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15.5.05

Del significado de Kosovo como mito cultural de la identidad serbia

Al preguntarle a cualquier serbio cuál es la cuna de toda su cultura, al menos desde la época medieval, la respuesta sería indudablemente: Kosovo. La anterior tesis encuentra su respaldo en la relevancia de este territorio en numerosos acontecimientos de suprema importancia para el pueblo serbio y el hecho que, desde que se había establecido el reino de Ras en el siglo IX, un gran número de centros religiosos y culturales siempre había estado precisamente allí. Ello se debe a que los Nemanjić utilizaron la Iglesia ortodoxa serbia para reforzar su poder.

Según Mira Milosevich [Mil00], tomando en cuenta que en "el territorio del estado serbio no existió una preevangelización, fueron ellos los que abordaron la cristianización de los Balcanes de un modo autoritario y sistemático". No se hacían descender de ningún personaje del Antiguo Testamento, algo bastante usual entre los reyes de su época, pero su ambición no era por ello menor que la de éstos. Los Nemanjić pretendían convertirse en santos, en los santos mayores de su Iglesia. A lo largo de su vida, todo descendiente de esta dinastía reconocía su deber de convertirse en santo. Construía un monasterio al que se retiraría para esperar la muerte y se convertía allí en un monje más. Recibía las órdenes sagradas y le daban nombre de un santo. Después de su muerte, el rey se convertía, mediante directa intervención de sus descendientes, en santo de la Iglesia ortodoxa serbia. Para que ello fuera posible, cada Nemanjić tenía su propio cronista o biógrafo cuya función era escribir la vida de su señor, registrando todos los hechos por los que se hacía acreedor a la santidad. Al canonizarlo, la Iglesia ortodoxa confirmaba el poder temporal de la dinastía: la canonización de un Nemanjić otorgaba santidad al estado mismo [Mil00]. De ahí tantos monasterios en el territorio del antiguo reino de Ras, hoy la parte norte del protectorado de las fuerzas de la OTAN: Kosovo.

Otro evento que vino a reforzar esta cuestión -y que en la actualidad forma el segundo de los grandes mitos culturales más defendidos de la gloria serbia- era que para el año de 1389, al suscitarse el gran intento de la conquista de Europa a manos del Imperio otomán, el primer pueblo cristiano que encontraron a su paso, entrando por el sudeste de Europa, fue precisamente el reino serbio dividido por pugnas internas entre señores feudales de aquel entonces, acaecidos a la muerte del emperador Dušan (1, 2, 3).

Retomando el libro de Mira Milosevich [Mil00], se encuentra que "según Anthony D. Smith, el más conspicuo defensor de las tesis primordialistas acerca del nacionalismo -según esta autora-,
para comprender el carácter de las identidades étnicas, no hay que atender tanto a su organización social o a sus relaciones políticas y militares con otras etnias como a lo que él llama complejo mítico-simbólico, es decir, a las formas y contenidos de los mitos y símbolos, de las memorias históricas y de los modelos culturales. El complejo mítico-simbólico, o mitomotor, constituye el factor más importante entre lo que determina un carácter étnico y su estabilidad histórica"[Mil00, p. 66, apud. Anthony D. Smith. The Ethnic Origins of Nations, Blackwell, Oxford, 1986; ”Ethnic myths and ethnic revivals”, revista Archives Européennes de Sociologie, XXV, p. 283-305].

La autora prosigue con la afirmación que comparto totalmente: "el centro del complejo mítico-simbólico aparece ocupado de ordinario por los mitos de orígen, relatos sobre el pasado remoto de la comunidad étnica. En el mitomotor serbio, la centralidad corresponde, como es sabido, al ciclo de Kosovo, que refleja la evolución de una consciencia colectiva, sus transformaciones y sus distintas funciones políticas a lo largo de la historia" [Mil00, p. 66].

