor41]. Éste defendía el principio de pertenencia étnica y el derecho a la libre decisión de los pueblos, rechazando exigencia puramente imperialistas. De todas maneras, tras varios años de crisis, el Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos perdía la ciudad de Rijeka (Fiume), que era anexada a Italia por medio del pacto firmado por ambos gobiernos el 27 de enero de 1924 [Cor41], con lo cual las relaciones bilaterales llegaban a un nivel de supuesta calma y carente de animosidad inmediata.

Todo ello cambiaba, claro está, con la famosa marcha de los "camisas negras" fascistas a Roma, la noche del 27 de octubre de 1922, en medio de una crisis económica tremenda, imponiendo a Benito Mussolini en el poder de la nueva Italia fascista con claras pretensiones imperialistas. Las direcciones de la expansión fascista, una vez asegurado el poder al interior, eran en primer lugar los Balcanes y Africa del norte. Una vez asegurado el puerto de Rijeka (Fiume), el Duche anexaba territorios de Albania a Italia.

Ćorović prosigue explicando la intromisión política y hasta militar de la corona yugoslava en la cuestión de Albania, apoyando la creación de la República Miridita (Meridional) independiente, lo cual le ocasionó al gobierno de Belgrado una enérgica protesta en contra por parte del gobierno inglés y de la Liga de las Naciones, en otoño de 1921 [Cor41]. Cuando en 1924 llegaba al poder en Albania el llamado grupo nacionalista de Fan Noli y cuando, junto con los búlgaros, empezaba a armar y entrenar a grupos de chachaks (bandas de asaltantes y guerrilleros) dirigidos en contra del Reino de Yugoslavia, el gobierno yugoslavo había ayudado de manera indirecta a que se derrocara el gobierno de Fan Noli a manos del grupo de simpatizantes de Ahmed beg Zogu, organozado en territorio yugoslavo. Poco tiempo después de esto, Ahmed beg Zogu creaba la República albanesa organizada a imagen y semejanza de la turquía de Kemal Ataturk. Estas relaciones amistosas entre Albania y Yugoslavia iban en contra de los intereses italianos, por lo que el gobierno fascista italiano fascista firmó el pacto con Ahmed beg Zogu, pasando a ser Albania de nuevo un protectorado italiano, coronándose el 1ero de septiembre de 1928 Ahmed beg Zogu rey de la Albania italiana [Cor41].

Mientras tanto, y a partir ya de 1924, la enemistad italiana en contra de los yugoslavos no se escondía. Los eslovenos y croatas que vivían en la península de Istria (en ese entonces, parte de Italia) eran expulsados o forzados a irse de manera voluntaria, mientras que sus escuelas y otras instituciones eran clausuradas y destruidas. Bulgaria y Hungría ganaban en Roma a un aliado valiso para sus políticas anti-yugoslavas y revisionístas. La emigración montenegrina abandonaba paulatinamente Italia, mientras que Roma apoyaba abiertamente el separatismo croata, aceptándo a los separatistas croatas corridos de Yugoslavia [Cor41]. Intentando contrarrestar los ataques italianos en todas sus fronteras, el gobierno de Belgrado firmaba el 11 de septiembre de 1927 un pacto de amistad con Francia. Italia, sumida ya desde hacía tiempo en una lucha más o menos abierta con Francia por el control del mar Mediterráneo, recibió esta noticia con gran disgusto, firmando a la vez un tratado de cooperación militar con Albania para los siguientes 20 años [Cor41].

Al referirse a las relaciones multilaterales de los países balcánicos, Ćorović comenta que aunque al término de la I Guerra Mundial el gobierno en Bulgaria habpia sido constituído por Aleksandar Stamboliski y su partido por la repartición de tierra (Zemljodelska Stranka) quienes intentaban entablar mejores relaciones con Yugoslavia, en ese país existían demasiados actores, públicos y clandestinos, que no deseaban aceptar el estado de las cosas. Los emigrantes macedonios y sus simpatizantes búlgaros (llamados makedonostvujusci), resultaban ser los agitadores más activos, quiénes trabajan muy duro al interior y en el extranjero para mantener abierta la cuestión de macedonia y los macedonios al interior del Reino de Yugoslavia y en Grecia. Para lograrlo, los macedonios realizaban sistemáticamente acciones terroristas en Yugoslavia y en Grecia, llamando al pueblo al levantamiento. Ello llevó a los gobiernos yugoslavo y griego a emitir una fuerte protesta al gobierno búlgaro en Sofía. Stamboliski por su parte, no le prestaba demasiada importancia a los makedonistvujusce, aunque consiente que sus acciones desestabilizaban la consolidación de la propia Bulgaria y sus relaciones con sus vecinos. Finalmente, el 23 de marzo de 1923, el gobierno búlgaro firmaba con el yugoslavo un tratado para iniciar medidas conjuntas para controlar las acciones de los grupos terroristas pro-macedonios. Sin embargo, fue ete tratado el que le costó la vida, ya que los makedonostvujusci, junto con la oposición militar y ciudadana organizaron un golpe de Estado el 9 de junio de ese 1923, matando al mismo Stamboliski después de torturarlo cinco días más tarde [Cor41]. El nuevo gobierno búlgaro, con Aleksandar Cankov a la cabeza intensificó la política anti-yugoslava, apoyando la creación de las llamadas troikas (tríos) que asesinaban y asaltaban a la población en territorio yugoslavo. El reino yugoslavo cerraba a raíz de ello sus fronteras, mientras que el gobierno búlgaro apoya toda su política exterior en Italia, atacando al reino yugoslavo constantemente en toda reunión internacional.

El primer país con el que el Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos lograba firmar una alianza estratégica era República Checoslovaca. Ello resultaba ser un desenlace natural de una larga historia de cooperación cultural y política. Con Hungría, que se encontraba en una situación sumamente difícil tras la desaparición del imperio habsbúrgico y que vivó incluso una efímera dictadura bolchevique ahogada en sangre para finalmente restaurar la monarquía a manos del antiguo rey Karlo. Sin embargo, éste tampoco pudo mantenerse mucho tiempo en el poder, ya que los vecinos de Hungría (Yugoslavia incluída), al igual que la mayoría de las grandes potencias (con excepción de una pequeña élite francesa) se habían opuesto enérgicamente a ello. El Consejo de Embajadores en París había expresado que "la restauración de la monarquía de los Habsburgo usurparía los principios de la paz lograda [Cor41]." Yugoslavia, Checoslovaquia y Rumanía se solidarizaron en esta cuestión de manera total, creando el 10 de junio de 1921 un pacto formal a iniciativa de Checoslovaquia, llamado la Pequeña Entente, que no tenía mayores pretensiones más que conservar las cosas tal y como estaban en ese momento. En cuanto a Polonia, las relaciones de Yugoslavia con este país no eran tan amistosas como en el caso de Checoslovaquia, pero tampoco tenían mayores desencuentros. Desde el 17 de septiembre de 1926, existía entre ellas incluso y un pacto formal de amistad [Cor41].

Para Eric Hobsbawm [Hob01], la Segunda Guerra Mundial tal vez podía haberse evitado, o al menos retrasado, si se hubiera restablecido la economía anterior a la guerra como un próspero sistema mundial de crecimiento y expansión. Sin embargo, después de que en los años centrales del decenio de 1920 parecieran superadas las perturbaciones de la guerra y la posguerra, la economía mundial se sumergió en la crisis más profunda y dramática que había conocido desde la revolución industrial. Y esa crisis instaló en el poder, tanto en Alemania como en Japón, a las fuerzas políticas del militarismo y la extrema derecha, decididas a conseguir la ruptura del status quo mediante el enfrentamiento, si era necesario militar, y no mediante el cambio radical negociado.

