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19.6.05

De la creación de la identidad albanesa antes y durante la llegada del imperio otomán

He aquí una reseña en español de los artículos publicados por el Dr. Sam Vaknin para el Central Europe Review entre octubre y noviembre de 1999.

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Los albaneses de la actualidad se hacen descender de los antiguos ilirios, de los que ya se había escrito aquí, aunque una minoría intelectual aún insiste que sus ascendentes directos son los tracios que se han mencionado en diferentes ocasiones ya en este blog. El idioma albanés es, sin embargo, una invención mucho menos antigua (inventado hace unos 1500 años), aunque posee elementos de los antiguos idiomas ilirio y tracio.

Existían en los primeros tiempos de su aparición en la península balcánica, sin embargo, grandes diferencias entre los diversos grupos de los ilirios. Según las investigaciones del Dr. Vaknin, los habitantes de las zonas montañosas (actual Albania), se encontraban aislados del resto y retrasados en comparación con los de las planicies, dedicándose los segundos a extraer fierro, cobre, oro y plata de las minas que administraban y al comercio maritimo utilizando sus liburnae, una especie de galeones muy rápidos y delgados. Los romanos retomaron de ellos el diseño de las embarcaciones, llamándolas por su parte liburnian. Los ilirios creían en la vida después de la muerte y de acuerdo con esta idea y la de las consecuencias de sus actos, enterraban a sus muertos.

Las ciudades importantes de Durres y Vlore fueron fundadas realmente por los griegos hace aproximadamente 2500 años. La primera se hacía llamar Epidamnus y la segunda, a unos cuantos kilómetros de distancia, Apolonia. No es coincidencia, al igual que pasaba en otras regiones de la influencia helénica, que los griegos adoptaran a cambio de su superioridad cultural las mayores aptitudes administrativas y económicas de sus súbditos, en este caso las ilirias, que permanecieron en competencia con la influencia griega. Lo que iniciaba como una alianza de defensa, terminó en la creación de reinos ilirios (de Enkalaya, Taulante, Epiroteo y Ardianés). El enemigo principal de los reinos ilirios, desde aquel entonces, fueron los macedonios bajo el reino de Felipe II y su hijo Alejandro el Magno.

En el año 229 a.C., como ya se comentó aquí, las tribus ilirias (o reinos) fueron conquistados por los romanos, quiénes borraron a las tropas comandadas por la Reina Teuta en su avance hacia el mar Adriático. En el año 289 a.C, ya no existía tal cosa como los reinos de Iliria. Roma gobernaba estas tierras bajo el nombre de Illyricum.

Bajo los 600 años de la dominación romana, el arte, la cultura, la filosofía e incluso la lengua ilirias florecieron bajo una dominación muy comprensiva y benigna. Durante este período, los habitantes de Illyricum podían cultivarse e incluso adoptar los diferentes cultos orientales, tales como el cristianismo o el culto a Mithra (el Dios persa de la luz).

La religión iliria (pagana) competía con el cristianismo, aunque privilegiada por los principios del helenismo de la epoca, que se veían ahorcados por el culto cada vez más oscuro y dogmático que impregnaba a Bizancio, al menos hasta la Controversia Iconoclástica de 732, después de la cual la Iglesia Albanesa (iliria) era apartada de la autoridad del Papa romano y supeditada a la mucho más humana Patriarquía de Constantinopla, por decisión del Emperador Leo III. Cuando se dividió finalmente la Iglesia cristiana en la del Poniente y la del Occidente en 1054, las relaciones espirituales y económicas de una Albania dividida entre el norte pro-romano y el sur pro-Constantinopla, permanecieron intactas.

No es muy conocido que los ilirios efectivamente gobernaran el Imperio Romano en sus últimas decadas, bajo los emperadores Gaio Decio, Claudio Gótico, Aureliano, Probio, Diocleciano, e incluso Constantino el Grande. En 395 d.C., tras la separación del imperio del Oriente (más tarde, Bizantino) y el del Occidente, Albania se veía final y firmemente parte del Imperio Oriental. Como resultado de la influncia ilirica en la política del Imperio Bizantino bajo Anastasio I, Justino I y Justiniano I, Ilria se volvía el objetivo favorito de las tribus bárbaras: los visigotos, hunos y los ostrogotos.