***
Al sentir la amenaza, el soberano serbio Lazar, que gobernaba con su esposa Milica, su pequeño dominio, mandó una convocatoria a todos los serbios que así se sintiesen presentarse en la planicie de Kosovo polje (Campo de mirlos, en traducción del serbio) para emprender la batalla decisiva en contra del invasor y olvidar sus peleas; si hicieran lo contrario, el rey rezaba la mas fuerte de las maldiciones en su contra.

El poema La maldición del príncipe (Lazar) (Kneževa kletva, es el título original), de origen vernáculo y cantado por los trovadores serbios desde la Edad Media y hasta llegar al siglo XIX (1), cuando fue recopilado por Vuk Stefanović Karadžić (se hablará de él más adelante en este mismo post y más profundamente en un futuro), reza:


El que es serbio y de origen serbio,
y de la sangre serbia y ascendencia,
y no llega a la batalla a Kosovo,
que de su mano nada se de:
¡ni el vino amarillento, ni el trigo blanco!
¡Que no obtenga frutos del campo,
ni en su hogar del corazón descendencia!
¡Que lidie con el mal hasta el último de su linaje!
[Dju61, p.66]

Lo anterior teniendo como precedente la gran derrota sufrida a manos del imperio turco en la batalla del río Marica, el año de 1371.

Esta es la versión más socorrida. Sin embargo, me parece interesante tomar en cuenta la opinión e investigaciones de varios historiadores como Tihany, Jelavić y otros, recopiladas por Bogdan Denitch [Den95, p. 124-125, apud. Tihany, Leslie C., A history of Midddle Europe, New Brusnwick, N.J., Rutgers Universoty Press, 1976, et Jelavić, B., History of the Balcans, 2 Vol., Cambridge, Cambridge University Press, 1983] que sostienen que el rey Lazar no era, en el sentido literal de la palabra, el rey de Serbia, aunque gobernó casi todos sus territorios. Competían por este título por lo menos dos figuras más: el rey Tvrtko I, de Bosnia, que fue coronado con los títulos tradicionales del reinado serbio, y el rey Marko que era, según ciertas fuentes, un vasallo turco y murió al servicio de los turcos. Por desgracia para la verdad histórica, afirma Denitch [Den95], las leyendas y las canciones épicas fueron muy importantes en una tierra donde la tradición oral era fuerte. Estas leyendas y canciones épicas hicieron del rey Marko el héroe de muchas historias heroicas, mientras apenas se menciona al rey Tvrtko. La razón probable para este autor [Den95], es que fue la Iglesia ortodoxa serbia la que forjó los mitos, sobre todo en la segunda mitad del siglo XVI, ya que se reestableció como tal tras la conquista a manos de los turcos apenas en el año de 1555, y Bosnia siempre fue un lugar sospechoso atestado de católicos y de herejes cátaros -Bogumilos-. El rey Marko era por lo menos con seguridad, ortodoxo serbio, especula Denitch [Den95].

En oposición a estas especulaciones, para la mayoría de historiadores no existe tal confusión. Lazar Hrebeljanović, como era su apellido, era conde y no rey; emparentado con los Nemanjić a través de su mujer, Milica. Al igual que el sultán turco, murió en la batalla de Kosovo. Mira Milosevich [Mil00] escribe que ”los relatos que se compusieron en su honor después de la batalla, constituyen una exaltación del conde como defensor de la fe cristiana. En 1391, sus restos fueron exhumados en Kosovo y trasladados al monasterio Ravanica, que había hecho levantar él mismo. Desde entonces, el 28 de junio de cada año, se celebra una liturgia especial en su recuerdo: El culto al Conde Lazar.”

