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28.6.05

La primera guerra mundial y la creación de la primera Yugoslavia

Tres imperios en decadencia, Austria-Hungría (1) y Rusia (1) por un lado y Turquía en medio de una crisis política propia por el otro (1), se debatían entre la revolución (la rusa de 1905 (1, 2, 3) y la turca de 1908 (1, 2), antecedente de la posterior, encabezada por Ataturk en 1919 (1)) y el desmembramiento; necesitaban conquistas territoriales y prestigio militar para enmascarar las crisis internas [1]. Por otra parte, la Europa de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX era testigo del ascenso de un nuevo poder que se hacia más importante, Alemania (1).

La actitud traidora de los dirigentes de la II Internacional (1, 2, 3) a su propia ideología internacionalista, que, violando los principios marxistas, apoyaron a sus diferentes burguesías, contrasta con la actitud internacionalista de la mayoría de los socialistas balcánicos que denunciaban la guerra imperialista y a la burguesía de sus propios países como primer enemigo (1, 2, 3). El auténtico espíritu comunista, quedó reflejado en el valiente acto de los diputados socialistas serbios, de votar en contra del Gobierno cuando pedía el apoyo de todos los partidos para detener la agresión austro-húngara [1]. Estos actos en aquel entonces, al igual que hoy en día eran sentidos como alta traición a la patria.

Para que no sea una excepción, tras declararle la guerra a Serbia (1) por haberse negado que la policía austrohúngara realizara la investigación del atentado al Archiduque Francisco Fernando (Franz Ferdinand) (1, 2) en suelo serbio y castigara a los que encontrara culpables (todo lo cual se exigía en el famoso Ultimatum del 19 de julio y que fue rspondido por parte del gobierno serbio en esta respuesta), el Imperio Austrohúngaro bombardeó Belgrado tras declararle la guerra a Serbia. En tan sólo trece días que duró la primera ocupación, la ciudad fue incendiada, saqueada y su población maltratada. En Kalemegdan yacían los cuerpos colgados de los opositores a la agresión y miembros del ejército serbio.

Viendo la amenaza austrohúngara y la baja moral de su ejército, ya muy enfermo y pronto a morir, el aún rey Petar I se levantó de su lecho y sostuvo un discurso histórico ante sus tropas, mismo que, según se dice en la leyenda, les llenó de una fuerza renovada. En las próximas batallas lograron repeler las fuerzas austríacas de sus territorios. En esa ofensiva se lograron capturar más de 600 soldados austrohúngaros y alcanzar una temporal liberación y paz que duró del 15 de diciembre de 1914 al 6 de octubre de 1915. Viendo su derrota, Austria decidió regresar al frente serbio, sólo que esta vez con tropas de su aliado: Alemania, comandadas por el general August von Mackensen.

Belgrado caía en manos de los agresores con un costo de más de 5,000 soldados serbios muertos en los nueve días que duró la batalla [Lek95]. En los anales históricos se menciona ésta como una de las batallas más difíciles que sostuvieron los agresores en su guerra contra Serbia. Belgrado era una vez más incendiada, saqueada y su población aniquilada a manos del enemigo o por el hambre.

Una gran parte de la población decidió unirse a la retirada del ejército serbio, abandonando su reino, en dirección de Albania, en medio de un invierno terrible (1, 2, 3, 4). En las costas del Adriático tuvieron que esperar a sus aliados durante mucho tiempo para finalmente ser trasladados a las islas de Korfú y Vido. Muchos fueron trasladados a Francia donde recibieron ayuda. Según John Reed [1 apud J. Reed, La guerra en Europa Oriental, Ediciones Curso, p. 109], el periodista comunista americano (que fue corresponsal en la zona), sólo en la primavera de 1916 murieron de tifus 300,000 serbios.

Sumergido en su totalidad en el terror, todo el ejército serbio fue desterrado por las fuerzas agresoras, para continuar su lucha en un nuevo frente abierto en Salónica el año de 1916 (1, 2). Los soldados tuvieron que marchar sobre casi un cuarto del territorio de Europa para volver a sus hogares, dejando más de 95,000 en este camino del infierno la vida, sobre todo en las islas del archipiélago griego. Es herencia de aquellos acontecimientos la canción de Tamo daleko (Allá lejos, en traducción al español) que es hasta el día de hoy aún una especie de himno popular (aunque no oficial) serbio que sobrevivió incluso la censura política impuesta por parte del gobierno socialista en la época de Tito.

En otoño de 1916, el ejército serbio inició junto con los francéses los preparativos para la gran batalla con la que finalmente decidirían el resultado de la I guerra mindial y regresarían a casa. El 15 de septiembre de 1918, los soldados lograron finalmente romper el llamado frente de Salónica. 45 días después, ya habían llegado a Belgrado, liberado el día primero de noviembre de 1918 (1, 2, 3).

A finales de enero de 1921, el comandante de la parte oriental del frente de Salónica, el mariscal francés Franchet d’Esperey, le entregó a Belgrado la distinción de la Cruz de Caballeros de la Legión de Honor (1, 2). Después de Paris y Liege, Belgrado resultó ser la tercera ciudad proclamada heróica en la primera guerra mundial.

Es éste, desde luego, el segundo de los tres mitos glorificados y repetidos hasta la exageración por los nacionalistas serbios de los inicios de la década de 1990 y hasta el día de hoy.

Uniéndose a los esfuerzos de Serbia y de Montenegro, la parte más progresista de los pueblos sudeslavos que continuaban en el marco del Imperio Austrohúngaro o bajo otras dominaciones se incorporaron a la guerra a través de brigadas voluntarias o bien mediante su actividad revolucionaria contra la monarquía de los Habsburgo.

Sin embargo, no está demás recordar las demostraciones de muchos croatas y bosnios en las calles de las principales ciudades de esa región de los Balcanes que seguía bajo el dominio de los Habsburgo, en contra de los serbios y todo lo que con ellos y la unificación de los eslavos del sur tuviera que ver. Aún no había ningún antecedente de enemistad alguna entre los serbios y los croatas, mismos que se sentían muy cercanos en esta coyuntura imperialista. Incluso, muchos serbios austrohúngaros pelearon lado a lado con los otros sudeslavos movilizados por el ejército imperialista, aunque según muchos testimonios, se hallaban en sería desventaja y bajo constante sospecha de traición, al combatir a su mismo pueblo del otro lado de las trincheras. Una gran parte de croatas, musulmanes bosniacos, eslovenos, checos y hasta serbios velaban por sus intereses y sus obligaciones de súbditos de la monarquía austro-húngara. Queriendo quedar bien a los ojos de sus amos, se volvían los más feroces guerreros en las batallas principalmente en contra de los serbios. Muchos recibieron altas condecoraciones militares por parte de Austria y Alemania (1, 2, 3). Era ésta una muestra más de la terrible influencia de los imperios en los pueblos nativos de sus fronteras. Los serbios, croatas, eslovenos, montenegrinos y macedonios se enfrentaban de nuevo vestidos, a excepción de los serbios y los montenegrinos, en uniformes de otros y bajo otras banderas, al igual como lo hicieron para el Bizancio, los turcos, los austríacos o alemanes en el pasado.

Interesantes líneas acerca del ambiente en las calles de Zagreb en el verano de 1914, con demostraciones de solidaridad con la familia imperial de Viena y búsqueda de venganza por parte de los croatasy musulmanes bosníacos leales en contra de los asesinos de Franz y de Sofía al otro lado del río Drina, al igual que el pensamiento transcrito de las memorias de Josip Horvat, croata, en sus memorias (Zapisci iz nepovrata. Kronika okradene mladosti 1900-1919), que dice: "(...) todo pasa en una especie de borrachera festiva, irresponsable, nadie ve (...) que los que tendrán que intercambiar los primeros disparos en el gran conflicto son precisamente los croatas y los serbios (...)", escribe Filologanoga en su blog.

Por su parte, los sudeslavos que pugnaban por la unificación y se hallaban lejos de su territorio (principalmente croatas y eslovenos) promovieron una agitación en todo el mundo, a favor de su unidad e independencia, fundando un Comité Yugoslavo (1, 2, 3) que colaboró con el gobierno serbio. Fruto de esta colaboración, y del patrocinio de EUA y Gran Bretaña interesados en crear un estado fuerte que frenara a Austria en un principio y a Alemania y la recién formada URSS después, por ese sudeste europeo, fue la firma de dos declaraciones: la primera, en Viena, el 30 de mayo de 1917 –La Declaración de Mayo- (1, 2, 3), implicaba que los serbios, croatas y eslovenos formarían un estado: Yugoslavia, dentro del Imperio austrohúngaro y bajo la corona de los Habsburgo; la segunda, fue la Declaración de Corfú, del 20 de julio de 1917 (1, 2, 3), que previó la creación de un estado de serbios, croatas y eslovenos en forma de monarquía constitucional, parlamentaria y democrática con la dinastía Karadjordjević (serbia) en el trono. Esta declaración la firmarían Nikola Pasić, presidente del gobierno serbio, y el doctor Ante Trumbić, representante de los croatas [Mil00]. A la firma del acuerdo se unen por un lado, Montenegro que enfrenta una revuelta política interna en esta epoca (1, 2), los habitantes de Bosnia y Herzegovina y los macedonios (1). No está demás mencionar que la Junta Nacional Croata, dirigída por Antun Korosec toma el poder en Zagreb y logra finalmente proclamar la unión de los serbios, croatas y eslovenos (1, 2, 3).