La interacción entre los ilirios y los eslavos que aparecían en los balcanes, era una relación de amor y odio. Muchos grupos ilirios asimilaron la cultura de los invasores, fundiéndose con ellos, como ya se había comentado aquí. En los 300 años, entre los siglos VI y el VIII, del proceso de asimilación, los ilirios desaparecieron como tales para que aparecieran los eslavos, o mejor dicho los eslavos del sur. Sin embargo, los ilirios asentados en el sur, en lo que es hoy Albania y partes de la Macedonia occidental, resistieron este proceso de fusión y preservaron su identidad y su cultura. Para distingirse de los "asimilados", inventaron Albania.

El nombre en sí mismo es, sin embargo, mucho más antiguo. Ptolemio de Alejandría lo menciona unos 600 años antes de que algunos ilirios lo utilizaran para nombrar sus nuevos territorios. Se necesitaron otros 300 años, hasta bien entrado el siglo XI, para que los ilirios pudieran aceptar completamente su reinvención como albaneses -los sucesores de la tribu Albanoi que ocupaba anteriormente la parte central de Albania de hoy (llamada Arberi). Cinco siglos después, los albaneses por sí mismos cambiaron el nombre de su territorio, y lo empezaron a nombrar
Shqiperia. Nadie sabe a ciencia cierta el por qué de este cambio, ni siquiera los estudiosos albaneses, aunque ellos prefieren atribuirlo, sobre bases etimológicas, a shquipe, la palabra albanesa para águila.

Es una ironía de la historia el que el oscurantismo medieval fuera el mejor período jamás alcanzado en la historia de Albania. Durante este tiempo se fundaron ciudades poderosas, habitadas por la nueva clase de burgueses involucrados en el comercio. Las casas de comercio albanesas se establecieron por todo el Mediterráneo, desde Venecia hasta Tesalónica. Los albaneses eran la epítome de la educación y cultivaron las artes; conversaban únicamente en latín y griego, dejando morir su idioma antiguo.

Sin embargo, Albania jamás fue un territorio pacífico. Fue conquistada por los búlgaros, normanos, italianos, venecianos, y luego por los serbios en 1347, bajo el gobierno de la dinastía de los Nemanjic. Muchos albaneses emigraron al ingreso de los serbios hacia Grecia o a las islas del mar Egeo. No fue sino hasta 1388 cuando los otomanos invadieron Albania.

Los albaneses, sin embargo, lograban su independencia nuevamente en 1443, por lo que le tienen que agradecer a Skanderbeg (cuyo nombre verdadero era Gjergj Kastrioti), quién usando su genialidad militar expulsó a los otomanos en una serie de derrotas humillantes adiministradas por parte de la coalición de los príncipes albaneses. Desde su refugio en las montañas en Kruje, él frustraba todos los esfuerzos de los otomanos por retomar Albania, que querían utilizar como base para intentar invadir Italia y de allí toda Europa occidental.

La independencia representó un logro individual, sin embargo y al igual que todos los grandes líderes de la historia, el error de Skanderbeg fue no haber preparado a un sucesor. Después de su muerte en 1506, los turcos retomaron Albania. El papel de Skanderbeg resulta, sin embargo, primordial en la creación de una nación albanesa allí donde no había tal anteriormente y el entorpecimiento del paso de los turcos hacia Europa occidental.

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9.6.05

De la suerte de montenegrinos, croatas, eslovenos, bosnios y macedonios en el siglo XIX

Montenegro (1, 2) alcanzó su independencia y unidad en el curso de todo el siglo XVIII y parte del XIX, en medio de una lucha ininterrumpida con los turcos (1, 2, 3). Ya en un convenio de paz del año 1842, Montenegro se hizo llamar ”provincia autónoma”; y en 1851 se transformó en Principado (1). Por decisión del Congreso de Berlín de 1878 adquirió la categoría de estado independiente y en 1910 pasó a tomar el nombre de Reino de Montenegro (1).

Gracias a los esfuerzos del vladika Petar I Petrović se dictó en 1798 su primer código, que fue complementado en 1803. Esta labor fue proseguida por Petar II Petrović Njegoš (1, 2) quien, además de gobernante y jefe espiritual de su pueblo, ha sido uno de los más gloriosos poetas sudeslavos de todos los tiempos. A él corresponde la creación del primer Senado montenegrino, en 1831, la institución de órganos del poder según las diversas tribus y la formación de una guardia personal dotada de facultades ejecutivas. Además, en 1833 introdujo un adecuado sistema de impuestos y al año siguiente fundó en Cetinje la primera imprenta. Escribió el libro ”Gorski vijenac” (Versos o Corona de la Sierra), que funge como una de las más gloriosas obras de arte montenegrinas hasta nuestros tiempos.