El mismo autor prosigue explicando que "la insatisfacción por el status quo no la manifestaban sólo los estados derrotados, aunque éstos, especialmente Alemania, creían tener motivos sobrados para el resentimiento, como así era. Todos los partidos alemanes, desde los comunistas, en la extrema izquierda, hasta los nacionalsocialistas de Hitler, en la extrema derecha, coincidían en condenar el tratado de Versalles como injusto e inaceptable. Paradójicamente, de haberse producido una revolución alemana, la situación de este país no habría sido tan explosiva" [Hob01]. De hecho, el partido comunista resultó en un segundo lugar, detrás del partido Nacionalsocialista en las elecciones que llevaron a Hitler al poder. El discurso de la izquierda alemana le parecía una alternativa atractiva a más de una tercera parte de alemanes en la década de los 1920's. Se buscaba una alternativa al estancamiento social por el que atravesaba Alemania, agudizado a partir del crack económico de 1929 que causó a que 6 millones de alemanes perdieran el empleo. De hecho, el Partido Comunista Alemán (KPD), sumergido en su propio radicalismo ideológico, "consideraba a los socialistas, denunciados obsesivamente como "social fascistas", como su principal adversario, no a los nazis. Entendían que la llegada de éstos al poder supondría la última carta del capitalismo, un "fenómeno pasajero", preludio evidente de la revolución obrera. En las elecciones de noviembre de 1932, las últimas antes de la llegada de Hitler al poder, los socialistas lograron 7,248,000 votos y los comunistas, 5,980,200: juntos sumaban más votos que los nacional-socialistas (NSDAP). Los comunistas hicieron imposible la unión de la izquierda."[Arte-Historia] Desgraciadamente para la humanidad, los vencedores se apartaron irremediablemente del status quo hacia horizontes insospechados.

Hobsbawm [Hob01] sigue explicando que los dos países derrotados en los que sí se había registrado una revolución, Rusia y Turquía, estaban demasiado preocupados por sus propios asuntos, entre ellos la defensa de sus fronteras, como para poder desestabilizar la situación internacional. En los años treinta, ambos países eran factores de estabilidad y, de hecho, Turquía permaneció neutral en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, también Japón e Italia, aunque integrados en el bando vencedor, se sentían insatisfechos; los japoneses con más justificación que los italianos, cuyos anhelos imperialistas superaban en mucho la capacidad de su país para satisfacerlos. De todas formas, Italia había obtenido de la guerra importantes anexiones territoriales en los Alpes, en el Adriático e incluso en el mar Egeo, aunque no había conseguido todo cuanto le habían prometido los aliados en 1915 a cambio de su adhesión. Sin embargo, el triunfo del fascismo, movimiento contrarrevolucionario y, por tanto, ultranacionalista e imperialista, subrayó la insatisfacción italiana. En cuanto a Japón, sigue Hobsbawm [Hob01], "su considerable fuerza militar y naval lo convertían en la potencia más formidable del Extremo Oriente, especialmente desde que Rusia desapareciera de escena. Esa condición fue reconocida a nivel internacional por el acuerdo naval de Washington en 1922, que puso fin a la supremacía naval británica estableciendo una proporción 5:5:3 en relación con las fuerzas navales de Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón. Pero sin duda Japón, cuya industrialización prograsaba a marchas forzadas, aunque la dimensión de su economía seguía siendo modesta, creía ser acreedor a un pedazo mucho más suculento del pastel del Extremo Oriente que el que las potencias imperiales blancas le habían concedido".

Para Hobsbawm, por muy inestable que fuera la paz establecida en 1918 y por muy grandes las posibilidades de que fuera quebrantada, es innegable que la causa inmediata de la Segunda Guerra Mundial fue la agresión de las tres potencias descontentas, vinculadas por distintos tratados desde mediados de los años treinta. Los episodios que pavimentan el camino hacia la guerra fueron: la invasión japonesa de Manchuria en 1931, la invasión italiana de Etiopía en 1935, la intervención alemana e italiana en la guerra civil española de 1936-1939, la invasión alemana de Austria a comienzos de 1938, la mutilación de Checoslovaquia por Alemania en los últimos meses de ese mismo año, la ocupación alemana de lo que quedaba de Checoslovaquia en marzo de 1939 (a la que siguió la ocupación de Albania por parte de Italia) y las exigencias alemanas frente a Polonia, que desencadenaron el estallido de la guerra. Se pueden describir, cosa que comparto plenamente con Hobsbawm, esos jalones en forma negativa: la decisión de la Sociedad de Naciones de no actuar contra Japón, la decisión de no adoptar medidas efectivas contra Italia en 1935, la decisión de Gran Bretaña y Francia de no responder a la denuncia unilateral por parte de Alemania del tratado de Versalles y, especialmente, a la reocupación militar de Renania en 1936, su negativa a intervenir en la guerra civil española (”no intervención”), su decisión de no reaccionar ante la ocupación de Austria, su rendición ante el chantaje alemán con respecto a Checoslovaquia (”el Acuerdo de Munich” de 1938) y la negativa de la URSS a continuar oponiéndose a Hitler en 1939 (el pacto firmado por Hitler y Stalin en 1939) [Hob01].

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28.6.05

La primera guerra mundial y la creación de la primera Yugoslavia

Tres imperios en decadencia, Austria-Hungría (1) y Rusia (1) por un lado y Turquía en medio de una crisis política propia por el otro (1), se debatían entre la revolución (la rusa de 1905 (1, 2, 3) y la turca de 1908 (1, 2), antecedente de la posterior, encabezada por Ataturk en 1919 (1)) y el desmembramiento; necesitaban conquistas territoriales y prestigio militar para enmascarar las crisis internas [1]. Por otra parte, la Europa de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX era testigo del ascenso de un nuevo poder que se hacia más importante, Alemania (1).

La actitud traidora de los dirigentes de la II Internacional (1, 2, 3) a su propia ideología internacionalista, que, violando los principios marxistas, apoyaron a sus diferentes burguesías, contrasta con la actitud internacionalista de la mayoría de los socialistas balcánicos que denunciaban la guerra imperialista y a la burguesía de sus propios países como primer enemigo (1, 2, 3). El auténtico espíritu comunista, quedó reflejado en el valiente acto de los diputados socialistas serbios, de votar en contra del Gobierno cuando pedía el apoyo de todos los partidos para detener la agresión austro-húngara [1]. Estos actos en aquel entonces, al igual que hoy en día eran sentidos como alta traición a la patria.

Para que no sea una excepción, tras declararle la guerra a Serbia (1) por haberse negado que la policía austrohúngara realizara la investigación del atentado al Archiduque Francisco Fernando (Franz Ferdinand) (1, 2) en suelo serbio y castigara a los que encontrara culpables (todo lo cual se exigía en el famoso Ultimatum del 19 de julio y que fue rspondido por parte del gobierno serbio en esta respuesta), el Imperio Austrohúngaro bombardeó Belgrado tras declararle la guerra a Serbia. En tan sólo trece días que duró la primera ocupación, la ciudad fue incendiada, saqueada y su población maltratada. En Kalemegdan yacían los cuerpos colgados de los opositores a la agresión y miembros del ejército serbio.

Viendo la amenaza austrohúngara y la baja moral de su ejército, ya muy enfermo y pronto a morir, el aún rey Petar I se levantó de su lecho y sostuvo un discurso histórico ante sus tropas, mismo que, según se dice en la leyenda, les llenó de una fuerza renovada. En las próximas batallas lograron repeler las fuerzas austríacas de sus territorios. En esa ofensiva se lograron capturar más de 600 soldados austrohúngaros y alcanzar una temporal liberación y paz que duró del 15 de diciembre de 1914 al 6 de octubre de 1915. Viendo su derrota, Austria decidió regresar al frente serbio, sólo que esta vez con tropas de su aliado: Alemania, comandadas por el general August von Mackensen.

Belgrado caía en manos de los agresores con un costo de más de 5,000 soldados serbios muertos en los nueve días que duró la batalla [Lek95]. En los anales históricos se menciona ésta como una de las batallas más difíciles que sostuvieron los agresores en su guerra contra Serbia. Belgrado era una vez más incendiada, saqueada y su población aniquilada a manos del enemigo o por el hambre.

Una gran parte de la población decidió unirse a la retirada del ejército serbio, abandonando su reino, en dirección de Albania, en medio de un invierno terrible (1, 2, 3, 4). En las costas del Adriático tuvieron que esperar a sus aliados durante mucho tiempo para finalmente ser trasladados a las islas de Korfú y Vido. Muchos fueron trasladados a Francia donde recibieron ayuda. Según John Reed [1 apud J. Reed, La guerra en Europa Oriental, Ediciones Curso, p. 109], el periodista comunista americano (que fue corresponsal en la zona), sólo en la primavera de 1916 murieron de tifus 300,000 serbios.