De tal modo, el anhelo de una parte de los intelectuales y las clases pudientes de los pueblos sudeslavos se vio coronado con la proclamación de la unidad, el 1° de diciembre de 1918, iniciándose un proceso histórico de mediana duración, de 63 años, que fue lo que duró el sueño yugoslavo.

La actitud internacionalista de los socialistas balcánicos (en directa oposición a la guerra) se concreta en 1915 con la creación de la Federación Socialdemócrata Balcánica (1, 2, 3), que une a los partidos de Romanía, Grecia, Bulgaria y serbia y que tendría continuidad a principios de los 1920's con la Federación Comunista Balcánica, el primer paso práctico y decisivo dado en pro de la unificación de los pueblos balcánicos [1].

Palau [Pa96] comenta que en ese momento Serbia resultó ser la potencia regional triunfadora en la I Guerra Mundial, aliada de quienes iban a dictar el orden del siglo XX. Su autoridad moral en 1918 era enorme en el mundo eslavo meridional, ya que había sufrido pérdidas y sacrificios inmensos. Así, la idea yugoslava se impuso con facilidad en Croacia, en donde los oponentes a ésta no encontraban un clima fácil para expresarse. Sin embargo, sigue el autor, en realidad seguían siendo mayoría aquellos croatas que se identificaban con un proyecto nacional propio y a quienes les disgustaba la subordinación a un pueblo "menos desarrollado". Así pues, la constitución de la primera Yugoslavia que duró entre los años 1918 y 1941, creó de nuevo una gran frustración entre los croatas, ésta ya segunda, sorda pero profunda [Pa96].

Algunas de las figuras políticas de Serbia alzaron igualmente su voz contra el proyecto yugoslavo en 1918. Como lo relata Palau [Pa96], éstas advirtieron que era demasiado ambicioso y, en todo caso, prematuro porque no se veía acompañado de la maduración necesaria. Sugirieron que la oportunidad de sentarse en la mesa de los vencedores en Versalles (1, 2, el tratado completo se puede encontrar aquí) se aprovechara para conseguir objetivos más modestos pero más sólidos e irreversibles, como la extensión de las fronteras de Serbia hacia el Adriático, Bosnia y Herzegovina y Slavonia, de manera que el estado serbio integrara a la mayor parte de los serbios de Austrohungría, pero dejando a croatas y eslovenos la formación de sus propios estados diferenciados en el resto de los territorios del Imperio destruido. Quizás, especula Palau [Pa96], esas observaciones fueron acertadas y proféticas. La Serbia triunfante de 1918 podía, efectivamente, haber establecido sus fronteras donde le hubiera complacido. Sin embargo, el sentimiento paneslavo, la ambición de la monarquía por gobernar un reino mayor y los intereses internacionales terminaron por imponer el proyecto yugoslavo.

Al amanecer del periodo entre las dos guerras mundiales el mundo fue testigo del nacimiento del primer antecedente de lo que llegaría a ser Yugoslavia: el Reino Unido de Serbios, Croatas y Eslovenos, nombrado a partir de 1929 Reino de Yugoslavia (1, 2, 3, 4), cuyo territorio constituido se puede observar en el siguiente mapa en el que se muestra igualmente el resquebrajado Imperio Austrohúngaro una vez terminada la I Guerra Mundial:



Ruptura del Imperio Austrohúngaro una vez terminada la Primera Guerra Mundial.
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)




Mapa de Europa entre la I y la II Guerras Mundiales, en época de la llamada Guerra Total (1914-1945).
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)


Para Eric Hobsbawm, uno de los historiadores británicos más importantes del siglo XX (normalmente ubicado con el grupo de los socialistas británicos), en [Hob01], al término de la primera guerra mundial las potencias vencedoras trataron de conseguir una paz que hiciera imposible una nueva guerra como la que acababa de devastar el mundo y cuyas consecuencias estaban sufriendo.

Salvar al mundo del bolchevismo y reestructurar el mapa de Europa eran dos proyectos que se superponían, pues la maniobra inmediata de enfrentar a la Rusia revolucionaria en caso de que sobreviviera –lo cual no podía en modo alguno darse por sentado en 1919- era aislarla tras un cordon sanitaire, como se decía en el lenguaje diplomático de la época, de estados anticomunistas [Hob01]. Dado que éstos habían sido constituidos totalmente o en gran parte con territorios de la antigua Rusia, su hostilidad hacia Moscú estaba garantizada. De norte a sur, dichos estados eran los siguientes: Finlandia, una región autónoma cuya secesión había sido permitida por Lenin; tres nuevas pequeñas repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania), respecto de las cuales no existía precedente histórico; Polonia, que recuperaba su condición de estado independiente después de 120 años, y Rumanía, cuya extensión se había duplicado con la anexión de algunos territorios húngaros y austriacos del imperio de los Habsbugo y de Besarabia, que antes pertenecía a Rusia. De hecho, prosigue Hobsbawm [Hob01], Alemania había arrebatado la mayor parte de esos territorios a Rusia, que de no haber estallado la revolución bolchevique los habría recuperado. El intento de prolongar ese aislameinto hacia el Cáucaso fracasó, principalmente porque la Rusia revolucionaria llegó a un acuerdo con Turquía (no comunista, pero también revolucionaria), que odiaba los imperialismos británico y francés. En resumen, en el este los aliados aceptaron las fronteras impuestas por Alemania a la Rusia revolucionaria, siempre y cuando no existieran fuerzas más allá de su control que las hicieran inoperantes [Hob01].

El historiador prosigue indicando que no es necesario realizar la crónica detallada de la historia del período de entreguerras para comprender que el tratado de Versalles no podía ser la base de una paz estable. Estaba condenado al fracaso desde el principio y, por lo tanto, el estallido de una nueva guerra era prácticamente seguro. Los Estados Unidos optaron casi inmediatamente por no firmar los tratados y en un mundo que ya no era eurocéntrico y eurodeterminado, no podía ser viable ningún tratado que no contara con el apoyo de ese país, que se había convertido en una de las primeras potencias mundiales [Hob01]. Dos grandes potencias europeas, y mundiales, Alemania y la Unión Soviética, fueron eliminadas temporalmente del escenario internacional y además se les negó su existencia como protagonistas independientes. En cuanto uno de estos países volviera a aperecer en escena, quedaría en precario un tratado de paz que sólo tenía el apoyo de Gran Bretaña y Francia, pues Italia se sentía descontenta. Y, antes o después, Alemania, Rusia, o ambas recuperarían su protagonismo. Las pocas posibilidades de paz que se tenían fueron torpedeadas por la negativa de las potencias vencedoras a permitir la rehabilitación de los vencidos [Hob01]. El tratado de Versalles sólo establecía la paz con Alemania. Diversos parques y castillos de la monarquía situados en las proximidades de París dieron nombre a los otros tratados: Saint Germain con Austria; Trianon con Hungría; Sèvres con Turquía, y Neuilly con Bulgaria.

El Tratado de Trianon, según Josep Palau [Pa96], que estableció en 1919 la frontera entre Hungría y el emergente Reino de los serbios, croatas y eslovenos -frontera hasta hoy respetada-, adjudicó a Hungría una pequeña parte de Vojvodina, y medió en una disputa serbo-húngara a propósito de Baranja, resolviéndola a favor de los serbios. Por el contrario, la delimitación política entre Serbia y Croacia dentro de Yugoslavia fue siempre imprecisa y sometida a diversos avatares. En el período comprendido entre las dos guerras, hubo hasta tres divisiones administrativas distintas en Yugoslavia. En 1919 se organizaron 33 distritos. En 1929 se formaron 9 provincias (banovinas), con un estatuto especial para la ciudad de Belgrado. En 1939 fue ampliado considerablemente el territorio de la banovina de Croacia para incorporarle la costa adriática desde Zadar a Dubrovnik, así como parte de las actuales Vojvodina y Bosnia y Herzegovina [Pa96].