La historia de los pueblos croata y esloveno experimentó un significativo cambio a la creación de la provincia de Iliria (1, 2, 3), fundada en sus territorios a iniciativa de Napoleón Bonaparte. La liquidación de las viejas relaciones de propiedad de la tierra y el uso de los idiomas populares fueron las conquistas más importantes logradas en la evolución política y en el despertar nacional de estos pueblos. Esto último quedó demostrado luego de la disolución de la provincia napoleónica y la restauración del poder austriaco, en 1815. A pesar del absolutismo de la corte vienesa, la conciencia nacional prendió en capas más amplias de la población y alcanzó un programa más concreto. En Croacia, este sentimiento fue especialmente estimulado por la forzada hegemonía política y cultural húngara, a partir del año 1825. La restauración del absolutismo y la reforma constitucional de la monarquía de los Habsburgo, después de lo cual Croacia firmó un compromiso con Hungría el año de 1868, no detuvieron empero el resurgimiento nacional en Croacia, cuyos líderes Josip Štrosmajer y Franjo Rački continuaron uniéndolo a la idea de unificación cultural y política de todos los sudeslavos (1, 2, 3, 4).

En este momento sería importante mencionar que otra parte importante de la intelectualidad croata veía la unificación de los mencionados pueblos simplemente como un paso hacia una posterior emancipación propia.

Josep Palau [Pa96], en su libro El espejismo yugoslavo (1), escribe que en el siglo XIX, la dinastía de los Habsburgo, especialmente con María Teresa y José II, dedicó grandes esfuerzos al intento de convertir el mosaico imperial multiétnico y multilingüe en una nación en la que todos hablarían alemán, y que sería lógicamente dirigida por las élites alemanas. Las presiones consiguientes para la germanización cultural y política encontraron inmediata resistencia en los pueblos no teutones del Imperio, especialmente en el caso de los húngaros, mejor organizados y con una conciencia nacional superior. La mejor manera que los magiares encontraron para resistir la germanización fue la creación de un gran estado húngaro, étnicamente homogéneo. Para ello había que magiarizar los territorios bajo su control, de los Cárpatos al Adriático (1). Como tercera pieza de esa cadena de dominó, los croatas se opusieron fieramente a la adopción de la lengua y la cultura húngaras. Para dar más fuerza a su lucha, iniciaron los intentos de croatizar a los serbios.

Las élites aristócratas croatas, siempre apoyadas por la Iglesia católica, hicieron un gran esfuerzo por mantener su identidad política y los símbolos de continuidad del estado bajo-medieval que habían perdido por conquista húngara en el siglo XI. Ese esfuerzo duró mil años y es muy respetable, pues consiguió transmitirse hasta nuestros días sin apoyarse apenas en un poder político efectivo. Josep Palau [Pa96] comenta que ello, sin embargo ”contiene un perfil confesional y etnocéntrico de la idea nacional croata: lo croata es lo secularmente católico, entrando en contradicción con la realidad social que los siglos habían visto evolucionar hacia una sociedad más plural y multiétnica. Esa concepción tradicional condujo a identificar la recuperación plena de la identidad de Croacia con la exclusión de los serbios, a los que no se ve como parte natural del mismo país, sino como extraños intrusos que mancillan la pureza de la identidad propia." (1, o el punto de vista de la diáspora croata en América Latina: 2).

De las tierras sudeslavas que en el curso del siglo XIX permanecieron bajo poder turco, Bosnia y Herzegovina se transformaba más de una vez en problema central de la diplomacia europea. Mientras Turquía aniquilaba sangrientamente la vieja nobleza bosnia, los cristianos oprimidos se alzaban contra las relaciones feudales y a favor de la independencia nacional, en 1852, 1861 y 1875 (1, 2, 3). Con el fin de solucionar el problema de Bosnia y Herzegovina eludiendo la satisfacción de los ideales nacionalistas de sus pobladores, el Congreso de Berlín (1, 2) en el año de 1878 confirió a Austrohungría el mandato de ocupar estas regiones.

En cuanto a Macedonia en el siglo XIX, la revista Marxismo Hoy escribe: "Si los Balcanes es el polvorín de Europa, Macedonia es el polvorín de los Balcanes. Esta región es mucho más amplia que el actual país con ese nombre. Es la enorme franja que va desde casi toda la frontera oriental de Albania hasta el mar Egeo, limitando al Este con Tracia y al sur con la Tesalia griega. Su composición étnica era (y es) compleja, no sólo porque hubiera casi "de todo" (búlgaros –que eran mayoría–, griegos, eslavos, rumanos, turcos, judíos, albaneses), sino también porque, en el campo, el contacto entre estos pueblos era prácticamente inexistente: vivían de espaldas en aldeas vecinas, cada una con su lengua y su cultura. (...)