Al respecto de la peculiaridad de las hazañas supuestamente heroicas de un personaje aparentemente insignificante como lo es el rey Marko, también escribe Vojislav Djurić, en su libro La antología de la épica vernácula [Dju61]. Este autor señala que el rey Marko gobernó de 1371 a 1395 y que la sede de su gobierno se encontraba en la ciudad de Prilep. Durante todo el tiempo de su gobierno, reconocía el gobierno supremo del Imperio otomán. Después de la batalla en Kosovo, durante el gobierno del rey Bayazit, tuvo que participar también en las acciones militares turcas. En una de estas acciones murió el año de 1395, en la batalla en Rovine en contra del duque de los vlasis, Mirča. Según Konstantin Filozof, el biógrafo del que hablaré más adelante, Marko dijo en su lecho de muerte: ”Digo y le ruego al Señor que ayude a los cristianos, y yo que sea el primero entre los muertos en esta guerra” [Dju61, p.49].

Todo lo que la historia sabe acerca de Marko, escribe Djurić, se resume en que era un gobernante insignificante. Sin embargo, en las canciones y los cuentos él es el más grande de entre los héroes. Porqué sucede esto, no se puede decir con mucha veracidad. Puede ser que durante su gobierno el pueblo haya sido protegido de todo tipo de desgracias ocasionadas por los turcos y que posteriormente, bajo el peso del régimen otomán, el recuerdo de esos tiempos haya tenido un significado trascendente para la creación del personaje heroico del rey Marko.
Acerca de estos acontecimientos y la relevancia de la derrota -finalmente celebrada, como lo comenta atinadamente Mira Milosevich [Mil00], volviéndose por ello un fenómeno de gran complejidad-, en el subconsciente colectivo serbio existe un sinnúmero de versiones.

Mira Milosevich [Mil00, p. 35], señala que en estos acontecimientos "radica la peculiaridad del nacionalismo serbio ”leído en clave de melancolía: la causa de la melancolía no es una pérdida falsa. Es la pérdida real de una batalla, que no se llora, que no pasa por la fase de luto, sino que se asume paradójicamente con entusiasmo y con orgullo.” La autora prosigue explicando que a los serbios, la pérdida de la batalla de Kosovo les costó cinco siglos de dominación otomana. Desde entonces, sólo cuando pierden se sienten solos y ensimismados -y, por lo tanto, hacen todo lo posible para perder-. La perdida batalla de Kosovo y la lucha a lo largo de cinco siglos para formar el estado nacional independiente se ha convertido, según esta autora, en el modelo y en el modus vivendi para cualquier nacionalista serbio. A raíz de éste y de los hechos que más adelante iré describiendo, la autora concluye que el nacionalismo serbio de los años ochenta nació del rencor por las antiguas humillaciones y del temor de las futuras.

A mí me parce que la explicación es mucho más compleja que lo que Mira Milosevich pretende. No habría que olvidar el enorme sentido de pertenencia desarrollado en el pueblo, una vez que ya le era permitido hablar de su propia nacionalidad y ya no únicamente de la nacionalidad yugoslava que solía ser la"políticamente correcta" en los años del gobierno titísta. Las políticos sececionistas de los albaneses asentados en Kosovo que vivían un nuevo brote a partir de 1981, el exacerbado nacionalismo croata que arremetió con toda su fuerza en contra de casi una cuarta parte de su población de orígen serbio ya para 1991, la propaganda de todos los líderes corruptos y ambiciosos de los nuevos países balcánicos y las políticas fallidas de los organismos internacionale, como la ONU o la UE, tuvieron muco que ver en ello, también.
Mira Milosevich [Mil00, p. 68], prosigue señalando que: "entre los serbios existe la arraigada creencia de que tras esta derrota (la de Kosovo polje) se desvaneció la independencia del estado serbio y de la Iglesia ortodoxa autocéfala. Pero, si no se puede probar que en el siglo XIV existiera algo parecido a una nación serbia, mucho menos cabe hablar de un estado serbio. ¿Y de una etnia serbia? Al menos, existía un grupo definido por rasgos idiomáticos y religiosos, pero nada más. No, en absoluto, una comunidad con clara consciencia de poseer una identidad política.