Sumergido en su totalidad en el terror, todo el ejército serbio fue desterrado por las fuerzas agresoras, para continuar su lucha en un nuevo frente abierto en Salónica el año de 1916 (1, 2). Los soldados tuvieron que marchar sobre casi un cuarto del territorio de Europa para volver a sus hogares, dejando más de 95,000 en este camino del infierno la vida, sobre todo en las islas del archipiélago griego. Es herencia de aquellos acontecimientos la canción de Tamo daleko (Allá lejos, en traducción al español) que es hasta el día de hoy aún una especie de himno popular (aunque no oficial) serbio que sobrevivió incluso la censura política impuesta por parte del gobierno socialista en la época de Tito.

En otoño de 1916, el ejército serbio inició junto con los francéses los preparativos para la gran batalla con la que finalmente decidirían el resultado de la I guerra mindial y regresarían a casa. El 15 de septiembre de 1918, los soldados lograron finalmente romper el llamado frente de Salónica. 45 días después, ya habían llegado a Belgrado, liberado el día primero de noviembre de 1918 (1, 2, 3).

A finales de enero de 1921, el comandante de la parte oriental del frente de Salónica, el mariscal francés Franchet d’Esperey, le entregó a Belgrado la distinción de la Cruz de Caballeros de la Legión de Honor (1, 2). Después de Paris y Liege, Belgrado resultó ser la tercera ciudad proclamada heróica en la primera guerra mundial.

Es éste, desde luego, el segundo de los tres mitos glorificados y repetidos hasta la exageración por los nacionalistas serbios de los inicios de la década de 1990 y hasta el día de hoy.

Uniéndose a los esfuerzos de Serbia y de Montenegro, la parte más progresista de los pueblos sudeslavos que continuaban en el marco del Imperio Austrohúngaro o bajo otras dominaciones se incorporaron a la guerra a través de brigadas voluntarias o bien mediante su actividad revolucionaria contra la monarquía de los Habsburgo.

Sin embargo, no está demás recordar las demostraciones de muchos croatas y bosnios en las calles de las principales ciudades de esa región de los Balcanes que seguía bajo el dominio de los Habsburgo, en contra de los serbios y todo lo que con ellos y la unificación de los eslavos del sur tuviera que ver. Aún no había ningún antecedente de enemistad alguna entre los serbios y los croatas, mismos que se sentían muy cercanos en esta coyuntura imperialista. Incluso, muchos serbios austrohúngaros pelearon lado a lado con los otros sudeslavos movilizados por el ejército imperialista, aunque según muchos testimonios, se hallaban en sería desventaja y bajo constante sospecha de traición, al combatir a su mismo pueblo del otro lado de las trincheras. Una gran parte de croatas, musulmanes bosniacos, eslovenos, checos y hasta serbios velaban por sus intereses y sus obligaciones de súbditos de la monarquía austro-húngara. Queriendo quedar bien a los ojos de sus amos, se volvían los más feroces guerreros en las batallas principalmente en contra de los serbios. Muchos recibieron altas condecoraciones militares por parte de Austria y Alemania (1, 2, 3). Era ésta una muestra más de la terrible influencia de los imperios en los pueblos nativos de sus fronteras. Los serbios, croatas, eslovenos, montenegrinos y macedonios se enfrentaban de nuevo vestidos, a excepción de los serbios y los montenegrinos, en uniformes de otros y bajo otras banderas, al igual como lo hicieron para el Bizancio, los turcos, los austríacos o alemanes en el pasado.

Interesantes líneas acerca del ambiente en las calles de Zagreb en el verano de 1914, con demostraciones de solidaridad con la familia imperial de Viena y búsqueda de venganza por parte de los croatasy musulmanes bosníacos leales en contra de los asesinos de Franz y de Sofía al otro lado del río Drina, al igual que el pensamiento transcrito de las memorias de Josip Horvat, croata, en sus memorias (Zapisci iz nepovrata. Kronika okradene mladosti 1900-1919), que dice: "(...) todo pasa en una especie de borrachera festiva, irresponsable, nadie ve (...) que los que tendrán que intercambiar los primeros disparos en el gran conflicto son precisamente los croatas y los serbios (...)", escribe Filologanoga en su blog.

Por su parte, los sudeslavos que pugnaban por la unificación y se hallaban lejos de su territorio (principalmente croatas y eslovenos) promovieron una agitación en todo el mundo, a favor de su unidad e independencia, fundando un Comité Yugoslavo (1, 2, 3) que colaboró con el gobierno serbio. Fruto de esta colaboración, y del patrocinio de EUA y Gran Bretaña interesados en crear un estado fuerte que frenara a Austria en un principio y a Alemania y la recién formada URSS después, por ese sudeste europeo, fue la firma de dos declaraciones: la primera, en Viena, el 30 de mayo de 1917 –La Declaración de Mayo- (1, 2, 3), implicaba que los serbios, croatas y eslovenos formarían un estado: Yugoslavia, dentro del Imperio austrohúngaro y bajo la corona de los Habsburgo; la segunda, fue la Declaración de Corfú, del 20 de julio de 1917 (1, 2, 3), que previó la creación de un estado de serbios, croatas y eslovenos en forma de monarquía constitucional, parlamentaria y democrática con la dinastía Karadjordjević (serbia) en el trono. Esta declaración la firmarían Nikola Pasić, presidente del gobierno serbio, y el doctor Ante Trumbić, representante de los croatas [Mil00]. A la firma del acuerdo se unen por un lado, Montenegro que enfrenta una revuelta política interna en esta epoca (1, 2), los habitantes de Bosnia y Herzegovina y los macedonios (1). No está demás mencionar que la Junta Nacional Croata, dirigída por Antun Korosec toma el poder en Zagreb y logra finalmente proclamar la unión de los serbios, croatas y eslovenos (1, 2, 3).

De tal modo, el anhelo de una parte de los intelectuales y las clases pudientes de los pueblos sudeslavos se vio coronado con la proclamación de la unidad, el 1° de diciembre de 1918, iniciándose un proceso histórico de mediana duración, de 63 años, que fue lo que duró el sueño yugoslavo.

La actitud internacionalista de los socialistas balcánicos (en directa oposición a la guerra) se concreta en 1915 con la creación de la Federación Socialdemócrata Balcánica (1, 2, 3), que une a los partidos de Romanía, Grecia, Bulgaria y serbia y que tendría continuidad a principios de los 1920's con la Federación Comunista Balcánica, el primer paso práctico y decisivo dado en pro de la unificación de los pueblos balcánicos [1].

Palau [Pa96] comenta que en ese momento Serbia resultó ser la potencia regional triunfadora en la I Guerra Mundial, aliada de quienes iban a dictar el orden del siglo XX. Su autoridad moral en 1918 era enorme en el mundo eslavo meridional, ya que había sufrido pérdidas y sacrificios inmensos. Así, la idea yugoslava se impuso con facilidad en Croacia, en donde los oponentes a ésta no encontraban un clima fácil para expresarse. Sin embargo, sigue el autor, en realidad seguían siendo mayoría aquellos croatas que se identificaban con un proyecto nacional propio y a quienes les disgustaba la subordinación a un pueblo "menos desarrollado". Así pues, la constitución de la primera Yugoslavia que duró entre los años 1918 y 1941, creó de nuevo una gran frustración entre los croatas, ésta ya segunda, sorda pero profunda [Pa96].