Grecia, Serbia, Bulgaria, e incluso Albania, ambicionan Macedonia, o parte de ella. Esto lleva a las tres primeras, las potencias de la zona, a una cruel lucha, primero en el terreno cultural (una carrera por la creación de escuelas para enseñar cada lengua y de templos de cada una de las tres Iglesias ortodoxas, desde finales del XIX), y luego directamente terrorista (especialmente, de 1904 a 1908). Los comitayis (miembros de bandas), sirviendo los intereses de alguno de los tres reinos, presionan a los campesinos a declararse de una determinada nacionalidad y religión, quemando aldeas y asesinando u obligando a huir a miles de macedonios (...) En 1893 se crea la VMRO (Organización Revolucionaria Interior Macedonia). En un principio, la VMRO "defendía la autonomía de Macedonia con respecto al Imperio Turco, y a la vez un programa social dirigido a los campesinos: reducción de impuestos, reforma agraria, abolición de la usura. Desconfiaban del expansionismo búlgaro y ruso, buscando el apoyo de los políticos británicos y franceses. En sus filas había socialistas y anarquistas" (apud. V. I. Lenin, "La significación social de las victorias serbo-búlgaras", Pravda, del 7 de noviembre de 1912). La VMRO, donde participaban los socialistas macedonios, organizó un levantamiento en 1903, proclamándose la república (presidida por un socialista), pero fue derrotado tres meses después. A raíz de ello, la Organización se dividió; el sector más derechista se impuso y se convirtió en el brazo armado del chovinismo búlgaro en Macedonia, reprimiendo salvajemente, sobre todo, a la población griega."

Por otra parte, en esta misma epoca (la segunda mitad del siglo XIX) se iniciaba uno más de los procesos de larga duración intimamente relacionado con el sentimiento nacionalista de los diversos pueblos balcánicos.

Tres decenios más tarde y a fin de detener las ideas de independencia, por una parte, y las exigencias de los ”jóvenes turcos” encabezados por Kemal Ataturk (1, 2, 3), por otra, Austrohungría decretó la anexión de Bosnia y Herzegovina en 1908, significando así el inicio de un proceso de mediana duración que habría de estallar luego en una crisis de dimensiones mundiales.

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26.5.05

Lo ocurrido inmediatamente después de la batalla de Kosovo y sus consecuencias

Los serbios fueron, entonces, como ya se ha mencionado, masacrados y vencidos por el ejército otomán guiado por el hijo del fallecido sultán, el nuevo sultán Bayazid, quién asumió de manera inmediata el lugar de su padre y hasta ejecutó a su propio hermano para lograr tal hazaña.

Fue ésta una de las derrotas más dolorosas del pueblo de los eslavos del sur que antecedió un infierno de dominación que duró los próximos cinco siglos; tiempo de gobierno de terror, de persecución de los seguidores de aquélla religión que encontrase su sede en Constantinopla en el Imperio Romano Oriental -más tarde Bizantino- tras la división del aclamado estado de los conspicuos Césares, llamada posteriormente ortodoxa cristiana, habiéndose vuelto Autocéfala Serbia en la epoca del Reino de Ras.

La querella entre el Imperio y el Papado por la llamada cuestión de las investiduras manifestaba una voluntad de independencia y un ansia de dominio de la Iglesia de Roma respecto de las potencias de este mundo. En el caso de la Iglesia ortodoxa, por el contrario, hay una clara subordinación a los poderes políticos, explica Mira Milosevich [Mil00]. La identificación de la Iglesia con el estado es habitual en el ámbito del cristianismo ortodoxo. Nunca las Iglesias ortodoxas han constituido, al contrario que la Iglesia católica, un factor político autónomo. En este caso, prefiguraba ya en la Edad Media, el ideal de los nacionalismos modernos los cuales, si consienten en la supervivencia de una esfera religiosa, le niegan toda autonomía respecto a la política (1). Para los nacionalistas, prosigue la autora, la Iglesia debe ponerse al servicio de la comunidad nacional y, eventualmente, participar en las movilizaciones del pueblo contra los enemigos exteriores e interiores. Según el teólogo alemán Ernest Benc, comenta Mira Milosevich, la Iglesia ortodoxa y el estado nacional son la misma cosa [Mil00, apud Benc E., Veličina i slabost pravoslavlja, Prosveta, Beograd. 1991. p. 67]. Su estrecha vinculación, que en la práctica los hace indistinguibles, determina la subordinación del cristianismo ortodoxo al poder temporal. En Serbia, el culto al estado surgió como veneración religiosa a los fundadores del primer ”estado serbio”: los Nemanjić, santos nacionales cuya legitimidad era a la vez política y eclesial, pues descansaba tanto en su independencia política reconocida por los bizantinos, como en la posesión de la Vera Cruz (”la cruz, construída supuestamente con la madera de la rescatada por santa Elena, había sido un presente de la familia imperial bizantina, los Comnenos, a Stefan Nemanja, en reconocimiento de la independencia del reino de Ras.” [Mil00]), que sancionaba la autocefalia de su Iglesia.