La identidad, o mejor dicho, la consciencia identitaria surgió para la autora, precisamente de la derrota militar. Lo que se perdió en la batalla de Kosovo fue la inocencia, la inmediatez de una experiencia no reflexiva de pertenecer a una sociedad regida por los valores culturales y religiosos propios de una civilización agraria. Con el desastre de Kosovo nació la consciencia de una discontinuidad, de una ruptura. ¿Se perdió un estado serbio? No. Tal supuesta pérdida es una fantasía que traduce un deseo. Para que el estado serbio fuera posible, había que perderlo previamente. Había que perder lo que nunca se había poseído."
Me parece esta postura crítica, diametralmente opuesta a la de una gran mayoría de intelectuales, periodistas o simplemente ciudadanos serbios que conozco. Indistintamente de la ideología que se siguiera, lo que sí me parece indiscutible es el hecho que los acontecimientos mencionados hayan marcado la identidad de los serbios para siempre y que sus consecuencias, desde cualquier punto de vista, claramente repercuten en su actualidad. Reconozco en estos pasajes la continuación del primer proceso trascendente de larga duración para la historia de los pueblos balcánicos referente a la diversidad de influencias culturales que había iniciado varios siglos atrás y de cuyo inicio ya se escribió aquí.


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8.5.05

Algo de historia de los primeros estados sudeslavos

La primera confederación de tribus eslavas, entre las cuales se hallaban los antepasados de los eslovenos actuales, nació al mando del príncipe Samo (623 – 658) en el territorio ubicado entre el río Laba y los Alpes y con centro en Bohemia y Moravia (Moravia, región histórica de la República Checa, situada entre Bohemia y Eslovaquia, actualmente dividida en las regiones administrativas de Moravia Septentrional y Moravia Meridional. Poblada por los Moravos, un pueblo eslavo, a finales del siglo VI d.C., más tarde pasó a ser tributaria del Imperio franco de Carlomagno, pero se unió a Bohemia y Eslovaquia en la época del rey Svatopluk (870-894), durante cuyo reinado triunfó el cristianismo y el reino adquirió su máxima extensión bajo la denominación de Gran Moravia (imperio que dejó de existir hacia el 910)). A la muerte de Samo, la confederación se disolvió sobreviviendo tan sólo el principado independiente de Karantania. Este principado autónomo defendió la independencia de las tribus eslovenas, no tan sólo contra los ávaros (pueblo mongol, que hacia el 461 conquistó a los uigures, tribu turca a veces denominada pseudo-ávara, quienes formaron con el pueblo ávaro una confederación en las estepas del Volga (actualmente en Rusia). A mediados del siglo VI, la confederación fue prácticamente aniquilada por los Turcos. Los supervivientes, principalmente Uigures dirigidos por jefes ávaros, adoptaron el nombre de ávaros, con el que desde entonces fueron conocidos, dividiéndose en dos grupos. Uno permaneció en Europa Oriental; el otro se dirigió hacia el oeste, llegando con el tiempo hasta el río Danubio. Los miembros del segundo grupo se asentaron en Dacia (actualmente en Rumania) e iniciaron una época de conquistas), que sin éxito alguno trataron largo tiempo de someterlas, sino también de los bávaros (tribus provenientes de la región de Baviera (en alemán, Bayern), actualmente estado del sureste de Alemania, que limita al norte con los estados de Turingia y Sajonia, al noreste con la República Checa, al sureste y sur con Austria y al oeste con los estados de Baden-Württemberg y Hesse. Munich es la capital y la ciudad más importante), en el norte, y de los francos, en el oeste. La autonomía territorial duró hasta que a mediados del siglo VIII, el inminente peligro ávaro obligó al príncipe Borut a solicitar el auxilio franco, poniendo a Karantania bajo su poder.

En la misma época se creó la confederación de los eslavos macedonios, a quienes los bizantinos denominaban con el genérico de Sklavinia -tierra de los esclavos-.

Entre los croatas, la confederación más importante se formó en el territorio que se extiende entre el monte Velebit y el río Cetina, hacia el interior de las progresistas ciudades dálmatas, que por su parte gozaban de autonomía aunque reconociendo la autoridad superior del gobierno bizantino.