Algunas de las figuras políticas de Serbia alzaron igualmente su voz contra el proyecto yugoslavo en 1918. Como lo relata Palau [Pa96], éstas advirtieron que era demasiado ambicioso y, en todo caso, prematuro porque no se veía acompañado de la maduración necesaria. Sugirieron que la oportunidad de sentarse en la mesa de los vencedores en Versalles (1, 2, el tratado completo se puede encontrar aquí) se aprovechara para conseguir objetivos más modestos pero más sólidos e irreversibles, como la extensión de las fronteras de Serbia hacia el Adriático, Bosnia y Herzegovina y Slavonia, de manera que el estado serbio integrara a la mayor parte de los serbios de Austrohungría, pero dejando a croatas y eslovenos la formación de sus propios estados diferenciados en el resto de los territorios del Imperio destruido. Quizás, especula Palau [Pa96], esas observaciones fueron acertadas y proféticas. La Serbia triunfante de 1918 podía, efectivamente, haber establecido sus fronteras donde le hubiera complacido. Sin embargo, el sentimiento paneslavo, la ambición de la monarquía por gobernar un reino mayor y los intereses internacionales terminaron por imponer el proyecto yugoslavo.

Al amanecer del periodo entre las dos guerras mundiales el mundo fue testigo del nacimiento del primer antecedente de lo que llegaría a ser Yugoslavia: el Reino Unido de Serbios, Croatas y Eslovenos, nombrado a partir de 1929 Reino de Yugoslavia (1, 2, 3, 4), cuyo territorio constituido se puede observar en el siguiente mapa en el que se muestra igualmente el resquebrajado Imperio Austrohúngaro una vez terminada la I Guerra Mundial:



Ruptura del Imperio Austrohúngaro una vez terminada la Primera Guerra Mundial.
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)




Mapa de Europa entre la I y la II Guerras Mundiales, en época de la llamada Guerra Total (1914-1945).
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)


Para Eric Hobsbawm, uno de los historiadores británicos más importantes del siglo XX (normalmente ubicado con el grupo de los socialistas británicos), en [Hob01], al término de la primera guerra mundial las potencias vencedoras trataron de conseguir una paz que hiciera imposible una nueva guerra como la que acababa de devastar el mundo y cuyas consecuencias estaban sufriendo.

Salvar al mundo del bolchevismo y reestructurar el mapa de Europa eran dos proyectos que se superponían, pues la maniobra inmediata de enfrentar a la Rusia revolucionaria en caso de que sobreviviera –lo cual no podía en modo alguno darse por sentado en 1919- era aislarla tras un cordon sanitaire, como se decía en el lenguaje diplomático de la época, de estados anticomunistas [Hob01]. Dado que éstos habían sido constituidos totalmente o en gran parte con territorios de la antigua Rusia, su hostilidad hacia Moscú estaba garantizada. De norte a sur, dichos estados eran los siguientes: Finlandia, una región autónoma cuya secesión había sido permitida por Lenin; tres nuevas pequeñas repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania), respecto de las cuales no existía precedente histórico; Polonia, que recuperaba su condición de estado independiente después de 120 años, y Rumanía, cuya extensión se había duplicado con la anexión de algunos territorios húngaros y austriacos del imperio de los Habsbugo y de Besarabia, que antes pertenecía a Rusia. De hecho, prosigue Hobsbawm [Hob01], Alemania había arrebatado la mayor parte de esos territorios a Rusia, que de no haber estallado la revolución bolchevique los habría recuperado. El intento de prolongar ese aislameinto hacia el Cáucaso fracasó, principalmente porque la Rusia revolucionaria llegó a un acuerdo con Turquía (no comunista, pero también revolucionaria), que odiaba los imperialismos británico y francés. En resumen, en el este los aliados aceptaron las fronteras impuestas por Alemania a la Rusia revolucionaria, siempre y cuando no existieran fuerzas más allá de su control que las hicieran inoperantes [Hob01].

El historiador prosigue indicando que no es necesario realizar la crónica detallada de la historia del período de entreguerras para comprender que el tratado de Versalles no podía ser la base de una paz estable. Estaba condenado al fracaso desde el principio y, por lo tanto, el estallido de una nueva guerra era prácticamente seguro. Los Estados Unidos optaron casi inmediatamente por no firmar los tratados y en un mundo que ya no era eurocéntrico y eurodeterminado, no podía ser viable ningún tratado que no contara con el apoyo de ese país, que se había convertido en una de las primeras potencias mundiales [Hob01]. Dos grandes potencias europeas, y mundiales, Alemania y la Unión Soviética, fueron eliminadas temporalmente del escenario internacional y además se les negó su existencia como protagonistas independientes. En cuanto uno de estos países volviera a aperecer en escena, quedaría en precario un tratado de paz que sólo tenía el apoyo de Gran Bretaña y Francia, pues Italia se sentía descontenta. Y, antes o después, Alemania, Rusia, o ambas recuperarían su protagonismo. Las pocas posibilidades de paz que se tenían fueron torpedeadas por la negativa de las potencias vencedoras a permitir la rehabilitación de los vencidos [Hob01]. El tratado de Versalles sólo establecía la paz con Alemania. Diversos parques y castillos de la monarquía situados en las proximidades de París dieron nombre a los otros tratados: Saint Germain con Austria; Trianon con Hungría; Sèvres con Turquía, y Neuilly con Bulgaria.

El Tratado de Trianon, según Josep Palau [Pa96], que estableció en 1919 la frontera entre Hungría y el emergente Reino de los serbios, croatas y eslovenos -frontera hasta hoy respetada-, adjudicó a Hungría una pequeña parte de Vojvodina, y medió en una disputa serbo-húngara a propósito de Baranja, resolviéndola a favor de los serbios. Por el contrario, la delimitación política entre Serbia y Croacia dentro de Yugoslavia fue siempre imprecisa y sometida a diversos avatares. En el período comprendido entre las dos guerras, hubo hasta tres divisiones administrativas distintas en Yugoslavia. En 1919 se organizaron 33 distritos. En 1929 se formaron 9 provincias (banovinas), con un estatuto especial para la ciudad de Belgrado. En 1939 fue ampliado considerablemente el territorio de la banovina de Croacia para incorporarle la costa adriática desde Zadar a Dubrovnik, así como parte de las actuales Vojvodina y Bosnia y Herzegovina [Pa96].

Por el otro lado, en 1918 se estableció el Comité de Kosovo (1, 2, 3, 4, 5), cuya política fue directamente contra el Reino Unido de Serbios, Croatas y Eslovenos en un principio, y el de Yugoslavia después, tomando como base las bandas terroristas conocidas como kačaks (1, 2, 3) que tuvieron actividad en Kosovo entre 1919 y 1924.

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24.4.05

Reflexiones iniciales cortas sobre una historia larga

En el libro La historia y las ciencias sociales, Fernand Braudel, uno de los grandes historiadores franceses del siglo XX, escribe:

"Lucien Febvre, durante los últimos diez años de su vida, ha repetido: «historia, ciencia del pasado, ciencia del presente». La historia, dialéctica de la duración, ¿no es acaso, a su manera, explicación de lo social en toda su realidad y, por tanto, también de lo actual? Su lección vale en este aspecto como puesta en guardia contra el acontecimiento: no pensar tan sólo en el tiempo corto, no creer que sólo los sectores que meten ruido son los más auténticos; también los hay silenciosos. Pero, ¿vale la pena recordarlo?"
(BRAUDEL, F., La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial. 10ª reimpresión. Madrid, 1999)

Desde luego que vale la pena. Los trágicos acontecimientos que tomaron lugar en los Balcanes en la década de 1990 tienen sus raíces profundas en el pasado de esta región; mismo que no pocas veces abarca hechos que Braudel clasifica como de muy larga duración.

En el presente análisis se tomará como imprescindible la necesidad de definir procesos que iniciaron hace largo tiempo y que siguen desarrollándose bajo esquemas muy similares teniendo la misma causa a lo largo de su progreso. Estos procesos se denominarán de larga duración. Desde luego, tal y como se verá en el análisis llevado a cabo, existen sucesiones de misma causa que acompañan a un pueblo o una extensión geográfica concreta casi desde su surgimiento mismo. Éstos se denominarán de muy larga duración. También existen procesos que completan su ciclo a lo largo de media centuria aproximadamente, denominados de duración media. Posteriormente, existe el requerimiento de referirse a ciertos acontecimientos que marcan simbólicamente una época o el fin de un ciclo y el inicio de otro: éstos se denominarán como coyunturales. Finalmente, existen acontecimientos históricos que se pueden analizar, por decisión, como hechos aislados o igual dentro de un contexto completo, aunque al margen de un análisis que los absorbería en algún desarrollo de duración larga o muy larga; estos seguirán siendo simplemente acontecimientos históricos como tales.