Ser eslavo era de por sí ya un crimen, sobre todo a partir del inicio de la decadencia del imperio. Los turcos cobraban impuestos por todo; la contribución más temida en todo pueblo de aquellas tierras era el llamado ”tributo en sangre” que consistía en la colecta de niños no mayores de cinco años, los cuales serían educados y entrenados por el ejército otomán para finalmente convencerse que su propio pueblo era el peor enemigo y conquistar fama por su fiereza poco usual al defender las nuevas fronteras del imperio. Constituían la parte del ejército turco denominado janičari (janissars) creado por el antecesor del sultán Murat I, Orjan (1).

Según Bogdan Denitch [Den95], durante siglos los turcos reconocieron sólo a los grupos religiosos como representantes colectivos de sus súbditos. Se les concedió bastante autonomía, pero no eran iguales. Los musulmanes estaban en la cima del sistema de castas, aunque los cristianos ortodoxos y los judíos tenían un lugar seguro dentro del imperio. Los católicos eran sospechosos porque los turcos estuvieron en guerra durante siglos con las potencias católicas y, de todos modos, el Papa representaba un poder hostil. Es por ello que las guerras de liberación, que tuvieron lugar más tarde, estuvieran dirigidas contra el imperio turco, el poder supremo musulmán, y por lo tanto reforzaron la identificación de nación y religión que se puede ver incluso hoy en día.

Después de la derrota cerca de la ciudad de Ankara (1, 2), el Despota Stefan se respaldó con los húngaros. Por un acuerdo entre Hungría y el Despota para el año de 1403, éste obtuvo a su gobierno la ciudad de Belgrado y a Mačva. Por primera vez, Belgrado fue proclamado ciudad capital de los serbios y sede de su Corona.

El año de 1411, el rey húngaro Sigismundo le regaló a Stefan las ciudades de Zemun, Kupinik, Sremska Mitrovica, Slankamen y algunas otras en Hungría. En poco tiempo, el Despota obtuvo igualmente la Bosnia oriental con Srebrenica, todo con la obligación de mantener un ejército defensor de las fronteras húngaras.

Durante el gobierno del Despota Stefan, Belgrado contaba con una población de 50,000 habitantes (1). La mayoría de éstos, la constituían los serbios venidos de los alrededores de Rudnik y Novo Brdo, familiares y amigos del rey y otras personas de gran riqueza [Lek95].

El rey se preocupaba mucho por los pobres. Les construyó varias casas hogar, un hospital y, según escritos de su biógrafo Konstantin Filozof, salía por las noches a repartirles dinero y comida [Lek95].

Belgrado fue durante 24 años el trono del estado serbio bajo el gobierno del Despota Stefan Lazarević. Vivió durante este tiempo su florecimiento económico y cultural. Es por ello que Stefan y su legado sean tan importantes para la historia de esta ciudad. Después de la muerte de Stefan en el año de 1427, todas estas maravillas desaparecieron. Los húngaros se apoderaron de Belgrado poco tiempo después y de esta manera todo el desarrollo cultural de la ciudad se vio interrumpida.

Sus nuevos dueños intentaban conservar la ciudad como el último bastión de su defensa ante la amenaza otomana, que afectaba cada vez más la propia ciudad y toda la región.

Durante las batallas por la defensa de Belgrado, muchos serbios murieron luchando de lado de los húngaros, y otros tantos emigraron a Hungría buscando mayor seguridad y paz [Lek95].

Belgrado finalmente cayó en las manos otomanas, después de 65 años de sitio y tras el segundo intento insistente de los sultanes turcos, que siguió el de Murat II, a manos de Suleiman II, llamado el Magnifico. Este segundo fue quién finalmente logró derrotar al ya masacrado ejército defensor de Belgrado, el 29 de agosto de 1521 [Lek95].

