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14.12.08

La leyenda del hombre serbio joven y débil (hsjd) de Igor Ivanović, parte IV

Estimados lectores circunstanciales de Eslavos del sur, el día de hoy les traigo la cuarta y última parte del artículo "Legenda o mladom, slabom srpskom čoveku" (La leyenda del hombre serbio joven y débil), autoría de Igor Ivanović, publicado en el portal Nova srpska politička misao (Nuevo pensamiento político serbio) en su sección de política cultural. La pertinencia del texto la juzgará cada quien, el cual me parece singularmente importante para entender la actual cotidianidad serbia. Baste decir que el autor de Eslavos del sur no comparte la totalidad de las opiniones expresadas en el presente artículo.

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La leyenda del hombre serbio joven y débil
(Parte IV)


Igor Ivanović,
17 de Noviembre de 2008
traducido del serbio por Daniel Durini


Esta ecuación amarga de la decepción y la posterior vuelta a la sobriedad la experimentó personalmente como primero el difunto Primer Ministro Zoran Djindjić. Este niño travieso de la escena política serbia atravesó de manera acelerada, de acuerdo con su inteligencia dominante e inquieta, esa parábola determinante que va del embrujo con los valores occidentales hacia la completa amargura causada por la política de ese Occidente hacia nosotros. Él desapareció justamente en el precipicio de ese cambio repentino de rumbo político del Occidente hacia el Oriente en circunstancias, cuya explicación oficial y la versión interpretada de parte de todos los medios de comunicación insultan la inteligencia del hombre promedio. Por este crimen fue acusado un clan indudablemente criminal, como el factor único organizado involucrado en el atentado en contra del Primer Ministro Djindjić, a pesar de que le quedara claro con el tiempo hasta a los niños pequeños que esta organización tremenda no era capaz de planear semejante acción sin un apoyo serio de seguridad proveniente desde adentro del Estado o de una organización interestatal. Al igual que en el caso de Lee Harvey Oswald, quién evidentemente sujetaba el rifle y pretendía asesinar a Kennedy, la verdad empezó a fluir hacia la opinión pública y la versión oficial de este evento empezó a insultar la inteligencia del estadounidense promedio. En ambos casos existió al menos una bala famosa demás, la cual destruía las versiones oficiales.

Sin embargo, la generación del Hombre Serbio Joven y Débil pedía a gritos un mito nuevo y contemporáneo. A ella jamás le interesó el fundamento del destino trágico de Zoran Djindjić, como paradigma de un pueblo que se encontró en el cruce sangriento de fuego del poder mundial. Esta generación veía con fiebre en el cuerpo ametrallado del Primer Ministro tan sólo el puente de pontón hacia la tierra mítica prometida. La generación educada para no amar la verdad y no plantear preguntas, una generación poseedora de un sentimiento fuerte hacia la buena vida de los años ochenta, no tenía aliento histórico suficiente para continuar la conquista de la libertad. Escogió, en nombre del mito acerca de una vida mejor, su propia ocupación. No se trataba aquí de la encarcelación del cuerpo, como tampoco de una delimitación violenta del espacio o la prohibición del tránsito libre, sino que se trataba aquí de una ocupación voluntaria del propio espíritu.

Fue entonces que, bajo la dirección y ejecución del Occidente, llegó igualmente ese día de la gran humillación serbia: la unilateral proclamación de la independencia de Kosovo. Y como venía sucediendo ya todo un decenio o dos anteriores de ello, la aplicación de estándares dobles resultó una vez más evidente: lo que es válido aplicar en contra de Serbia en su propio territorio legal, ¡no lo pueden hacer en el caso contrario los serbios en otro territorio internacionalmente reconocido!

Pero en este caso apareció algo novedoso, un cinismo jamás registrado con anterioridad, ni siquiera en la maquinaria propagandística de Milošević: la explicación de ¡que todo aquello se hacía en nombre del desarrollo de Serbia! Es por su bien el que les estamos arrebatando Kosovo, no se inhibían en decir los embajadores en el servicio de las grandes potencias en Serbia, al igual que los políticos respetados en el gran mundo. Desde su esquina, las cosas se veían muy simples: debido a que la política que dominaba en Serbia, y que gozaba de una apoyo apasionado de la generación del Hombre Serbio Joven y Débil, se basaba en la premisa que rezaba que la entrada en la Unión Europea es la primera de todas las prioridades y ya que no existía ningún otro objetivo parecido, ¿por qué no pagar por él un precio elevado? Si es el caso de que no existe ninguna alternativa, ¿quién les está preguntando cuanto va a costar todo eso? Algunos miembros de la Generación del Hombre Serbio Joven y Débil se sintieron un tanto inseguros, a muchos les brotó, de manera inconsciente, desde las profundidades genéticas, la memoria de la cena y la maldición del príncipe (Lazar, del poema vernáculo del ciclo de Kosovo de mismo nombre (ya explicado en este blog aquí), N. del T.), aunque con todo y eso la gran mayoría triste volvió a demostrar su debilidad y su cobardía. Saben, se trata aquí de realidades, decían: es verdad que el Occidente no se portó de una manera muy justa hacia nosotros, pero hay que seguir hacia adelante, no hay de otra. Este mantra carente de contenido y desgastado, que se repetía durante meses en su diferentes mutaciones en la opinión pública local, era tan sólo una excusa torpe para una generación débil y cobarde, la cual vendió su fe a cambio de una cena. Cada vez que un miembro de esta generación se posicionara frente al espejo moral y se observara, vería en lugar de su corazón, su propio ano. ¿Se le ocurrió a alguien en ese entonces que, en medio de ese conformismo cuestionable generacional inmerso en la autodestrucción voluntaria, pudiera estar naciendo algún futuro dictador en Serbia, algún nuevo Milošević - al igual que en las circunstancias parecidas de capitulación y en un ambiente de puerilidad política parecido, en los tiempos de la Constitución de 1974, nació políticamente el verdadero Slobodan Milošević?