Como primer ejemplo de lo anterior se puede tomar la ubicación geográfica de los países sudeslavos. Desde las primeras concepciones del mundo como tal, esta región ha representado un lugar estratégicamente importante. Se encuentra justo en medio del torbellino que representa el cruce de los caminos comerciales y físicos que unen el continente euroasiático y, por medio de la salida al mar Mediterráneo a través del mar Adriático, es una de las rutas que se podían tomar hacia el continente africano. La opulencia y el poder alcanzados por la pequeña República de Venecia en la Edad Media se debió justamente a este factor geográfico. En otras palabras, si revisamos las trayectorias expansionistas de todos los grandes conquistadores desde Europa hacia Asia o viceversa, veremos que coinciden con el supuesto anterior y que se veían éstos obligados a considerar los territorios mencionados como trascendentales en el afán de lograr sus objetivos.

Por otro lado, al estar situados en sudeuropa, los habitantes balcánicos se volvían una y otra vez la pieza fundamental para la integración de territorios de todos los imperios europeos, desde siempre. Su importancia geográfica, por ende, no se podría despreciar en ningún momento del pasado europeo y el de sus relaciones con Asia o África. Este factor de suprema importancia es ya parte integral de los habitantes de esta zona. Las invasiones a estos territorios y guerras llevadas a cabo por su dominación se habían vuelto una cotidianidad desde antes de la famosa Guerra de Troya, cuyo escenario desde luego fue justo una gran parte de ésta región.

En resumen, se puede afirmar que la situación geográfica de las tierras balcánicas es un factor trascendental que ha provocado un proceso de muy larga duración –más de veinte siglos- que combinado con situaciones diversas y cambiantes a lo largo de la historia ha desencadenado las invasiones tan lejanas en el tiempo entre ellas, como lo podrían ser la de los celtas sobre los singes, de los romanos sobre los celtas, de eslavos contra romanos –con diversos reveses-, del Bizancio contra el incipiente catolicismo del Imperio Romano Occidental, de los húngaros sobre los croatas, de búlgaros sobre todas las tierras sureslavas, de los turcos sobre los serbios, macedonios, monteneegrinos y gran parte de Bosnia –con diversos pormenores que se discutirán en breve-, de los búlgaros sobre los serbios liberados del yugo otomán, del Imperio Austrohúngaro contra los serbios en la Primera Guerra Mundial (como claro pretexto de inico de una guerra inminente en Europa, que duraría hasta 1945), de las fuerzas del centro en la Segunda Guerra Mundial, de los capitales alemanes y austríacos al inicio de la década de los 1990´s y el aniquilamiento masivo del estado yugoslavo a manos de la OTAN en 1999.

Siguiendo con el presente análisis, una vez establecidos e identificados los primeros Estados serbio y montenegrino y los sentimientos de nacionalidad particular de casi todos los pueblos sudeslavos, se subraya el segundo proceso de muy larga duración cuyas consecuencias resultan más actuales que nunca en el umbral del siglo XXI. Éste radica en la determinación cultural y religiosa de los diferentes pueblos que conformarían la Yugoslavia de Tito (1941-1990); determinados éstos por los diferentes imperios que dominaron los territorios de cada uno de estos pueblos por más de cinco siglos –desde el siglo XIV hasta los inicios del siglo XX-.

Durante toda esta época, los diferentes pueblos eslavos de estos territorios se encontraban en medio de una pugna trascendental entre las Iglesias Católica y Ortodoxa o Bizantina en un principio y el islam y todas las demás, después de la conquista de Serbia, Montenegro, Macedonia, gran parte de Bosnia y algunas partes de Croacia a manos del Imperio otomano. De ahí surgieron los sonados musulmanes de la actualidad que no son más que croatas y serbios convertidos al islam tras cinco siglos de persecución religiosa. La formación cultural adquirida por los croatas y eslovenos bajo el dominio occidental, austrohúngaro y de la Iglesia Católica resultaron por demás diferentes a los que se podían percibir entre los pueblos sudeslavos que se libraban del dominio otomán hacia finales del siglo XIX. Estas diferencias culturales se hicieron patentes y resultaron ser un factor trascendental una vez establecido el primer Estado yugoslavo después de la I Guerra Mundial. Incluso, hoy en día es posible ver en las calles de Sarajevo o Skopie mujeres vestidas a toda la usanza de países islámicos, herencia directa de la dominación otomanaa de estos territorios.

Los mencionados desencuentros culturales siguen provocando odios y menosprecio entre los habitantes balcánicos, además de haberse transformado paulatinamente en un colectivo reconocimiento de la existencia de una especie de títulos históricos autodefinidos, por medio de los cuales se construyó toda una teoría de superioridad nacional asumida por todas las partes involucradas y que, según los experimentados esquemas de un norte industrializado y un sur subdesarrollado, se deteriora cada vez más al irse alejando de Austria y acercándose a Albania.

Otro hecho interesante es que, siendo una frontera natural entre todas las potencias que a lo largo de la historia conquistaban una u otra parte de Europa o Asia, los pueblos sudeslavos –y sobre todo los serbios- han sido utilizados siempre y sin excepción, como ejército defensor de imperios, civilizaciones o iglesias. Incluso, parte del orgullo nacional serbio por ejemplo, reside precisamente en el hecho de sentirse los últimos defensores de la Europa cristiana en contra de la invasión musulmana; en caso de los croatas, el orgullo nacional radica en sentirse los últimos católicos civilizados frente a la Iglesia Bizantina y un poco más lejos, al Islam.

Tomando en cuenta lo anterior, es claro que se trata de pueblos que han considerado la guerra una parte fundamental de su existencia. El renombre conquistado de feroces guerreros, sobre todo en la población serbia, no se ha extinguido en el subconsciente colectivo de estos pueblos hasta el día de hoy. Desde luego, no se puede desdeñar el hecho estudiado en diferentes culturas, de las relaciones internas por demás pacíficas y amorosas, en el caso de sociedades bélicas y sumamente violentas hacia el exterior, compartido por el pueblo serbio. La cultura de guerra contribuyó de manera eficaz al inicio de los conflictos bélicos en la Krajina croata (antes Krajina serbia) en 1991.

Es interesante, sin embargo, que a la par de estos sentimientos y una cultura de guerra, se cultivaba en la época de la Yugoslavia titísta en la mayor parte de la población una esperanza hacia una paz duradera sustentada en la ideología política socialista, la desaparición forzosa de los odios anteriores a este nuevo estado y el surgimiento, probablemente artificial en un inicio, de una idea yugoslavista de hermandad de todos los eslavos del sur.

Aunque la historia a lo largo de los siglos parecía empeñarse en provocar la ruptura entre las identidades sudeslavas de estos pueblos, su fisionomía y la lengua que comparten parecían desafiar la lógica histórica que se les imponía. Aunque Mira Milosevich en su libro De los tristes y los héroes sugiere que Yugoslavia era una ilusión inventada por los primeros lingüístas del serbio-croata, la unificación de los pueblos sudeslavos en el siglo XX fue posible no por razones puramente lingüísticas, sino por los intereses políticos y socioeconómicos que no le dejaban otra alternativa a estos pueblos en plena época de la Guerra Total en el siglo XX.

La lucha por probar que existía un único idioma –ilirio-, base común del serbio y del croata, que tomó cuerpo en el movimiento conocido como ilirismo, fue el origen del proyecto de la nación yugoslava.