Por el otro lado, en 1918 se estableció el Comité de Kosovo (1, 2, 3, 4, 5), cuya política fue directamente contra el Reino Unido de Serbios, Croatas y Eslovenos en un principio, y el de Yugoslavia después, tomando como base las bandas terroristas conocidas como kačaks (1, 2, 3) que tuvieron actividad en Kosovo entre 1919 y 1924.

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19.6.05

La realidad albanesa bajo el imperio otomano y su suerte en el siglo XIX e inicios del XX

Siguiendo con la reseña en español de los artículos publicados por el Dr. Sam Vaknin para el Central Europe Review entre octubre y noviembre de 1999, que ya se han comentado aquí y aquí en este blog, habría que señalar que la interrupción de la prosperidad cultural albanesa ocasionada por la invasión otomana y su división entre las religiones cristiana y musulmana que ello tuvo como una consecuencia directa, repercutieron en la creación del albanismo, una religión políticamente reunificadora y sustituta de las otras dos, que los líderes políticos albaneses promovían durante el siglo XVIII. Lo anterior iba ligado, desde luego, al inminente peligro de desnacionalización que la existencia de dos religiones, una ligada al occidente y la otra al oriente, pudieran provocar.

Todo este malestar y el gran potencial de revuelta que se había acumulado en la población aalbanesa a lo largo de la dominación turca encontraban su expresión en la creaación de la llamada Liga de Prizren (1), fundada en Kosovo en 1878. El hecho de considerar Kosovo parte de la nación albanesa era herencia de las fronteras administrativas impuestas por el Imperio Otomán, que carecían de cuaalquier otro fundamento histórico o etnico. Un grupo diminuto de albaneses de la parte norte de la provincia, con intereses políticos localistas en un principio adoptó rápidamente una agenda expansiva, buscando unificar en una sola unidad política las cuatro partes supuestamente constitutivas de Albania: Kosovo, Shkoder, Monastir y Jamina, separadas en cuatro vilayets (areas administrativas del Imperio turco). Sin embargo, en opinión de Vaknin, no sería correcto atribuír el delirio de la llamada Gran Albania que ha sido el motivo principal de todos los nacionalistas albaneses a lo largo de todo el siglo XX y hasta la fecha, a este movimiento.

La Liga de Prizren buscaba una solución administrativa, no política. Lo que querían era crear una zona albanesa dentro del mismo Imperio otomán. Estaban más enfocados a cuestiones más benignas, prosigue Vaknin, y menos amenazantes tales como la cultura, el arte, la literatura y la educación. En poco tiempo se convertía la Liga de Prizren en un movimiento cultural con asspiraciones administrativas, no lo que, según Vaknin, hoy en día de ellos han hecho los historiadores (las curivas son mias) albaneses nacionalistas.

La insistencia en el idioma albanés y la fuerte oposición a su uso por parte de los turcos transformaban la Liga de Prizren en un movimiento nacionalista a la par con los lineamientos alemanes e italianos de esa segunda mitad del siglo XIX. Fue en Monastir (hoy la ciudad de Bitola en Macedonia) que el alfabeto latinizado fue adoptado como oficial, en 1908.

Finalmente, cuando la última esperanza de una pronta autonomía y democratización en los territorios albaneses fue sellada por las incumplidas promesas de los Jóvenes Turcos de Ataturk, los albaneses se rebelaron y forzaron al "hombre enfermo" de Europa (el Imperio Otomán) de cumplirles estos deseos en 1912.

Sin embargo, al término de la Primera Guerra Balcánica, los ejércitos griego, serbio y montenegrino conquistaron las tierras albanesas y las dividieron entre ellos.

El trauma de la división que comparten con casi todos los pueblos balcánicos, es recurrente en la psique albanesa. Expuestos a la desaparición de Albania tan poco tiempo después de su nacimiento, los líderes albaneses organizaron una asamblea en laa ciudad de Vlore, el 28 de Noviembre de 1912 y declararon su independencia. Esta asamblea fue presidida por Imail Kemak, de raíces albanesas, anteriormente un alto oficial del ejército otomán.

En diciembre de 1912, las grandes potencias -Gran Bretaña, Alemania, Austro-Hungría, Italia y Francia- decidieron en Londres dividirse los territorios albaneses "independientes" en vista de estos acontecimientos inesperados. La conferencia de Londres le entregó los territorios del estado independiente de Albania a Austro-Hungría e Italia, recortándole los territorios de Kosovo que por sensibilidad histórica y la situación geopolítica de la región entre las Guerras Balcánicas le fueron cedidos a Serbia, y de Canenia, coptados por Grecia. Ello significaba que los territorios más ricos y más de la mitad de la población albanesa fueron apartados del proyecto administrativo inicial.

Dos procesos históricos de larga duración más aparecieron ese día en los Balcanes: el resentimiento terrible con potencial bélico entre los albaneses y el reino serbio y todos sus sucesores hasta el día de hoy, y la negación mutua griego-albanesa.

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15.5.05

Del significado de Kosovo como mito cultural de la identidad serbia

Al preguntarle a cualquier serbio cuál es la cuna de toda su cultura, al menos desde la época medieval, la respuesta sería indudablemente: Kosovo. La anterior tesis encuentra su respaldo en la relevancia de este territorio en numerosos acontecimientos de suprema importancia para el pueblo serbio y el hecho que, desde que se había establecido el reino de Ras en el siglo IX, un gran número de centros religiosos y culturales siempre había estado precisamente allí. Ello se debe a que los Nemanjić utilizaron la Iglesia ortodoxa serbia para reforzar su poder.

Según Mira Milosevich [Mil00], tomando en cuenta que en "el territorio del estado serbio no existió una preevangelización, fueron ellos los que abordaron la cristianización de los Balcanes de un modo autoritario y sistemático". No se hacían descender de ningún personaje del Antiguo Testamento, algo bastante usual entre los reyes de su época, pero su ambición no era por ello menor que la de éstos. Los Nemanjić pretendían convertirse en santos, en los santos mayores de su Iglesia. A lo largo de su vida, todo descendiente de esta dinastía reconocía su deber de convertirse en santo. Construía un monasterio al que se retiraría para esperar la muerte y se convertía allí en un monje más. Recibía las órdenes sagradas y le daban nombre de un santo. Después de su muerte, el rey se convertía, mediante directa intervención de sus descendientes, en santo de la Iglesia ortodoxa serbia. Para que ello fuera posible, cada Nemanjić tenía su propio cronista o biógrafo cuya función era escribir la vida de su señor, registrando todos los hechos por los que se hacía acreedor a la santidad. Al canonizarlo, la Iglesia ortodoxa confirmaba el poder temporal de la dinastía: la canonización de un Nemanjić otorgaba santidad al estado mismo [Mil00]. De ahí tantos monasterios en el territorio del antiguo reino de Ras, hoy la parte norte del protectorado de las fuerzas de la OTAN: Kosovo.

Otro evento que vino a reforzar esta cuestión -y que en la actualidad forma el segundo de los grandes mitos culturales más defendidos de la gloria serbia- era que para el año de 1389, al suscitarse el gran intento de la conquista de Europa a manos del Imperio otomán, el primer pueblo cristiano que encontraron a su paso, entrando por el sudeste de Europa, fue precisamente el reino serbio dividido por pugnas internas entre señores feudales de aquel entonces, acaecidos a la muerte del emperador Dušan (1, 2, 3).

Retomando el libro de Mira Milosevich [Mil00], se encuentra que "según Anthony D. Smith, el más conspicuo defensor de las tesis primordialistas acerca del nacionalismo -según esta autora-,
para comprender el carácter de las identidades étnicas, no hay que atender tanto a su organización social o a sus relaciones políticas y militares con otras etnias como a lo que él llama complejo mítico-simbólico, es decir, a las formas y contenidos de los mitos y símbolos, de las memorias históricas y de los modelos culturales. El complejo mítico-simbólico, o mitomotor, constituye el factor más importante entre lo que determina un carácter étnico y su estabilidad histórica"[Mil00, p. 66, apud. Anthony D. Smith. The Ethnic Origins of Nations, Blackwell, Oxford, 1986; ”Ethnic myths and ethnic revivals”, revista Archives Européennes de Sociologie, XXV, p. 283-305].

La autora prosigue con la afirmación que comparto totalmente: "el centro del complejo mítico-simbólico aparece ocupado de ordinario por los mitos de orígen, relatos sobre el pasado remoto de la comunidad étnica. En el mitomotor serbio, la centralidad corresponde, como es sabido, al ciclo de Kosovo, que refleja la evolución de una consciencia colectiva, sus transformaciones y sus distintas funciones políticas a lo largo de la historia" [Mil00, p. 66].