El nacimiento de los estados eslavos, en su supuestamente nueva tierra balcánica, concuerda con la expansión del reinado de Carlomagno y su choque de intereses con el Imperio Bizantino.

Seguidamente, la península balcánica pasó a ser teatro de la escisión eclesiástica, de modo que en ella habían de chocar asimismo los intereses de las Iglesias de oriente y de occidente. Estas circunstancias, sumadas a los choques posteriores entre este y oeste en los Balcanes, influyeron notoriamente en el futuro desarrollo de los pueblos sureslavos y de sus estados, manteniéndolos separados y exigiéndoles extraordinarios esfuerzos por alcanzar su unidad e independencia. He aquí la justificación del inicio del primer proceso histórico trascendental de larga duración para estos pueblos.

A comienzos del siglo IX, el poder de Carlomagno era reconocido por eslovenos y croatas; mientras las ciudades del litoral continuaban en manos de Bizancio, según convenio del año 812. Pero, esa época marcó también el comienzo de la resistencia. Entre los años de 819 y 822, el príncipe Liudevit encabezó un levantamiento en Croacia, al que se adhirieron los eslovenos y una parte de las tribus serbias.

Para mediados del siglo IX, los eslavos se habían ya largamente resistido a adoptar el cristianismo, por considerarlo un vínculo de introducción de influencias y de poderes foráneos. La religión cristiana se extendió principalmente gracias a la labor de dos misioneros de Salónica (Salónica o Tesalónica (en griego, Thessaloniki), ciudad portuaria del noreste de la actual Grecia, una de las más pobladas del país y el principal puerto y centro comercial de la Macedonia griega), los hermanos Constantino, más conocidos por sus nombres monacales: Cirilo y Metodio. Ambos hablaban el idioma de los eslavos, lo que les permitió desplegar fructíferamente labor proselitista en territorio ex-yugoslavo: primero en Moravska y a solicitud del propio gobernante de ese estado; y más tarde en Panonia (planicie de gran prosperidad agrícola que, se dice, se crea a partir de la desaparición del mar Panonio; se encuentra al norte de Belgrado y abarca gran parte de Serbia, Croacia y Hungría). Sus discípulos prosiguieron con gran éxito la cristianización de los eslavos del sur.

La creación de confederaciones tribales, la paulatina formación de sociedades feudales independientes y el desarrollo cultural a que ello dio pie, constituyeron en su conjunto la condición previa al nacimiento de organizaciones estatales eslavas de importancia, en el territorio de la península balcánica. La debilitación del estado franco no fue sino un factor más para que, en el siglo IX se hiciera presente en la costa adriática septentrional, un poderoso estado croata (1, 2, 3). El príncipe Trpimir es considerado el fundador de esta dinastía; y el término croata se menciona por primera vez en un monumento que data del año 825.

Para el año de 925, Croacia disponía de un poderoso ejército de tierra y de mar. En el siglo XI, amplió aún más su territorio, pero la división interna provocada por la lucha que sostenían los partidarios de una Iglesia nacional y los sacerdotes latinizantes del clero de las ciudades costeras, debilitó la resistencia croata ante los nuevos ataques húngaros. El año 1097, el rey húngaro Koloman derrotó al pie del monte Gvozd al último rey croata, Petar Svačić, quién perdió la vida en el campo de batalla. Cinco años mas tarde, en 1102, cuando Koloman realizó su última incursión en Croacia, la nobleza de este Estado le aceptó como soberano. Con ello, Croacia quedó unida a Hungría hasta la caída del reino, en el año de 1526.