Los turcos, en señal de venganza, obligaron a todos los serbios que encontraron en Belgrado a abandonar la ciudad y los trasladaron masivamente a Turquía. Es por ello que existe una ciudad de nombre Belgrado cerca de Constantinopla, hoy Istambul (1).

En este momento me parece de primordial importancia resaltar un segundo proceso histórico de larga duración que iniciaba en los momentos de la división del Imperio Romano y se agudizaba dramáticamente en estos momentos. Éste gira alrededor de las actividades guerreras de los pueblos de esta región. Desde el siglo I de nuestra era los han utilizado como defensores de fronteras, intensificándose este hecho durante el dominio de los Imperios otomano y húngaro (posteriormente austrohúngaro) de estas tierras y la lucha encarnada entre las Iglesias católica y ortodoxa, como se puede ver de los párrafos anteriores. El renombre de guerreros que se ganaron los serbios a lo largo de su historia se había quedado guardado en su subconsciente y podría ser esta una de las explicaciones de su mayoritaria presencia en el ejército federativo de la ex Yugoslavia y de su conducta durante los conflictos de la decada de los noventa en el siglo XX.

Belgrado fue poblada en poco tiempo por la población turca de territorios en África y Asia. Todos los monumentos serbios fueron destruidos... la religión ortodoxa casi extinta (1).

Durante esta época, Belgrado obtuvo su personalidad turca y se volvió una de las ciudades más grandes del este europeo. Tenía una población de aproximadamente 90,000 habitantes, mayoritariamente de ascendencia turca. Todos los nombres que hasta el momento denominaban diferentes calles o barrios de la ciudad fueron cambiados inmediatamente. Una gran parte de esa nueva nomenclatura es la que se sigue utilizando. Únicamente el nombre de Belgrado siguió siendo eslavo [Lek95].

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4.5.05

De diversas discusiones del orígen de los pueblos sudeslavos

En la actualidad existen diferentes y en muchos casos, directamente opuestas tesis sobre el origen de los pueblos sudeslavos, particularmente el serbio y la manera y el momento en que aparecen en el escenario de los Balcanes.

En el libro Oslobadjanje istorije -Liberación de la historia- de Ljubomir Kljakić (KLJAKIĆ, Lj. Oslobadjanje istorije. Prva knjiga, početak puta, Arhiv Kljakić, Beograd, 1993), se rescatan las investigaciones realizadas por Miloje M. Vasić, al inicio del siglo XX, sobre la localidad de Vinča, un pueblito en la periferia de Belgrado.

Según la teoría de Miloje M. Vasić, Vinča formaba parte de la colonia iónica. Tras las pruebas de Carbono 14, que se efectuaron a los hallazgos en la región, se ubicó la civilización de esta región del VI al II milenio a.C. Posteriores hallazgos de monumentos escritos en la región, que resultaron ser más antiguos que los encontrados en la isla de Creta, y por ende los más antiguos en Europa, llevaron a varios historiadores a concluir que fue ésta una de las civilizaciones más antiguas del viejo continente y que influyó en etapas posteriores en varios pueblos, incluyendo el helénico.

Para Vasić, los eslavos del sur, y más en particular los serbios, serían los directos descendientes de los forjadores de esta antigua civilización.

Según las investigaciones de Miloje M. Vasić, Marija Gimbutas, Arthur Evans, Radivoje Pešić y otros, se ubicó la extensión de ésta, la llamada civilización de la Europa Vieja, ”en el norte hasta la actual Budapest, abarcando también la región alrededor del río Tisa y los Alpes de Transilvania occidentales; en el sur, ésta abarcaba las regiones hasta el delta del río Vardar en el mar Egeo, la costa y las islas; en el oeste la civilización de Vinča llegaba hasta Gornja Tuzla, como así lo considera la ciencia actual, aunque es probable la mayor expansión de su cultura material y espiritual. (...) En el este, la civilización de Vinča abarcaba el río Marica y la costa de Pont, tocándose en esta región con la civilización de Tripolje.” (Kljakić, Lj. Oslobadjanje istorije. Prva knjiga. Početak puta, p.24, apud. Marija Gimbutas, The Goddesses and Gods of Old Europe, Boginje I bogovi stare Evrope, Književna kritika 4, Rad, Beograd, YU, 1986)

En el año de 1951, apareció un estudio voluminoso alrededor de la ”problemática” de Vinča, trabajo colectivo de J. Korošec, A. Benac, M. Garašanin y D. Garašanin. Los resultados totales de las investigaciones de Vasić acerca de la civilización de Vinča fueron puestos bajo una severa crítica por parte del presente colectivo. Fue ésta una crítica ”nordista”.