***
Al sentir la amenaza, el soberano serbio Lazar, que gobernaba con su esposa Milica, su pequeño dominio, mandó una convocatoria a todos los serbios que así se sintiesen presentarse en la planicie de Kosovo polje (Campo de mirlos, en traducción del serbio) para emprender la batalla decisiva en contra del invasor y olvidar sus peleas; si hicieran lo contrario, el rey rezaba la mas fuerte de las maldiciones en su contra.

El poema La maldición del príncipe (Lazar) (Kneževa kletva, es el título original), de origen vernáculo y cantado por los trovadores serbios desde la Edad Media y hasta llegar al siglo XIX (1), cuando fue recopilado por Vuk Stefanović Karadžić (se hablará de él más adelante en este mismo post y más profundamente en un futuro), reza:


El que es serbio y de origen serbio,
y de la sangre serbia y ascendencia,
y no llega a la batalla a Kosovo,
que de su mano nada se de:
¡ni el vino amarillento, ni el trigo blanco!
¡Que no obtenga frutos del campo,
ni en su hogar del corazón descendencia!
¡Que lidie con el mal hasta el último de su linaje!
[Dju61, p.66]

Lo anterior teniendo como precedente la gran derrota sufrida a manos del imperio turco en la batalla del río Marica, el año de 1371.

Esta es la versión más socorrida. Sin embargo, me parece interesante tomar en cuenta la opinión e investigaciones de varios historiadores como Tihany, Jelavić y otros, recopiladas por Bogdan Denitch [Den95, p. 124-125, apud. Tihany, Leslie C., A history of Midddle Europe, New Brusnwick, N.J., Rutgers Universoty Press, 1976, et Jelavić, B., History of the Balcans, 2 Vol., Cambridge, Cambridge University Press, 1983] que sostienen que el rey Lazar no era, en el sentido literal de la palabra, el rey de Serbia, aunque gobernó casi todos sus territorios. Competían por este título por lo menos dos figuras más: el rey Tvrtko I, de Bosnia, que fue coronado con los títulos tradicionales del reinado serbio, y el rey Marko que era, según ciertas fuentes, un vasallo turco y murió al servicio de los turcos. Por desgracia para la verdad histórica, afirma Denitch [Den95], las leyendas y las canciones épicas fueron muy importantes en una tierra donde la tradición oral era fuerte. Estas leyendas y canciones épicas hicieron del rey Marko el héroe de muchas historias heroicas, mientras apenas se menciona al rey Tvrtko. La razón probable para este autor [Den95], es que fue la Iglesia ortodoxa serbia la que forjó los mitos, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVI, ya que se reestableció como tal tras la conquista a manos de los turcos apenas en el año de 1555, y Bosnia siempre fue un lugar sospechoso atestado de católicos y de herejes cátaros -Bogumilos-. El rey Marko era por lo menos con seguridad, ortodoxo serbio, especula Denitch [Den95].

En oposición a estas especulaciones, para la mayoría de historiadores no existe tal confusión. Lazar Hrebeljanović, como era su apellido, era conde y no rey; emparentado con los Nemanjić a través de su mujer, Milica. Al igual que el sultán turco, murió en la batalla de Kosovo. Mira Milosevich [Mil00] escribe que ”los relatos que se compusieron en su honor después de la batalla, constituyen una exaltación del conde como defensor de la fe cristiana. En 1391, sus restos fueron exhumados en Kosovo y trasladados al monasterio Ravanica, que había hecho levantar él mismo. Desde entonces, el 28 de junio de cada año, se celebra una liturgia especial en su recuerdo: El culto al Conde Lazar.”

Al respecto de la peculiaridad de las hazañas supuestamente heroicas de un personaje aparentemente insignificante como lo es el rey Marko, también escribe Vojislav Djurić, en su libro La antología de la épica vernácula [Dju61]. Este autor señala que el rey Marko gobernó de 1371 a 1395 y que la sede de su gobierno se encontraba en la ciudad de Prilep. Durante todo el tiempo de su gobierno, reconocía el gobierno supremo del Imperio otomán. Después de la batalla en Kosovo, durante el gobierno del rey Bayazit, tuvo que participar también en las acciones militares turcas. En una de estas acciones murió el año de 1395, en la batalla en Rovine en contra del duque de los vlasis, Mirča. Según Konstantin Filozof, el biógrafo del que hablaré más adelante, Marko dijo en su lecho de muerte: ”Digo y le ruego al Señor que ayude a los cristianos, y yo que sea el primero entre los muertos en esta guerra” [Dju61, p.49].

Todo lo que la historia sabe acerca de Marko, escribe Djurić, se resume en que era un gobernante insignificante. Sin embargo, en las canciones y los cuentos él es el más grande de entre los héroes. Porqué sucede esto, no se puede decir con mucha veracidad. Puede ser que durante su gobierno el pueblo haya sido protegido de todo tipo de desgracias ocasionadas por los turcos y que posteriormente, bajo el peso del régimen otomán, el recuerdo de esos tiempos haya tenido un significado trascendente para la creación del personaje heroico del rey Marko.
Acerca de estos acontecimientos y la relevancia de la derrota -finalmente celebrada, como lo comenta atinadamente Mira Milosevich [Mil00], volviéndose por ello un fenómeno de gran complejidad-, en el subconsciente colectivo serbio existe un sinnúmero de versiones.

Mira Milosevich [Mil00, p. 35], señala que en estos acontecimientos "radica la peculiaridad del nacionalismo serbio ”leído en clave de melancolía: la causa de la melancolía no es una pérdida falsa. Es la pérdida real de una batalla, que no se llora, que no pasa por la fase de luto, sino que se asume paradójicamente con entusiasmo y con orgullo.” La autora prosigue explicando que a los serbios, la pérdida de la batalla de Kosovo les costó cinco siglos de dominación otomana. Desde entonces, sólo cuando pierden se sienten solos y ensimismados -y, por lo tanto, hacen todo lo posible para perder-. La perdida batalla de Kosovo y la lucha a lo largo de cinco siglos para formar el estado nacional independiente se ha convertido, según esta autora, en el modelo y en el modus vivendi para cualquier nacionalista serbio. A raíz de éste y de los hechos que más adelante iré describiendo, la autora concluye que el nacionalismo serbio de los años ochenta nació del rencor por las antiguas humillaciones y del temor de las futuras.

A mí me parce que la explicación es mucho más compleja que lo que Mira Milosevich pretende. No habría que olvidar el enorme sentido de pertenencia desarrollado en el pueblo, una vez que ya le era permitido hablar de su propia nacionalidad y ya no únicamente de la nacionalidad yugoslava que solía ser la"políticamente correcta" en los años del gobierno titísta. Las políticos sececionistas de los albaneses asentados en Kosovo que vivían un nuevo brote a partir de 1981, el exacerbado nacionalismo croata que arremetió con toda su fuerza en contra de casi una cuarta parte de su población de orígen serbio ya para 1991, la propaganda de todos los líderes corruptos y ambiciosos de los nuevos países balcánicos y las políticas fallidas de los organismos internacionale, como la ONU o la UE, tuvieron muco que ver en ello, también.
Mira Milosevich [Mil00, p. 68], prosigue señalando que: "entre los serbios existe la arraigada creencia de que tras esta derrota (la de Kosovo polje) se desvaneció la independencia del estado serbio y de la Iglesia ortodoxa autocéfala. Pero, si no se puede probar que en el siglo XIV existiera algo parecido a una nación serbia, mucho menos cabe hablar de un estado serbio. ¿Y de una etnia serbia? Al menos, existía un grupo definido por rasgos idiomáticos y religiosos, pero nada más. No, en absoluto, una comunidad con clara consciencia de poseer una identidad política.

La identidad, o mejor dicho, la consciencia identitaria surgió para la autora, precisamente de la derrota militar. Lo que se perdió en la batalla de Kosovo fue la inocencia, la inmediatez de una experiencia no reflexiva de pertenecer a una sociedad regida por los valores culturales y religiosos propios de una civilización agraria. Con el desastre de Kosovo nació la consciencia de una discontinuidad, de una ruptura. ¿Se perdió un estado serbio? No. Tal supuesta pérdida es una fantasía que traduce un deseo. Para que el estado serbio fuera posible, había que perderlo previamente. Había que perder lo que nunca se había poseído."
Me parece esta postura crítica, diametralmente opuesta a la de una gran mayoría de intelectuales, periodistas o simplemente ciudadanos serbios que conozco. Indistintamente de la ideología que se siguiera, lo que sí me parece indiscutible es el hecho que los acontecimientos mencionados hayan marcado la identidad de los serbios para siempre y que sus consecuencias, desde cualquier punto de vista, claramente repercuten en su actualidad. Reconozco en estos pasajes la continuación del primer proceso trascendente de larga duración para la historia de los pueblos balcánicos referente a la diversidad de influencias culturales que había iniciado varios siglos atrás y de cuyo inicio ya se escribió aquí.