A fines del siglo IX, los eslavos macedonios sacudieron la dominación de Bizancio y fundaron un poderoso estado (1, 2, 3) bajo el gobierno del príncipe Samuilo. Éste, después de conquistar Tesalia (la región más grande de la antigua Grecia, una gran llanura limitada al norte por los montes Otris que la separan de la Macedonia griega, al oeste por el macizo del Pindo que la aísla de Epiro, y al sur por el golfo de Malia que la distingue de las regiones de Lócrida y Fócida. Rodeada por el mar Egeo al este, la llanura está regada por el río Peneo y por sus afluentes, y es la región más fértil de Grecia; el río desemboca en el mar a través del desfiladero del valle del Tempe, entre los montes Olimpo y Ossa), Bulgaria, Epiro (del griego, Epeiros - ‘Continente’, antigua región costera situada en el noroeste de Grecia. Limitaba al norte con Iliria y Macedonia, al este con Tesalia, al sur con el golfo de Ambracia y Etolia, y al oeste con el mar Jónico), todo el territorio de Serbia y Sirmia (Srem actual, parte de la planicie de Panonia al norte de Belgrado) y de alcanzar con sus tropas incluso hasta Dalmacia, se hizo coronar emperador. Pero, expuesto directamente a los ataques bizantinos, el estado macedonio cayó nuevamente bajo el poder de Constantinopla, luego de la derrota de Belasica, en el año 1014.

Durante el siglo IX comenzó también a desarrollarse el primer estado serbio (1, 2), en la región montañosa comprendida entre los ríos Tara, Piva e Ibar. Los esfuerzos iniciados por el príncipe Vlastimir, en orden a emanciparse del gobierno bizantino y a rechazar la penetración búlgara, lograron reunir a la mayoría de las tribus serbias del contorno; y algo más tarde, bajo el mando del príncipe Časlav (1), se generó durante el siglo X el establecimiento de un estado serbio que comprendía incluso el territorio de Bosnia actual.

En la primera mitad del siglo IX, los búlgaros conquistaron Belgrado. No se sabe a ciencia cierta en qué año exactamente, aunque se quedaron con ella durante los próximos dos siglos. Fue en esta época que Belgrado obtuvo de igual manera su nombre búlgaro: Alba Bulgarie o Alba Bulgarica. Este nombre se conservó hasta la reconquista de mi ciudad por parte del Bizancio en el año de 1018.

Posteriormente, Belgrado se vio de nuevo amenazada y posteriormente conquistada por otra fuerza que surgía en el territorio aprovechando el declive del Imperio Romano Oriental: los húngaros o los úgaros. Se apoderaron de la ciudad en el año de 1071 y se quedaron allí hasta el año de 1276.

En el curso del siglo XII, el centro del estado serbio se trasladó a la región montañosa de Raška (1, 2, 3), cuyos señores reconocían en sus comienzos el poder bizantino. Su autonomía y extensión empezó en la época del gran župan (gobernante y jefe de la Iglesia) Stefan Nemanja, especie de jefe temporal y espiritual cuya importancia emana del hecho de haber sido el fundador de la dinastía de los Nemanjić (1, 2, 3) bajo cuyo gobierno la Serbia feudal alcanzó su mayor auge. La conquista de Kosovo a manos de los serbios consumada en 1186, supone la independencia de un pequeño reino –el primer estado serbio- con centro en la ciudad de Ras, bajo la autoridad de Stefan Nemanja, que, hasta entonces, había sido vasallo de los bizantinos. Fue ésta, la primera mención de la región de Kosovo, que como se puede observar significó el territorio clave para lograr la emancipación del primer estado serbio en la historia. Empieza de esta manera la construcción de un mito cultural que se irá viendo reforzado en cada vez mayor cantidad a través de acontecimientos futuros en la historia del pueblo serbio. En mi caso, esta historia llega hasta la pérdida de este mismo territorio (o creación de un protectorado virtual) a manos de la OTAN en el año 1999.