El ideal de un estado yugoslavo cuyos ciudadanos hablasen un idioma ilirio se debe a un alemán. Ljudevit Gaj, hijo de emigrantes alemanes, aceptó las ideas del croata Kopitar y del serbio Karadžić -el segundo alumno del primero- y las del ilirismo. Fue él mismo quién fundó en 1836 la Asociación de los amigos del pueblo ilirio, en Croacia, con la idea de crear una base política para la unión de todos los eslavos del sur –serbios y croatas como núcleo de la nación, y eslovenos y búlgaros como sus miembros constituyentes-. Fue, sin embargo, Ilija Garašanin, el ministro de Interior del rey serbio, Aleksandar Karadjordjević, quién escribió el primer programa nacional serbio en 1844, Načertanija (Principios), que fue la causa principal de la desaparición de los ilirios. La obra principal de Garašanin tomó las sugerencias amplias del patriota y jefe del Estado polaco, el conde Čartoriski. La idea fundamental era volver a Serbia el punto central de atracción para los eslavos del sur que se encontraban en los Balcanes. Lo anterior tomando en cuenta que Serbia se había vuelto el estado cristiano más significativo en esos momentos en estos territorios. Cuando en 1986, la Academia Serbia de las Ciencias y las Artes (SANU) escribía un Memorando con el fin de realizar un minucioso análisis de la situación de los serbios en ese momento (mismo que fue publicado sin la autorización de la institución), muchos dijeron que ese era el plan nacionalista serbio, inspirado completamente en el legado de Garašanin. Un gran número de intelectuales hasta el día de hoy le han atribuido a esos sueños de la llamada Gran Serbia el fracaso de la cristalización del proyecto ilirio y, a su vez, la desaparición del Estado yugoslavo a finales del siglo XX. Sin embargo, los momentos históricos y el orden mundial existente a mediados del siglo XIX eran muy diferentes a la realidad mundial de la década de 1990. El maniqueísmo político alcanzado por algunos, que insiste en atribuirle la misma causa de desaparición a ambos proyectos, culpando de ello únicamente las políticas expansionistas serbias, despreciando en todo momento el exorbitante nacionalismo alcanzado en los círculos políticos e intelectuales croatas (presente sobre todo a partir de la década de 1960 y que buscaba una emancipación propia anhelada por más de cinco siglos), es sin embargo el que ha permeado en los medios de comunicación internacionales.

Habiendo definido hasta este momento los dos procesos de muy larga duración y el de larga duración concerniente a la creación del proyecto yugoslavo, trascendentales para la comprensión de los acontecimientos en los Balcanes de finales del siglo XX, es necesario mencionar dos hechos coyunturales y uno de duración media más.

Estos serían, la realización del sueño ilírico intelectual, de un país único de todos los eslavos del sur, en plena época de lo que Eric Hobsbawm en su Historia del siglo XX llamó ”la época de la Guerra Total”, el mismo logro que como ya se dijo, lejos de cumplir con un sueño cultural, más bien obedecía una realidad sociopolítica y económica impuesta a estos pueblos. Este hecho propició en su mero inicio una serie de odios interétnicos y la frustración de todos los nacionalistas croatas y eslovenos que soñaban con una emancipación propia; sobre todo en los círculos intelectuales.

Fue en la mesa de los vencedores de la primera posguerra, al ir redactando el Tratado de Versalles que el Reino Serbio marcó el precedente de la repulsión nacionalista croata hacia los serbios, que determinaría los acontecimientos políticos de una gran parte del siglo XX yugoslavo y que desencadenaría los conflictos bélicos de los 1990's. En lugar de tomar una decisión más realista y expandir los territorios de su propio reino, preparando de esta manera el terreno hacia una futura confederación de los países sudeslavos, se prefirió crear el Reino Unido de Serbios, Croatas y Eslovenos, bajo la Corona serbia. De esta manera se frustraban los anhelos de la gran parte de la intelectualidad croata y eslovena quienes sentían a partir de entonces que los serbios se habían vuelto ”el puñal clavado en las gargantas” croata y eslovena, respectivamente.

Siguiendo la lógica de mencionadas frustraciones nacionalistas y como consecuencia directa de estos acontecimientos, Croacia se volvía al inicio de la II Guerra Mundial un Estado títere, creado por Hitler y supeditado a los lineamientos establecidos por la Alemania nazi. La adopción de la ideología fascista y los odios acarreados de veinte años antes provocaron el más terrible genocidio por parte del gobierno del Estado Independiente de Croacia en contra de la población serbia que habitaba desde siempre los territorios de este nuevo estado. El número de víctimas globales yugoslavas en la II Guerra Mundial que cuatriplicaba las de Francia o Italia, era cinco veces mayor a las de Austria o equivalía a las de Hungría, Rumanía, Bulgaria, Grecia y Checoslovaquia juntas (ver imagen), muestra claramente el alcance de las guerras de limpieza étnica ocurridas a la par de las invasiones de las fuerzas del eje y evidencían el impacto que tuvo esta época en el subconsciente colectivo de estos pueblos años después. Las consecuencias de tales odios nacionalistas se convirtieron en una bomba de tiempo que finalmente explotaba en la última década del siglo veinte.



Mapa comparativo de número de víctimas sufridas en la segunda guerra mundial por país europeo, despreciando las 5,000,000 de víctimas del holocausto.
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)

El proceso histórico de duración media importante para la comprensión de las tres guerras y el aniquilamiento masivo de finales del siglo XX, es el iniciado a partir de la década de 1960. La lucha política al interior de la Liga de Comunistas de Yugoslavia encabezada por los llamados comunistas reformistas, provenientes principalmente de Eslovenia, Croacia y Macedonia y más tarde de Serbia, que iba dirigida hacia una mayor democratización del sistema político yugoslavo y planteaba cambios tan radicales como la constitución de un sistema pluripartidario e invocaba incluso nociones acerca de una diversificación económica (idea que definitivamente le funcionó a China al inicio del nuevo milenio), se volvió sin embargo, un refugio perfecto para muchos nacionalistas, sobre todo croatas, y hasta demócratas cristianos que disfrutaban de un claro apoyo por parte de la Iglesia Católica. Aunque el movimiento fue acabado por Josip Broz Tito en las llamadas primaveras croata, eslovena y serbia, respectivamente, y se terminaba así con una generación excepcional de políticos progresistas que habían desarrollado una relación de trabajo entre las repúblicas jamás igualada, los legados referentes a una mayor autonomía de cada república en cuanto a las decisiones y la imposibilidad de veto se vieron reflejados en la Constitución yugoslava de 1974. La división de Serbia en tres partes a través de la creación de dos provincias autónomas en su territorio –Kosovo y Vojvodina-, la negación de la implementación de la misma medida con la Krajina serbia en Croacia, la enorme autonomía que se dio a cada una de las repúblicas, misma que aniquiló cualquier autoridad federal, fueron todos ingredientes precisos que aceleraron la desaparición de Yugoslavia en 1990, en medio de la crisis terrible de la década de 1980, una de cuyas consecuencias fue incluso el inicio del proceso coyuntural iniciado en 1989 con la desaparición de la URSS y el bloque comunista de Europa del Este.

Aquí ya se toca inminentemente el inicio del proceso iniciado con el derrumbe del bloque socialista europeo y, desde lugo, el sistema socialista yugoslavo a partir del año de 1989. Este proceso acarreó en un inicio un desbalance geopolítico mundial que daba paso al intento de implementación del llamado Nuevo Orden Mundial con EUA como la única potencia relevante. Hoy en día se puede afirmar que ese plan resultaba por demás irreal, al contemplar la naciente organización multipolar del mundo con la Unión Europea, Estados Unidos, Rusia, China, Japón y una incipiente alianza sudamericana encabezada por Brasil como los polos económicos visibles. Sin embargo, los equilibrios geopolíticos y socioeconómicos desaparecidos no arrojaban un sistema mundial claro al inicio del nuevo milenio, por lo que es necesario aguardar algunos años más para poder juzgar claramente en qué evolucionaba el de antaño mundo bipolar. Como ya se mencionó anteriormente, la imposibilidad que representó el tránsito de un sistema monopartidista y una economía cerrada hacia la "democratización" del régimen político y la diversificación del mercado, aunados a la impresionante crisis económica de los finales de los ochenta y los mencionados conflictos nacionalistas resurgidos, provocaron uno de los conflictos más temidos desde la creación de la República Socialista Federativa de Yugoslavia (SFRJ), en 1941. Todo ello provocó un redescubrimiento de los dos procesos de muy larga duración descritos. Por otro lado, los intereses acumulados sobre esta región y la complicidad total de la Unión Europea en la provocación de las tres guerras devastadoras en Eslovenia, Croacia y Bosnia y Herzegovina, son tan solo una lección para los demás países multiculturales y multiétnicos que podrían sufrir un futuro parecido o lo están sufriendo diariamente.