«« Hacia De la creación de la identidad albanesa antes y durante de la llegada del imperio otomán

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24.4.05

Reflexiones iniciales cortas sobre una historia larga

En el libro La historia y las ciencias sociales, Fernand Braudel, uno de los grandes historiadores franceses del siglo XX, escribe:

"Lucien Febvre, durante los últimos diez años de su vida, ha repetido: «historia, ciencia del pasado, ciencia del presente». La historia, dialéctica de la duración, ¿no es acaso, a su manera, explicación de lo social en toda su realidad y, por tanto, también de lo actual? Su lección vale en este aspecto como puesta en guardia contra el acontecimiento: no pensar tan sólo en el tiempo corto, no creer que sólo los sectores que meten ruido son los más auténticos; también los hay silenciosos. Pero, ¿vale la pena recordarlo?"
(BRAUDEL, F., La historia y las ciencias sociales, Alianza Editorial. 10ª reimpresión. Madrid, 1999)

Desde luego que vale la pena. Los trágicos acontecimientos que tomaron lugar en los Balcanes en la década de 1990 tienen sus raíces profundas en el pasado de esta región; mismo que no pocas veces abarca hechos que Braudel clasifica como de muy larga duración.

En el presente análisis se tomará como imprescindible la necesidad de definir procesos que iniciaron hace largo tiempo y que siguen desarrollándose bajo esquemas muy similares teniendo la misma causa a lo largo de su progreso. Estos procesos se denominarán de larga duración. Desde luego, tal y como se verá en el análisis llevado a cabo, existen sucesiones de misma causa que acompañan a un pueblo o una extensión geográfica concreta casi desde su surgimiento mismo. Éstos se denominarán de muy larga duración. También existen procesos que completan su ciclo a lo largo de media centuria aproximadamente, denominados de duración media. Posteriormente, existe el requerimiento de referirse a ciertos acontecimientos que marcan simbólicamente una época o el fin de un ciclo y el inicio de otro: éstos se denominarán como coyunturales. Finalmente, existen acontecimientos históricos que se pueden analizar, por decisión, como hechos aislados o igual dentro de un contexto completo, aunque al margen de un análisis que los absorbería en algún desarrollo de duración larga o muy larga; estos seguirán siendo simplemente acontecimientos históricos como tales.

Como primer ejemplo de lo anterior se puede tomar la ubicación geográfica de los países sudeslavos. Desde las primeras concepciones del mundo como tal, esta región ha representado un lugar estratégicamente importante. Se encuentra justo en medio del torbellino que representa el cruce de los caminos comerciales y físicos que unen el continente euroasiático y, por medio de la salida al mar Mediterráneo a través del mar Adriático, es una de las rutas que se podían tomar hacia el continente africano. La opulencia y el poder alcanzados por la pequeña República de Venecia en la Edad Media se debió justamente a este factor geográfico. En otras palabras, si revisamos las trayectorias expansionistas de todos los grandes conquistadores desde Europa hacia Asia o viceversa, veremos que coinciden con el supuesto anterior y que se veían éstos obligados a considerar los territorios mencionados como trascendentales en el afán de lograr sus objetivos.

Por otro lado, al estar situados en sudeuropa, los habitantes balcánicos se volvían una y otra vez la pieza fundamental para la integración de territorios de todos los imperios europeos, desde siempre. Su importancia geográfica, por ende, no se podría despreciar en ningún momento del pasado europeo y el de sus relaciones con Asia o África. Este factor de suprema importancia es ya parte integral de los habitantes de esta zona. Las invasiones a estos territorios y guerras llevadas a cabo por su dominación se habían vuelto una cotidianidad desde antes de la famosa Guerra de Troya, cuyo escenario desde luego fue justo una gran parte de ésta región.

En resumen, se puede afirmar que la situación geográfica de las tierras balcánicas es un factor trascendental que ha provocado un proceso de muy larga duración –más de veinte siglos- que combinado con situaciones diversas y cambiantes a lo largo de la historia ha desencadenado las invasiones tan lejanas en el tiempo entre ellas, como lo podrían ser la de los celtas sobre los singes, de los romanos sobre los celtas, de eslavos contra romanos –con diversos reveses-, del Bizancio contra el incipiente catolicismo del Imperio Romano Occidental, de los húngaros sobre los croatas, de búlgaros sobre todas las tierras sureslavas, de los turcos sobre los serbios, macedonios, monteneegrinos y gran parte de Bosnia –con diversos pormenores que se discutirán en breve-, de los búlgaros sobre los serbios liberados del yugo otomán, del Imperio Austrohúngaro contra los serbios en la Primera Guerra Mundial (como claro pretexto de inico de una guerra inminente en Europa, que duraría hasta 1945), de las fuerzas del centro en la Segunda Guerra Mundial, de los capitales alemanes y austríacos al inicio de la década de los 1990´s y el aniquilamiento masivo del estado yugoslavo a manos de la OTAN en 1999.

Siguiendo con el presente análisis, una vez establecidos e identificados los primeros Estados serbio y montenegrino y los sentimientos de nacionalidad particular de casi todos los pueblos sudeslavos, se subraya el segundo proceso de muy larga duración cuyas consecuencias resultan más actuales que nunca en el umbral del siglo XXI. Éste radica en la determinación cultural y religiosa de los diferentes pueblos que conformarían la Yugoslavia de Tito (1941-1990); determinados éstos por los diferentes imperios que dominaron los territorios de cada uno de estos pueblos por más de cinco siglos –desde el siglo XIV hasta los inicios del siglo XX-.

Durante toda esta época, los diferentes pueblos eslavos de estos territorios se encontraban en medio de una pugna trascendental entre las Iglesias Católica y Ortodoxa o Bizantina en un principio y el islam y todas las demás, después de la conquista de Serbia, Montenegro, Macedonia, gran parte de Bosnia y algunas partes de Croacia a manos del Imperio otomano. De ahí surgieron los sonados musulmanes de la actualidad que no son más que croatas y serbios convertidos al islam tras cinco siglos de persecución religiosa. La formación cultural adquirida por los croatas y eslovenos bajo el dominio occidental, austrohúngaro y de la Iglesia Católica resultaron por demás diferentes a los que se podían percibir entre los pueblos sudeslavos que se libraban del dominio otomán hacia finales del siglo XIX. Estas diferencias culturales se hicieron patentes y resultaron ser un factor trascendental una vez establecido el primer Estado yugoslavo después de la I Guerra Mundial. Incluso, hoy en día es posible ver en las calles de Sarajevo o Skopie mujeres vestidas a toda la usanza de países islámicos, herencia directa de la dominación otomanaa de estos territorios.

Los mencionados desencuentros culturales siguen provocando odios y menosprecio entre los habitantes balcánicos, además de haberse transformado paulatinamente en un colectivo reconocimiento de la existencia de una especie de títulos históricos autodefinidos, por medio de los cuales se construyó toda una teoría de superioridad nacional asumida por todas las partes involucradas y que, según los experimentados esquemas de un norte industrializado y un sur subdesarrollado, se deteriora cada vez más al irse alejando de Austria y acercándose a Albania.

Otro hecho interesante es que, siendo una frontera natural entre todas las potencias que a lo largo de la historia conquistaban una u otra parte de Europa o Asia, los pueblos sudeslavos –y sobre todo los serbios- han sido utilizados siempre y sin excepción, como ejército defensor de imperios, civilizaciones o iglesias. Incluso, parte del orgullo nacional serbio por ejemplo, reside precisamente en el hecho de sentirse los últimos defensores de la Europa cristiana en contra de la invasión musulmana; en caso de los croatas, el orgullo nacional radica en sentirse los últimos católicos civilizados frente a la Iglesia Bizantina y un poco más lejos, al Islam.

Tomando en cuenta lo anterior, es claro que se trata de pueblos que han considerado la guerra una parte fundamental de su existencia. El renombre conquistado de feroces guerreros, sobre todo en la población serbia, no se ha extinguido en el subconsciente colectivo de estos pueblos hasta el día de hoy. Desde luego, no se puede desdeñar el hecho estudiado en diferentes culturas, de las relaciones internas por demás pacíficas y amorosas, en el caso de sociedades bélicas y sumamente violentas hacia el exterior, compartido por el pueblo serbio. La cultura de guerra contribuyó de manera eficaz al inicio de los conflictos bélicos en la Krajina croata (antes Krajina serbia) en 1991.

Es interesante, sin embargo, que a la par de estos sentimientos y una cultura de guerra, se cultivaba en la época de la Yugoslavia titísta en la mayor parte de la población una esperanza hacia una paz duradera sustentada en la ideología política socialista, la desaparición forzosa de los odios anteriores a este nuevo estado y el surgimiento, probablemente artificial en un inicio, de una idea yugoslavista de hermandad de todos los eslavos del sur.