Se dijo en ese momento que ”el profesor Vasić se esmera de esta manera en presentar la iniciativa ante la arqueología nacional y mundial sobre la revisión de las conclusiones y puntos de vista aceptados mundialmente, la destrucción de todo aquello que él llama teorías escolares, la introducción de una nueva metodología y una nueva sistematización en la arqueología. Sin embargo, ¿será justificado el hacer iniciativas tan grandes y tendrá para ello bases suficientes? Para responder a esto, es necesario revisar críticamente la metodología que siguió en su trabajo el profesor Vasić, la misma con la que llegó a estos resultados. Para ello es igualmente necesario, en primer lugar, revisar cómo y en qué medida aplicó la metodología histórica el profesor Vasić.”
(Kljakić, Lj., op. cit., p.39)

En pocas palabras, fueron estos hallazgos los que pusieron en entredicho las teorías ampliamente aceptadas acerca del origen de los eslavos en estas tierras, ubicando a ésta llamada la civilización de Vinča como el antecedente directo de los actuales pueblos sudeslavos.

La pugna entre diferentes posturas respecto al tema se extendió hasta llegar a 1988, año en el que se celebró un simposio con participación de ponentes serbios y norteamericanos, del cuál emanó la recopilación de ponencias bajo el nombre de Migrations in Balkan History (Migrations in Balkan History, Serbian Academy of Sciences and Arts, Institute for Balkan Studies; Department of History University of California, Santa Barbara; Prosveta – Export – Import Agency, Beograd, YU, 1989).

Como uno de los ejemplos claros de la denominada identificación con el agresor se puede tomar la aceptación por parte de la Academia Serbia de la Ciencia y las Artes (SANU) de la mencionada recopilación de ponencias, entre las cuales se encuentra la ponencia denominada Was there a Slavic landtaking of the Balkans and, if so, along what routes did it proceed?, de Henrik Birnbaum (Henrik Birnbaum, ”Was there a Slavic landtaking of the Balkans and, if so, along what routes did it proceed?”, en Migrations in Balkan History, op. cit., p. 47-60).

Para entender la importancia y el contexto que le da Kljakić a la mencionada obra, es necesario analizar la tipología de la relación entre los intelectuales y el sistema que necesita crear teorías y fundamentos para justificar su actuar, creada por Vladimir Dedijer y retomada por el mismo Kljakić: Identificando esta necesidad ”natural” (de convencer de su infalibilidad y majestuosidad) de cada poder estructural como una agresión y analizando las posibilidades que cada intelectual tiene en relación a ésta, Vladimir Dedijer definió la siguiente tipología de tal relación:



  1. Identificación con el agresor, cuestión que los intelectuales son bastante dados a aceptar desde los tiempos de los faraones. Se les paga para producir ideas acerca de la grandeza e infalibilidad del sistema gobernante (sea este eclesiástico, estatal, de algún partido o económico) y sus representantes.
  2. Dualidad del intelectual o su anonimato, que se puede reconocer en la aceptación en público de las condiciones que el poder dicta y la resistencia en privado, esperando mejores condiciones sociales.
  3. Hombres libres que piensan con su propia mente, sin importarles el gobierno y sus condiciones, entre los cuáles podemos reconocer a revolucionarios y herejes dispuestos a sacrificar hasta sus vidas por sus convicciones.
Al respecto, Ljubomir Kljakić opinó que la publicación del trabajo de Birnbaum es un hecho primordial y desde luego valioso. De no haber presentado a la luz pública trabajos diferentes al mencionado, los autores del proyecto Migrations in Balkan History hubieran podido contar con felicitaciones. Lo anterior porque, apenas con la publicación del trabajo de Birnbaum, se obtuvo el material de gran autoridad que posibilita la indudable reconstrucción de los intereses extracientíficos, y por ende políticos que eran y son satisfechos a través del proyecto Migrations in Balkan History. Prosiguiendo, Kljakić menciona que el interés político solicitaba el hallazgo de argumentos ”científicamente” sólidos que, supuestamente encontrados en los cimientos estructurales de la historia, puedan ser de gran utilidad para la justificación del proceso de la fragmentación y la destrucción de los Balcanes yugoslavos. Ese proceso de fragmentación y destrucción, como sabemos, indica el arqueólogo, se desarrollaba y se sigue desarrollando todavía, por medio del aniquilamiento del estado yugoslavo y la organización social en los espacios balcánicos. Tan gran hazaña tiene que ser, es entendible, legitimada por medio de razones convincentes que, es deseable, muestren la supuesta necesidad y la justificación de tal acción cataclísmica, finalizaba. (Kljakić, Lj., op. cit., p. 97-98)