Todo lo que siguió es tan sólo la inevitabilidad de la historia, a la cual la generación del Hombre Serbio Joven y Débil jamás deseó comprender. Al igual que sus padres, a causa de la banalidad de su sistema de valores el cual con el tiempo creó un clima adecuado para la guerra en estos espacios, sacrificaron la juventud de sus propios hijos, así mismo esta generación, en nombre de los mismos objetivos momentáneos y nada profundos, pondrá, desafortunadamente, el futuro de sus hijos bajo un gran signo de interrogación. Nada los detendrá en ese aventarse al vacío orgánico, ni siquiera la advertencia evidente de que la civilización de los mercaderes de Venecia, a la cual éstos adoran tan apasionadamente, se está tambaleando en sus cimientos. Se quedarán sordos y mudos.

De esta manera la generación crecida con la bufanda roja y los pañuelo rojos, la cual maduraba basada en las historias de Prle y Tihi (de la serie Otpisani, ya aclarada antes en esta traducción, N. del T.), sus años de adulto los encontrará sobre posiciones morales completamente opuestas a las que les preprogramaron los comisarios en el sistema educativo de aquel entonces. En lugar de volverse personas que, a causa de su educación basada en el heroísmo partisano, formadas a imagen del personaje literario de Pavel Korchaguin, los miembros de esta generación reconocerán su profecía determinada en otro lugar en la lectura obligatoria de la escuela. En la obra cumbre de Los hermanos Karamazov, en el personaje del vividor Smerdiakov, Dostoievski lo habrá previsto todo. Smerdiakov no desea ser hombre de su tiempo y su espacio. Siente de alguna manera embarazoso el ser ruso y el vivir allí donde lo hace, en Rusia. El quisiera ser francés, porque considera que la de los franceses es una gran cultura, a diferencia de la rusa, primitiva y retrasada. Desprecia las costumbre populares y la tradición, no quiere al hombre popular ruso. En una palabra, odia todo lo que lo rodea y todo con lo que vivió. El sueña con Europa y su gente de avanzada. No cree en Dios ni en las leyes divinas. Sin embargo, él es, con todo y todo y de manera paradójica, un sirviente. Por un lado, es consciente de su posición de lacayo, por el otro, no hace nada para cambiar esa condición. No es tonto, tampoco carece de educación. El está convencido de que le fue encargada la misión de su conversión en el hombre moderno y urbano. Sufre de una especie de esquizofrenia, con lo cual el escritor muestra de manera simbólica su posición desgarrada en el tiempo y el espacio. Un gran ruso, el autor de esta novela, entrevió y despreció, a través del personaje del sirviente Smerdiakov, la época que vendría al igual que a la gente que se volverá el portavoz de esta época. El, personalmente, carece de todo dilema, no hay hombre sin Dios y no hay humanismo sin la fe. Es por ello que le da a Smerdiakov, listo e inteligente, el papel de asesino que mata por pura voracidad. Al final, no tiene ningún provecho de ese dinero y termina de manera triste y antes de tiempo. Pero él, incluso en su lecho de muerte, hace juicios de valor: le explica a su consejero espiritual Iván Karamazóv ¡que el asesinato está permitido! Ya que, como él mismo le estuvo diciendo, Dios ya no existe ya que la razón y la ciencia avanzan constantemente, de manera que las leyes anteriores ya tampoco son válidas. ¿Por qué habría que respetar los Diez Mandamientos de la Biblia si Dios había desaparecido para siempre de la vida del hombre?

Así toda mi generación, personas ya desde hace mucho adentradas en los años de adultez, espera la conclusión de su destino, huyendo de los desafíos de la creación de la libertad y aceptando la ocupación suave. Sea como fuere, que hagan con nosotros lo que quieran, tan sólo que nos dejen en paz y que nos liberen de cualquier tipo de grandes desafíos. El miedo hace mucho que se metió a los corazones de los miembros de esta generación. El miedo que desde siempre había sido el más grande enemigo de la libertad y el mayor aliado de la esclavitud. Atravesarán la vida con la cabeza baja, incrustados en el confort de la banalidad y el lodo moral, lejos de los sueños heroicos, sin voluntad y sin deseos. Así como empezamos, con Meša Selimović, así también terminaremos: "Ten miedo del macho cabrío, ten miedo de la mierda, ¿y cuándo vivirás, Hombre Serbio Joven y Débil?".

Fin.
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