Aunque la historia a lo largo de los siglos parecía empeñarse en provocar la ruptura entre las identidades sudeslavas de estos pueblos, su fisionomía y la lengua que comparten parecían desafiar la lógica histórica que se les imponía. Aunque Mira Milosevich en su libro De los tristes y los héroes sugiere que Yugoslavia era una ilusión inventada por los primeros lingüístas del serbio-croata, la unificación de los pueblos sudeslavos en el siglo XX fue posible no por razones puramente lingüísticas, sino por los intereses políticos y socioeconómicos que no le dejaban otra alternativa a estos pueblos en plena época de la Guerra Total en el siglo XX.

La lucha por probar que existía un único idioma –ilirio-, base común del serbio y del croata, que tomó cuerpo en el movimiento conocido como ilirismo, fue el origen del proyecto de la nación yugoslava.

El ideal de un estado yugoslavo cuyos ciudadanos hablasen un idioma ilirio se debe a un alemán. Ljudevit Gaj, hijo de emigrantes alemanes, aceptó las ideas del croata Kopitar y del serbio Karadžić -el segundo alumno del primero- y las del ilirismo. Fue él mismo quién fundó en 1836 la Asociación de los amigos del pueblo ilirio, en Croacia, con la idea de crear una base política para la unión de todos los eslavos del sur –serbios y croatas como núcleo de la nación, y eslovenos y búlgaros como sus miembros constituyentes-. Fue, sin embargo, Ilija Garašanin, el ministro de Interior del rey serbio, Aleksandar Karadjordjević, quién escribió el primer programa nacional serbio en 1844, Načertanija (Principios), que fue la causa principal de la desaparición de los ilirios. La obra principal de Garašanin tomó las sugerencias amplias del patriota y jefe del Estado polaco, el conde Čartoriski. La idea fundamental era volver a Serbia el punto central de atracción para los eslavos del sur que se encontraban en los Balcanes. Lo anterior tomando en cuenta que Serbia se había vuelto el estado cristiano más significativo en esos momentos en estos territorios. Cuando en 1986, la Academia Serbia de las Ciencias y las Artes (SANU) escribía un Memorando con el fin de realizar un minucioso análisis de la situación de los serbios en ese momento (mismo que fue publicado sin la autorización de la institución), muchos dijeron que ese era el plan nacionalista serbio, inspirado completamente en el legado de Garašanin. Un gran número de intelectuales hasta el día de hoy le han atribuido a esos sueños de la llamada Gran Serbia el fracaso de la cristalización del proyecto ilirio y, a su vez, la desaparición del Estado yugoslavo a finales del siglo XX. Sin embargo, los momentos históricos y el orden mundial existente a mediados del siglo XIX eran muy diferentes a la realidad mundial de la década de 1990. El maniqueísmo político alcanzado por algunos, que insiste en atribuirle la misma causa de desaparición a ambos proyectos, culpando de ello únicamente las políticas expansionistas serbias, despreciando en todo momento el exorbitante nacionalismo alcanzado en los círculos políticos e intelectuales croatas (presente sobre todo a partir de la década de 1960 y que buscaba una emancipación propia anhelada por más de cinco siglos), es sin embargo el que ha permeado en los medios de comunicación internacionales.

Habiendo definido hasta este momento los dos procesos de muy larga duración y el de larga duración concerniente a la creación del proyecto yugoslavo, trascendentales para la comprensión de los acontecimientos en los Balcanes de finales del siglo XX, es necesario mencionar dos hechos coyunturales y uno de duración media más.

Estos serían, la realización del sueño ilírico intelectual, de un país único de todos los eslavos del sur, en plena época de lo que Eric Hobsbawm en su Historia del siglo XX llamó ”la época de la Guerra Total”, el mismo logro que como ya se dijo, lejos de cumplir con un sueño cultural, más bien obedecía una realidad sociopolítica y económica impuesta a estos pueblos. Este hecho propició en su mero inicio una serie de odios interétnicos y la frustración de todos los nacionalistas croatas y eslovenos que soñaban con una emancipación propia; sobre todo en los círculos intelectuales.

Fue en la mesa de los vencedores de la primera posguerra, al ir redactando el Tratado de Versalles que el Reino Serbio marcó el precedente de la repulsión nacionalista croata hacia los serbios, que determinaría los acontecimientos políticos de una gran parte del siglo XX yugoslavo y que desencadenaría los conflictos bélicos de los 1990's. En lugar de tomar una decisión más realista y expandir los territorios de su propio reino, preparando de esta manera el terreno hacia una futura confederación de los países sudeslavos, se prefirió crear el Reino Unido de Serbios, Croatas y Eslovenos, bajo la Corona serbia. De esta manera se frustraban los anhelos de la gran parte de la intelectualidad croata y eslovena quienes sentían a partir de entonces que los serbios se habían vuelto ”el puñal clavado en las gargantas” croata y eslovena, respectivamente.

Siguiendo la lógica de mencionadas frustraciones nacionalistas y como consecuencia directa de estos acontecimientos, Croacia se volvía al inicio de la II Guerra Mundial un Estado títere, creado por Hitler y supeditado a los lineamientos establecidos por la Alemania nazi. La adopción de la ideología fascista y los odios acarreados de veinte años antes provocaron el más terrible genocidio por parte del gobierno del Estado Independiente de Croacia en contra de la población serbia que habitaba desde siempre los territorios de este nuevo estado. El número de víctimas globales yugoslavas en la II Guerra Mundial que cuatriplicaba las de Francia o Italia, era cinco veces mayor a las de Austria o equivalía a las de Hungría, Rumanía, Bulgaria, Grecia y Checoslovaquia juntas (ver imagen), muestra claramente el alcance de las guerras de limpieza étnica ocurridas a la par de las invasiones de las fuerzas del eje y evidencían el impacto que tuvo esta época en el subconsciente colectivo de estos pueblos años después. Las consecuencias de tales odios nacionalistas se convirtieron en una bomba de tiempo que finalmente explotaba en la última década del siglo veinte.



Mapa comparativo de número de víctimas sufridas en la segunda guerra mundial por país europeo, despreciando las 5,000,000 de víctimas del holocausto.
(Historical Maps on File, USA, Ed. Facts on File, Martin Greenwald Associates, 1989)

El proceso histórico de duración media importante para la comprensión de las tres guerras y el aniquilamiento masivo de finales del siglo XX, es el iniciado a partir de la década de 1960. La lucha política al interior de la Liga de Comunistas de Yugoslavia encabezada por los llamados comunistas reformistas, provenientes principalmente de Eslovenia, Croacia y Macedonia y más tarde de Serbia, que iba dirigida hacia una mayor democratización del sistema político yugoslavo y planteaba cambios tan radicales como la constitución de un sistema pluripartidario e invocaba incluso nociones acerca de una diversificación económica (idea que definitivamente le funcionó a China al inicio del nuevo milenio), se volvió sin embargo, un refugio perfecto para muchos nacionalistas, sobre todo croatas, y hasta demócratas cristianos que disfrutaban de un claro apoyo por parte de la Iglesia Católica. Aunque el movimiento fue acabado por Josip Broz Tito en las llamadas primaveras croata, eslovena y serbia, respectivamente, y se terminaba así con una generación excepcional de políticos progresistas que habían desarrollado una relación de trabajo entre las repúblicas jamás igualada, los legados referentes a una mayor autonomía de cada república en cuanto a las decisiones y la imposibilidad de veto se vieron reflejados en la Constitución yugoslava de 1974. La división de Serbia en tres partes a través de la creación de dos provincias autónomas en su territorio –Kosovo y Vojvodina-, la negación de la implementación de la misma medida con la Krajina serbia en Croacia, la enorme autonomía que se dio a cada una de las repúblicas, misma que aniquiló cualquier autoridad federal, fueron todos ingredientes precisos que aceleraron la desaparición de Yugoslavia en 1990, en medio de la crisis terrible de la década de 1980, una de cuyas consecuencias fue incluso el inicio del proceso coyuntural iniciado en 1989 con la desaparición de la URSS y el bloque comunista de Europa del Este.