En este momento queda clara una hipótesis: los conflictos de la ex Yugoslavia, mismo país apoyado por el Occidente durante toda la segunda mitad del siglo XX ya que se guardaba la esperanza de utilizarlo como punta de lanza hacia la democratización de la Europa del Este, y también por la URSS, debido a su organización socialista, y a la vez en conflicto con ambas potencias en diferentes décadas a raíz de la política autogestiva traducida en el impulso del movimiento de los No alineados, la entidad más desarrollada industrial y económicamente de todo el bloque socialista -misma que tenía la capacidad de producir tecnología propia y que competía con sus productos en los mercados internacionales-, fueron acelerados y apoyados por el Occidente, el Vaticano, los países islámicos y cualquiera que veía alguna posibilidad de sacar ganancias suculentas de la situación, únicamente cuando el conflicto se veía ya inminente, a raíz de los procesos históricos y pugnas internas insalvables a partir de la segunda mitad de la década de 1980.

La situación geográfica y la complejidad cultural de estos pueblos fueron factores determinantes de sus suertes. Sin embargo, en el siglo XXI incipiente se puede hablar de una pequeña diversificación de estos fenómenos. El posicionamiento militar parecía haberse cambiado por una influencia económica que controlaba todos los poderes del Estado al que se quería dominar, como una nueva forma de hacer política dentro del capitalismo mundial de la segunda mitad del siglo XX, salvo sus excepciones. Sin embargo, a finales de ese siglo, se volvió un factor importante el control físico de recursos naturales, la biodiversidad y el petróleo. La conciencia ecológica crecía paulatinamente en los países desarrollados. Ello tenía una consecuencia inmediata –la necesidad de las grandes compañías transnacionales por salir en búsqueda de la materia prima en otros lados. Las consecuencias claras se pueden observar en las diversas selvas en América Latina, Asia o África. Surgió de nuevo la necesidad de invasiones militares para la conservación de intereses económicos de la ahora potencia al borde de una catástrofe económica y social, Estados Unidos.

Aunado a lo anterior, otro paradigma del final del siglo veinte ha sido en definitiva la transformación de los medios de comunicación. Tomando en cuenta que a partir de 1989 -justo ese año en definitiva coyuntural- surge el uso masivo de la Internet. Se suponía que la información llegaría a raíz de este hecho más fácil hacia cualquiera que la solicite. Sin embargo, para el 1999, ya había tanta información en esta especie de universo paralelo, que se volvía a menudo imposible leerla toda o incluso, poder distinguir entre la veraz y la que no lo era. Para que este problema pareciera poco, al mismo tiempo se desarrolló un nuevo concepto del oficio de la comunicación. Uno en el que los grandes capitales y los poderes económicos mundiales estribaban en el control de los medios de comunicación. Incluso, el público en general ya no sería tratado más que como cliente. A menudo, un cliente a quien se consideraba menor de edad. En palabras de Ignacio Ramonet, las grandes empresas de comunicación se encontraron en posición de aumentar su rentabilidad, en nombre de ganar un público cada vez mayor y tener evidentemente, más consumidores. Por lo anterior, el periodismo y la comunicación en general alrededor del mundo integraron en sus discursos tres características fundamentales: 1) el discurso, el mensaje a comunicar, se volvió cada vez más sencillo; elaborado con muy pocas palabras, con la idea de expresarse de manera poco complicada. Todo lo que es racionamiento complicado o raciocinio de demostración se abandonó a la prensa especializada, a los libros o a las universidades. Surgió una especie de voluntad de simplificación y ésta desembocaba seguido en una concepción maniquea de las cosas. Cualquier problema se transformaría en un conflicto simple entre el bien y el mal. 2) La segunda característica sería la rapidez: surgió la necesidad de una información que podría ser consumida rápidamente, es decir, sea cual sea el valor de la información se trataría de dar en un espacio muy corto. 3) En tercer lugar, estaría el aspecto en el que la información, expresada, por consiguiente, con palabras muy sencillas, dicha muy rápidamente debería despertar una respuesta emocional en el que la recibe.

En el caso de las guerras en los territorios de la ex Yugoslavia, este nuevo concepto de comunicación volvió a pasar su, en esta ocasión ya segunda prueba de fuego (la primera había sido la cobertura de la guerra, Episodio I, del Golfo Pérsico). Mucho antes de poder ubicar geográficamente en un mapa la antigua Yugoslavia, el público alrededor del mundo ya tenía muy presente que los serbios eran los malos y los croatas y eslovenos los buenos del cuento. O cuando menos, que todos estos pueblos eran unos salvajes inconscientes y que la vergüenza mayor radicaba en el hecho que habitaran uno zona céntrica de Europa. Esta era una percepción emocional y por ende, demasiado fuerte de combatir. Poco pudieron hacer la televisoras independientes o los escritos en Internet por revelar las implicaciones externas de organizaciones como la Unión Europea o la ONU en el conflicto. Incluso, a través de los medios de comunicación se pudo enfocar una razón clara para seguir destruyendo la infraestructura civil serbia durante 78 días en 1999, cuando las televisoras internacionales hablaban todo el tiempo de una ofensiva en contra del poderío militar serbio. La excusa era el rostro de Slobodan Milošević; explotada hasta un extremo ya ridículo para inicios del año 2000.

La insaciable sed por el poder de Milošević, su equivocación en el cálculo de las condiciones políticas para 1993, la pérdida de la Krajina croata (antes serbia) en medio de lo que Mira Milosevic [Mil00] denominó trueque político con el entonces presidente croata Franjo Tudjman a cambio de la República Srpska en Bosnia y la pérdida final de Kosovo a finales de 1999, hacían que su gobierno se sostuviera únicamente por el apoyo externo, la manipulación de información de consumo interno y la monopolización de los medios de comunicación. El presidente serbio se mantuvo en el poder por largos once años y fue derrocado a través de un proceso democrático (financiado por Washington, en tal vez la mayor equivocación del gobierno de Clinton) y votación libre y secreta, solamente en el momento en el que así le convino al Occidente. Tristemente, la suerte de los países sudeslavos sigue supeditada a los humores e intereses de ese mismo bloque dominado por Estados Unidos y la Unión Europea.

Años más tarde se repetiría la misma estrategia para destrozar y apoderarse militarmente de Afganistán e Iraq, con un alto riesgo que lo mismo les ocurra a Irán, Corea del Norte, Lybia, Venezuela, Cuba y los demás miembros del llamado Eje del Mar, término acuñado por el gobierno de George W. Bush.

Poco a poco, con la debida calma, se intentarán ir planteando y discutiendo las razones probables de las tres guerras y el aniquilamiento masivo llevados a cabo en las tierras de la ex Yugoslavia, en la década de 1990. Aquí se hará una breve referencia inicial a éstas, enumerándolas sin pretender mostrar una mayor importancia de alguna sobre las demás:

- Los nacionalismos extremos generados como un móvil de masas tras el derrumbe del sistema socialista igualmente autoritario e intransigente, entrado en una crisis económica sin precedentes en la década de los ochenta, acaecido a la muerte de Josip Broz Tito. Emanados estos nacionalismos de un pasado complejo de los pueblos sudeslavos, lleno de heridas y pretensiones frustradas de todos y cada uno de los actores de este controversial escenario. Ello de la mano de una lucha llevada a cabo por parte de supuestos sectores progresistas que luchaban por ganar mayores libertades, despreciando los únicos logros positivos del sistema socialista vulgar del que intentaban escapar, relacionados con conceptos de los mínimos aceptables en cuestiones de justicia social e igualdad material; además de despreciar de manera terrible los efectos nocivos de las privatizaciones y la globalización de capitales. Temas que, al parecer, nunca le importaron mucho a los nuevos gobiernos balcánicos.

- Las pretensiones económicas de la Unión Europea por un lado, Estados Unidos por el otro, y Rusia por uno tercero sobre los mercados y territorios de las relativamente pequeñas repúblicas de Eslovenia y Croacia, en un inicio, y todas las demás después.