El hijo de Stefan Nemanja, Stefan Prvovenčani (Stefan ”El primero en casarse”), coronado rey en el año 1217 por el Papa Honorio III (1, 2), mantuvo las adquisiciones territoriales de su padre en una extensa región que comprendía desde Ulcinj (ciudad en la costa del Adriático en el territorio del actual Montenegro) y Kotor, en la costa, hasta los ríos Velika Morava y Morava occidental, en el interior, afirmando la autonomía estatal. Su hermano Sava, más tarde San Sava (al nombre de San Sava están ligados la mayoría de los rasgos propios de la Iglesia Ortodoxa Serbia; es común encontrar que a los serbios se les llame incluso sansavistas. Una especie da analogía se podría hacer con el adjetivo de guadalupanos utilizado para describir a los católicos mexicanos quienes creen en la aparición de la Vírgen de Guadalupe. Su nombre porta la Iglesia más ostentosa de Belgrado, cuya construcción iniciaba en la década de los ochenta), fundó en 1219 la Iglesia Ortodoxa Serbia ( la Iglesia Ortodoxa conserva los ritos y enseñanzas de la primera Iglesia cristiana. Su centro lo encontró en el Imperio Bizantino, en Constantinopla. No aceptó la evolución que aconteció en la Iglesia que permaneció en el Imperio romano occidental, bautizada como Católica. Dentro de la Iglesia Ortodoxa existen Iglesias autónomas que ejercen esta autonomía en cuanto al uso de lenguas originarias de las regiones dónde son fundadas y en cierta manera, en cuanto a su reglamentación exterior, la cuál es supeditada al derecho canónico. Actualmente, las Iglesias autónomas dentro de la Iglesia Ortodoxa oriental son: la Iglesia de Constantinopla, la de Jerusalém, la de Alejandría, la griega, la de Chipre, la de Sinaí, la serbia, la búlgara, la rusa, la rumana, la de Gruzia, la de Albania, la de Polonia, la checa y la polaca. Todas estas Iglesias gozan de igual jerarquía. Las Iglesias rusa y las balcánicas, sin embargo, aún llaman Iglesia madre a la de Constantinopla (Istambul) por haber recibido de ésta la fe cristiana. La máxima autoridad dentro de la Iglesia Ortodoxa oriental es el Gran Consejo dentro del cual se encuentran representadas todas las Iglesias autónomas. La máxima autoridad en cada Iglesia autónoma la sustentan el Patriarca, Mitropólito o Arquiepíscope y el Episcopado. (fuente: Episkop Nikolaj, Vera Svetih, pp. 46-47)), de la cual fue el primer Arzobispo. Como se puede ver, la separación de la Iglesia católica por parte del pueblo serbio acontece justo en esta época.

El bisnieto de Stefan Nemanja, el fundador del primer Estado Serbio, Dragutin Nemanjić se casó, en esa última parte del siglo XIII, con la hija del rey húngaro en turno, Stefan V. El rey Dragutin obtuvo como dote, a raíz de ello, la jurisdicción de la ciudad de Belgrado, Mačva y Srem, el año de 1284. Como consecuencia de lo anterior, el rey se mantuvo leal a Hungría hasta el final de su reinado que duró seis años. Tras este tiempo, Dragutin le dejó el trono a su hermano menor, el rey Milutin.

El rey Milutin (1282 – 1321) dio en los primeros años del siglo XIV un nuevo paso al fortalecimiento del Estado serbio. En sus luchas contra Bizancio extendió sus fronteras hacia el sur, conquistando primero Skopie (capital de la actual Macedonia) y alcanzando luego hasta el mar Egeo. Sin embargo, los húngaros volvieron a conquistar Belgrado, destruyéndola y quemándola en venganza, para el año de 1314. A partir de esta fecha y hasta 1403, Belgrado se quedó bajo el gobierno húngaro, año en que es cedida su jurisdicción al hijo del rey Lazar de Serbia, Stefan Lazarević.

El mayor esplendor del Estado medieval serbio, sin embargo, se alcanzó bajo el reinado del zar Dušan (su reinado abarca los años de 1331 a 1355), quién a partir del año 1346 y ya transformado en emperador, dominaba un amplio territorio que comprendía Albania, Epiro, Tesalia y Salónica, llegando hasta el istmo de Corinto, en el sur de la península. En la época de Dušan (1), la Iglesia fue elevada a la categoría de Patriarquía. En dos sucesivas asambleas estatales, la primera en 1349 en la ciudad de Žiča y la segunda en 1354 en la ciudad de Peć, Dušan hizo promulgar su famoso Código, verdadero monumento jurídico de la Edad Media. Me parece, al igual que a muchos, que era la nostalgia hacia esta época el primer gran mito de los nacionalistas serbios.