Aquí ya se toca inminentemente el inicio del proceso iniciado con el derrumbe del bloque socialista europeo y, desde lugo, el sistema socialista yugoslavo a partir del año de 1989. Este proceso acarreó en un inicio un desbalance geopolítico mundial que daba paso al intento de implementación del llamado Nuevo Orden Mundial con EUA como la única potencia relevante. Hoy en día se puede afirmar que ese plan resultaba por demás irreal, al contemplar la naciente organización multipolar del mundo con la Unión Europea, Estados Unidos, Rusia, China, Japón y una incipiente alianza sudamericana encabezada por Brasil como los polos económicos visibles. Sin embargo, los equilibrios geopolíticos y socioeconómicos desaparecidos no arrojaban un sistema mundial claro al inicio del nuevo milenio, por lo que es necesario aguardar algunos años más para poder juzgar claramente en qué evolucionaba el de antaño mundo bipolar. Como ya se mencionó anteriormente, la imposibilidad que representó el tránsito de un sistema monopartidista y una economía cerrada hacia la "democratización" del régimen político y la diversificación del mercado, aunados a la impresionante crisis económica de los finales de los ochenta y los mencionados conflictos nacionalistas resurgidos, provocaron uno de los conflictos más temidos desde la creación de la República Socialista Federativa de Yugoslavia (SFRJ), en 1941. Todo ello provocó un redescubrimiento de los dos procesos de muy larga duración descritos. Por otro lado, los intereses acumulados sobre esta región y la complicidad total de la Unión Europea en la provocación de las tres guerras devastadoras en Eslovenia, Croacia y Bosnia y Herzegovina, son tan solo una lección para los demás países multiculturales y multiétnicos que podrían sufrir un futuro parecido o lo están sufriendo diariamente.

En este momento queda clara una hipótesis: los conflictos de la ex Yugoslavia, mismo país apoyado por el Occidente durante toda la segunda mitad del siglo XX ya que se guardaba la esperanza de utilizarlo como punta de lanza hacia la democratización de la Europa del Este, y también por la URSS, debido a su organización socialista, y a la vez en conflicto con ambas potencias en diferentes décadas a raíz de la política autogestiva traducida en el impulso del movimiento de los No alineados, la entidad más desarrollada industrial y económicamente de todo el bloque socialista -misma que tenía la capacidad de producir tecnología propia y que competía con sus productos en los mercados internacionales-, fueron acelerados y apoyados por el Occidente, el Vaticano, los países islámicos y cualquiera que veía alguna posibilidad de sacar ganancias suculentas de la situación, únicamente cuando el conflicto se veía ya inminente, a raíz de los procesos históricos y pugnas internas insalvables a partir de la segunda mitad de la década de 1980.

La situación geográfica y la complejidad cultural de estos pueblos fueron factores determinantes de sus suertes. Sin embargo, en el siglo XXI incipiente se puede hablar de una pequeña diversificación de estos fenómenos. El posicionamiento militar parecía haberse cambiado por una influencia económica que controlaba todos los poderes del Estado al que se quería dominar, como una nueva forma de hacer política dentro del capitalismo mundial de la segunda mitad del siglo XX, salvo sus excepciones. Sin embargo, a finales de ese siglo, se volvió un factor importante el control físico de recursos naturales, la biodiversidad y el petróleo. La conciencia ecológica crecía paulatinamente en los países desarrollados. Ello tenía una consecuencia inmediata –la necesidad de las grandes compañías transnacionales por salir en búsqueda de la materia prima en otros lados. Las consecuencias claras se pueden observar en las diversas selvas en América Latina, Asia o África. Surgió de nuevo la necesidad de invasiones militares para la conservación de intereses económicos de la ahora potencia al borde de una catástrofe económica y social, Estados Unidos.

Aunado a lo anterior, otro paradigma del final del siglo veinte ha sido en definitiva la transformación de los medios de comunicación. Tomando en cuenta que a partir de 1989 -justo ese año en definitiva coyuntural- surge el uso masivo de la Internet. Se suponía que la información llegaría a raíz de este hecho más fácil hacia cualquiera que la solicite. Sin embargo, para el 1999, ya había tanta información en esta especie de universo paralelo, que se volvía a menudo imposible leerla toda o incluso, poder distinguir entre la veraz y la que no lo era. Para que este problema pareciera poco, al mismo tiempo se desarrolló un nuevo concepto del oficio de la comunicación. Uno en el que los grandes capitales y los poderes económicos mundiales estribaban en el control de los medios de comunicación. Incluso, el público en general ya no sería tratado más que como cliente. A menudo, un cliente a quien se consideraba menor de edad. En palabras de Ignacio Ramonet, las grandes empresas de comunicación se encontraron en posición de aumentar su rentabilidad, en nombre de ganar un público cada vez mayor y tener evidentemente, más consumidores. Por lo anterior, el periodismo y la comunicación en general alrededor del mundo integraron en sus discursos tres características fundamentales: 1) el discurso, el mensaje a comunicar, se volvió cada vez más sencillo; elaborado con muy pocas palabras, con la idea de expresarse de manera poco complicada. Todo lo que es racionamiento complicado o raciocinio de demostración se abandonó a la prensa especializada, a los libros o a las universidades. Surgió una especie de voluntad de simplificación y ésta desembocaba seguido en una concepción maniquea de las cosas. Cualquier problema se transformaría en un conflicto simple entre el bien y el mal. 2) La segunda característica sería la rapidez: surgió la necesidad de una información que podría ser consumida rápidamente, es decir, sea cual sea el valor de la información se trataría de dar en un espacio muy corto. 3) En tercer lugar, estaría el aspecto en el que la información, expresada, por consiguiente, con palabras muy sencillas, dicha muy rápidamente debería despertar una respuesta emocional en el que la recibe.

En el caso de las guerras en los territorios de la ex Yugoslavia, este nuevo concepto de comunicación volvió a pasar su, en esta ocasión ya segunda prueba de fuego (la primera había sido la cobertura de la guerra, Episodio I, del Golfo Pérsico). Mucho antes de poder ubicar geográficamente en un mapa la antigua Yugoslavia, el público alrededor del mundo ya tenía muy presente que los serbios eran los malos y los croatas y eslovenos los buenos del cuento. O cuando menos, que todos estos pueblos eran unos salvajes inconscientes y que la vergüenza mayor radicaba en el hecho que habitaran uno zona céntrica de Europa. Esta era una percepción emocional y por ende, demasiado fuerte de combatir. Poco pudieron hacer la televisoras independientes o los escritos en Internet por revelar las implicaciones externas de organizaciones como la Unión Europea o la ONU en el conflicto. Incluso, a través de los medios de comunicación se pudo enfocar una razón clara para seguir destruyendo la infraestructura civil serbia durante 78 días en 1999, cuando las televisoras internacionales hablaban todo el tiempo de una ofensiva en contra del poderío militar serbio. La excusa era el rostro de Slobodan Milošević; explotada hasta un extremo ya ridículo para inicios del año 2000.

La insaciable sed por el poder de Milošević, su equivocación en el cálculo de las condiciones políticas para 1993, la pérdida de la Krajina croata (antes serbia) en medio de lo que Mira Milosevic [Mil00] denominó trueque político con el entonces presidente croata Franjo Tudjman a cambio de la República Srpska en Bosnia y la pérdida final de Kosovo a finales de 1999, hacían que su gobierno se sostuviera únicamente por el apoyo externo, la manipulación de información de consumo interno y la monopolización de los medios de comunicación. El presidente serbio se mantuvo en el poder por largos once años y fue derrocado a través de un proceso democrático (financiado por Washington, en tal vez la mayor equivocación del gobierno de Clinton) y votación libre y secreta, solamente en el momento en el que así le convino al Occidente. Tristemente, la suerte de los países sudeslavos sigue supeditada a los humores e intereses de ese mismo bloque dominado por Estados Unidos y la Unión Europea.

Años más tarde se repetiría la misma estrategia para destrozar y apoderarse militarmente de Afganistán e Iraq, con un alto riesgo que lo mismo les ocurra a Irán, Corea del Norte, Lybia, Venezuela, Cuba y los demás miembros del llamado Eje del Mar, término acuñado por el gobierno de George W. Bush.

Poco a poco, con la debida calma, se intentarán ir planteando y discutiendo las razones probables de las tres guerras y el aniquilamiento masivo llevados a cabo en las tierras de la ex Yugoslavia, en la década de 1990. Aquí se hará una breve referencia inicial a éstas, enumerándolas sin pretender mostrar una mayor importancia de alguna sobre las demás:

- Los nacionalismos extremos generados como un móvil de masas tras el derrumbe del sistema socialista igualmente autoritario e intransigente, entrado en una crisis económica sin precedentes en la década de los ochenta, acaecido a la muerte de Josip Broz Tito. Emanados estos nacionalismos de un pasado complejo de los pueblos sudeslavos, lleno de heridas y pretensiones frustradas de todos y cada uno de los actores de este controversial escenario. Ello de la mano de una lucha llevada a cabo por parte de supuestos sectores progresistas que luchaban por ganar mayores libertades, despreciando los únicos logros positivos del sistema socialista vulgar del que intentaban escapar, relacionados con conceptos de los mínimos aceptables en cuestiones de justicia social e igualdad material; además de despreciar de manera terrible los efectos nocivos de las privatizaciones y la globalización de capitales. Temas que, al parecer, nunca le importaron mucho a los nuevos gobiernos balcánicos.