Por supuesto, escribe el autor, el encargo del agresor fue realizado disciplinadamente. Como todas las grandes soluciones, así también ésta, hacia la cual se inclinaron los autores del mencionado trabajo, cuenta con gran simplicidad. Al haber recordado la simplicidad incólume, estos autores simplemente encontraron en los meros cimientos del proceso histórico, interpretado a través de los retuersos de la cronología y la jerarquía universal, es decir en su propia historia ideológica, un verdadero arsenal de ”argumentos” utilizables para realizar la mencionada tarea. El cataclismo social de la fragmentación y la destrucción fue legitimada en el proyecto Migrations in Balkan History como la ”necesidad férrea”, como ”la lógica histórica misma”, como ”el destino inminente”, que no es solamente un hecho imperioso, sino también la solución deseable.

Así fue hallada y presentada, continúa Kljakić, la ”argumentación científica” que sostenía que los eslavos balcánicos no podían existir de ninguna manera antes de los siglos VIII o IX; que, incluso, su posterior existencia hasta el día de hoy está bajo gran y sustentada duda; que esa duda está fundada en la identidad mezclada, confusa y, desde cualquier punto de vista problemática, étnica y culturalmente de esos desdichados; que desde el ”principio” medieval en los Balcanes existen choques entre dos secesionistas grupos étnicos, como lo son los serbios y los croatas, para quienes lo único en común es que no pueden, no desean y no deben vivir juntos; que la identidad común de los eslavos de la cual emana la indudable cercanía de estos serbios y croatas, al igual que de otros pueblos eslavos en los Balcanes, está bajo duda; es decir, que existen cada vez menos razones que justifican el que se busque entre los mencionados grupos étnicos cualquier raíz conjunta.

Lo anterior me parece de sobremanera exagerado, sobre todo tomando en cuenta que los serbios y los croatas comparten prácticamente la misma lengua, tienen en lo general la misma fisonomía, proceden del mismo grupo de tribus que según las teorías oficiales cruzó la ”puerta de los pueblos” perseguido por los Hunos y pobló estos territorios y que, además, viven mezclados desde ya muchos siglos en varias regiones del territorio de la ex Yugoslavia. Como quiera, la discusión prosigue hoy en día y valdría la pena seguir al tanto.

Todos estos juegos de identidad nacional cobraron importancia mayor que nunca, al final de la llamada guerra fría en la década de los setenta. Josep Palau en su libro El espejismo yugoslavo, comenta que el fin de los bloques y, por consiguiente, del no alineamiento, impulsó una lógica de acceso privilegiado al campo de los ganadores en función de la alegación de supuestos títulos históricos. Esas percepciones enlazaron muy bien con un curioso juego de complejos de superioridad o de inferioridad muy presente en el subconsciente colectivo de los pueblos balcánicos, explica Palau. El esloveno se siente inferior al austriaco pero, por ser alpino, superior a todos los balcánicos, incluidos los croatas. Los croatas creen que el límite último de la verdadera civilización occidental (católica) es defendido por ellos frente al salvajismo que empieza con la ortodoxia bizantina: recelan de los eslovenos, se sienten superiores a los serbios. A continuación, los serbios creen ser el último bastión de Europa y de la cristiandad frente al Islam; sufridos e incomprendidos defensores de una Europa que les debe agradecer su sacrificio secular, miran por encima del hombro a sus propios sureños. Los musulmanes bosnios (o de otras regiones en Serbia y en Montenegro) sienten respeto por el centro de Europa y, en general, por el mundo occidental, pero creen representar el legado de un Imperio otomano que constituyó una civilización superior a la bizantina. Los albaneses, víctimas del desprecio de casi todos, fundamentan su propio orgullo en la creencia de ser el pueblo y la lengua más antiguos en le región. Los únicos que no tienen complejo de superioridad a qué agarrarse, mientras sufren el escarnio de todos los demás por igual, son los gitanos, cuya presencia, cifrada en cientos de miles, se reparte por todas las regiones yugoslavas. (Palau, Josep, El Espejismo Yugoslavo, p. 54-55)

Tales eran las discusiones en los círculos intelectuales mundiales y nacionales, en torno al orígen y el destino de uno de mis pueblos. Sin embargo, lo que hasta el momento se tomaba como hecho histórico es lo que se podía leer en diversos libros cuyos autores, parecía, no prestaban demasiada atención a tales fricciones científicas.

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