Mira Milosevich, en su libro Los tristes y los héroes (que nos brinda un análisis peculiar de cada uno de los episodios que según la autora conforman la base del imaginario colectivo que dan orígen al nacionalismo serbio que ella considera nocivo y del cual es declarada opositora), escribe que, en realidad y desde su punto de vista, la grandeza de la Gran Serbia como se conoce al estado del zar Dušan, era muy pequeña. Incluso, prosigue Mira Milosevich, la desaparición de la Gran Serbia fue en realidad un beneficio para los serbios: si no hubiera desaparecido la Gran Serbia, éstos habrían desaparecido. Esta conclusión se apoya en el hecho de que los territorios bizantinos conquistados por los guerreros serbios tenían una organización política y cultural mucho más elevada que la de los serbios mismos, y los serbios no habrían tenido otro remedio que respetarla. En todo el territorio conquistado se hablaba el griego, y la presencia de los serbios en estas provincias, fuera de las guarniciones militares, era muy escasa. La gloria de los serbios, dice la autora, estribaba sólo en la debilidad bizantina a causa de las luchas dinásticas del imperio. A lo largo de los siglos todas estas historias narradas una y otra vez se habían vuelto ya ”una lejana melancolía por el paraíso perdido, por la patria arrebatada” (Milosevich, M. Los tristes y los héroes. Historias de nacionalistas serbios, p. 31-32 ).

En esta primera mitad del siglo XIV se daba de igual manera el florecimiento del Estado bosnio, el que encontró grandes dificultades en su desarrollo debido a las tendencias expansionistas del reino húngaro por una parte, y a la permanente posición del Papado romano por destruir la ”herejía” de los Bogumilos (miembros de una secta religiosa que surgió el siglo X en los Balcanes. Su sede central estaba en Bulgaria por lo que el culto de la secta se propagó por muchos pueblos eslavos. El movimiento surgió de la fusión del dualismo de Oriente y de un intento evangélico para reformar la Iglesia ortodoxa búlgara. Los bogumilos, cuyas doctrinas esenciales se le atribuyen a un sacerdote llamado Bogumil, sostenían que el primer hijo de Dios fue Satanael. Satanael se rebeló y creó, en oposición al espíritu universal original, un mundo de problemas y de seres humanos. El Supremo Padre les otorgó a estos seres humanos el espíritu de la vida. Sin embargo, Satanael mantuvo esclavizado el espíritu de la vida hasta que un segundo hijo de Dios, Logos o Cristo, bajó del cielo y, adoptando un cuerpo espectral, rompió el poder del espíritu maligno, quien desde ese momento fue llamado simplemente Satán; el nombre divino: El, fue omitido. Los bogumilos practicaban un ascetismo muy estricto, despreciaban las imágenes sagradas y renegaban de los sacramentos. Aceptaban todos los escritos del Nuevo Testamento, pero del Antiguo Testamento sólo los Salmos y los Profetas, textos que interpretaban de forma alegórica. La moral y los ideales de los bogumilos parecen haber estado muy por encima del promedio de los de su época) (para mas información: 1, 2). Pero, la herejía de la Iglesia bosnia, junto con ofrecer motivo a la cruzada de Roma y de Hungría contra el joven estado, dio a la nobleza de Bosnia un apoyo ideológico en su lucha contra los conquistadores. La emancipación de Bosnia se halla ligada al ban Kulin (su gobierno abarcó 1180 –1204); y su mayor esplendor, a dos reyes de la dinastía de los Kotromanić: Stevan II y Tvrtko I, quién amplió sus territorios con parte de Serbia, de Croacia y de Dalmacia, coronándose el año 1377 como ”Rey de Serbia y de Bosnia”.



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