- Las pretensiones económicas de la Unión Europea por un lado, Estados Unidos por el otro, y Rusia por uno tercero sobre los mercados y territorios de las relativamente pequeñas repúblicas de Eslovenia y Croacia, en un inicio, y todas las demás después.

- La decisión tomada por parte de las grandes potencias internacionales, -o tan solo de EUA en posición de controlar directa o indirectamente tanto a la OTAN, como a la ONU, el FMI y el Banco Mundial en 1990's- de sacar provecho y fortalecerse del conflicto generado una vez que ya no era posible pararlo. Era necesario tomar el control de las economías, mercados e inmuebles de las repúblicas de la ex Yugoslavia por parte de compañías transnacionales. Si alguna de las repúblicas se opusiera, era preciso sancionarla con bloqueos económicos hasta lograr su completa rendición y su absoluta dependencia de los capitales extranjeros para su supervivencia.
- Las intenciones estadounidenses que giran alrededor de la seguridad militar que deberá implementarse a lo largo de los caminos del petróleo que vienen de Asia Menor, el mismo oro negro que se está almacenando en el subsuelo estadounidense y que amenaza con acabarse en un futuro no demasiado lejano, consumo del cual sigue supeditado a la merced de los grandes monopolios, de los cuales escaparán únicamente las naciones de gran estabilidad económica y gran desarrollo tecnológico en el área de exploración energética. Las bases navales de la OTAN han sido construídas en Bosnia, Macedonia y la más grande existente en Europa, en Kosovo. Es importante incluso el posicionamiento militar con respecto a Rusia, China y el Medio Oriente. Todo ello aunado a la definición esbozada del proceso histórico de muy larga duración emanado de la posición geográfica de estas tierras. Los hechos surgidos a partir del 11 de septiembre de 2001 y la aniquilación de Afganistán e Iraq por parte de las fuerzas armadas de EUA, tienen como móvil el mismo control de los caminos del petróleo.
- Retomando el análisis de Milorad Ekmečić y otros estudiosos del tema, la indiscutible vaticanización de los países de antiguo corte socialista y la respectiva adhesión de los nuevos creyentes al gran mundo católico que quiere a toda costa prevenir una crisis de cantidad de adeptos en el porvenir, que han encontrado el redescubrimiento de la religión como una indiscutible prueba de su recién ganada libertad. La participación de Karol Wojtila (q.e.p.d.), el primer Papa polaco -elegido en el momento más oportuno para la causa del catolicismo-, fue determinante en este proceso.
- El intento por una desestabilización del mercado de la Unión Europea por parte de Estados Unidos que, finalmente, no resultó. Ello a raíz de la inminente crisis de este país ampliamente comentada por varios científicos, basada en la sobre valoración de la moneda y las acciones norteamericanas en los mercados internacionales, la crisis comercial iniciada desde la época de los setenta en este país, la evidente crisis productiva traducida en la llamada desaceleración de la economía y despidos masivos en el 2001 y una creciente crisis social por demás comentada. Lo anterior de la mano de la profunda crisis de las instituciones estadounidenses surgida con mayor fervor a raíz del fiasco del aparato democrático en las elecciones del año 2001, en las que se erguía como ganador George W. Bush en contra del voto popular, sobre el candidato de los demócratas, Al Gore. Desde luego, todo ello encontrará un antecedente de extrema importancia para intentar explicar los acontecimientos ocurridos a partir del 11 de septiembre de 2001 y la destrucción absoluta de Afganistán e Iraq, los conflictos incontrolables entre los israelíes y palestinos, los ataques cada vez más intensos en contra de Cuba, Venezuela, Corea del norte y, en suma, la creación del nuevo mapa geopolítico de un mundo en constante cambio.
- Por último, el uso y experimentación del armamento de la OTAN, buena parte del cuál vencía en el año 2001, la destrucción global de la infraestructura de un país con miras a la posibilidad de su reconstrucción con capital extranjero, mayoritariamente estadounidense. Neocolonialismo tan popular en este final de milenio.

El establecimiento de los Estados Unidos como la potencia indiscutible en los 1990's, veía sus orígenes más claros desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. El renombrado Plan Marshall que rescató a una Europa totalmente devastada al final de la década de los cuarenta y la creación del Estado judío en el Medio Oriente, convirtieron a los países europeos e Israel, entre muchos otros, en países clientelares de EUA. Ello desde luego, cosechó frutos y se hizo por demás evidente con la desaparición del bloque socialista y la URSS. A partir de 1989, el mundo entró en una especie de remolino histórico, marcado por el intento de restablecimiento de este país como el Imperio dominante de un mundo carente de alguna otra potencia económica que pudiera garantizar un equilibrio parecido al experimentado durante la Guerra Fría. Un mundo marcado por el renovado resurgimiento del liberalismo económico decimonónico en una variante fría y despiadada. Una realidad que destruye de manera absoluta a cualquier país que intente establecer algún sistema diferente al imperante. Ello es la razón por la cual fue posible que Yugoslavia fuera bombardeada por la OTAN, al igual que Afganistán e Iraq en el ya desenfrenado intento por remediar las crisis venideras por parte del unilateralismo Bushiano, en aquel entonces con una Europa gobernada mayoritariamente por partidos denominados como de centro izquierda –o de tercer vía-.
Era ésta la primera ocasión en la que la OTAN con sus diecinueve países miembros -anexados a última hora Polonia, Hungría y la República Checa- intervenía militarmente en un país no miembro, por conflictos internos en éste y sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, sin una declaración de guerra formal anterior a los ataques. Rusia, Bielorusia, China e Iraq se opusieron enérgicamente a esta iniciativa desde un inicio, aunque sólo diplomáticamente. No se debe dejar de mencionar que Iraq y China fueron incluso intimidadas militarmente, en acciones y bombardeos que la comandancia de la OTAN calificó de errores.

En las calles de la mayoría de los países del mundo se veían manifestaciones en contra de los bombardeos. El refrán que apelaba a la terrible realidad que ser yugoslavo no era una nacionalidad, sino un diagnóstico, se veía traducido en carteles que rezaban ”Todos somos yugoslavos”.
Muy pronto aparecerían carteles en los que se leería: ”Todos somos los indios del mundo” o ”Todos somos Marcos” o ”Todos somos afganos” o ”Todos somos palestinos”...

La República Serbia-Montenegro de hoy amenaza en convertirse muy pronto en solamente Serbia. Es posible que Montenegro decida separarse por la opresión económica que el gobierno serbio ha ejercido sobre su hasta el momento único aliado. Eso dejaría a Serbia como el gran perdedor, ya que se ha quedado desde 1995 sin la Krajina serbia en Croacia, sin Kosovo a partir de 1999 y se podría quedar sin la única salida al mar que le significa Montenegro en cualquier momento posterior al año 2000.

Para el año 2002, Slobodan Milošević enfrentaba ya su juicio en el Tribunal para Crímenes de Guerra en Bosnia y Herzegovina, y posteriormente, a partir de 2004, también por los crímenes de lesa humanidad en Kosovo, en La Haya, ante el juez designado Karla Del Ponte, en condición de su propio defensor en un inicio y representado jurídicamente a partir del año pasado, y los Balcanes han dejado ya de ser una noticia importante para la impresionante industria de medios de comunicación internacionales. Eslovenia entraba a la Unión Europea en mayo de 2004, y las demás repúblicas sudeslavas luchan por incorporarse a este organismo o a la OTAN, sentenciadas para entregar a todos los perseguidos por el tribunal de La Haya, tema muy caliente al interior de cada una, ya que muchos de los supuestos criminales de guerra han ganado incluso estatus de héroes nacionales, tanto en Croacia como en Serbia. En abril del 2005, la comisión especial de la UE ha sentenciado como viable la anexión de las repúblicas Serbia y Croacia.

Es claro que los dos procesos de muy larga duración y el contexto geográfico y geopolítico balcánico no han terminado y que los pueblos sudeslavos enfrentan un enorme reto de convivencia pacífica y una inminente colaboración económica y en otros rubros, que es necesaria entre cualesquiera países vecinos.

Podría ser interesante especular acerca del futuro de esta región, aunque el año 2000 y el final de los cuatro conflictos bélicos que tomaron lugar en los quince años anteriores en estas tierras, definitivamente han marcado otro hecho coyuntural más, en la extensa historia de la península balcánica.

El 10 de Febrero del año 2003 oficialmente desaparecía el nombre de Yugoslavia en los anales de la historia mundial. En el mismo momento, nacía la República Federativa Serbia-Montenegro.

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