- La decisión tomada por parte de las grandes potencias internacionales, -o tan solo de EUA en posición de controlar directa o indirectamente tanto a la OTAN, como a la ONU, el FMI y el Banco Mundial en 1990's- de sacar provecho y fortalecerse del conflicto generado una vez que ya no era posible pararlo. Era necesario tomar el control de las economías, mercados e inmuebles de las repúblicas de la ex Yugoslavia por parte de compañías transnacionales. Si alguna de las repúblicas se opusiera, era preciso sancionarla con bloqueos económicos hasta lograr su completa rendición y su absoluta dependencia de los capitales extranjeros para su supervivencia.
- Las intenciones estadounidenses que giran alrededor de la seguridad militar que deberá implementarse a lo largo de los caminos del petróleo que vienen de Asia Menor, el mismo oro negro que se está almacenando en el subsuelo estadounidense y que amenaza con acabarse en un futuro no demasiado lejano, consumo del cual sigue supeditado a la merced de los grandes monopolios, de los cuales escaparán únicamente las naciones de gran estabilidad económica y gran desarrollo tecnológico en el área de exploración energética. Las bases navales de la OTAN han sido construídas en Bosnia, Macedonia y la más grande existente en Europa, en Kosovo. Es importante incluso el posicionamiento militar con respecto a Rusia, China y el Medio Oriente. Todo ello aunado a la definición esbozada del proceso histórico de muy larga duración emanado de la posición geográfica de estas tierras. Los hechos surgidos a partir del 11 de septiembre de 2001 y la aniquilación de Afganistán e Iraq por parte de las fuerzas armadas de EUA, tienen como móvil el mismo control de los caminos del petróleo.
- Retomando el análisis de Milorad Ekmečić y otros estudiosos del tema, la indiscutible vaticanización de los países de antiguo corte socialista y la respectiva adhesión de los nuevos creyentes al gran mundo católico que quiere a toda costa prevenir una crisis de cantidad de adeptos en el porvenir, que han encontrado el redescubrimiento de la religión como una indiscutible prueba de su recién ganada libertad. La participación de Karol Wojtila (q.e.p.d.), el primer Papa polaco -elegido en el momento más oportuno para la causa del catolicismo-, fue determinante en este proceso.
- El intento por una desestabilización del mercado de la Unión Europea por parte de Estados Unidos que, finalmente, no resultó. Ello a raíz de la inminente crisis de este país ampliamente comentada por varios científicos, basada en la sobre valoración de la moneda y las acciones norteamericanas en los mercados internacionales, la crisis comercial iniciada desde la época de los setenta en este país, la evidente crisis productiva traducida en la llamada desaceleración de la economía y despidos masivos en el 2001 y una creciente crisis social por demás comentada. Lo anterior de la mano de la profunda crisis de las instituciones estadounidenses surgida con mayor fervor a raíz del fiasco del aparato democrático en las elecciones del año 2001, en las que se erguía como ganador George W. Bush en contra del voto popular, sobre el candidato de los demócratas, Al Gore. Desde luego, todo ello encontrará un antecedente de extrema importancia para intentar explicar los acontecimientos ocurridos a partir del 11 de septiembre de 2001 y la destrucción absoluta de Afganistán e Iraq, los conflictos incontrolables entre los israelíes y palestinos, los ataques cada vez más intensos en contra de Cuba, Venezuela, Corea del norte y, en suma, la creación del nuevo mapa geopolítico de un mundo en constante cambio.
- Por último, el uso y experimentación del armamento de la OTAN, buena parte del cuál vencía en el año 2001, la destrucción global de la infraestructura de un país con miras a la posibilidad de su reconstrucción con capital extranjero, mayoritariamente estadounidense. Neocolonialismo tan popular en este final de milenio.

El establecimiento de los Estados Unidos como la potencia indiscutible en los 1990's, veía sus orígenes más claros desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El renombrado Plan Marshall que rescató a una Europa totalmente devastada al final de la década de los cuarenta y la creación del Estado judío en el Medio Oriente, convirtieron a los países europeos e Israel, entre muchos otros, en países clientelares de EUA. Ello desde luego, cosechó frutos y se hizo por demás evidente con la desaparición del bloque socialista y la URSS. A partir de 1989, el mundo entró en una especie de remolino histórico, marcado por el intento de restablecimiento de este país como el Imperio dominante de un mundo carente de alguna otra potencia económica que pudiera garantizar un equilibrio parecido al experimentado durante la Guerra Fría. Un mundo marcado por el renovado resurgimiento del liberalismo económico decimonónico en una variante fría y despiadada. Una realidad que destruye de manera absoluta a cualquier país que intente establecer algún sistema diferente al imperante. Ello es la razón por la cual fue posible que Yugoslavia fuera bombardeada por la OTAN, al igual que Afganistán e Iraq en el ya desenfrenado intento por remediar las crisis venideras por parte del unilateralismo Bushiano, en aquel entonces con una Europa gobernada mayoritariamente por partidos denominados como de centro izquierda –o de tercer vía-.
Era ésta la primera ocasión en la que la OTAN con sus diecinueve países miembros -anexados a última hora Polonia, Hungría y la República Checa- intervenía militarmente en un país no miembro, por conflictos internos en éste y sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, sin una declaración de guerra formal anterior a los ataques. Rusia, Bielorusia, China e Iraq se opusieron enérgicamente a esta iniciativa desde un inicio, aunque sólo diplomáticamente. No se debe dejar de mencionar que Iraq y China fueron incluso intimidadas militarmente, en acciones y bombardeos que la comandancia de la OTAN calificó de errores.

En las calles de la mayoría de los países del mundo se veían manifestaciones en contra de los bombardeos. El refrán que apelaba a la terrible realidad que ser yugoslavo no era una nacionalidad, sino un diagnóstico, se veía traducido en carteles que rezaban ”Todos somos yugoslavos”.
Muy pronto aparecerían carteles en los que se leería: ”Todos somos los indios del mundo” o ”Todos somos Marcos” o ”Todos somos afganos” o ”Todos somos palestinos”...

La República Serbia-Montenegro de hoy amenaza en convertirse muy pronto en solamente Serbia. Es posible que Montenegro decida separarse por la opresión económica que el gobierno serbio ha ejercido sobre su hasta el momento único aliado. Eso dejaría a Serbia como el gran perdedor, ya que se ha quedado desde 1995 sin la Krajina serbia en Croacia, sin Kosovo a partir de 1999 y se podría quedar sin la única salida al mar que le significa Montenegro en cualquier momento posterior al año 2000.

Para el año 2002, Slobodan Milošević enfrentaba ya su juicio en el Tribunal para Crímenes de Guerra en Bosnia y Herzegovina, y posteriormente, a partir de 2004, también por los crímenes de lesa humanidad en Kosovo, en La Haya, ante el juez designado Karla Del Ponte, en condición de su propio defensor en un inicio y representado jurídicamente a partir del año pasado, y los Balcanes han dejado ya de ser una noticia importante para la impresionante industria de medios de comunicación internacionales. Eslovenia entraba a la Unión Europea en mayo de 2004, y las demás repúblicas sudeslavas luchan por incorporarse a este organismo o a la OTAN, sentenciadas para entregar a todos los perseguidos por el tribunal de La Haya, tema muy caliente al interior de cada una, ya que muchos de los supuestos criminales de guerra han ganado incluso estatus de héroes nacionales, tanto en Croacia como en Serbia. En abril del 2005, la comisión especial de la UE ha sentenciado como viable la anexión de las repúblicas Serbia y Croacia.

Es claro que los dos procesos de muy larga duración y el contexto geográfico y geopolítico balcánico no han terminado y que los pueblos sudeslavos enfrentan un enorme reto de convivencia pacífica y una inminente colaboración económica y en otros rubros, que es necesaria entre cualesquiera países vecinos.

Podría ser interesante especular acerca del futuro de esta región, aunque el año 2000 y el final de los cuatro conflictos bélicos que tomaron lugar en los quince años anteriores en estas tierras, definitivamente han marcado otro hecho coyuntural más, en la extensa historia de la península balcánica.

El 10 de Febrero del año 2003 oficialmente desaparecía el nombre de Yugoslavia en los anales de la historia mundial. En el mismo momento, nacía la República Federativa Serbia-Montenegro.

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